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Babel: en los bordes. Cine, segregación y psicoanálisis. Lo que el psicoanálisis no termina de enseñarnos

09/04/2007- Por Hugo Dvoskin - Realizar Consulta

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Luego del impactante estreno, el filme todavía da que hablar. Otra lectura posible, ahora de la mano de Hugo Dvoskin: “Si la película Babel atraviesa los mares (de gente) y los desiertos (de arena y de gente), no es menos cierto que se presta a los análisis culturales, sociológicos y -como su nombre lo indica- bíblicos. Nos interesa mencionar la problemática del borde, de la frontera, esa línea imposible de habitar sobre la que transita la película”

 


Ficha técnica y artística
Dirección: Alejandro González Iñárritu.
País: USA.
Año: 2006.
Duración: 143 min.
Género: Drama.
Interpretación: Brad Pitt (Richard), Cate Blanchett (Susan), Gael García Bernal (Santiago), Elle Fanning (Debbie), Kôji Yakusho (Yasujiro), Rinko Kikuchi (Chieko), Adriana Barraza (Amelia), Nathan Gamble (Mike), Mohamed Akhzam (Anwar), Peter Wight (Tom), Harriet Walter (Lilly), Trevor Martin (Douglas), Mónica del Carmen (Lucía).
Guión: Guillermo Arriaga; basado en un argumento de Guillermo Arriaga y Alejandro González Iñárritu.
Producción: Alejandro González Iñárritu, Jon Kilik y Steve Golin.
Música: Gustavo Santaolalla.
Fotografía: Rodrigo Prieto.
Montaje: Stephen Mirrione y Douglas Crise.
Diseño de producción: Brigitte Broch.
Vestuario: Michael Wilkinson.
Estreno en USA: 27 Octubre 2006.

Si la película Babel atraviesa los mares (de gente) y los desiertos (de arena y de gente), no es menos cierto que se presta a los análisis culturales, sociológicos y -como su nombre lo indica- bíblicos.
Nos interesa mencionar la problemática del borde, de la frontera, esa línea imposible de habitar sobre la que transita la película : ya sea la línea de falla que el Río Bravo del Norte establece entre los rascacielos y las chozas, léase México y Estados Unidos; o la brecha entre los pobres marroquíes que habitan sus tierras con los ricos turistas que las visitan; o la sórdida fractura que se presenta entre los sordomudos que cohabitan con quienes escuchan, en un mundo en que el ruido y lo estridente marcan el ritmo del baile y de la vida. Línea insalvable entre culturas, cruzarlas puede hacer creer equivocadamente que la hiancia ha desaparecido. Cualquier detalle alcanza para que el shibbolet  bíblico salga a la luz y cada uno muestre su hilacha , la que dice y evidencia, la que hace que del más débil digan “tu de aquí no eres”, “tu no perteneces”. Babel le responde sin contemplaciones a la utopía de John Lennon pues aquí no hay lugar para imagine all the people. En Babel cada uno sólo puede sentirse un poco protegido entre los propios. El otro es un extranjero que más temprano que tarde, y aun cuando hayan pasado dieciséis años, nos dirá que no somos su prójimo porque no somos su próximo; nos dirá que el mandato bíblico de “amar al prójimo como a ti mismo” es sólo si el prójimo se adapta y se somete, si decide hacerse de los “nuestros”. Por eso Amelia, la empleada doméstica, sólo logra ser bien acogida en los brazos de su hijo, mientras que de aquellos a quienes ha cuidado a sus hijos sólo logra que no levanten cargos en su contra.

Entre los suyos, la joven oriental puede intercambiar palabras y sonidos sin exponer su hermoso cuerpo, sólo encuentra afecto en la mano de su padre; y es también en los brazos de su padre -en los que quizás muere- el lugar en el que Yussef puede no sentir tanta desdicha.
Detrás del telón, la policía irrumpe en las escenas. Lo hace en forma violenta, pegando antes de preguntar, insultando antes de saludar, suponiendo y sospechando. Lo hace violando domicilios a los que no tienen, pidiendo permiso a los que sí tienen; pero siempre entrometiéndose en la intimidad y en la desgracia de cada quien. Allí no hay diferencias entre Hong Kong, Marruecos o California, porque toda ciudad está internamente habitada por esa policía que nos recuerda que hay poderes que sostienen esas estructuras.
Nos detendremos en esos tres personajes que ya hemos mencionado -Amelia, la sordomuda y Yussef- pues justamente son ellos los que, a nuestro gusto, mejor representan esa dolorosa línea que hace que la torre de Babel caiga sin contemplaciones sobre algunos, aun cuando sea cierto que si los otros no son aplastados es porque apenas consiguen algún equilibrio, lo cual, de todos modos, no es poco.

Los tres personajes, por motivos diversos se encuentran impedidos, aún más que otros, de esa porción de satisfacción de la que Lacan, citando a Valéry, afirmara “sin ese goce el universo sería vano” .
Amelia vive en el exilio, habita otro idioma, cría hijos que no son propios, que no le ofrecen siquiera reconocerla como tía en el momento que más lo necesita, y sus patrones le exigen privarla de asistir al casamiento de su hijo. Si bien es cierto que al final de la película el espectador podría pensar que los motivos de esta exigencia no eran necesariamente inválidos o están justificados, el director –que guarda ese argumento por razones de guión y de suspenso- al situar esa escena de exigencia, aislada, en el comienzo y subrayando el carácter arbitrario, logra transmitirnos los sentimientos de Amelia: no hay “razones laborales” que puedan justificar que una madre se vea impedida de asistir al casamiento de su hijo. Porque los otros, aunque los cría como si lo fueran, no son sus hijos, porque Amelia simplemente trabaja en esa casa. La propuesta de pagar otra boda de parte del personaje que representa B. Pitt, se suma a su vano intento de darle dinero a quien lo ha ayudado en los trágicos momentos que atraviesa su esposa. Encuentro grávido de la cultura norteamericana con la/s otra/s, pues los líderes de Occidente suponen que “a los pobres” siempre se los puede arreglar con dinero porque los pobres serían siempre carne de soborno. Recibe esa doble negativa, justo “de ellos”, diremos forzada y provocativamente, a quienes se acusa de querer ganar el dinero de modo fácil.

Yussef no necesita de ningún Río Bravo porque tiene, en su propia casa, en las diferencias con su hermano, un caudaloso Amazonas que lo arrastra a lo peor de sí mismo. Diferencias de capacidad en cada uno y en todos los disfrutes que se ponen en juego, para disparar un rifle, para ser interesante para la propia hermana, para ser el orgullo de su padre. Diferencias que se organizan como humillación frente a los otros y van sacando afuera las mayores miserias de este Caín modernizado, aunque sus condiciones de vida no parecen haber mejorado mucho comparándolas con los tiempos bíblicos. Le toca el lugar de Caín, aún cuando sea él quien pierda la vida en esta nueva versión del mito. Yussef, fuera de los goces de su hermano, supone su salvación delatándolo. Lo delata, no porque a él le parezca particularmente mal lo que hace su hermana, sino porque el streap tease está dedicado al otro y supone que denunciándolo ganará prestigio frente a su padre. También lo provoca a disparar contra el micro acusando al rifle de su propia ineficacia. Luego lo acusa del certero disparo para el que él se encuentra, sin dudas, dis-capacitado. Un hermano mayor y desleal. Un hermano que no responde por sus actos y de los que se trata de desvincular responsabilizando sólo a su hermano. Pero esta vez, Dios se la hace pagar al que las hizo, al que no goza y por eso envidia, o peor, sólo goza de la envidia y le desea el mal al otro. Esta vez, entonces, por efecto de una serie de carambolas, la infaltable injusticia no lo es tanto. Incluso el padre de los niños no se transforma a sí mismo en un bíblico Abraham, afronta sus responsabilidades y no entrega a sus hijos a los dioses oscuros del poder. Nuestro Abel, que sobrevive, afronta con grandeza el destino de quien está dispuesto a matar pero no es un asesino; y no tiene necesidad de abrazarse a la conocida, desgraciada y vergonzosa fórmula de “acaso soy responsable de mi hermano”.

En Hong Kong, la oriental jugadora de volleyball le dice al árbitro -ante una falta mal cobrada que la perjudica-: “soy sordomuda, no soy ciega”, dando la primera clave de aquello que la atormenta: que todos sus males se explican por su discapacidad. Pero es también esa teoría la causa de sus males. Si su cuerpo no escucha porque es sorda, ella hace que el otro escuche a su cuerpo: besando al dentista en medio de la consulta, mostrando el pubis en un bar, exhibiéndose desnuda ante el policía. Invade la vida de los otros porque en el decir de su amiga, “no se la cogen”. Y si todo proviene de ese goce que no tiene, quiere tenerlo, quiere arrancárselo al otro, imponérselo, invadirlo con la lengua, con el pubis o los senos. Y la rechazan. Y si la rechazan, ella creerá que es por sordomuda, cuando el rechazo es justamente por el modo de ofrecerlo. Pero ¿cómo ofrecerlo si ella no habla? Entonces, vertiginosamente queda inmersa en un círculo vicioso: como es sordomuda ofrece su cuerpo arrasando cualquier enigma femenino, cualquier pregunta, cualquier sutileza. Pero entonces la rechazan por cómo se ofrece y se ofrece así porque es sordomuda. Entonces la estarían rechazando por ser sordomuda y quedaría condenada a vivir entre los suyos, los sordomudos. Detrás de la escena, detrás de la policía que irrumpe, hay aún otra escena, una madre que se suicida. Sólo conjeturas. Un arma. Una tercera arma que se suma a la dos que ya circulan: la que porta Santiago -el sobrino de la empleada- y utiliza para hacer disparos inútiles en medio de la fiesta anticipando desgracias futuras; y el rifle de caza que inicia las desgracias en Marruecos. A las armas las carga el Diablo y la madre se ha suicidado con un disparo. Quizás lo insoportable de tener esa hija tan dispuesta y tan próxima al goce de la vida, y tan lejana a ese mismo goce. Inteligente, buena deportista, bella y el goce de la vida que se le niega, por sordomuda, “¿por mi culpa?”, se habrá interrogado la madre. Si la madre se ha suicidado con un arma, la hija lo fantasea desde el piso treinta y uno, desde una torre que incluso envidiarían los rascacielos de San Antonio, allí, en la frontera con México. ¿Será acaso el único goce que le queda?, ¿dejarse caer desde esa altura con esa vista imponente?
Los prejuicios con los mexicanos, la incapacidad de los más pobres entre los pobres, la sordera de una joven bella y adinerada aúnan a estos tres personajes en un destino común: los que quedan particular y singularmente excluidos de los goces que la cultura ofrece, los que compelidos a acciones sin sentido buscan un lugar que cada vez los va aislando más, donde ya no importa la intención de sus actos pues están destinados a producir un mayor aislamiento y una mayor condena.
Resentidos por esa falta de goce, habitan un mundo de respuestas sin que se hayan formulado las adecuadas preguntas. Acciones sin texto, actos infames, obscenos y de estúpida audacia. El resentimiento, ese significante, ese sentimiento que el psicoanálisis no termina de enseñarnos.

 


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