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De música a la ligera: el arte privilegiado, derechos humanos y prácticas iatrogénicas

04/04/2019- Por Valeria Casal Passion - Realizar Consulta

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Jorge Luis Borges se refería a una frase de Walter Pater: “todas las artes aspiran a la condición de la música” (1), aludiendo a lo inseparable de la estructura melódica, el tiempo y las emociones de su creador y las que suscita. Las demás artes aspiran a esta condición, lo que implica su carácter de privilegiada, preeminente y fundante entre todas las artes.

 

 

 

                    *a

 

 

 

“Todo está guardado en la memoria,
  sueño de la vida y de la historia”.

                    

                                   León Gieco

 

 

  Las teorías sobre el origen de la música (su filogénesis) son diversas. Los musicoterapeutas estudiosos de la sonoridad intersubjetiva nos referimos a la musicalidad, aquella que es constitutiva y fundante en las primeras etapas de la vida y constructiva de lo subjetivo hasta la vida adulta.

 

  “Sonoridad, musicalidad comunicativa, configuración sonora relacional primordial, son distintos modos de enunciar y referir aquello que nos define y nos determina” (2). Luego, recién luego: la palabra, cuando la musicalidad le sirva como andamiaje, la albergue y la enlace en el mejor de los destinos de un sujeto.

 

  Es así que la musicalidad primordial está “construida por los modos y cualidades de los elementos del encuentro: ritmo, tempo, intensidad, duración, entonación, alternancia de escucha y expresividad. Un modo de construir y cocrear una dinámica vivencial que va dejando huellas.” (3)

 

  Aunque musicalidad y música están relacionadas, su conceptualización es diferente. La música es objeto, producto y proceso humano, devenido inclusive de aquella musicalidad temprana. Como sujetos insertos en una trama cultural, los posteriores procesos de construcción subjetiva serán en los intercambios constitutivos que forjan la identidad, donde la música también será objeto y proceso fundante como creación, manifestación y producto estético.

 

  La musicalidad conforma huellas mnémicas y, aquellos modos primordiales y el objeto música que erigieron los procesos identitarios, poseen ligados una emoción o recuerdo concomitante.

A lo sonoro y a lo musical, a través de una vía auditiva conservada, no se le puede decir que no y a su vez puede convocar lo bello o lo siniestro y permitir el acceso al no mejor de los recuerdos y emociones.

 

  La escucha es un derecho, cada quien tiene derecho a escuchar, a ser escuchado, a decir y también tiene derecho al silencio.

 

  La música, así como es privilegiada en la clasificación de las artes y todas las artes aspiran a su condición, también tuvo un lugar destacado en el Holocausto. Los nazis no solo permitían sino que favorecían la actividad musical en los guetos y los campos de exterminio.

 

  Las teorías redentistas en relación a la música reflejan que ésta favorecía la resistencia de las víctimas y enaltecía su espíritu ante la realidad que los circundaba, dándole hasta un sentido positivo a la cruenta experiencia. Las canciones servían para llamar la atención entre ellos, para consolar, para mantener de alguna manera la cultura robada, la religión y reflejaban también las diferencias, disputas internas y la lucha por la supervivencia.

 

  Si se era músico se podría vivir un poco más o quizás sobrevivir. Para muchos sobrevivientes el poder positivo que podría tener la música era desarmado ante la crueldad de la realidad. Los nazis hicieron de Brahms, Schubert, Dvorak, y Wagner, entre otros, sus cómplices.

 

  La música esclavizaba voluntades, anunciaba la cercanía a la hora y lugar de trabajo. Mientras la orquesta sonaba o los altavoces trinaban, convocaba la fuerza necesaria para mover un pie delante de otro y no dejarse caer ante lo inevitable; también anunciaba el camino hacia la cámara de gas. Lo humano era tan efímero como el sonido y la melodía que el viento transportaba y diluía.

 

  Posteriormente a la experiencia de los campos hay quienes se refirieron a la música como enaltecedora del espíritu, sostén del cuerpo y del alma, y hay quienes ya no quisieron volver a ejecutarla, escucharla o ni siquiera recordarla. Tal es la concepción subjetiva de la experiencia estética.

 

  Una melodía o un sonido pueden ordenar esos fragmentos diluidos, puede retornar al presente aquella huella impresa en la memoria inclusive con su emoción adyacente, con la misma fuerza en que fue vivido el hecho. Como tal esa emoción, esa huella mnémica actualizada a través de una melodía o sonido, puede conformar un bello recuerdo, emoción o lo contrario.

 

  Y en otras experiencias masificantes, ¿es la música la victimaria en algunas fatales fiestas electrónicas? No, fueron las drogas, un brebaje químico llamado droga de diseño, que al activarse con el movimiento frenético de la música electrónica provoca lesiones a veces irrecuperables o la muerte de quienes la ingieren.

 

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  Al igual que las víctimas del Holocausto, el ritmo de la música electrónica combinado con las drogas exigió ser obedecido, hizo el llamado y convocó al sujeto a diluirse y transformarse en uno solo. En el Holocausto la deshumanización estuvo a cargo del nazi ejecutor y la música sirvió a sus fines.

 

  Como en aquella época, como aquellas víctimas del exterminio, asistentes a algunas fiestas o conciertos electrónicos fueron convocados a obedecer y fue la música la utilizada como herramienta para separar las diferencias, colmar el narcicismo junto a la droga facilitadora (no en todos los participantes por supuesto), aunar en su ritmo y eliminar al otro semejante para ser en la masa corpórea uno solo.

 

  La música, objeto estético, no activa ni empodera de por sí, no es una herramienta, no es benéfica ni maléfica en sí misma, no cura dolores anímicos u orgánicos, ni es recurso no farmacológico supletorio o complementario en el tratamiento de diversas condiciones de salud. Frecuentemente es utilizada con intención rehabilitadora, considerándola por fuera de un sujeto, introducida y aplicada por otro a fin de modificar, estimular, beneficiar; masificar.

 

  Teniendo en cuenta estos aspectos y en relación a intervenciones en salud reflexiono sobre los cuatro principios de la Bioética (autonomía, no maleficencia, beneficencia y justicia). La musicalidad fundante de lo subjetivo es huella, la música es formante de los procesos identitarios y como tales convocan sensaciones, emociones, pronunciamientos, discursos eminentemente subjetivos y personalísimos, por eso no, no pueden tomarse a la ligera.

 

  Presuponiendo sus efectos benéficos o maléficos según el fin, la música como producto y proceso humano fue transformada en histórica cómplice de prácticas aniquilantes, masificantes y colmadoras del narcisismo.

 

  La historia y la experiencia pone en evidencia la responsabilidad, legalidad, juicio crítico, fundamento ético y científico de las intervencionesque en salud y otros ámbitos se requieren a fin de que éstas conformen prácticas subjetivantes, buenas prácticas clínicas. Hay derechos humanos personalísimos, el decir en todas sus formas, la escucha y el silencio no escapan a estas consideraciones.

 

 

Imágenes*:

 

*a https://www.enlacejudio.com/2013/11/11/recuperan-musica-de-campos-de-concentracion-nazis/

*b http://www.diarionorte.com/article/151424/murio-un-hombre-tras-asistir-a-una-fiesta-electronica-en-montserrat

 

 

Bibliografía

 

1)   Borges, Jorge Luis, “Arte poética”. Editorial Crítica. Barcelona, 2001. Págs. 97-117. (Seis conferencias sobre poesía pronunciadas en inglés en la Universidad de Harvard durante el curso 1967-1968). Traducción de Justo Navarro.

2)   -  3) Gauna, G. Giacobone, A. Licastro, L. “Musicoterapia en la infancia”. Tomo I. Ed. Diseño. Buenos Aires, 2015. Pag.214, 216.

 

 

 

 


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