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Télémaco o el padre ausente

13/07/2009- Por Alicia Smolovich - Realizar Consulta

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Que Dios me perdone pero era un hijo de puta.
Ni una carta, ni una fotografía. Ni una lágrima.
Un agujero enorme en el pecho.
No habrá una respuesta, sino un trayecto.
Un trayecto que hará…en sus pensamientos hasta que pueda precipitar su acto.
Partir.
Se trata del camino hacia ese saber singular, hacia aquella verdad que sólo podemos nosotros mismos encontrar. Encontrar en lo más íntimo de nuestro corazón, aunque el viaje parezca hacia lo extraño, lo desconocido, hacia un lugar lejano.

                                               Escúchame, dios, que ayer te apareciste en mi palacio,
ordenándome surcar los mares en una nave, para

                                       informarme del regreso de mi padre, ausente

                                             desde hace tantos años”    


La Odisea
, Homero              

 

 

                                                                   

Telémaco, hijo de Ulises y de Penélope, partirá de Ítaca en la búsqueda de su padre.

Así en La Odisea de Homero, los primeros cantos contarán la exhortación de la diosa Atenea para que el rey Odiseo (Ulises) vuelva después de muchos años de haber partido de su reino a la guerra; también será ella quien tomando la figura de Mentor aconsejará e incitará a Telémaco a ir en su búsqueda.

Una voz que despierta a Telémaco a la acción de navegar por aguas inciertas para encontrar a su padre y restituirlo a su lugar: rey de Ítaca

Un hijo emprende un viaje para saber sobre el destino de su padre, viaje que conmoverá su propio destino.

Así la épica del padre en la vida de ese hijo. Así lo que podrá ese hijo con la historia de ese padre.

Desde esta búsqueda la obra teatral Telémaco / subeuropa o el padre ausente, de Marco Antonio de la Parra (1) no sólo hablará del vínculo entre un padre ausente y su hijo, sino hará centro en la angustia que el propio existir puede plantearnos, la tensión de la vida como viaje hacia la muerte.

Pero que es sobre todo, pregunta hacia la vida misma, sobre su sentido. Sobre el sentido posible que nos vuelve de nuestros propios actos o aquellos que evitamos hacer.

Sin embargo, no dejará de abrir también otros sentidos filosóficos, políticos, hasta resonar en otros textos trágicos.

Esa es  una de las mayores riquezas de este texto, que la puesta teatral que hoy podemos ver en el Teatro Nacional Cervantes nos presentará de una manera contundente.

No habrá una respuesta, sino un trayecto.

Un trayecto que hará el personaje Teo (el hijo) en sus pensamientos hasta que pueda precipitar su acto. Partir.

Partida de esa madre que permanece encerrada entre la locura y la muerte, en su melancólico existir por la ausencia de ese hombre (el padre) que no deja de estar presente en ella. 

Madre asesina, amenazante, odio-amada, la de los múltiples amantes, el alcohol y las pastillas, que vivirá para Teo junto con la otra: la madre cariñosa que acompañará la partida. Esa madre que presentifica un goce imposible y la otra, de la que se espera el abrazo tierno.

El mundo de las mujeres familiares de Teo se completará con su hermana.

Esa pequeña Ofelia que podrá nadar en las aguas sin ahogarse, obediente, hacendosa. La hermana con quien se comparte el amor fraterno y se cela y se oculta, será otra voz para Teo que le hable de ese padre de quien poco o casi nada, sabe. 

Una postal guardada o inventada, para que ese padre pueda existir.

¿Está vivo o muerto? ¿lo asesinaron? ¿está en algunas de las calles de esa Europa por la que Teo ira en su deseo de encontrarlo?

“Madre: ¿Tu padre? ¿Qué sabés de tu padre? ¿Vos creés que él estará en Europa? ¿Creés que lo dejarían vivir en Europa?

No nos envió ni una carta, ni una fotografía. Ni un peso. Jamás supimos nada de él. Dijo: veo qué pasa. Vuelvo por ustedes, dijo. Voy a la guerra, dijo.

¿A que guerra se fue? No sé. Hay tantas. Siempre hay alguna guerra.

Que Dios me perdone pero era un hijo de puta.

Ni una carta, ni una fotografía. Ni una lágrima. Un agujero enorme en el pecho. Nada más. No  me gusta hablar de esto. Hablaremos después. Después de la ducha, después del desayuno”

Teo ira una y otra vez a esa subeuropa, recomenzará una y otra vez el viaje, caminará una y otra vez por las calles. Preguntará, una y otra vez. Se preguntará

Allí el encuentro con El Cónsul, enfermo terminal o aquel que ya está muerto o mejor, que deambula en su propia muerte. El cónsul: ¿la muerte, la figura de un padre asesino, tóxico y seductor para Teo?

“Cónsul:…Qué extraño. Ni vos ni yo tenemos padre. El mío está muerto. El tuyo…quién sabe… Olés a esperanzas. Aún olés a esperanzas.

¿Te das cuenta como yo huelo a muerte? Tengo por lo tanto ciertos derechos sobre el bien y el mal. Estoy y no estoy en este mundo. Al fondo de mis ojos tal vez lo veas.

Teo: ¿Qué cosa?

Cónsul: A tu padre. ¿Lo ves? Mira bien. ¿Lo ves?..”.

A las mujeres de la calle, las putas, irá Teo para encontrar a su padre.

Para encontrar su presencia en esas mujeres, para que ellas le digan la verdad, porque ellas tienen la verdad, eso cree Teo.

Para sacársela, en sus muertes o en su miedo, de esas bocas procaces.

La verdad que tiene esa madre-puta, pero las madres son sagradas, aunque Teo rece noche y día por su muerte.

En ellas cree que podrá encontrar el saber de ese padre, cuya ausencia precipita al hijo a una vida que no puede hacer propia, ensombrecido su deseo por esa figura que es fuerte a fuerza de no estar.

 Teo: ¿Tenés  miedo?

No te haré nada,

Te lo juro, nada.

Sólo quiero oler tu miedo…

No te haré nada.

Porque sos hermosa.

Porque te pareces a mi madre.

¿Sabés que ella mató a mi padre?

Lo mandó a la guerra…

Se merece mi odio.

Pero una madre es sagrada.

Y para eso están las putas.

¿Tenés miedo?

Al principio yo también tenía miedo…

¿Lo tenés en tu mente? ¿Ya? ¿Tu propia muerte?

¿Qué pasaría si yo fuese el asesino que buscan…?

El texto teatral se abre con la figura de un detective hacia el thriller.

¿Teo es el asesino de putas?

Sí, lo es seguro en esa mezcla de deseo y goce que lo aliena a una madre gozante de la que no puede escapar.

“TELEMACO es una obra sobre las fronteras, las físicas, las psíquicas, las cicatrices, las huellas del duelo no resuelto.
La búsqueda del padre es la búsqueda del linaje, del nombre, de la historia, es ir tras la identificación como hombre, es alejarse de la madre que impide desplegarse.
El padre muerto, el padre perdido, su sombra, es la herida dolorosa de las guerras sucias (no sé si existen las guerras limpias), de las dictaduras, de las persecuciones.”,

escribe el autor.

El lenguaje del texto es el del extrañamiento, un tiempo espacio donde pasado y presente se confunden, como capas que se articulan en un sueño en el cual el protagonista permanece despierto. La realidad del sentido común queda trastocada para dejar ver los planos complejos de la subjetividad del protagonista.

Ese espacio tiempo donde el pasado puede ser futuro y el presente es un continuo pasado.

Y es esta poética la que logra transmitir la primera puesta en escena que se realiza de este texto de La Parra, en el teatro Nacional Cervantes.

Desde la acertada dirección que posibilita al espectador adentrarse, entregarse a ese mundo enrarecido, no sin angustia algunas veces (aún en los textos que puedan hacer reír) y seguir el decir de cada uno de los personajes, en sus frustraciones, en su dolor, sus deseos, fantasías y perversiones.

Para esto la puesta cuenta con una escenografía que en sus diversos planos materializa ese mundo subjetivo por el que se mueve Teo.

Un espacio que logra plasmar ese tiempo subjetivo: entradas y salidas que no van hacia ningún lugar, o siempre hacia el mismo lugar. 

Una luz ensombrecida apenas va delineando los rostros, los cuerpos que se mueven en ese espacio.

Cada una de las actuaciones, logran poner voz a la complejidad de emociones de cada uno de los personajes.

El cónsul con su palabra filosa, despiadada y desesperanzada.

La madre en su distintas caras, empalagando en su narcotizado decir los oídos de ese hijo encerrado en ella; y Teo, ese joven precipitado en su angustia, desesperado y feroz por lograr asir a un padre, un lugar, una identificación que lo salve de ese encierro mortal.

Actuaciones que logran resonar en el cuerpo de los espectadores, que nos despiertan a esa zona más allá de la vigilia que a todos nos habita, identificándonos a ese calidoscopio de angustia y deseo, goce y muerte.

Y no es poco. Es mucho lo que esta puesta nos brinda a partir de un texto inquietante.

Una obra donde los únicos nombres propios son los del hijo y el padre: Teo y Teodoro.

La pregunta también será como de esa homofonía devendrá un destino posible para ese hijo, un más que la astilla de ese padre.

Nombre propio entre lo heredado del Nombre del Padre y la creación singular.

Se trata del camino hacia ese saber singular, hacia aquella verdad que sólo podemos nosotros mismos encontrar. Encontrar en lo más íntimo de nuestro corazón, aunque el viaje parezca hacia lo extraño, lo desconocido, hacia un lugar lejano.

                                 

                               Telémaco o el padre ausente

                           Teatro Nacional Cervantes, Argentina

Funciones Mayo y junio 2009, de jueves a sábado 21 y 30 hs., domingo 21 hs. y posterior gira por el país

                
Elenco:

                                       Cónsul      Patricio Contreras

                                       Madre       Patricia Palmer

                                       Teo           Nicolás Mateo

                                       Amantes    Joselo Bella

                                       Hermana    Mariana Giovine

                                       Policía        Marcelo Martínez

                                       Puta           Roxana Berco

                                       Detective    Ricardo Díaz Mourelle

                                

                              Asistencia dirección         Mónica Quevedo

                                              Música            Nicolás Diab

                                         Diseño de luces    Leandra Rodriguez

                              Escenografía y vestuario  Alejandro Mateo

                                             Dirección             Dora Milea

 

(1) Marco Antonio de la Parra (Santiago de Chile, 1952), es un psiquiatra, escritor y dramaturgo chileno. Gran parte de sus obras están fuertemente influenciadas por el Régimen Militar de Chile, donde satiriza mediante metáforas la realidad nacional. Es autor de más setenta títulos traducidos a varios idiomas, entre piezas teatrales, novelas, libros de relatos y ensayos

 


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