» Arte y Psicoanálisis

Blue Note

27/09/2004- Por Nicolás Poliansky -

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Blue note, nota azul, nota sensible, nota tensa, distintas formas de nombrar lo mismo: un espacio cavernoso donde habita el musicar. Esta nota se utiliza para construir algunos giros melódicos, puentes que multiplican las posibilidades y su efecto se produce al tocar la Tercera menor sobre el acorde dominante. Poco importa lo que es, más importa lo que hace. Sonoridad que entre otras cosas permite la improvisación que no es otra que la que supieron utilizar los músicos negros para interpretar el intervalo de Tercera mayor, aunque otros rastrean su origen desde Chopin.

Musicar

Musicar                                                      

 

Blue note, nota azul, nota sensible, nota tensa, distintas formas de nombrar lo mismo: un espacio cavernoso donde habita el musicar. Esta nota se utiliza para construir algunos giros melódicos, puentes que multiplican las posibilidades y su efecto se produce al tocar la Tercera menor sobre el acorde dominante. Poco importa lo que es, más importa lo que hace. Sonoridad que entre otras cosas permite la improvisación que no es otra que la que supieron utilizar los músicos negros para interpretar el intervalo de Tercera mayor, aunque otros rastrean su origen desde Chopin. Nota impensable, caída de la escala, escritura que marca un trazo sutil pero perseverante, escritura que implica el acto de escribir, escribir en tanto verbo, en tanto acción creadora. En el acto de escribir el blanco no sólo está al comienzo, en la famosa página-sitio en blanco, está en la escritura misma, en la letra, en los signos y, lo que es más importante, entre los signos.

El blanco nunca se puede llenar del todo, porque si así fuera pasaríamos de un extremo al otro, del todo blanco al todo negro y en ese caso no habría escritura, tampoco música. No hay que olvidar que el blanco y el negro no son colores, son tintes acromáticos, por lo que entonces se trataría de que en esa oscilación entre el blanco y el negro surjan los colores, los matices, el azul.

En la escritura, en la música, la simpleza de su propia complejidad, los sonidos envueltos en finas hebras de seda y en esa textura el gusto que conllevan ciertas combinaciones; cadencia rítmica de los sonidos, de las palabras, de los silencios. Musicar los sonidos que conmueven al espíritu, hoy más que nunca necesaria contrapartida de lo aséptico del consumo, discurso de la época que lava, que diluye, que encierra. Por el contrario, musicar: un culto a la embriaguez.

Nota azul, escritura oscilante entre la ausencia de sonido y sonido en un tiempo y un espacio evanescente. Nota azul que en su perseverancia visible se invisibiliza para renacer en el capricho del artista que la convoca. Espacio y tiempo inasible que se agrieta, que se rompe para dejar sitio al devenir de algo nuevo. ¿Hay algo más peligroso que la ruptura? del tiempo, del espacio; el tiempo del musicar no es otra cosa que una gran boca que se come a sí misma, que canta, que suena. Entonces el peligro latente de saborearse sensible, peligro a veces prohibido, demonizado, temido. Sin embargo, la creación, la sensibilidad, no conocen la cobardía, son una afirmación constante que no se disuelve en relativismos banales de ninguna época.

El silencio como nota que se esconde debajo del ruido que nosotros mismos provocamos, nota azul que juega al ocultamiento detrás de los sonidos de la música y que aparece para sensibilizarnos, para quebrar nuestros sabores conocidos, y así cambiar el espesor de lo escuchado. Instante de acción en el que irrumpe el azul del acto de creación, eternidad fugaz, llamarada que ilumina, que abre, que provoca.

Salto al vacío. Heidegger, en “De un diálogo acerca del habla entre un Japonés y un Inquiridor” intenta asir lo que dice la palabra Iki y el japonés comenta: “Nosotros decimos Iro, esto es, color, y decimos Ku, o sea, lo vacío, lo abierto, el cielo. Decimos: sin Iro, ningún Ku  Al fin, el japonés dice: “Iki es lo que encanta con gracia, Iki es la brisa del silencio del resplandeciente encantamiento” y el Inquiridor agrega: “El encantamiento es de la mima especie que el ‘señar’: un ‘señar’ que invita a partir o a venir.” Siguiendo a Heidegger, un artista entonces preferiría retener la palabra-por-decir, no con el fin de guardarla para sí mismo, sino, al contrario, para llevarla al encuentro de lo que es digno de escuchar.

Las artes, lo femenino, la música, la literatura, la escultura, la pintura, la actuación. Como dice Nietzsche, la verdad es una mujer que tiene sus muy buenas razones para ocultar sus razones. La nota azul ¿un enigma femenino? Algo que no se deduce sino más bien se adivina. En “De la visión y el enigma” Zarathustra dice: “A vosotros, los ebrios de enigmas y enamorados de la luz del crepúsculo, cuyas almas son atraídas por el sonido de las flautas hacia todo profundo remolino, pues no queréis buscar a tientas, con mano miedosa, ningún hilo conductor; y que cuando podéis adivinar odiáis deducir.”

Azul no sólo es color, antes es acto creador y aún antes enigma que el artista tiene la osadía de animarse a adivinar. Asomado al abismo de lo real y lejos de la inspiración, el artista se deja guiar por el oficio, aquel que algún maestro supo transmitirle.

La música nos convoca, nos recuerda un paisaje pero también sucede que los sonidos evocan colores; las duraciones, los ritmos, los timbres son en sí mismos colores, colores sonoros que vienen a superponerse a los colores visibles pero que no tienen ni las mismas velocidades ni los mismos pasos que los colores visibles. Deleuze dice que la música no es simplemente el asunto de los músicos, en la medida en que ella no tiene como elemento exclusivo y fundamental el sonido. Tiene como elemento el conjunto de las fuerzas no sonoras que el material sonoro elaborado por el compositor volverá perceptibles, de tal manera que se podrán percibir las diferencias entre esas fuerzas, todo el juego diferencial de esas fuerzas. No hay oído absoluto, el problema es tener un oído imposible, es decir, volver audibles fuerzas que no son audibles por sí mismas.

Según Borges, Schopenhauer escribió que la música no es menos inmediata que el mundo mismo; sin mundo, sin un caudal común de memorias evocables por el lenguaje, no habría, ciertamente, literatura, pero la música prescinde del mundo, podría haber música y no mundo: la música es la voluntad, la pasión. Tal vez por eso en una de sus poesías, -Camden, 1892- Borges nos regala una nota azul, en los últimos versos él escribe:

“Su voz declara:

casi no soy, pero mis versos ritman

la vida y su esplendor. Yo fui Walt Whitman.”

Nota azul, conjunción sublime, lugar donde se intrincan, mezclan y confunden lo dionisíaco y lo apolíneo; discordia creadora, combinación exquisita de ensueño y embriaguez, violencia conmovedora del sonido, ditirambo en el que el hombre se siente arrastrado a la más alta exaltación de todas sus facultades.

Doble el movimiento doble, apertura y cierre. Espacio y tiempo que se abre sobre la continuidad musical para que irrumpa la nota azul, tiempo y espacio que se cierra para que los sonidos continúen su derrotero. Apertura y cierre de los oídos, porque si no, tal vez, la música, la escucha, carecería de sentido.

El entusiasmo es un afecto distinguido por Lacan, el entusiasmo es el afecto adecuado para un buen acceso al saber, hasta el punto que lo considera el toque del psicoanalista indiscutible. El entusiasmo es la condición de posibilidad del saber alegre. Lo que Lacan llama entusiasmo es también una alegría, es el saber que sí existe a condición de crearlo, de construirlo, de inventarlo.

Qué del artista sin su entusiasmo, sin su perseverancia, sin su oficio, sin su saber hacer.

Nota azul que invade el arte todo: la música, la literatura, la escultura, la pintura, la actuación y también la vida.

Quien tenga oídos, que oiga.        

 

 

                                                                            Nicolás Poliansky

              La dirección electrónica del autor es: nicopoliansky@hotmail.com

 


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