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Atrapado en la burbuja. Sin retorno

06/05/2014- Por Hugo Dvoskin - Realizar Consulta

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Federico Samiego (Sbaraglia) maneja irresponsablemente. Habla por el celular. Acelera, fuma. Azarosamente no atropella a un transeúnte. El azar juega una carta favorable. Será la última. El ciclista no está herido, la bicicleta está destruida. Federico, que conducía el auto, no vacila en culpar al ciclista. Este, no satisfecho con su propia imprudencia que es parte pasiva y necesaria del choque, permanece en la calle sin mirar al tránsito. El otro auto, el de Matías Fustiniano (Slipak), conducido entre porros, encendedores y celulares, se encuentra con el mismo ciclista, con los mismos carteles, con menos tiempo para la frenada porque la bici está tirada. Le entra de lleno al ciclista que ahora recoge los restos del accidente anterior. El golpe es preciso.

 

 

 

 

Ficha técnica y artística

Dirección: Miguel Cohan. 

Países: España y Argentina.

Año: 2010. 

Duración: 104 min. 

Género: Drama, thriller. 

Interpretación:Leonardo Sbaraglia (Federico), Martín Slipak (Matías), Bárbara Goenaga(Natalia), Luis Machín (Ricardo), Ana Celentano (Laura), Arturo Goetz(liquidador), Agustín Vásquez (Pablo), Federico Luppi (Víctor), Felipe Villanueva (Chaucha), Rocío Muñoz (Luciana). 

Guion: Ana Cohan y Miguel Cohan.

Producción: Vanessa Ragone, Gerardo Herrero y Mariela Besuievsky. 

Música: Lucio Godoy. 

Fotografía: Hugo Colace. 

Montaje: Fernando Pardo. 

Dirección artística: Federico Cambero. 

Vestuario: Roberta Pesci. 

Distribuidora: Alta Classics

 

 

Con Federico

Federico Samiego (Sbaraglia) maneja irresponsablemente. Habla por el celular. Acelera, fuma. Azarosamente no atropella a un transeúnte. Va a tal velocidad que el peatón supone que Federico hace picadas con otro vehículo en la avenida. Distraído, se encuentra con las vergonzantes señalizaciones del gobierno de la ciudad que anuncian tardíamente que la calle está cerrada y que un accidente, si avisaran antes, quizás podría evitarse. Dada la desidia con que se lo coloca, el cartel podría simplemente decir “ya es tarde, acaba de tener un accidente” porque el otro, el que debería estar antes e indicar que “a 100 m. la calle está cerrada”, o simplemente, “a 100 m. desvío”, no existe. Avisar lo que va a suceder supone políticas de estado, planificación. En Argentina se improvisa y se arregla con alambre. El imprudente conductor se encuentra con el improvisado anuncio. Un ciclista circula sin las señales adecuadas, ni fluorescencias que lo bien identifiquen. Las bicisendas aún son cuestiones del futuro. Las posibilidades de que no suceda un accidente se han reducido dramáticamente. El auto entra al desvío frenando pero aún con cierta velocidad. Atropella a la bicicleta, el ciclista cae, los papeles se desparraman. El azar juega una carta favorable al conductor del auto. Será la última y el destino que, como dice Borges, es ciego a las culpas hará impiadosamente de las suyas.[1] El ciclista no está herido, la bicicleta está destruida. Federico, que conducía el auto, no vacila en culpar al ciclista. No lo ayuda, no le da los datos para que el seguro arregle la bici, no llama a nadie por si tuviera alguna lastimadura. Es cierto que no hay heridos, no lo es menos que lo abandona. Al llegar a su casa justifica su tardanza en un “un idiota que andaba en bici”. La culpa es del otro. La irresponsabilidad tiene cara de hereje. El mismo aforismo corre para el ciclista cuya suerte todavía no está echada pero será funesta. Es que el ciclista no satisfecho con su propia imprudencia que es parte pasiva y necesaria del choque, permanece en la calle recogiendo los papeles, sin mirar al tránsito y dejando su averiado medio de transporte tirado en la calle. El otro auto, el de Matías Fustiniano (Slipak), conducido entre porros, encendedores y celulares que se pierden y se buscan en el piso, se encuentra con el mismo ciclista, con los mismos carteles, con menos tiempo para la frenada porque la bici está tirada y el ciclista anda por el piso en busca de sus papeles. Le entra de lleno al ciclista que ahora recoge los restos del accidente anterior. El golpe es preciso. No alcanza para matarlo pero es suficiente para dejarlo moribundo y el consecuente agravante de la pena por abandono de persona se incluirá en el expediente. Este conductor también lo abandona a su suerte. Casi. Porque aconsejado por su amigo resuelve dar el auto por robado, cargar el accidente a otro pero llama al Same. Siete días de agonía y calvario serán el marco para que la prensa haga de esta víctima su noticia predilecta, el padre haga sus investigaciones y los jueces se dejen presionar por ambos.

A Federico, el azar empieza a jugarle en contra, demasiado. Víctor Marchetti (Luppi), el padre de la víctima, realiza una investigación en la zona y averigua datos de uno de los autos que cruzaban la avenida en la trágica noche. Recuerdan el de Federico que, a la sazón, ya ha dejado en reparaciones al día siguiente del choque aprovechando su viaje a Brasil en micro. Encuentran el auto. Si arreglarlo al día siguiente podía ser leído como un modo de aprovechar el viaje, para la justicia, el apuro no es más que un inicio de confesión, un intento de querer sacar las marcas de la bici que ha ocasionado la muerte del ciclista abandonado. Las piezas empiezan a ordenarse. O, mejor dicho, a presentar un orden posible. Choque, marcas de la bici en el auto, viaje a Brasil que ahora se lee como escape. Están los testigos que no quieren declarar lo que han visto y están aquellos que quieren declaran aunque no estén muy seguros de lo que han visto. Es suficiente para que una de ellas lo reconozca habiendo sido el que llamó por teléfono al Same, ¡lo que debería haber hecho y no hizo! Es inocente de lo que no hizo y empieza a ser culpable de lo que tampoco hizo.

El público, como en muchas películas, empieza a jugar su parte. Se enoja, se ofende, se ofusca porque un inocente será procesado, porque la justicia no investiga. Le demanda al servicio policial que investigue más… como lo hace el padre, que justamente lleva a encontrar como culpable a un inocente. Pero una vez hecha la investigación, las pruebas son contundentes. Cualquier otra decisión que no sea juzgarlo sería indudablemente sospechable de corrupción de parte de la justicia o por parte de la policía. Es cierto que el público sabe que el “responsable” es otro. Pero sin ese dato, por cierto no menor, la culpa cae irremediablemente sobre Federico. Insistimos: estuvo en el lugar, manejaba un auto imprudentemente, chocó efectivamente a la bicicleta y lo reconoce, “se dio a la fuga”, en su auto hay marcas del choque, no hizo la denuncia ni ayudó a la víctima, llevó a arreglar el auto con inmediatez y al día siguiente se fue a Brasil. Además hay un testigo que lo ubica en el lugar y en el momento. ¿Se requiere más para juzgar a alguien? El lugar, el momento, el arma, el azar, el irse apresuradamente de la escena y la confesión. Con mucho menos pedimos procesar a posibles delincuentes y políticos. Al mejor estilo Petrocelli[2], Federico  pretende que luego de haber chocado al peatón haya habido otro auto que lo volvió atropellar y lo mató. ¿Quién podría creer semejante disparate? Por su parte, Federico en ningún momento se plantea la posibilidad de que luego del accidente que lo tuviera de protagonista, el ciclista hubiera tenido heridas imperceptibles que ocasionaran un posterior desmayo. En la oportunidad es indudablemente inocente pero, seamos sinceros, su modo de responsabilizarse o preguntarse por la parte que le podría tocar no es precisamente de nuestro agrado. 

En fin, esta película no trata de que cualquiera puede ir preso por un crimen que no ha cometido. En todo caso, siguiendo la línea de Match Point[3], sucede que a veces las piezas pueden encajar de dos modos distintos  y encajar bien. Finales abiertos o la existencia de dos soluciones coherentes para un mismo problema no son más que ejemplos de esta posibilidad. Lejos de toda psicología, de las determinaciones plenas o absolutas, o planes mayores del Todopoderoso, el azar juega su partido y se hace presente en casi todas las canchas. Sin saberlo, la película es un alegato contra la pena de muerte porque aun con un conjunto de pruebas irrefutables reunidas que acusen y culpabilicen,  el sujeto en cuestión podría ser inocente. Y la pena de muerte es irrevocable.

El tribunal esta vez no tiene clemencia con el asesino que no fue: “Autor penalmente responsable, homicidio culposo agravado, cinco años de cumplimiento más inhabilitación por diez años a manejar, más las costas procesales”. 

 

El Don Pirulero

El futuro arquitecto ha atropellado a alguien. El comportamiento del ciclista en la calle, la falta de indicaciones adecuadas y su falta de antecedentes, incluidos la frenada y el llamado al SAME, serían atenuantes suficientes. Si se hubiese quedado a ayudar a la víctima merecería una sanción pero no habría motivo para empecinarse con él. Situemos nuestra posición desde el comienzo. Que Matías vaya a la cárcel por este hecho no beneficia a nadie con la excepción de algún sentimiento de vengativo del padre. No le serviría a él para reinsertarse socialmente porque no es ese su problema. No lo haría más responsable y todos nos perjudicaríamos con el vínculo que se establecería en la celda con Kempes –el mandamás- pues no es impensable que Matías fuese llevado al delito. ¿Lo más probable? Sería sodomizado, quedaría en servidumbre para con ese grupo a fin de obtener alguna protección, lo usarían dentro y fuera del presidio, posiblemente se contagiaría el HIV, y una vez afuera realizaría acciones viles de todo tipo para pagar las deudas contraídas en los años de prisión. La sociedad habría transformado a “un nene de mamá” con futuro de arquitecto en un delincuente sodomizado al servicio de Kempes. Esta afirmación se ve metaforizada en la frase que Kempes le dice a Federico: “favor con favor se paga”. El sistema presidiario argentino es, sobre todo, la antesala de la incorporación no voluntaria a alguno de los muchos grupos “Corleone” que la habitan y a quien seguramente le deben la frase de la cadena de favores. No se ve que encarcelarlo genere ningún beneficio individual, grupal o social. Tampoco tendría efectos en la educación vial de la sociedad.

El público otra vez toma partido para que “se haga justicia y vaya preso el que tiene que ir”. Lo único que lo condena seriamente es el abandono de persona, con la salvedad de que a los heridos mejor no tocarlos y dejarlos en manos de la medicina. No hay decisión mejor que llamar al SAME y es de hecho lo que hace. Haberse quedado no habría tenido más utilidad que colocarse en posición de ser responsable, lo cual no es poco. Aunque desde la perspectiva pragmática habría ayudado poco.

En algún momento el padre propone que podría haber otras soluciones. La madre dice que no, que la única sería la cárcel. Es el modo psicopático de la obsesión, proponer dos opciones de las cuales una ya está anulada antes de comenzar. De modo que no hay opción. Si es “no hacer nada o la cárcel” y la cárcel no es posible, no haremos nada.

Otra vez con Matías, como con la Municipalidad, con el ciclista o con Federico, se trata de la dificultad de hacerse responsable, de preguntarse por la parte de cada quien en el asunto y cuál es el pago que a cada uno corresponde.

¿No habría sido posible irse del país a un país sin extradición y luego hacer llegar una declaración a la justicia? ¿O averiguar la posibilidad de hacer una confesión dado que el caso ya había sido juzgado y no debería haber dos condenados por un mismo hecho? ¿O esperar el momento de prescripción de la causa de muerte dolosa y averiguar qué se habría podido hacer además de tener miedo? Al menos hablar con los abogados sobre los modos posibles de resarcir a esa familia. Nada de eso se ve, sólo la política del ñandú, esconderse, aunque sea detrás de las manos, metáfora visual de no dar la cara. ¿Tampoco se les ocurre colaborar anónimamente con la familia?

No debería no caer sobre su conciencia el hecho de que ese hombre que cumplirá una larga e injusta condena tiene una hija -una menor- que se quedará sin padre por varios años con todas las consecuencias que ello supone: desde la obvia falta afectiva hasta el derrumbe económico que supone.

En algún momento, Matías ya no soporta la presión y el padre lo encuentra con la cara tapada, llorando. Entre querer irse de la escena pronto y de cualquiera manera, y esperar que alguien lo salve, Matías vive sus pasajes al acto, sus caídas, rogando que alguien los transforme en un acting out y se haga cargo de rearmar la burbuja en la que sus padres le han prometido se podía vivir eternamente. Al padre finalmente le dice que no supo qué hacer y que ya no puede más. El ciclista muerto o Federico  desde la cárcel parecen decirle, “despertate, Matías, no es un ensayo ni una pesadilla, es la vida”.

Ninguno de los que ha quedado involucrado en el accidente, el padre, la madre, el amigo y él, tienen pregunta alguna por la menor ni por el que termina insólitamente preso (es cierto que más por la presión de los medios que por la causa en sí). Hay más temor por el momento en que saldrá que sobre la posibilidad de hacerse cargo sin tener que ir preso. Ese es quizá el engaño porque la discusión, el debate, la dialéctica que se impone, no debería estar entre esas opciones de hierro, ir preso o no pagar precio alguno. Planteado así, no hay dudas de que el sujeto y la familia harán lo imposible por evitarlo, porque el castigo no se compadece con el hecho, porque los sistemas de prisión en la Argentina no funcionan como lugares de inclusión social y porque el abandono de persona, gravísimo, no es la causa de la muerte del ciclista. A los fundamentalistas de la moral, por cuestiones de género mayoritariamente hombres, podremos argüirles que en los lugares donde esta película fue debatida, las mujeres, madres muchas pero no todas, tenían la honestidad de decir que de ninguna manera apostarían a la entrega de Matías. En todo caso siempre deseaban intensamente (¿apostaban? o rezaban un poco) que el otro no cayera preso -tal como presagiaba el abogado penalista- para no tener que enfrentar la pregunta.

Es llamativo que quienes han quedado involucrados tampoco se interrogan cuando llega la sentencia. No llegan a implicarse subjetivamente y sólo tratan de evitar la cuestión, encontrar algún modo de olvido, para no confrontar con las consecuencias. Se trataba, en rigor, simplemente se buscar el modo de resarcir a quienes están pagando injustamente el castigo: el reo, su mujer y su hija, porque han quedado incluidos en el mismo barco y están siendo víctimas de su silencio. Encontrar el modo no era seguro pero el intento hubiese modificado nuestra valoración sobre su proceder. Es el momento de ser creativo aunque quizá no tanto. Es el momento de situar que la ética no supone portarse bien y hacerle caso a los más  grandes, sino transitar por ese desfiladero que hay entre desdén y omnipotencia, entre culpa y responsabilidad, entre deseos individualistas y obligaciones para con los otros.

Es sabido que nadie está obligado a declarar contra sí mismo de modo que tampoco tendría sentido que Matías se presente por principios. El único motivo para hacerlo es que hay otro al que están juzgando por él, que hay una menor afectada y que, fundamentalmente, para no hacerlo empieza a cometer nuevas trasgresiones y nuevos delitos. Inventa un robo del auto, declara falsamente, miente al seguro, y sigue. También le miente al padre, inventa la historia del celular y hasta lo quiere cargar con la responsabilidad de la denuncia y de los trámites. ¿Acaso el examen de manejo debería incluir una simulación de accidente para juzgar el comportamiento del futuro chofer en situaciones como esa, en lugar de medir si el conductor toca los conitos cuando va manejando en zig-zag?

Desde el comienzo, Matías se dedica a trabajar intersticios aparentemente convenientes. Si el padre no le da el auto, encuentra complicidad en la madre. Si ha atropellado a alguien, se le ocurre con su amigo hacer la denuncia de robo. Si la investigación que la policía realiza habitualmente termina en cierre de la causa, no hay motivo para presentarse. Si hay que hacer la denuncia, para eso están el padre y el seguro. Si su declaración tiene fisuras ya no parece ser un robo, quizás un asalto y mejor no seguir averiguando. Esto se resuelve con la vocación del gestor por alguna coima que facilite el trámite. Se vuelve a verificar lo que sucede en el sistema policial argentino: investiga el padre, investiga el del seguro, investigan los diarios. La policía corre detrás de los hechos porque es posible que algún “servidor público” esté involucrado, no sabemos cómo y por cierto no es el caso, pero, por las dudas hay que encubrir sin saber bien a quién. Al salir de la prisión será el turno de Federico, ahora Chirolita, para emprender la investigación. Lo hace con ayuda de la información policial que la policía no investiga pero la tiene clasificada en forma sistemática cuando se trata de ayudar a los delincuentes. Es justamente lo que Federico pedía que se hiciera. Si es para determinar la inocencia de un inculpado, la investigación no pasa del zaguán. Si es para favorecer a un delincuente entran a la casa, revuelven todo y encuentran el tesoro. Se podría haber hecho en su momento en lugar de montar todo esa parafernalia y limitar la chorrera de gastos en jueces, camaristas, secretarios y prosecretarios para terminar encarcelando a un inocente. Se muestran incapaces de agotar (¿de iniciar?) las líneas de investigación que años más tarde Federico lleva adelante, sin mucho costo, con pocos recursos, con ingenio y en soledad.

Mientras tanto Matías tiene a todos sus encubridores trabajando. Si el del seguro vuelve, lo cubre la madre. Si el padre lo manda a hacer un trámite que lo obligaría a pensar en el hecho, se olvida. La culpa no se compadece y se encarniza con el sujeto cuando lo único que se propone es  sacarse la cuestión de encima. De todos modos, vuelve. Matías y su familia apuestan al olvido. Sin embargo, “Sólo una cosa no hay, es el olvido”.[4] Sobre todo cuando la vida por sus infinitos avatares nos trae un retoño que hace revivir los recuerdos. Una nota en el diario, una fecha. 

Ahora ya no se oculta. Vuelve a escaparse, tal como lo describe Federico. La madre ofrece las pastillas que también receta y de las que nos enteramos cuando Federico ha sido liberado pero que seguramente han sido su guarida durante esos años. Los miembros de la familia Fusitiniano siguen viviendo todos juntos, incluida la hermana, que nada sabe de estos cinco años de pesadillas e insomnios de su exitoso hermano, que nada sabe de los medicamentos que su hermano toma para ver si el olvido alguna vez llega. Modo de vivir escondido públicamente, casi un destino.

El recorrido de este sujeto a lo largo de la película es absolutamente ineficaz porque, como se ve, el final lo encontrará en la misma posición, empastillado y cobarde. Es el turno de irse al country o escaparse por la tangente luego del encuentro con el padre del ciclista. Ahora aprovecha la desazón de este hombre que ha malgastado su odio llevando a la cárcel a un inocente con la complicidad policial. Su vida se ha arruinado con la muerte de su hijo y él se la ha arruinado a otro. El padre del ciclista muerto no sabe que seguramente de haber terminado mal el primer choque este hombre probablemente también se hubiese tratado de escabullir, eso no ha sido dicho, pero es una conjetura que surge de lo dicho anteriormente.

 

El encuentro

“Él es el hijo de puta que mató a tu hijo. Lo mató, se deshizo del auto, denunció el robo y se olvidó del tema. Cuando lo encontré estaba escapándose otra vez. A mí me cagaron la vida. Vos me cagaste, él me cagó”.

Queda el revólver en la mesa. Es la escena con que se homenajea la película 21 gramos[5], cuando el Chivo deja la pistola entre los dos hermanos para que se maten. Se va sin decir nada… ¿nos dice que cualquier muerte sería justa?, ¿acaso ambos han perdido el derecho a la vida y sólo pueden recuperarlo cometiendo otra vileza más, aún mayor?

El padre del ciclista llora, ha ido demasiado lejos, ha hecho demasiado. Ha hecho bien lo que no le correspondía, y lo pagó quien no correspondía. Matías se escapa, se ha quedado demasiado cerca, ha hecho demasiado poco. Aunque se escape, la seguirá pagando.



[1] Borges, Jorge Luis, El sur  “Ficciones”. O.C., Emecé, p. 525.

[2] Serie televisa de casos jurídicos de los años noventa.

[3] Match Point, de Woody Allen. Véase nuestro comentario en “El amor en tiempos de cine”.

[4] Borges, Jorge Luis, Everness en “El otro, el mismo”, O.C., Emecé, p. 927.

[5] Film de González Iñarritu, México, 2003.

 

 

 

 

 

 

 

  


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