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Sublimación, plus de goce y plusvalía30/11/2015- Por Ricardo Maldonado - Realizar Consulta
El autor plantea no seguir a Lacan en su lectura de Marx, e interroga la articulación entre plus de goce y plusvalía, y entre producción y pulsión. ¿Qué valor tiene la creación artística dentro de los excesos del capitalismo?

Desde las calles de Córdoba a Praga, de la plaza Tlatelolco a las fábricas y universidades francesas, el fin de la década del 60 mostraba una poderosa ofensiva internacional contra el capital. El Che, en su Gólgota, era la icónica estampa que poblaba las remeras y banderas en una clara expresión de lo que se buscaba en las calles. Lacan, el revolucionario psicoanalista, se ve envuelto por estos sucesos, que en parte ocurren frente a sus narices. Realiza entonces su lectura de El Capital en el Seminario 16, dictado en 1968.
Esa lectura, que ha marcado una línea de interpretación de muchos seguidores, tiene dos vertientes decisivas y asociadas en un mismo y único error: no leer en El Capital de Marx, sino lo que servía a su prejuicio; es decir, no pensar. En principio lee, en la “sonrisa del patrón” mencionada por Marx (un detalle más propagandístico que conceptual), el goce del capitalista. Encuentra, entre las miles de páginas escritas para desnudar el funcionamiento sistémico, conjugado y sujeto a leyes del capital, un detalle que le permite humanizarlo; es decir, atribuir ese movimiento al goce y no a las leyes propias de la economía capitalista. Se equivoca, ya que, aun para los capitalistas en funciones (muchos las delegan), es necesaria una ideología de la utilidad social; lo contrario a guiarse, como clase, por el goce. La necesidad de hegemonía no deja afuera a la clase burguesa que también debe creer en las “bondades” del sistema. Ese pasaje de lo estructural a lo contingente, de la ley de tendencia decreciente de la tasa de ganancia (por dar un ejemplo) al goce perverso, personal e individual de cada patrón, humaniza al capital y desarma la posibilidad de oponerse a él. En una paradoja cruel, Lacan realiza una operación igual e invertida a la de las neurociencias. Si las últimas vacían de sujeto a la objetividad maquinal del cerebro, Lacan vacía de objetividad material al sistema capitalista (por eso sugiere tratarlo como un discurso). Ambas posturas son parte de un binarismo antidialéctico.
Este avanzar de espaldas al problema se profundiza cuando elige colocarse en una larga tradición de relaciones entre psicoanálisis y marxismo que es la de la homología. Esa tradición se basa en encontrar un concepto central que aportaría tanto a la lucha de clases como a la resolución del sufrimiento subjetivo. Su ilustre antecesor es W. Reich. Claro que Reich, cuya obra se gestó en el momento de imposición de los regímenes totalitarios europeos, encontró esta ganzúa que abre todas las puertas en el significante represión. La represión explicaría la estructura social de la sociedad, y la necesidad de liberación humana.
Lacan no escribe desde la Alemania del 1920-30, sino en la V República Francesa. Las paredes llevan escritas otras consignas, y Lacan cree que todo lo que está en juego es el goce. De allí que saca la ganzúa de un lugar más sorprendente, menos intuitivo. Enseña en su seminario que su concepto plus de gozar, y la plusvalía marxista son “homólogos”. No se puede tomar el plus de goce y la plusvalía cómo significantes, es decir términos sueltos, desligados de significado que tanto sirven para un barrido como para un fregado. Todo lo contrario: ambos son conceptos angulares de las teorías de las que provienen.
Por eso es necesario comenzar por la palabra homología. En biología significa que nacidos juntos se han diferenciado luego para servir a distintas funciones. También define a quienes ejercen la misma función, pero en contextos diferentes. El planteo lacaniano en su desarrollo sugiere esta acepción.
Todas las teorías psicoanalíticas, no solo la corriente lacaniana, se construyen a partir de situar de qué manera una provocación exterior logra instalar una falta, una pérdida, un agujero, a partir del cual, a partir de las peripecias de ese suceso, se darán los avatares del sujeto. La teoría de Lacan no cede en su insistencia de eso que está perdido: afánisis del sujeto, falta en ser, objeto de la pulsión, castración. El plus de goce no es más que una recuperación de lo previamente perdido. El lenguaje antes de agregar riqueza al mundo, mata a la cosa. El psicoanálisis es una teoría de cómo lo insistente nace de lo que no hay (y en rigor tampoco hubo y por eso es indetenible). La pulsión, concepto limítrofe entre lo psíquico y lo somático al decir de Freud, es el punto central. Las pulsiones parciales, con su insistencia de satisfacción. En el psicoanálisis predomina la falta. De allí se parte para edificar un sujeto, como expresó Freud en La angustia y la vida pulsional: “la doctrina de las pulsiones es nuestra mitología.”
El capitalismo es un régimen relativamente nuevo de explotación, de apropiación de excedentes. La compleja estructura sistémica no se puede resumir en pocas líneas, pero sí remarcar lo indispensable para entender lo que se pierde con esa lectura.
El primer punto es que si bien hay apropiación de excedentes no se realiza como en los otros sistemas de explotación precedentes. En el feudalismo que lo antecede en el espacio europeo, la explotación es transparente, evidenciada en lazos de sujeción personal y local. El siervo está atado a la tierra, y la tierra pertenece al señor, al que le tributa. Explotación local, visible, personalizada. Los excedentes son apropiados por el señor para la guerra (modo expansivo preponderante) o el lujo. El trabajo y la producción son denostados por esta clase explotadora. La revolución burguesa rompe los lazos de sujeción personal (precondición de la declinación paterna que le hará lugar al psicoanálisis).
Libera a los siervos para que sirvan como trabajadores libres, libres de entregarse voluntariamente al trabajo asalariado, o morirse de hambre. Una clase de productores independientes que compra trabajo ajeno para enriquecerse en el mercado, dónde compiten entre sí. Así pasará a gestionarse la vida social. Y ésta si es una novedad absoluta del capitalismo: la organización de la producción se realiza compitiendo entre todos en el mercado. De esto se desprende su intrínseco carácter cíclico y crítico, y la totalidad, la absorción permanente de todo lo ajeno bajo esta modalidad de relación social. Para decirlo de otro modo, en el capitalismo no hay excluidos, todos están adentro: los desocupados están adentro del sistema (por fuera de la reproducción digna de la vida si se quiere) presionando a los ocupados hacia la baja de salarios, ofreciendo su fuerza de trabajo a valores menores de los percibidos por los ocupados. ¿Cómo algo que está afuera puede ser tan vital para el sistema? Porque el capitalismo relaciona a toda la sociedad con el rasero de la productividad. Por eso es la primera sociedad con tipos de cambio, o sea con bisagras que unifican los valores mundiales. Y si esos valores se relacionan todos entre sí, la plusvalía ya no es una forma particular de extracción de excedente sino una forma de extracción única y común. Y esta unificación tiene como motor y como fin producir cada vez más, producir cada vez más barato, producir en abundancia. Si las otras sociedades de explotación son sociedades de la escasez, el capital es la primera civilización mundial, conectada y dedicada a la abundancia.
Volvamos a Lacan. Por un lado, supone la explotación determinada por el goce y no por leyes objetivas de la economía mercantil, sosteniendo el socio metabolismo capitalista de una elección particular. Esta es la base de las ideologías conspiracionistas de la economía tan en boga hoy. Y a partir de su forzada homología, el capitalismo es un discurso que no tiene límites, acicateado por la ciencia. Si la ciencia fuera problema los talibanes serían la solución; si no hubiera imposibles, la Villa 31 se mudaría al Sheraton.
Lacan coloca en un origen común lo más singular del ser humano y lo más social de la sociedad. Los opuestos como iguales. No son conceptos que cumplen la misma función en contextos diferentes sino conceptos opuestos, diametralmente opuestos. La subjetividad creada por la pérdida y la sociedad de la fabricación en abundancia, en una segunda vuelta generará su opuesto. Con el desarrollo del capitalismo, la pulsión busca los excesos y la sobreproducción crea miseria.
Entonces lo abundantísimo de lo social se complementa con la pulsión en su demanda constante. Nunca se homologan. Todo lo contrario, se complementan. Copulan de manera intensa e inmediata: la demanda constante de la pulsión, la oferta constante de la sobreproducción, cortocircuitan. El sujeto se encuentra en la banquina de esta autopista. Las adicciones, en todas sus variantes, son uno de los modos perfectamente actuales de relación con el mundo. Un atajo desubjetivado. Gadgets, aparatitos, pantallas, audífonos, motitos. Las clases más acomodadas no pueden esperar a la aparición del último celular o capítulo de una serie; a las menos les queda el paco.
Las pulsiones des-intrincadas, con su valor de muerte, se encuentran con la abundancia de objetos disponibles para obturarlas, sólo un instante. Frente a eso surge el valor del recorrido, del “entretanto”. Una de las posibilidades para la pulsión es la sublimación. Destino de pulsión, dice Freud, que incluye la construcción de un objeto en busca de una legitimación social. La pulsión entonces pierde la inmediatez de su reclamo para enredarse en la regulación de la técnica, pierde predominancia su parcialidad para ganar intrincación con las otras y posibilidad de espera. Es cierto que luego de concluida la creación del objeto artístico en que se deposita, ella volverá a insistir. Pero de eso se trata la vida, de un detenimiento, un recorrido y un nuevo inicio. No mucho más. Al fin y al cabo, estamos destinados a la muerte, sólo podemos variar el recorrido hasta ella, que siempre nos amenaza con llegar demasiado rápido.
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