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Escribir ¿un sentido para el sufrimiento?

09/06/2015- Por Isela Segovia - Realizar Consulta

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Un diario es un testimonio escrito del vivenciar de su autor, el registro que puede preservar la historia del olvido de la memoria. Puede ser también un texto literario, de gran valor para conocer la vida cotidiana de un escritor. Alejandra Pizarnik escribió un diario a lo largo de 17 años que forma parte de su obra, al que ella le daba la misma importancia que a su poesía. La edición publicada póstumamente, censurada por la familia y por la editora, sin embargo nos acerca a sus miedos, angustias y fantasmas, al mismo tiempo que nos permite conocer la construcción de su obra.

 

 

                 

 

 

Un diario es un espacio íntimo, un testimonio del diario acontecer de quien lo escribe; un testigo escrito de la experiencia, de las vivencias, miedos, angustias, fantasmas, de su autor; es el registro que preserva del olvido lo que ahí ha quedado resguardado; es un espacio de deseo también, puesto que lo que se escribe se halla atravesado por la subjetividad, por la mirada y el recuerdo, de una memoria que no pocas veces se traiciona. Una vez que lo escrito queda asentado, hay un desprendimiento con relación al escribiente, de tal suerte que una lectura posterior puede hacer aparecer esas notas como ajenas. Y lo contrario, la relectura puede “revivir” algún acontecimiento con la misma intensidad en el espacio de los afectos.

 

Como Freud advierte en su texto “Nota sobre la pizarra mágica”:

 

“Si desconfío de mi memoria (…) puedo complementar y asegurar su función mediante un registro escrito. La superficie que conserva el registro de los signos, pizarra u hoja de papel, se convierte por así decir en una porción materializada del aparato mnémico que de ordinario llevo invisible en mí. Si tomo nota del sitio donde se encuentra depositado el «recuerdo» fijado de ese modo, puedo «reproducirlo» a voluntad en cualquier momento y tengo la seguridad de que se mantuvo inmodificado, vale decir, a salvo de las desfiguraciones que acaso habría experimentado en la memoria.”[1]

 

Alejandra Pizarnik llevó un diario a lo largo de 17 años, cuya versión editada fue publicada tres décadas después de su prematura muerte, ocurrida la madrugada del 25 de septiembre de 1972. La edición del texto estuvo a cargo de la editorial española Lumen en 2003; sin embargo, muchos años atrás, su publicación fue solicitada por la propia poetisa a Ana Becciu, quien narra así este hecho: “el deseo de Alejandra Pizarnik, expresado verbalmente en la tarde del domingo 24 de septiembre de 1972, cuando fui a visitarla a su casa de la calle Montevideo 980. Estuvimos conversando un buen rato y en un momento dado, refiriéndose a sus diarios, dijo que había estado pensando en que le gustaría que se hiciera una selección para publicarla un día como un «diario de escritora» (…)”[2]

Sería así un libro más en su producción, quizá el más personal e íntimo. Este deseo no lo vería concretarse, pues unas horas más tarde se habría suicidado. ¿Habrá sido esta petición a la editora un acto de despedida, un intento de poner en sus manos el rescate de su vivenciar cotidiano, de los últimos años previos a su muerte, y por lo tanto una evidencia de aquello que la habitaba?

Los diarios, en forma de libro, lograron ser publicados tras muchos años y varias  peripecias. Becciu[3] relata que a los pocos días de la muerte de Alejandra, su madre, Rosa Bromiker, les solicita a ella y  a Olga Orozco (amiga muy cercana de Pizarnik) la tarea de reunir los papeles y textos que la escritora había dejado en su departamento de la calle Montevideo. Trabajaron allí durante varios meses, y después los depositaron en el estudio de un abogado, pues consideraron que podrían no estar seguros.

Para finales de 1972 habían conseguido armar un libro con el material inédito, que fue entregado a la editorial Sudamericana. Pero cuatro años después no había sido publicado.

En el año 1976 estalló el golpe militar en Argentina. Olga Orozco escribió a Julio Cortázar a París; con el escritor Pizarnik mantuvo una amistad muy estrecha durante su estancia en esa ciudad. Él aconsejó sacarlos del país y llevárselos para que fueran depositados en una institución confiable. Becciu sale de Buenos Aires en mayo de ese año, pero no pudo trasladarlos, pues eran demasiado voluminosos y pesados para transportarlos por avión. Orozco mantuvo los documentos en su casa hasta que en 1977, Martha Moia, que había estado muy unida a Alejandra en los últimos años, los llevó en barco en dos enormes sacos. Sin embargo, cuando se encontraron en Barcelona, Moia le entregó a Becciu sólo uno de los sacos, pues el otro se lo "iba a quedar ella". Fue hasta 1984 que accedió a entregarle aquellos cuadernos a Cortázar en París. Desafortunadamente, Cortázar murió ese mismo año, y quien finalmente recibió los papeles fue su ex esposa, Aurora Bernárdez. Los documentos permanecieron con ella hasta 1999, cuando de común acuerdo con Myriam Pizarnik, hermana de Alejandra, los depositó en la biblioteca de la universidad de Princeton, en E.E.U.U., inaugurando así el Archivo Alejandra Pizarnik.

La edición póstuma de los Diarios está basada en veinte cuadernos manuscritos, seis legajos de hojas mecanografiadas y varias hojas sueltas con correcciones hechas a mano. Uno de tales cuadernos y cuatro de los legajos están compuestos por «resúmenes de cuadernos de los años 1961 a 1964», que coinciden con los de su estancia en París. Estos resúmenes, en opinión de Becciu, son sumamente importantes debido a que revelan el método de escritura y las intenciones predominantemente literarias de Alejandra como diarista.

El 9 de agosto de 1955, Pizarnik escribe: “Tengo reparos en seguir escribiendo este cuadernillo. El método que utilizo para escribirlo es éste: escribo sin pensar, todo lo que venga de «allá». Lo guardo. Al día siguiente, releo lo escrito y pienso.”[4]

A su regreso a Buenos Aires, en 1964, Alejandra empezó a copiar, reescribiéndolos, los diarios redactados en esa ciudad con el propósito de publicarlos, algo que hizo con algunos fragmentos. El cuaderno correspondiente a los años 1962-64 es un resumen con muy poco trabajo de reescritura; contiene las anotaciones referentes a sus relaciones amorosas, las cuales están muy recortadas. Modificó también iniciales de nombres y cambió varias veces fechas y lugares, como si hubiera querido, de acuerdo con Becciu, “recomponer varias historias en una, que sería de la de su experiencia interior de la pasión erótica, o escribir una suerte de «novela sentimental».”[5] Los legajos, por su parte, constituyen una genuina reescritura, “una extremada síntesis entre la narración de su puesta en escena interior y la captación de un instante de esa escena, de lo que resulta un fragmento o apenas una frase próximos en intensidad a los poemas”[6] que dará a conocer a partir de su obra poética Extracción de la piedra de la locura, de 1968.

Iniciando los años 60 es cuando también empieza a hablar de crear lenguaje: la escritora “Sufre porque es consciente de que esa búsqueda la separa; vuelve imposible el amor, la cotidianidad del amor, la pareja, los domingos en familia, las obligaciones comunes y corrientes, las distracciones. El lenguaje al que Pizarnik aspira no admite distracciones. Y el precio a pagar es muy alto.” [7]

La escritura de su diario era tan imprescindible como la de sus poemas. Lo concebía como parte de su obra literaria. Y esta escritura está directamente relacionada con la búsqueda de una prosa, el interés de adquirir un lenguaje concreto que le permitiera algún día escribir una novela.  Este deseo es descrito por Pizarnik en términos de brevedad, claridad y belleza. Quería escribir “…Un libro en prosa que no fuera una novela sino una casa…”[8]; un libro que la mantuviera por mucho tiempo construyendo su propia morada.

Una de las biógrafas de Alejandra Pizarnik y revisora también de su obra, Patricia Venti[9], señala que el carácter público del texto autobiográfico es la principal causa que promueve su censura. Los familiares, albaceas literarios, etc., intervienen, recomponen, vetan, alteran el manuscrito no sólo suprimiendo nombres, referencias de terceras personas, sino también censurando al propio escritor. El libro que llega a manos del lector es un texto reconstruido al gusto del mercado y según la ideología de la casa editora.

En el caso de la edición de Lumen, referida anteriormente, la selección de los diarios (1954-1971) se hizo siguiendo el criterio de Myriam Pizarnik, hermana de Alejandra y legataria de su obra, quien exigió que se eligieran los fragmentos de contenido literario evitando las referencias a la vida privada de la escritora y de las personas mencionadas.[10]

Venti señala que la albacea suprimió más de 120 entradas, además de excluir casi por completo el año 1971, y en su totalidad el año 72.[11] No es posible, por tanto, en tal edición, leer lo que la escritora registrara justo las semanas o los días previos a su fallecimiento, si bien el tema de la muerte, del deseo de muerte, aparece en muchas ocasiones a lo largo de los años, al igual que en su poesía.

En vida del escritor, como asegura Venti, la tarea de “sobre-escritura arquitectónica”, la cual puede considerarse equivalente a la corrección en el nivel del texto individual, la realiza él, según sus razones personales, ejerciendo así una forma de control sobre  su producción; en otro nivel, existe un poder del texto que directamente aniquila al escritor; este control pasa a manos de quien se haga cargo de las ediciones póstumas. El editor es el “sobre-escritor” del volumen editado, su intervención le confiere un significado diferente al libro, que se “sobre-escribe”, que se “sobre-pone” al del autor. [12]

Tendríamos aquí varios niveles de edición y/o censura: el de la obra publicada que ha pasado por las manos del editor, cuya lectura y arreglo del texto corresponde también a criterios subjetivos y de compromiso con la casa editorial que le paga por su trabajo; el de la propia escritora que seleccionó, modificó y alteró su propio escrito con la intención de publicarlo; el de la familia, que solicita, condiciona y exige la censura de los temas “personales”, permitiendo solamente la aparición de los literarios; pero también de la autora, en el momento mismo de la escritura de los pasajes del diario, cuando era hablada por el lenguaje.

Como ocurre con la traducción de una obra a otros idiomas, hay una traición, una pérdida, una limitación inherente al lenguaje: entre la intención y lo que es enunciado hay siempre una diferencia.

Redactar un diario es un acto de escritura. En el caso de Alejandra Pizarnik, forma parte del conjunto de su obra, la acompaña en su construcción. “La escritura es litoral: recorre las playas de lo simbólico pero se moja en las olas de lo real. La escritura, siendo lenguaje, implica también un exterior al lenguaje. Es el campo trazable de lo simbólico, pero también su disolución; es su sangre. La escritura soporta lo real en relación a los simbólico”[13], comenta Helí Morales.

En una de las múltiples entradas del diario, el 24 de octubre de 1957, Alejandra Pizarnik habla del miedo: “Dentro de mi pecho tiene que estar la morada del consuelo, quiero decir, de la certeza. Sólo entonces se vive la poesía, que parece estar reñida con la imaginación. Tengo miedo de fracasar por culpa de mi angustia. Es necesario olvidarse de todos”. Tenía 21 años.

La escritura no fue para Alejandra Pizarnik precisamente una “morada del consuelo”. Antes bien fue una imposibilidad, una repetida experiencia de fracaso. De ello dan cuenta los diarios. Si bien al parecer la intención primera fue literaria y la versión a la que podemos tener acceso está censurada, los diferentes pasajes consignados a  lo largo de los años, permiten echar una mirada a un dolor de existir tejido con palabras. ¿Fue, como dijo en noviembre de 1971, “Escribir es darle sentido al sufrimiento”[14]? O, más bien, algo que no cesó de escribirse

 

 



[1] Freud, S. “Nota sobre la «pizarra mágica»” (1925[1924]), Obras Completas, Bs. As., Amorrortu, 1974, Tomo XIX, pág. 243.

[2] Becciu, A. Alejandra Pizarnik. Diarios. Lumen, Barcelona, 2005, 2ª ed., pág. 7.

[3] Becciu, A. “Los avatares de su legado,  Revista Clarín.comEdición Sábado 14.09.2002.  

[4] Becciu, A. Alejandra Pizarnik. Diarios, Óp. cit. pág. 52.

[5] Ibíd., pág. 8.

[6] Ibíd., pág. 8.

[7] Ibíd., pág. 10.

[8] Rivera Garza, Cristina, La muerte me da. México, Tusquets, 2007, pág. 202.

[9] Venti,  P. “Los diarios de Alejandra Pizarnik: censura y traición”. Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid, 2004. [http://www.ucm.es/info/especulo/numero26/diariosp.html].

[10] Ibíd.

[11] Ibíd.

[12] Ibíd.

[13] Morales, Helí. “De tatuajes y garabatos: el síntoma como escritura”, en Escritura y psicoanálisis. Coloquios de la Fundación,  volumen a cargo de Helí Morales, México, Siglo XXI, 1996, pág. 42.

[14] Becciu, A. Alejandra Pizarnik. Diarios, Óp. cit. pág. 503.


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