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Todavía el terror01/08/2024- Por Diego Fernando Ayala - Realizar Consulta
La pregunta es: ¿Qué tiene para decir el terror? Género que en un momento parecía estar destinado a los márgenes cinematográficos, literarios o musicales. Pero puede que se encuentre algo más en su narrativa que la búsqueda estética o el puro sobresalto y, que en esos mencionados márgenes, se opere en pos de una subversión. Es que en la compulsión de repetición, de la cual suele servirse para el despliegue de su relato, es donde puede ubicarse una insistencia de retorno a puntos traumáticos e inferir sobre un intento de ligadura y un nuevo quehacer.
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Lo Stregozzo, Agostino Veneziano (1515-25)*
El asesino empecinado en regresar para perseguir a su víctima, fantasmas confinados a la repetición, el muerto viviente que emerge desde su tumba para alimentarse de los vivos, entidades que acechan en la vida onírica de los jóvenes de una comunidad, o bien la posesión del propio cuerpo. Aunque, claramente, estas no agotan el género, son algunas de las temáticas que se pueden ubicar dentro del mismo.
Pensemos en Michael Myers, también llamado “The shape” (la forma) quien es el perpetuo asesino de la saga “Halloween”, franquicia iniciada en 1978. La trama es sencilla, aunque no simple: en su niñez, durante la noche del 31 de octubre, Michael asesina a sangre fría a su hermana, por lo que es encerrado en una institución psiquiátrica de la cual, años más tarde, escapa. Al regresar, su rostro está cubierto por una inexpresiva máscara blanca, y es esta figura la que retorna, una y otra vez, cada Halloween para aterrorizar al pueblo ficticio de Haddonfield, en particular a la niñera Laurie Strode.
Esta máscara no sirve más que para ocultar aquello familiar que acecha, Michael es un hijo de este pueblo y en esta “forma” velada es que constituye su eterno retorno. Así como algo que continúa pulsando en esta comunidad que no pudo ligar un hecho traumático como lo es un asesinato intrafamiliar en el corazón de los suburbios. Uno de los tantos que pueden yacer en el historial violento de una sociedad, en este caso la estadounidense, en la que sucesos tan brutales parecen no escasear.
Es Freud (1992) en “Más allá del principio de placer” quien ya repara en cierta insistencia en el retorno al punto traumático en estas “enigmáticas tendencias masoquistas del yo” (p. 14). Asimismo advierte que el aparato psíquico procura la ligazón de lo no ligado, esto mismo traumático se ubica como terror, puesto que carece del recurso necesario de la angustia para advertir una situación traumática para el psiquismo, tiene un efecto sorpresivo. Ahora, también se entiende que ese cúmulo de angustia ausente en la constitución del trauma no será ajeno en la práctica analítica, por el contrario no es sin esto. De modo que se busca generar en análisis aquello que no hubo en este primer momento.
Quizás sea en esta primera película de Halloween que se introducen ciertos recursos, hoy convertidos en clichés cinematográficos. Primero la figura de la “Scream Queen”, así como la “Final Girl”, la joven protagonista que sobrevive a la terrorífica persecución durante toda la película. Por otro lado, el asesino que no muere y regresa.
Hacia el final de la primera película, a Myers se le efectúan seis disparos y termina por caer de un balcón. Pero al momento de acercarse a observar, ahí donde debería yacer el cuerpo sin vida del enmascarado, este ya no está. Desaparece para regresar el próximo Halloween, es que Michael Myers ya no es solo un criminal, ahora es “la forma” que vuelve. Como aquello no tramitado psíquicamente, siempre vuelve.
Es que bien esta forma puede ser la de Michael Myers, aquel niño de los suburbios que asesinó a su propia hermana, pero en su carácter de enmascarado es servil a velar tantos otros nombres y que cada quien quite esta máscara con el propio pavor de lo que encuentre debajo. Como dato curioso, hay dos actores acreditados como el asesino en el film original (un tercero para interpretarlo de niño), por lo que Michael Myers, “la forma” puede ser cualquiera, también para cualquiera.

Jamie Lee Curtis en Halloween (1978)**
En la remake de 2009 “Halloween II”, el leitmotiv que bien sentencia el eslogan del film es: “la familia es para siempre”, puesto que en esta versión Laurie Strode es hermana del asesino y este parece empecinado en encontrarse con ella para así “reunir” a su familia. En el caso de esta joven, es algo más que un homicida quien vuelve: debajo de esa máscara se encuentra el regreso de lo familiar, lo sanguíneo del lazo devenido unheimlich. Cito a Freud (1992):
“(...) esto ominoso no es efectivamente algo nuevo o ajeno, sino algo familiar de antiguo a la vida anímica, sólo enajenado de ella por el proceso de la represión” (p. 241).
Estas líneas sirven para considerar, sobre esta “forma” siniestra, una historia familiar anterior cargada de violencia que insiste y no cesa de pujar.
También en la literatura, más cercana a estas tierras, y a estos días, es que en Mis muertos tristes, Mariana Enriquez (2024), narra la historia de Emma, una médica que puede avistar fantasmas e incluso comunicarse con ellos. El relato acontece en un barrio residencial de la Provincia de Buenos Aires, que actualmente se encuentra inmerso en el miedo debido a la delincuencia. Esta es adjudicada, por parte de la mayoría de los vecinos, a quienes viven en los monoblocks que se encuentran en el lado sur y en una villa, ubicada al norte. En este contexto es que los residentes realizan múltiples asambleas y reuniones a fin de organizarse contra la inseguridad imperante. Se trata de un lugar atemorizado por la violencia y el crimen, que ahora se le suma el asedio de fantasmas, presentificándose a fin de repetir, una y otra vez, situaciones que están vinculadas a su muerte.
La particularidad del relato yace en que, a diferencia del canon tradicional, no solo la protagonista de la historia puede ver a estas figuras fantasmales, sino que también los vecinos de este barrio bonaerense. Pero es Emma quien asume una posición distinta, la de comunicarse con ellos desde otro lugar. Por lo que cada vez que se presenta uno de estos avistamientos que pertenecen al orden de lo terrorífico exacerbado por la repetición, los vecinos acuden a ella para que pueda hablarles a estos ¿seres? y así persuadirlos de que finalicen con esta compulsión que atemoriza a los residentes.
En un pasaje en particular es que se relata el avistamiento de los fantasmas de un grupo de adolescentes, que días atrás fueron acribilladas mientras caminaban. Estas gritan y corren horrorizadas ante la mirada de todos los transeúntes. Vaya ironía, estas muchachas fantasmas estaban aterrorizadas al encontrarse cubiertas de sangre y anoticiarse sobre su propia muerte. Dice Emma: “Llamé a las chicas por su nombre, lo que bastó para que me miraran. No para que dejaran de gritar. Para eso hizo falta conversar con ellas” (Enríquez, 2024, p. 18). El lugar que asume es el de la palabra, habla y escucha, se intenta hacer algo con esa repetición, agrega al respecto:
“Yo no envío a los fantasmas a ninguna parte, ni buena ni mala. No hay paz ni cierre. No hay reconciliación. No hay pasaje. Todo eso es ficción. Solo los tranquilizo y evitar que reincidan con una frecuencia inaguantable para los vivos, por un tiempo”. (Enríquez, 2024, p.22)
Por un lado, es inevitable pensar, con cierta simpatía, la similitud que posee esta posición adoptada con aquellas sugerencias freudianas con respecto de la atención parejamente flotante o la abstinencia y neutralidad que se consideran necesarias en la figura del analista para llevar a cabo la praxis en “Consejos al médico sobre el tratamiento psicoanalítico” (Freud, 1991). Casualidad o no, la protagonista también es una profesional de la salud.
Bien podría considerarse que esta inexistencia de angustia (en su modalidad señal) al momento del trauma, es la que aparece cuando nuestra protagonista habla con ellos: “Gritaron un poco más cuando vieron el recordatorio y la cinta policial, pero enseguida los gritos se desvanecieron en llanto y abrazos (...)” (Enríquez, 2024, p. 18). Extracto que nos sirve para relacionar con la mismísima práctica clínica, más precisamente sobre la mencionada angustia que emerge en análisis con objeto de ligar aquello que en su momento no se pudo.
Ahora, ¿con esto se termina todo? Nuestra protagonista sostiene: “Pero vuelven, como si se olvidaran, y hay que volver a empezar. ¿Por qué será?” (Enríquez, 2024, p.22). Esto bien puede dar lugar a la reflexión acerca de lo insuficiente de la ligadura, que parece no poder elaborarse por completo como si algo del trauma siguiera presionando. En la clínica la apuesta se ubica hacia la posibilidad de hacer “otra cosa”, lo diferente con aquello que aqueja al sujeto en su posición, ahí lo subversivo del psicoanálisis y ¿por qué no? también del género.
En la repetición constante de estos actos que se describen, y la postura de la protagonista, es que puede pensarse lo postulado por Freud (1991):
“El enfermo extrae del arsenal del pasado las armas con que se defiende de la continuación de la cura, y que nos es preciso arrancarle pieza por pieza” (p. 153).
En este sentido se entiende que la repetición acarrea algo de las formas antiguas, pero aquí también podemos encontrar lugar para el advenimiento del sujeto del inconsciente al cual apuesta el psicoanálisis.
Es preciso ahondar en la labor que realiza la autora a fin de estructurar el terror, lo siniestro, el trauma y la repetición utilizando esta localidad periférica. Por un lado tenemos a los fantasmas, a los cuales describe ausentes de tintes espectrales o translúcidos, sino que son vistos tal y como eran en vida, aunque con la distinción de que esa imagen con la que se presentifican pertenece a la del momento traumático, como las adolescentes mencionadas.
Además de estos fantasmas, enfrascados en la repetición de sus traumas, se ubica el miedo que estos confieren a los vecinos. Aquí podemos disgregar este pavor en dos vertientes: primeramente el terror de una primera aparición fantasmal que proporciona un estupor propio de la no antelación que concede lo desmesurado de la angustia automática.
Por otro lado, lo siniestro que se configura en la repetición de una escena espeluznante. Como se mencionó, esto ominoso (unheimlich) no es otra cosa que algo familiar enajenado por la represión, y en la búsqueda etimológica que suscita Freud (1992) de esta palabra, se presenta en el diccionario de los hermanos Grimm como: “Heimlich es también el sitio libre de fantasmas…” (p. 225), por lo que situar este espacio como unheimlich, no sería del todo desacertado, tomando esta dirección.
Solidariamente a esto, tenemos el Otro plano, que recae en la capacidad de la escritora de elaborar un relato que se ayuda de elementos que marcan la subjetividad de una sociedad, en este caso la nuestra, en función de la palabra. El intento de hacer texto con la pobreza, la delincuencia, la discriminación y la violencia, proporcionando un borde. En nuestra práctica, aquello que no tuvo historia, se construye en análisis, aquí también hablamos de una construcción.
El relato continúa trabajando otros ejes y se inspira en el caso real de un joven que es secuestrado y, tras lograr escapar de sus captores, comienza a correr en busca de ayuda. Desesperado, llama a la puerta de los vecinos del barrio pidiendo que por favor lo socorran. El desenlace es en verdad lacerante: nadie responde al llamado. Finalmente, el joven es alcanzado y asesinado por los delincuentes. De este modo, Enríquez introduce este terrible suceso para ahondar en el miedo y la culpa, por ende, la culpa por el miedo dentro de esta colectividad.
Al fin de cuentas, el género del terror puede condensar temáticas como las de asesinatos intrafamiliares, historias de abuso, miedos infantiles, así como también la pobreza, brutalidad policial, inseguridad y la desidia. Entendemos que las historias se arman con palabras y las de terror no son la excepción. El terror hecho historia en función de propiciar un borde a elementos no tramitados y que todavía atormentan al sujeto.
Hay sucesos que quedan resonando y que aquejan desde su modalidad traumática, sea en un barrio residencial de la periferia de Buenos Aires o en los suburbios estadounidenses, por lo que se denota un intento más que legítimo en colocar texto allí donde no lo hubo. De aquel “arsenal del pasado” que sabe ser impedimento, también se puede gestar lo inédito en cuanto reelaboración. De ahí el valor del género y su escritura, por eso es que todavía la insistencia, por eso es que todavía el terror.
Referencias
Carpenter, J. (Director). (1978). Halloween. Compass International Pictures.
Enríquez, M. (2024). “Mis muertos tristes”. En: Un lugar soleado para gente sombría. Anagrama.
Freud, S. (1991). “Recordar, repetir, reelaborar. (Nuevos consejos sobre la técnica del psicoanálisis, 11)”. En: Obras Completas, Vol. XII. Amorrortu.
Freud, S. (1991). “Consejos al médico sobre el tratamiento psicoanalítico”. En: Obras Completas, Vol. XII. Amorrortu.
Freud, S. (1992). “Lo ominoso”. En: Obras Completas, Vol. XVII. Amorrortu.
Freud, S. (1992). “Más allá del principio de placer”. En: Obras Completas, Vol. XVIII. Amorrortu.
Zombie, R. (Director). (2009). Halloween II. DimensionFilms.
Imágenes:
*Agostino Veneziano (Agostino dei Musi), Lo Stregozzo.
https://www.metmuseum.org/art/collection/search/336574
**Jamie Lee Curtis en Halloween (1978). Imagen tomada de:
https://www.20minutos.es/cinemania/noticias/jamie-lee-curtis-celebra-45-aniversario-noche-halloween-5185287/
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