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Anónimo (Acerca de "El club de la pelea")13/08/2007- Por Débora Schwarz - Realizar Consulta
“La gente siempre me pregunta si conozco a Tyler Durden”, comenta al inicio del film su protagonista. El orden y el trabajo caracterizaban su vida. Dedicado empleado de una agencia de seguros, invertía el resto de su tiempo en la compra de muebles y accesorios para su lujoso departamento. Pero en un viaje conoce a Tyler Durden, personaje que cambiará su vida.
Ficha técnica y artística

Dirección: David Fincher.
País: USA.
Año: 1999.
Duración: 139 min.
Intérpretes: Edward Norton (narrador), Brad Pitt (Tyler Durden), Meat Loaf (Robert Paulsen), Zach Greiner (Richard Chesler), Helena Bonham Carter (Marla Singer), Rachel Singer (Chloe).
Guión: Jim Uhls, basado en la novela de Chuck Palahniuk.
Fotografía: Jeff Cronenweth.
Montaje: Jim Haygood.
Música: John King y Michael Simpson.
Diseño de producción: Alex McDowell.
Dirección artística: Chris Gorak.
Vestuario: Michael Kaplan.
Anónimo (acerca de “El club de la pelea”)
“La gente siempre me pregunta si conozco a Tyler Durden”, comenta al inicio del film su protagonista cuyo nombre, cabe señalar, no es mencionado en ningún momento del film.
El orden y el trabajo caracterizaban su vida. Dedicado empleado de una agencia de seguros, invertía el resto de su tiempo en la compra de muebles y accesorios para su lujoso departamento. No obstante, la monotonía de su vida se ve alterada: un insomnio de seis meses lo lleva a una consulta médica. Pero serán los diversos grupos de autoayuda los que le harán lograr conciliar el sueño. Todas las noches concurre a uno distinto: “Demencia cerebral”, “Cáncer testicular”, “Linfoma”, dependiendo el día de la semana; hasta que su nueva terapia se ve interrumpida por alguien tan “falso” como él: Marla Singer. “Su mentira reflejaba la mía. Una vez más no pude dormir”, exclama. Ambos deciden, entonces, repartirse los grupos y llamarse únicamente por algún cambio.
Realiza, luego, un viaje por trabajo, en cuyo retorno conoce a Tyler Durden, personaje que cambiará su vida. Vendedor de jabones, camarero de banquetes, proyector de películas, eran algunos de sus trabajos nocturnos. Siendo su compañero de asiento, conversan durante un tiempo y el protagonista acepta su tarjeta, luego de comentar que casualmente ambos poseen el mismo maletín. Llega, así, al edificio en donde vive y observa una muchedumbre de gente que rodea a la policía: su departamento había volado y el incendio había arrasado con todas sus pertenencias. Rescata de entre los escombros el número de Marla y se dirige conmocionado a una cabina telefónica. Pero corta el teléfono cuando la llama y decide sorpresivamente llamar a Tyler Durden. “Si me preguntan por qué lo hice, en realidad no lo sé”. Lo que desconoce aún es que esta decisión abrirá un nuevo camino en su vida y se constituirá en un primer tiempo.
Más tarde, se encuentra con él en un bar, y Tyler comenta: “Pregúntame… si para eso me llamaste.” “¿Puedo quedarme en tu casa?”, contesta luego de pensar un rato. Podríamos pretender acá, así como lo creyó durante un instante el propio protagonista, que azar, destino y necesidad conjugaron los factores determinantes de la acción. Pero, por el contrario, descubriremos luego que, tanto el incendio como el encuentro con Tyler, de por sí no casuales, y, en especial, el llamado a este último, forman parte de un mismo entramado.
“Por favor pégame”, exige Tyler luego de aceptar el pedido. El protagonista le pega en la oreja y así comienzan a pelear en el medio de la calle. “Deberíamos hacerlo de nuevo”, advierte este último. De esta forma, los nuevos compañeros comienzan a convivir juntos en la casa de Tyler, una “pocilga” aparentemente abandonada en la que ningún servicio funcionaba. La importancia del mundo terrenal comienza a dejar de tener efecto en el protagonista; no así, la presencia de Marla.
En un intento de suicidio con pastillas ella lo llama por teléfono, pero será Tyler quien concurrirá en su auxilio. Así comienza una relación centrada en el sexo principalmente. El protagonista, alterado por su presencia en la casa e inquietado por los ruidos que ambos provocan, mantiene sólo diálogos peyorativos con ella, razón por la cual Marla se retira siempre enojada y confundida. Mientras, las peleas entre ellos continúan por las noches. Crean así el “Club de la Pelea” con ciertas reglas a cumplir para todo aquél que quisiese participar. Poco a poco, este club va extendiéndose cada vez más. Tyler comienza a asignar “tareas” a los integrantes que pronto se convertirán en misiones. Pelearse con un extraño, primero; luego, destruir un monumento. Pasando por algunas pruebas los reclutas se comienzan a entrenar. Sin darse cuenta, el protagonista se involucra cada vez más en pequeños actos de vandalismo. Llega incluso a pegarse hasta desangrar delante de su jefe, logrando con éxito extorsionarlo para que, sin trabajar, le pague su sueldo.
La organización adquiere otro carácter y dimensión, pero siempre apuntando a un fin: “Tyler tenía un plan para todo”, comenta el protagonista. “Somos consumidores (…) pero no somos nuestro trabajo, nuestra casa, nuestro dinero en el bolsillo (…) yo digo: deja de ser perfecto, completo (…) las cosas que posees acaban por poseerte”, opina Tyler en contra de la sociedad capitalista. Es así entonces, que el nuevo plan, el “Proyecto MAYHEM”, consistirá en volar los edificios centrales de las tarjetas de crédito para borrar el registro de deudas y que “todos puedan volver a cero”. No obstante, Tyler desaparece. El protagonista recorre la casa y encuentra pistas acerca del proyecto. Los “reclutas” no le informan al respecto: “una de las reglas es no hablar del proyecto”, responden a coro. Encuentra registros telefónicos y pasajes de avión vencidos. Concurre a cada ciudad y hotel en donde, supone, había estado Tyler, y observa hechos extraños: gente del personal y servicio le dicen “Señor” o le guiñan un ojo, si bien afirman no saber “nada de un tal Tyler Durden”. “No sé quién es… pero escuché que se hacía cirugía…”, escucha como comentario de fondo en la mesa de un café. El encargado de un bar lo saluda. “¿Quién cree que soy?”, pregunta desconcertado el protagonista. “Usted es el señor Durden”, le responde.
Se dirige hacia su habitación de hotel y observa a Tyler sentado en una silla. Le pregunta por qué la gente lo confunde con él. Tyler contesta: “¿Por qué podrían…?”; conmocionado responde: “porque somos la misma persona… no entiendo”. Comienza así a recapitular los hechos pasados y se ve a sí mismo como el autor de los hechos (incluyendo el atentado contra su propio departamento). Podemos referir este acontecimiento como la instancia culminante de un segundo tiempo en donde los “indicadores lo ponen sobre aviso de que algo anduvo mal. Las cosas fueron más allá… y el sujeto se ve interpelado por esos elementos disonantes. Algo de esa diferencia le pertenece”[1]. Observamos con claridad el factor sorpresa. Un exceso quiebra su universo particular y lo obliga a preguntarse por sus acciones. El llamar a Tyler adquiere otro significado. “Aquello que le pertenece… perturba su intención conciente confrontándolo a un punto sin sentido.”[2] “El yo se sorprende, quiere comprender pero está excluido de la situación”. Al respecto, Tyler intenta explicar lo inexplicable: “Buscabas la manera de cambiar tu vida… todo lo que querías ser era yo… lo más importante, soy libre en los aspectos en los que tú no lo eres…” En este momento, el protagonista cae dormido sobre su cama. Se despierta y acude a la policía, confesando que es “el líder de una organización terrorista”. Muestra registro y entrega direcciones para fundamentar su argumento. Comenta también acerca del proyecto. Mientras el jefe policía se retira a confirmar los datos, el protagonista huye corriendo luego de un incidente. Se dirige a uno de los edificios en peligro, en cuyo estacionamiento Tyler lo sorprende. Le pregunta, entonces, por qué va a matar a gente inocente. Vemos en ello una paradoja: se confiesa en la comisaría como el líder de una organización terrorista y cuestiona luego a Tyler acerca de decisiones que, en consecuencia, él mismo ha tomado. Podríamos decir que intenta “asumir la responsabilidad legal” de un acto atribuyendo, empero, la culpa a un “otro”. De una manera u otra, al responder por una acción ilícita o proyectar decisiones en otro, obstaculiza el camino que lleva al acceso del orden del deseo. El protagonista se vio conmovido e interpelado, pero no logra aún cuestionar por qué llamó a Tyler Durden aquella noche, qué lo llevó a buscar la presencia de su otro yo y para qué.
Se pelean y continúan la disputa en un nuevo edificio. Tyler le apunta con un arma al protagonista y advierte que en pocos minutos acabará la historia financiera. “Eres una voz en mi cabeza”, dice el protagonista. “Yo no creé un alter ego para hacerme sentir mejor. Asume tu responsabilidad”, responde Tyler. Ahora bien, ¿de qué responsabilidad está hablando? ¿De la responsabilidad por su contribución al proyecto? ¿De la responsabilidad de la creación de una personalidad transgresora? ¿De querer realmente transformarse en esta persona? O ¿De realizar a través de ella sus deseos cuya motivación se halla en lo profundo del inconsciente?
“¿Qué quieres? ¿Volver a tu maldito empleo?”, exclama Tyler. En este momento, el protagonista comprende que el arma está en su mano y no en la de Tyler. Comienza a entender que ambos son la misma persona. Se apunta, entonces, a sí mismo en la boca y dispara. La bala cruza el perfil de su cara y Tyler cae muerto. Entra Marla a la habitación. El rostro del protagonista está sangrando pero no muere. “Mírame, estoy realmente bien”, explica con una sonrisa sarcástica. “Confía en mi, ahora va a estar todo bien”. Mientras, ambos observan a través de un ventanal cómo explotan todos los edificios de alrededor. Tomándole la mano, comenta: “Me conociste en un momento extraño de mi vida”. Diremos, entonces, que se abre aquí un tercer tiempo. El sujeto toma otra posición. No puede volver atrás. Llamar a Tyler Durden comprometió al sujeto. Aparece la subjetividad donde la incertidumbre es el único horizonte. Consultas con el médico, grupos de autoayuda, reclutamiento de “adeptos”, disputas con su otro yo: el sujeto “sin nombre”, anónimo, realizaba intentos fallidos de encontrarse a sí mismo. ¿En qué lugar? Allí donde no podía describirse: en el deseo, dirán algunos; en la falta, dirán otros. A través de Tyler logra dar lugar a sus mociones inconscientes tanto agresivas (desde los actos auto y hetero-destructivos) como libidinosas (en su relación con Marla). “Ahora todo va a estar bien”, toma a Marla de la mano y observa los edificios caer. Se abre “el tiempo del despertar”[3]. Tyler ha muerto (su presencia ya no es necesaria), el sujeto ha nacido. Hay un cambio de posición. ¿Qué soy? ¿Qué es lo propio más allá de las palabras? Mi deseo inconsciente, para Freud; el silencio, para Ariel. ¿Qué hay más allá? “Lo que había antes, sólo que ahora el sujeto está en otra posición”[4] . Llamar a Tyler implica al sujeto en su decisión, diremos que es responsable de ello, tanto de su propósito inconsciente, como de aquella falta, la castración, que motivó la inscripción del deseo.
“La singularidad suplementa al universo de lo existente”[5]. Llamar a Tyler es un acto que quiebra el universo particular del sujeto, provocando la emergencia de la singularidad y dando lugar a las mociones inconscientes de este sujeto. El acto inscribe lo singular soportado a su vez en lo particular. Hay una interrogación, un exceso, un quiebre en el terreno del “Club de la pelea” donde el individuo luchará consigo mismo buscando aquella posición que dé lugar a su subjetividad.
BIBLIOGRAFÍA
1. FARIÑA, J. J. M y GUTIERREZ, C. Ética y cine. Eudeba, Buenos Aires. 2001
2. SALOMONE, G. “Responsabilidad y formaciones del inconsciente”, Inédito. Ficha de la cátedra.
3. ARIEL, A. “La responsabilidad ante el aborto”. Ficha de la cátedra. Mimeo.
4. LEWKOWICZ, I “Particular, Universal, Singular”. En Ética: un horizonte en quiebra. Cap. III. Eudeba, Buenos Aires. 1998.
Referencias
[1] FARIÑA, J. J. M y GUTIERREZ, C., Op.cit. Pág. 166.
[2] SALOMONE, G. Op. Cit. Pág. 4 - “Responsabilidad y formaciones del inconsciente”, Inédito.
[3]ARIEL, A. Op. cit., Pág. 6.
[4] IDEM, Pág. 6.
[5] LEWKOWICZ, I Op. cit., Pág. 62.
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