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El personaje y el semblante

19/01/2005- Por José Antonio Vidal - Realizar Consulta

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Mientras el sujeto se caracteriza por su división y su fluctuación en la relación con los demás el personaje en cambio es indiviso y constante, es una respuesta más que una pregunta. ¿Sería posible hacer extensiva esta definición a todas esas maneras de gozar que llamamos las nuevas formas del síntoma, como la anorexia, las patologías del acto, el travestismo, de las que podemos decir de entrada que comparten ese rechazo en lo que al inconsciente se refiere, al inconsciente como pregunta, a la división subjetiva? Quisiera examinar el sentido de esta palabra “personaje” y oponerla a la de semblante, cercana, en la perspectiva de Lacan, a la posición femenina y a la del analista. Así tendremos por un lado el personaje y en el extremo opuesto el semblante.

El personaje y el semblante

 

 

 

Hugo Freda en su intervención en el seminario de Miller y Laurent, “El Otro que no existe...” [1] postula que el toxicómano es un personaje, que en ese sentido no es un sujeto. Se entiende, el sujeto, en tanto dividido, no es algo que deba presuponerse, sino que se alcanza en determinadas situaciones. Con Lacan, Freda concluye que la intoxicación bajo todas sus formas es una respuesta no sintomática que apunta a anular la división, la marca de una posición subjetiva caracterizada por un no querer saber del inconsciente.

“El nudo esta en el problema del nombre, de que se puede soportar de un nombre, de una referencia. Por esta vía la definición toma otra dimensión.

La droga es el punto de referencia que nombra una practica: La toxicomanía, a partir de la cual se crea un personaje: el toxicómano. El toxicómano es un personaje y nunca un sujeto, Un personaje que por su hacer con la droga, crea un “yo soy toxicómano”, aquel que puede escapar de las obligaciones que le impone la función fálica.

Mientras el sujeto se caracteriza por su división y su fluctuación en la relación con los demás el personaje en cambio es indiviso y constante, es una respuesta más que una pregunta.

¿Sería posible hacer extensiva esta definición a todas esas maneras de gozar que llamamos las nuevas formas del síntoma, como la anorexia, las patologías del acto, el travestismo, de las que podemos decir de entrada que comparten ese rechazo en lo que al inconsciente se refiere, al inconsciente como pregunta, a la división subjetiva?

Quisiera examinar el sentido de esta palabra “personaje” y oponerla a la de semblante, cercana, en la perspectiva de Lacan, a la posición femenina y a la del analista.

Así tendremos por un lado el personaje y en el extremo opuesto el semblante.

 

Personaje

 

La dignidad humana se sostiene de una manera fundamental del hecho de mantener algunas cosas, aunque más no sean ciertos detalles, ocultas, reservadas, privadas a la mirada de los demás. Y esas cosas están siempre vinculadas, en su origen, a lo sexual.

En el varón la vestimenta es solidaria al falo y es por eso que depende un poco menos que la mujer de su relación a la ropa, o, dicho de otra forma, la ropa le importa solo en términos fálicos. Siempre se puede calcular la posición económica de alguien por sus ropas, su grado militar y su adhesión a un grupo. Estos son los modos fálicos del uso de la vestimenta.

El otro uso es el de velo, que se nos ocurre más ligado a la mujer, quien por su lugar en la sexuación tiene una disposición mayor por el semblante.

Hay que distinguir, distinción que por supuesto no es del todo fácil, entre el vestido y el disfraz, ya que el límite es fino. El disfraz es la vestimenta pero enajenada de su circunstancia, no legitimada por el conjunto social. Mientras que el vestido permanece dentro de la ley, ajustado a la norma que surge del ordenamiento discursivo de la sociedad, el disfraz es trasgresor y  apunta a lo prohibido. Por eso es tan frecuente en las fiestas, momento más o menos orgiástico que permite salirse un poco de las normas en un marco regulado.
La simulación es uno de los usos más frecuentes del disfraz y, en general está destinada a ocultar una intención agresiva. De allí que sus formas privilegiadas sean la muerte y el sexo. La actitud amigable que esconde el odio y la traición o la violencia son las formas más conocidas del disfraz y de la simulación usadas habitualmente por los poderosos y los criminales.

Elías Canetti nos hace observar que el disfraz puede estar destinado a la creación de un personaje. El personaje es para él una forma más o menos congelada de las posibilidades de metamorfosis. Mientras que la metamorfosis es siempre posible de pensar como en una continua sucesión de cambios, es decir, cada vez pudiendo dar lugar a nuevas metamorfosis, el personaje es el punto en que los cambios se detienen y se produce una forma estable y no reversible de esas metamorfosis. Una forma privilegiada del personaje, en su carácter de congelado es la de la máscara. De hecho la palabra persona significa estrictamente “máscara de actor”

La máscara permite provocar en los demás un efecto, generalmente de temor, El portador de la máscara continúa siendo él mismo por debajo de la máscara y es en esto que Canetti distingue al personaje de la verdadera metamorfosis en la que sí hay un cambio profundo. La máscara ha dado lugar a la idea de persona y a la de personaje, siendo esto una forma degradada de la primera. Hay un cierto platonismo en esto: hay la idea, la copia y las malas copias, los simulacros.

El semblante es lo contrario al personaje. Mientras el personaje es rígido, petrificado e inmóvil, como lo es la máscara en las ceremonias tribales o en las formas básicas del teatro, la mascarada que la mujer pone en juego es móvil, ligera, y se mantiene en cambios constantes, es frívola en el sentido de superficialidad, con lo cual decimos que no está pegada a la cara de la mujer, sino que puede variar de un momento a otro.

 

El sujeto que asume una máscara permanece siendo él mismo tras la máscara, pero no puede estar poco concernido por los efectos de ella sobre los demás y la máscara, cuando su influencia es grande, puede ir ganando toda su personalidad. La máscara provoca diferentes afectos en quienes la miran y por eso el mayor temor es que caiga y deje ver lo que en realidad oculta, la muerte. Digo la muerte en el sentido que decimos la muerte del sujeto cuando hablamos de la psicosis, es decir, la salida total de la discursividad.

El espectador teme la caída de la máscara porque se encontrará con esa muerte que la máscara oculta y el portador de la máscara teme la caída de ella porque al caer lo deja a él desnudo frente a los demás en su miseria, en la nada que es la muerte misma. Ese es el factor fundamental por el que la máscara causa temor: detrás de la máscara habita la muerte.

El personaje, en este sentido, rigidizado por la máscara es una forma de mimetismo como las que Lacan ha despejada siguiendo a Roger Callois, es decir las formas de apropiación del otro como bloque, sin las discontinuidades que le son propias, sin el movimiento, la variación y la dinámica que la imposibilidad que la relación sexual implica.

Algunas obras clásicas del teatro Kabuki muestran cómo la máscara puede ir apropiándose de su portador, invadiendo su personalidad hasta tomarla toda, como un demonio que posee a su víctima.

 

Debemos entonces oponer el personaje al semblante. Mientras el primero instala la fijeza y la rigidez de la máscara para ocultar la muerte que está representada por la nada y la pulsión agresiva que encierra, el  segundo implica soportar lo que puede ser causa del deseo para otro y sin identificarse a ella en ningún momento.

La mujer no se identifica al objeto de deseo que ella puede ser para un hombre, y no podría hacerlo desde que, aunque es portadora de ese objeto ella misma desconoce de su naturaleza.

Lo mismo podemos decir del analista que hace semblante de objeto pero sin identificarse a él, no se identifica porque solo conoce su funcionamiento, no el que dé ese objeto.

Del lado del personaje en cambio debemos situar las formas actuales del síntoma, las toxicomanías, la anorexia o el fenómeno psicosomático, como formas cristalizadas, inmóviles del mimetismo, de la apropiación de las exigencias sociales de la época mediante una identificación masiva, mientras que del lado del semblante ponemos la posibilidad de la diferencia, la variación y la puesta en juego del deseo en el campo de lo social.

La mujer, en algunos casos puede estar identificada a una máscara y se producen así esas formas bizarras de lo femenino, lo más femenino que lo femenino

El semblante femenino, como el del analista, hace existir algo donde no hay nada.

El personaje, en cambio, hace consistente esa nada bajo la forma omnímoda de la muerte.

El travesti de nuestros días, como el toxicómano o la anoréxica, claro está, son  personajes que vienen a denunciar que la feminidad es nada más que un disfraz, o peor, que es una farsa, un fraude, que debajo de las faldas puede haber un pene, que bajo las ropas puede haber sólo unos flacos huesos o que detrás de todo comportamiento social hay un objeto mísero de consumo, modos todos con los que se desmiente la castración y que mediante el uso de esas máscaras, la del travesti, la de la anoréxica o la del toxicómano, ocultan precariamente la muerte como recurso final.

Hay otros, cada día más.

Los modos que se encuentran bajo la forma de las nuevas formas del síntoma pasan por tantos sitios que se hace difícil hacer una lista: El tatuaje, la cirugía estética, la ingeniería genética son los modos en que la ciencia va produciendo los personajes de nuestro tiempo tras los cuales se esconde la nada mortífera del sujeto sin orientación.

 

 

                                                                               José Vidal Moreno

      La dirección de correo electrónico del autor es: josevidal@arnet.com.ar

 

 

 



[1] Jacques Alain Miller, Eric Laurent.. El Otro que no existe y sus comités de ética. Curso de Orientación lacaniana.año 2000.   Inédito


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