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La mirada de la pintura: conjetura e invención del sujeto

04/08/2020- Por Matías Rivas - Realizar Consulta

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Si nos aventuramos a perseguir el eco de la pregunta “Padre, ¿no ves que estoy ardiendo?” podemos terminar encontrándonos en el fondo de la pintura de Lorenzo Lotto, Retrato de joven con una lámpara (1506). Más precisamente en la llama que flamea en su quietud en el extremo derecho, que deja verse gracias a la cortina corrida, peligrosamente cercana a ella.

 

                                   

                   Retrato de joven con una lámpara (1506) por Lorenzo Lotto*.

 

 

 

La pregunta que arde en el fondo de un retrato

 

  La pregunta del sueño remite a una esquicia estructural, profunda, que es la que hay entre la maquinación del sueño, con sus imágenes, sus colores vivos, sus intensidades, lo que podría entrar en el campo de la imagen, de la visión con toda su complejidad, es decir, la dimensión escópica y, por el otro lado, aquello que causa al sueño: no ya su maquinación, su puesta en escena, sino más bien aquello que es un llamado, una invocación, la voz que solicita una presencia o una respuesta.

 

  Hablamos, entonces, de la intrincación de las pulsiones: por un lado, la mirada (“… ¿no ves?...”) y, por el otro, el llamado de la voz (“Padre…”).

 

 

Sujeto y órgano

 

  Si el sujeto tiene estructura intervalar, intersticial y se ubica en las fallas, entonces el sujeto está en relación con lo abierto, con una apertura radical que escapa a cualquier captura, cualquier intento de sustancialización, de consistencia. En estos términos, el inconsciente, también, es un tropiezo del discurso del que el sujeto toma posesión. Puede decirse que inconsciente y sujeto comparten el mismo lugar y que se solapan hasta confundirse.

 

  El órgano está tomado por el inconsciente, ya lo indicó Freud en “La perturbación psicógena de la visión según el psicoanálisis” (1979) al decir que la pulsión se encabalga en su función y la perturba. Esa perturbación, ese encuentro fallido del órgano con su función, la ausencia del instinto, es el sujeto.

 

  Es el mismo motivo que llevó a Lacan a proferir que “no hay relación sexual” el que habilita a decir que algo a nivel del ojo se separa y cae del órgano; eso que cae es la mirada, nombrado objeto a en el Seminario XI (1995), o sea, lo que le hace falta a lo que podría llamarse relación sexual, esa que no hay o, en otros términos, lo que hace obstáculo al feliz encuentro del sujeto con su objeto.

 

  Lacan va a decir que la mirada es el tope de la experiencia, la falta constitutiva con la que el analista se choca, a saber: la castración, la finitud que pone al sujeto en falta, fuera de sí, falto en ser, descolocado y ausentado de sí mismo. En otras palabras, lo que constituye al sujeto tal como lo plantea el psicoanálisis: no algo dado, ni un estrato último, tampoco una profundidad, sino un punto de retorno o de llegada, desajustado, desfasado.  

 

 

La mirada saltarina: mirada-sortija

 

  Jean-Luc Nancy plantea, en La mirada del retrato (2006), que la pintura formula rigurosamente la entera estructura y génesis del sujeto. Lacan, por su parte, va a decir que es en la función del cuadro en la cual el sujeto se localiza como tal.

 

  El parentesco entre estas dos propuestas es que ubican allí al sujeto, lo que permite pensar, desde Lacan, en el inconsciente y, desde Nancy, en un exceso, en una apertura infinita. Se presenta, de este modo, una fractura en el orden de la representación, de la cosa y la apariencia, del placer de la contemplación pasiva. Hay ya un punto de fuga en el anonadamiento conciente que causa el “me veo verme”, que lo horada, lo abre y lo espacia.

 

  En el “me veo verme” de la representación, en la posición contemplativa, lo que está ahí, al servicio del ojo, me pertenece porque es un objeto: el reflejo es una apropiación de objeto; en cambio, en el campo escópico, al estar el órgano invadido por la pulsión, el sí mismo, el yo, se extraña, y es en ese punto en el que se presenta el sujeto expropiado de sí mismo, echado hacia adelante.

 

  La presentación del sujeto surge como un brote, emanación de una mirada que ya estaba ahí, abierta y expectante. Una mirada que está afuera y que nos mira, y ella pinta un cuadro en el fondo de nuestro ojo: impresión, chorro que mana.

 

  Pero esa mirada, ¿de dónde parte? No basta con decir del punto de luz, aunque es una alternativa que nos guía hacia una conclusión interesante: el cuadro, al ser superficie, al ser el lienzo no más que un lienzo, sin más profundidad que él mismo, provoca, en el ojo, la ausencia, un punto ciego de la visión, que es allí donde el poder separativo del ojo se ejerce al máximo, este en donde la distancia entre dos puntos distintos es tan corta que la distinción se borra, se indistingue.

 

  Podemos imaginar, entonces, la mirada como aquello que se escabulle detrás de este punto ciego por lo que, una definición somera de ella, es la de ser aquello que se elide en el campo de la visión.

 

  ¿Quién mira en el retrato de Lorenzo Lotto? O mejor, ¿qué mira? Es un error reducir la mirada a los ojos, ella no parte obligadamente de ahí, pensar esto puede extraviarnos aunque sea tentador. La mirada no necesita de los ojos porque toda pintura mira, sin necesidad de que haya ojos pintados. Más aún, los ojos pueden ser obstáculo, o señuelo de la mirada, porque nos llaman allí ofreciéndola para luego engañarnos, como un calesitero con su sortija.

 

  La mirada sólo puede ser una conjetura del sujeto, y esto en la doble acepción del del: por un lado, conjetura que se hace el sujeto ya constituido y, por el otro, el sujeto siendo él mismo una conjetura. Es decir, el sujeto es una conjetura que brota de la mirada, movimiento constitutivo que no está exento del deseo, que toma en este momento la función de la direccionalidad de la mirada.

 

  Lacan toma el ejemplo de Sartre: la mirada se siente, se imagina, se conjetura a partir de un ruido, de una pisada, una mirada que sorprende al sujeto en una mise-en-scéne deseante, espiando por el ojo de una cerradura o de cacería. Incluso solo se puede captar a la mirada en su desvío, nunca está donde se la busca.

 

  Si buscamos en los ojos del joven retratado por Lorenzo Lotto su mirada nos vamos a perder, porque la mirada circula, saltarina, por toda la pintura: podría estar en el pliegue del ojo derecho, como así también en la sombra del ojo izquierdo, o bien en el centro de alguno de los arabescos de la cortina, para escaparse nuevamente y posarse en el grano en medio de su frente, sin dejar de pasar por la pequeña abertura de la boca, sobre un fondo negro que deja ver una abertura abismal y muda.

 

  Pero hay un lugar particular de la pintura, al cual sólo se llega por desvío –es decir, por deseo–, que es la pequeña llama en el extremo superior derecho. Es ella figurativa del pintar. Para desbrozar esta afirmación, para acercarnos a la llama sin quemarnos en el fuego de la comprensión, deberíamos volver a Jean-Luc Nancy.

 

  A su propuesta, por la cual la génesis y estructura del sujeto se formula en la pintura, anudada a la de pensar a la mirada como la conjetura constitutiva del sujeto, habría que agregarle otra: pintar es producir lo expuesto-sujeto; es decir, a la idea de que en la pintura se formula la génesis y estructura del sujeto, hay que agregarle el modo en el que esto acontece: sacándolo hacia adelante, exponiéndolo en el afuera.

 

  Es esto mismo lo que ocurre sobre el lienzo: una figura, desprendida de su fondo, en torno a la cual orbita la pintura misma. La resonancia con el circuito de la pulsión y su contorneo de un vacío es clara. Pero ¿qué contornea, qué bordea la pintura? Respondemos desde Nancy: una ausencia.

 

  En primer lugar la del modelo, del que ya no importa su presencia, ni su reconocimiento fáctico, su parecido con la pintura, sino solamente su ausentarse; en segundo lugar, la ausencia que contornea el recorrido de la mano del pintor, lo inasible de su gesto que termina en el lienzo.

 

  Y, por último, en tercer lugar, la ausencia que no remite a un pasado, sino la ausencia que tiene lugar en el presente, presencia que es ausencia por excederse a sí misma, por sustraerse de la presencia ordinaria, abertura (efectuada por la operación de la castración) imposible de cerrar, tendiente hacia el infinito: la intimidad, desborde del sí mismo.

 

  Esta última modalidad de la ausencia es la que se figura en la pequeña llama de la pintura de Lorenzo Lotto, que condensa el acto creador, la potencia del retrato, que inventa al sujeto exponiéndolo, presentando –y no representando– su interioridad en la exterioridad del lienzo, ubicándolo en el espacio desde el cual entra en relación con nada más que sí mismo, pero que a causa de ello deviene otro (una relación, para ser tal, necesita al menos una distinción): espacio producido por la esquicia, espacio del sujeto, espacio del inconsciente, vacío bordeado por la pulsión.

 

 

Un exceso de mundo (o un mundo abierto)

 

  El gerundio del “estoy ardiendo” expresa no solo lo actual de la situación, sino su presencia-presente, su exposición, su desnudez (el presente simple puede escabullirse, puede jugar el juego de lo oculto aún). Es la misma presencia que la de la llama en la pintura de Lorenzo Giotto, es decir, es la misma presencia que la de su intimidad, presencia-presente que nos convoca y se hunde en lo infinito de nuestros ojos, que inicia el ciclo de remisiones entre la identidad y su exceso, entre el yo y su abertura, entre el sujeto y la carne del mundo.

 

  El retrato brinda una satisfacción a nivel de la pulsión porque hay un recorrido que se satisface, lo cual no implica que el circuito que recorre se cierre sobre sí mismo, ya que esto no sería más que una modulación novedosa del “verse viendo”, del triunfo de la conciencia sobre la pulsión, de la absorción de esta en el yo, o sea, una mala interpretación del Wo Es War, soll Ich werden. El cierre del recorrido es precario o, para decirlo mejor, es un exceso operado por el objeto a, que renueva el abismo abierto del, en y por el mundo.

 

 

(Coda)

 

  Jean-Luc Nancy, en una nota al pie, cita a Schelling, quien cree que el arte plástico es el verbo muerto, todavía palabra.

Es posible imaginar un llamado por la abertura de la boca del joven del retrato de Lorenzo Lotto; llamado petrificado, mudo, retratado como agujero negro. Es posible imaginar, por último, las palabras de ese llamado: “¿Padre, no ves que estoy ardiendo?”

 

 

Imagen*: Actualmente se encuentra conservada en el Kunsthistorisches Museum de Viena en Austria. Tomada de: https://it.wikipedia.org/wiki/Ritratto_di_giovane_con_lucerna#/media/

File:Lorenzo_Lotto_052b.jpg

 

 

Bibliografía

 

Freud, S., “La interpretación de los sueños”, Obras completas. Amorrortu, Bs. As., 1979.

Freud, S., “La perturbación psicógena de la visión según el psicoanálisis”, Obras completas. Amorrortu, Bs. As., 1979.

Lacan, J., Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis. Seminario 11, Paidós, Bs. As., 1995.

Nancy, J-L., La mirada del retrato. Amorrortu, Bs. As., 2006.

 

 

 


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