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Subjetividades cristalizadas: Los bichos de Lygia Clark y la empresa de la fuga01/09/2005- Por María Elena Domínguez - Realizar Consulta
Tres “Bichos”y un “Trepante” se encuentran en una caja de vidrio en el Museo de Arte Latinoamericano de Buenos Aires (MALBA). Son parte del patrimonio de la Colección Constantini. Parecen animales en exposición de un exótico zoológico. Allí, en esa caja, se entremezclan desarrollos estéticos divergentes. Allí confluyen comienzo, desarrollo y corolario de un período fundamentalmente orgánico en la obra de Lygia Clark.
“La obra (de arte) debe exigir una participación inmediata del espectador y
él, espectador, debe ser lanzado en ella”
Lygia Clark, 1957.
“Cuando me preguntan cuántos movimientos puede hacer el Bicho, respondo:
no lo sé, tú tampoco lo sabes, pero él sí que lo sabe”
Lygia Clark, 1983.
“El sujeto activo no tiene fisonomía estática que lo defina; descubre lo efímero
en oposición a cualquier tipo de cristalización”
Lygia Clark, 1997.
Tres “Bichos”y un “Trepante” se encuentran en una caja de vidrio en el Museo de Arte Latinoamericano de Buenos Aires (MALBA). Son parte del patrimonio de la Colección Constantini. Parecen animales en exposición de un exótico zoológico. Allí, en esa caja, se entremezclan desarrollos estéticos divergentes. Allí confluyen comienzo, desarrollo y corolario de un período fundamentalmente orgánico en la obra de Lygia Clark.
Centremos nuestra mirada en uno de los “Bichos”. Tal el nombre dado a la serie pero que no es patrimonio de ninguno en particular. Esta escultura “Sin Título”, anónima, una más de la serie, es una estructura tridimensional compuesta por segmentos de aluminio articulados de 30.5 x 21.6 x 20.6 cm. aproximadamente y fue realizada en 1960.

El “Bicho”, como toda escultura de bulto, nos invita a recorrerlo y descubrir sus volúmenes gradualmente a medida que nos desplazamos en torno de él. Así nos revela zonas más complejas que detienen la mirada, allí donde la multiplicidad de planos y espinas se presentan, y zonas donde la simplicidad reina. Los planos triangulares y semicirculares que lo componen están distribuidos espacialmente de un modo equilibrado. A primera vista parece ser una obra simple pero al manipularla y relacionarnos con sus propios movimientos descubrimos nuevos volúmenes que, a la vez, cambian su relación con los ya existentes complejizándola. Invitando al tacto y permitiéndonos percibir la espacialidad de nuestro cuerpo. Se trata de un volumen frente a otro volumen. Un cuerpo frente a otro cuerpo. No es una escultura inmóvil ante la cual el sujeto evoluciona. Es una obra concebida para interactuar con el público.
El “Bicho” con sus movimientos expansivos y retráctiles muta constantemente al relacionarse con el espectador. Sus ejes, también variables gracias a la multiplicidad de espinas dorsales que posee, nos permiten realizar variadas lecturas visuales y encontrar diferentes bichos en uno solo, hallar en él una serie. Sin embargo, cada bicho tiene una estructura interna que le es propia.
Su forma, efímera, escapa a cualquier intento de cristalización. Al igual que el sujeto humano, que no puede ser representado por significantes, que es “entre-significantes”, esta escultura no puede ser captada mediante estructuras convencionales de representación. Es un “entre dos”: objeto-bicho/espectador. Es por ello que, si bien se trata de chapas metálicas opacas[1] sin policromar, móviles, articuladas por bisagras, esto sólo no la define.
Los elementos formales son insuficientes para comprender la naturaleza del “Bicho”, para abarcarla acabadamente. Éste no se limita a ocupar un lugar en el espacio objetivo. Ni se constituye como una máquina u objeto destinado a la contemplación. Con él Lygia nos presenta un “objeto” para que el espectador lo explore mediante el tacto desmitificando, de este modo, al arte como puramente contemplativo. Nos ofrece una forma “híbrida”, táctil, motora que nos invita a vivir una experiencia espacio-temporal.
Lygia no se propone aquí representar un bicho. La crisis de la representación de esta época -los años ´60- toma en ella la forma de objetos tridimensionales, aún escultóricos, que se acercan al espectador, devenido en participante activo, rompiendo la solemnidad del espacio institucional del museo o galería y convirtiendo a la obra de arte en una experiencia sensorial, cotidiana y participativa. De este modo, el espectador nunca será un ojo-máquina sino un ojo-cuerpo, que establecerá una relación subjetiva y orgánica con la obra. En este sentido el “Bicho” de esta serie contiene ya el germen de su visión sobre el arte y la vida: un sujeto activo, comprometido con el descubrimiento de sus propias sensaciones. Se trata, sin duda, de un retorno al humanismo[2].
Por ser una obra abierta a una multiplicidad de sentidos, una obra presta a ser atravesada por el otro, pero que, a su vez, conserva su singularidad, el “Bicho” se escapa constantemente a la ilusión de ser capturado desde un punto de vista único. Sin composición preestablecida de antemano al encuentro con el otro los límites entre interior y exterior se desvanecen como en una cinta de Moebius. En este sentido, el circuito del arte sería suplementado al fugarse los límites que lo condenan a ser solamente un objeto de contemplación y nada más. Disolviendo en ese acto la categoría de observador para inventar la de participante.
La especificidad de este proyecto artístico sólo podrá adquirirse en el juego intersubjetivo entre espectador y el “Bicho”. Si “un significante es lo que representa al sujeto para otro significante”[3] el “Bicho” como significante podrá representar al sujeto para otro significante al dejarse manipular y mutar en un significante nuevo cada vez.
El bicho será concebido por Lygia como un “otro con el cual se puede establecer una relación en la medida que se respete su estructura”[4]. Sus placas de metal se articulan funcionalmente como un verdadero organismo. En efecto, los bichos presentan una estructura orgánica propia y, como organismos vivos, establecen un vínculo con el espectador donde no hay lugar para la pasividad ni de parte de éste, ni de parte del “Bicho”. Creando en cada encuentro una nueva relación que sólo es posible gracias a los movimientos que él sabe hacer, “es la propia vida del Bicho”[5].
Los Bichos son un hecho artístico vivo. Cada “Bicho”es un organismo vivo, una “obra esencialmente activa”[6]. Un “otro” que reacciona ante nuestro tacto, una obra dispuesta a la manipulación. En acto se produciría esta obra como una experiencia sensorial en un espacio y tiempo determinados por la misma relación. Subrayamos: se produciría. La experiencia a la que somos tentados por la artista no se produce. Este “Bicho” permanece allí entre sus cuatro paredes de vidrio: aislamiento al que el museo lo condena. Mientras pasa el tiempo, esperamos con paciencia, atentos a que en cualquier momento... ¡el confinado emprenda la fuga![7]
BIBLIOGRAFÍA:
ü AMOR, Mónica “Lo interior es lo exterior: El carácter precario de los límites en la obra de Lygia Clark”, Pág.52-59. Ficha.
ü FERREIRA, Gullar “Manifiesto Concreto”, Traducción de Jornal do Brasil, Río de Janeiro, 22 de Marzo de 1959.
ü GROSENICK, Uta (ED) “Lygia Clark” en Mujeres artistas de los siglos XX y XXI, Taschen, Italia, 2003, Pág.28-31.
ü CLARK, Lygia Lygia Clark. 21 de octubre-21 de diciembre de 1997. Fundación Antoni Tapies. Barcelona, España, 1997.
ü LACAN, Jacques, “Subversión del sujeto y dialéctica del deseo” en Escritos 2, Buenos Aires, Siglo XXI Editores, 1987, 773-807.
ü MALBA “Bichos” en Catálogo Colección Constantini, América Arte Editores 2001, Pág.324-325.
ü NAREA, Ximena “Fusión del Arte y la Vida. Apuntes en torno a la obra de Lygia Clark”. Internet.
[1] Este dato permite individualizar el “Bicho” al que hacemos referencia.
[2] Lygia como integrante del Movimiento Neoconcreto concibe al arte como un instrumento de construcción de sociedades. Su investigación estética estuvo soportada en la liberación del dolor no sólo del cuerpo del sujeto sino también del cuerpo social. Como psicóloga desarrollará un método terapéutico, una suerte de terapia sensorial basado en la utilización de los objetos creados por ella, “objetos relacionales”, para despertar sensaciones a través del tacto, la audición y la manipulación. Estos objetos adquirían en acto, su especificidad al entrar en contacto con las fantasías de los participantes- pacientes.
[3] LACAN, Op. Cit., Pág. 799.
[4] NAREA, Op. Cit.
[5] CLARK, 1983.
[6] Lygia Clark en NAREA, Op. Cit.
[7] Aquí, con una pregunta, abrimos la discusión: ¿qué es más importante: la conservación de la obra o el concedernos la posibilidad de su manipulación? Retomaremos este punto en otro espacio.
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