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Amelie15/07/2004- Por José Langella -
Es necesario para poder entender la historia actual de Amélie Poulain, sumergirnos en lo que fue su niñez. Amélie es un personaje excéntrico que, a causa de una extraña infancia, se encierra en un mundo de fantasía. Todo comienza con unos padres que establecen una relación férrea y aséptica con la pequeña Amélie, obligada así a desarrollar sus capacidades imaginativas y emocionales más allá de lo habitual.
Titulo original
: AMÉLIE (Le fabuleux destin d'Amélie
Poulain)
Dirección: Jean-Pierre Jeunet
Guión: Guillaume Laurant - Jean-Pierre Jeunet
Año: 2001
Nacionalidad: Francia / Alemania
Género: Comedia romántica / De autor
Intérpretes: Audrey Tautou.................Amélie Poulain
Mathieu Kassovitz............Nino Quicampoix
Rufus................................Raphael Poulain
Maurice Bénichou.............Bretodeau (el hombre de vidrio)
Isabelle Nanty...................Georgette
Clotilde
Mollet...................Gina
Es
necesario para poder entender la historia actual de Amélie Poulain, sumergirnos
en lo que fue su niñez. Amélie es un personaje excéntrico que, a causa de una
extraña infancia, se encierra en un mundo de fantasía. Todo comienza con unos
padres que establecen una relación férrea y aséptica con la pequeña Amélie,
obligada así a desarrollar sus capacidades imaginativas y emocionales más allá
de lo habitual.
Amélie
Poulain vive en el parisino barrio de Montmartre, rodeada de personajes tan
insólitos como sensibles y queribles. Amélie sufrió un trauma de pequeña al ver
a su pez de colores deslizarse hacia las alcantarillas municipales, a su madre
morir en la Plaza de Notre-Dame y a su padre, médico de profesión, rehuir
cualquier contacto con el exterior y dedicar todo su afecto a un gnomo de
jardín. La niña creció y se convirtió en camarera de un bar cuya propietaria es
una antigua jinete circense.
Los enormes ojos
oscuros de Amélie contemplan París con una mezcla de inocencia y picardía. Es
feliz tirando piedras al río Sena, observando a la gente y dejando volar su
imaginación.
Amélie
crece con un rico mundo interior que la hace reparar en los detalles que nadie
mira, tanto como para percibir qué necesitan las personas que la rodean. Su
vida cambia cuando descubre que ella puede influir en la existencia de los
otros, convirtiéndose en un hada madrina o en una justiciera, si los hechos lo requieren.
Es como si se quisiera dejar asentada su idea de que todo el mundo puede tener
un buen gesto: es tan sencillo que sólo hace falta agudizar la sensibilidad
hacia el prójimo y descubrir el placer de modificar el destino con una pequeña
acción.
De adulta, mientras
trabaja como camarera en un bar de París, descubre un objetivo en la vida:
arreglar la existencia de los demás. Inventa toda clase de estrategias para
alterar los acontecimientos sin que sus vecinos y familiares se den cuenta.
Es en este punto del
film donde podemos situar un primer
tiempo o tiempo uno donde puede notarse claramente como el azar hace cambiar la monótona y
rutinaria vida de la protagonista. Mientras Amélie miraba atónita frente al
televisor la noticia de la muerte de la princesa Lady Diana deja caer de sus
manos, en forma accidental, la tapa de un perfume. La tapa cae bajo las tablas del piso de su departamento
lo que le permite a la protagonista descubrir escondida una caja vieja con
tesoros infantiles. Es aquí cuando la vida de Amélie cambia su curso, ella se
propone devolverle el “tesoro” en forma anónima a su dueño (el antiguo
locatario del departamento). Luego de varias idas y vueltas para poder dar con
el propietario, cuando lo encuentra, la muchacha contempla, a la distancia,
cómo la vida de esta persona se transforma tras el descubrimiento. Y es
entonces cuando comienza su odisea: una serie de inventivos planes para
resolver la vida de los demás.
Como por arte de magia,
Amélie comienza a interferir en la vida de sus vecinos: la mayoría de las veces
para bien (si es que se lo han ganado), pero a veces para mal (si lo merecen).
En ocasiones, oficia de casamentera; otras, de proveedora de esperanzas y
restauradora de sueños. Una santa patrona del ajuste de cuentas, siempre oculta
detrás de un velo de misterio y anonimato. En este tiempo uno el personaje de
Amélie lleva adelante una conducta con determinados fines, con el supuesto de
que su accionar se agota en los objetivos para los cuales fue concebida.
Podríamos pensar que Amélie quiere realizar el bien a una persona y cuando lo
logra dicha acción es finalizada; pero cuando Amélie menos se lo imagina,
conoce a un joven seductor, Nino. El joven tiene dos trabajos: de fantasma en
un túnel del terror y como dependiente en un sex shop de Pigalle. También
colecciona huellas en el hormigón y recoge fotografías abandonadas en los
fotomatones, buscando desesperadamente identificar al hombre que aparece en
ellas una y otra vez. Pese a sus excentricidades, resulta un romántico incorregible.
Sus paranoias están condenadas a colisionar con el sentido mágico de la vida
que tiene Amélie. Y es otra vez el azar el que juega un papel importante en la
vida de Amélie, ya que el encuentro con Nino se produce de mera casualidad o
por azar. Él pierde un álbum de fotos y es la protagonista quien lo encuentra y
es aquí nuevamente donde se propone devolverlo para poder seguir cumpliendo con
su misión: hacer feliz a la gente. Lo que no sabe Amélie es que esta no será
una misión más ya que detrás de Nino se encontrará con lo que será su gran
amor. La duda es si ahora tendrá Amélie el coraje de hacer consigo mismo lo que
ha estado haciendo por los demás.
Y es
esta duda la que nos abre espacio al tiempo
dos, Amélie jamás imaginó que se enamoraría de alguna de las personas
destinatarias de sus bondades. Es destacable que su vida interior no le permite
exteriorizar lo que siente ni por ella ni por los demás. Su única forma de
contacto es a través de esta contemplación a la distancia de que sus diversas misiones
están siendo cumplidas y tomadas por los destinatarios de las mismas con
felicidad.
Con el
personaje de Nino, ella debe tratar de romper con esta pared que impone sobre
los demás. ¿Por qué debería hacerlo?, porque Amélie esta experimentando hacia
él el amor, algo a lo que nunca antes se había enfrentado, que le es nuevo y
diferente y por lo tanto debe romper con ese monto de misterio para ser
correspondida.
Este tiempo dos emergente nos implica
preguntarnos qué hacer con el tiempo uno, ya que el mismo fue destituido por el
segundo, aunque el mismo no puede ser borrado. Es necesario aclarar que el
tiempo dos no borra el tiempo uno sino que se sobreimprime con él. Este nuevo
tiempo dos opera como interpelación en la medida que obliga al sujeto, Amélie en
nuestro caso, a leer su acto[1].
Esta introducción de un segundo tiempo nos obliga a una relectura del primero y
nos permite inferir que este segundo tiempo se constituye como tal a partir de
la retracción que sobreimprime un término con otro. Este segundo tiempo nuevo
que se abre no es segundo porque está después o porque conforme alguna
secuencia ordinal. El segundo tiempo no es un hecho cualquiera que deja indemne
al primero. Retornando sobre el primero abre la posibilidad de destituir el
sentido que oficiaba de cobertura. Podemos destacar que la emergencia de este
tiempo dos se debió no sólo a los continuos internos autoreproches y
remordimientos (lo que nos pone frente a la presencia de las figuras de la culpa) de Amélie por no
poder (o querer) cambiar su vida, sino también por que ella infiere que es hora
de hacer algo por ella; todo lo que hacía en el tiempo uno era para los demás,
para que los otros estén bien y felices, ahora en este tiempo dos surge en ella
el reproche de no haberse acordado antes de amar. Ella comienza lentamente a
pensar que es su persona la que tiene que estar bien, feliz, contenta y debe
poder cambiar su vida con una decisión trascendental que se le presenta a ella:
dejarse ver, dejarse sentir amada. Podemos considerar que efectivamente este
tiempo dos tiene valor de interpelación, debido a que a partir de su
intervención, interpela al sujeto al introducir un término que cambia la
configuración anterior, interpelando al sujeto a dar una respuesta.
En este
segundo tiempo, la protagonista recibe de la realidad indicadores que la ponen
sobreaviso respecto de que algo anduvo mal. Las cosas fueron más allá de lo
esperado: Amélie se enamora y eso es justamente algo no esperado para ella. En
este punto el sujeto se ve interpelada por esos elementos disonantes, ya que
algo de esa diferencia le pertenece.
Cabe
destacar que el amor que envuelve a Amélie por “su” Nino es tan loco como las
características de ambos personajes, es que era obvio que con personajes tan
raros y alejados de lo común y lo cotidiano, el azar los haga encontrar y luego
enamorar. El amor de Amélie por su hombre es un amor a primera vista: ella lo
ve por vez primera cuando a él se le perdió su álbum; luego que se lo devolvió
también lo pudo volver a ver y unas solas miradas bastaron para que ella se
enamore. Él, en cambio, no la conoce, nunca la vio, pero aún más raro que lo
sucedido con Amélie, es que Nino también se enamora de ella, a pesar de que
jamás siquiera haya visto su cara. Él
se enamora de esa chica diferente, de ese misterio. Amélie en varias
oportunidades lo cita a Nino, como una manera de corroborar si él la ama, pero
cada vez que él aparece, luego de unos segundos de contemplarlo ella
desaparece. Entonces estamos en presencia de dos personas que se aman, no se
conocen íntimamente pero se aman, por lo que se podría decir que ya hay un
primer paso importante. El amor entre ambos es correspondido. Ahora falta el
acercamiento y la confirmación cara a cara. Esto es lo que Nino espera y
también lo que Amélie espera, pero no lo espera de su amado, lo espera de ella.
Espera que pueda romper con ese miedo interno que le impide el acercamiento con
toda aquella persona que no sea más que un simple amigo o compañero de trabajo.
Es necesario aclarar que ella es quien decide cuándo, a través de diversas
cartas, encontrarse con su amado y a su vez, es quien decide frustrar el
encuentro, pues cuando confirma y puede contemplar a Nino, ella se va, huye.
Luego de una nueva serie de acercamientos frustrados es precisamente el personaje
masculino de la historia, Nino, quien decide romper con esa situación de
incertidumbre. A partir de una serie de sospechas y posteriores investigaciones
Nino da cuenta de que la chica de sus sueños es Amélie. Gina, una de las
compañeras de Amélie del trabajo, le da a Nino la dirección de su departamento.
Y es en este punto de la película donde Amélie se encontraba triste y apenada
pensando en su amado, él le golpea la puerta y la llama. Por primera vez se
encuentra nuestra protagonista frente a la posibilidad de cambiar en forma
certera su mundo interno, de darle un giro definitivo a su vida y enfrentar lo
que siempre quiso y soñó... pero no, Amélie deja pasar unos segundos hasta
esperar que Nino se vaya para nuevamente hacer lo que mejor le sale: espiarlo a
la distancia y en el más absoluto anonimato, y es eso efectivamente lo que
ocurre por que Amélie ve a través de la ventana irse al protagonista por las pequeñas calles parisinas en la más
absoluta soledad.
Y es en
este momento cuando valdría preguntarnos si Amélie tiene algún monto de responsabilidad en su vida, en su forma
de ser. Y seguro que la tiene, lo que con certeza no podemos plantear es que
Amélie es responsable de enamorarse y mucho menos a primera vista. Sí podemos
reconocer a la protagonista como responsable de su vida, del curso que ella le
dio a la misma, y aquí podríamos plantear como hipótesis clínica que Amélie es responsable de jugar a ser una niña
y de no permitirse sentirse una mujer, de no darse cuenta del paso del tiempo y
creer que el mundo en el que vive puede arreglarse con determinadas bondades
que le realiza a gente ignota. También
es responsable de tardar mucho tiempo (recién al final del film puede lograrlo)
en romper lazos con el mundo de cristal que le fue creado por sus distantes y
desamorados padres. Y tal vez lo que es más importante, Amélie es responsable
de quedarse la mayor parte del film pegada a una infancia y a un rol de
“niñita” que no le permite proyectar ni desplegar su rol de mujer adulta, su
rol de mujer enamorada que puede y debe ser feliz. Amélie no puede dar por
concluido el complejo edípico que mantiene con su padre (más allá de la
distante relación que hay entre ambos
es notorio el gran amor y cariño de la protagonista hacia su progenitor durante
todo el film) y esta no resolución edípica sería tal vez la responsable de la
dificultad que se presenta en Amélie en no poder disfrutar del amor de otros
hombres más allá del de la figura del padre (dificultad en poder lograr una
salida exogámica). De lo anterior sí podríamos considerar responsable a la
protagonista del film; pero pese a aquello, es necesario que Amélie pase por
todo esto, para que se convoque en un sitio en el que nunca antes estuvo
dispuesta a estar. Cuando es convocado el sujeto no hay atenuantes ni
condicionamientos. Amélie tiene que pasar por todo lo arriba mencionado para
finalmente poder elegir un futuro por fuera del pasado donde creía haber sido
determinada. Si de algo es responsable el sujeto es de aquello que desconoce de
sí mismo, y de aquello que ella misma de acuerdo a sus valores morales, no
estaría dispuesta a reconocer como propio. Es necesario aclarar, que sostener
la responsabilidad del sujeto del inconsciente, es convocar al sujeto a
responder por sus actos, sean éstos judiciables o no, sea él mismo nominado
jurídicamente como imputable o no, de
lo que desconoce de sí mismo[2].
Este
planteamiento de la responsabilidad en la protagonista implicará una respuesta
que supone un cambio de posición de Amélie frente a sus circunstancias. No se
trata de un mecanismo consciente ni voluntario. Es una transformación de la
cual la primer sorprendida es la propia protagonista. Por lo tanto la hipótesis
clínica explicada anteriormente es la que nos abre paso a un tiempo tres o tercer tiempo y este
sujeto que adviene en este nuevo tiempo (tres) no es el mismo que dejamos en el
tiempo uno. No obstante, es en la acción emprendida en el tiempo uno donde
Amélie anticipa, sin conocerlo, una verdad que se evidenciará sustancial para
su existencia.
Este
nuevo tiempo tres se abre paso cuando la protagonista recuerda las palabras que
el hombre de cristal (conocido vecino del edifico quien intuye algo de lo que
le pasa a Amélie) le dijo: “si dejas
pasar esta oportunidad entonces tu corazón se volverá cada vez más seco y
frágil...ve por él, ve por él...”, y es aquí que frente a estas palabras
que le resonaron a la protagonista como determinantes es que logra romper
definitivamente con el anonimato con que se manejaba y se deja ver. Abre la
puerta en busca de su amado y esta él que regresó y gracias al cambio de
actitud presente en la protagonista pudo terminar con los momentos de timidez,
retraimiento y flaqueza frente a la figura de su enamorado. Ahora sí podemos
decir que los dos personajes además de amarse (ya no en forma anónima) se
conocen y se sienten.
Amélie
al abrir la puerta que la separaba de Nino se está “jugando” no sólo por el
amor sino también por ella misma, se está jugando a salir de ese lugar de mujer
anónima con el que coqueteó durante casi todo el film. A su vez el abrir la
puerta implica una necesidad no sólo
de dejar de ser anónima para entregarse al amor, implica la necesidad de que le
pase algo a ella como mujer, que haga algo por sí misma, de igual modo que lo
hacía por los demás. Al abrir la puerta, y por ende inaugurar este tercer
tiempo, siente la necesidad de sentirse liberada de esa infancia y en especial
de esos padres que le marcaron (para mal) el camino de quien y como fue en el
futuro. Este abrir la puerta de la protagonista para ir al encuentro de su amor
nos pone frente a un acto, ya que el
mismo implica una decisión tomada por fuera de los otros, sin los otros.
Implica una decisión por fuera de lo moral, una decisión por fuera de la ley.
Es una decisión de alguien que no se retrasa, que no se precipita, que no se
calcula y que no espera.[3]
En consecuencia el abrir la puerta de Amélie implica un acto y no una acción. A
su vez este acto que implica una decisión tiene consecuencias tanto para quien
lo produce (Amélie) y también para los otros (Nino), pero para los otros el
acto de Amélie será visto como una acción, lo que los otros ven en la dimensión
del acto de la protagonista es una acción, por eso nadie podrá juzgar a Amélie
por su acto, pero sí por sus acciones.
Es
necesario destacar que la interpelación no le dice a Amélie lo que es sino que
la invita a leer lo que ella hace. Por ello, la interpelación es productora del
sujeto. La interpelación no asegura tal resultado, pero brinda las condiciones
a partir de la cual es posible para alguien - Amélie- situar su responsabilidad por lo que dice, por lo que hace y por
lo que sueña.
Para
finalizar este análisis, quisiera destacar que la elección de la protagonista,
interpretada por la actriz Audrey Tautou está completamente a la altura de las
circunstancias. Y sus cualidades pueden ser enmarcadas en lo que Juan Fariña en
“Etica y Cine” denomina cine new age. Estamos aquí ante un nuevo
ideal de mujer, que no atrapa ya por su belleza exótica o por su gran
exuberancia. Este cine new age, tal como Fariña nos cita, requiere modelos
femeninos cuya sensualidad se vaya edificando a lo largo del film, y sobre todo
que esté acompañada de una frescura sin maquillaje. Tal como ocurre con Amélie,
quien nos va enamorando a lo largo del recorrido de la película, y es una mujer
que nos irradia la seguridad del militante cotidiano más que el éxtasis de una
única y esfímera noche de pasión.
E-mail: moebiusjll@hotmail.com
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