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Conocer la muerte28/02/2007- Por Gabriel Ponti - Realizar Consulta
La película Conoces a Joe Black puede al lego parecerle algo simple y sin ningún tipo de significado. Pero como saben todos los que, de alguna u otra manera, están involucrados con el análisis, siempre el sinsentido, el absurdo y los lentos silencios esconden la verdad, esa fugaz pero traumática palabra que arriba desde las profundidades del mismo infierno y que nos revela nuestra imposibilidad de ser felices: el Sí, como producto de la esencia vacua que nos condena, pero que a su vez nos hace humanos y nos convierte en esa única especie que fue expulsada del Paraíso. Esa pérdida, ese resto, constituye nuestro origen y destino, un algo que lidia con la muerte.

Ficha técnica y artística
Género: Fantasía / Romántica / Drama
Nacionalidad: USA
Director: Martin Brest
Actores: Brad Pitt, Anthony Hopkins, Claire Forlani
Productor: Martin Brest
Guión: Ron Osborn, Jeff Reno
Fotografía: Emmanuel Lubezki
Música: Thomas Newman
Reparto:
Brad Pitt .... Joe Black
Anthony Hopkins .... William Parrish
Claire Forlani .... Susan Parrish
Jake Weber .... Drew
Marcia Gay Harden .... Allison
Jeffrey Tambor .... Quince
David S. Howard .... Eddie Sloane
Lois Kelly-Miller .... Jamaican Woman
Jahnni St. John .... Jamaican Woman's Daughter
Richard Clarke .... Butler
Marylouise Burke .... Lillian
Diane Kagan .... Jennifer
June Squibb .... Helen
Gene Canfield .... Construction Foreman
Suzanne Hevner .... Florist
CONOCER A LA MUERTE (MEET JOE BLACK)
La película Conoces a Joe Black puede al lego parecerle algo simple y sin ningún tipo de significado. Pero como saben todos los que de alguna u otra manera están involucrados con el análisis (tanto occidental como oriental), siempre el sinsentido, el absurdo y los lentos silencios esconden la verdad, esa fugaz pero traumática palabra que arriba desde las profundidades del mismo infierno y que nos revela nuestra imposibilidad de ser felices: el Sí, como producto de la esencia vacua que nos condena, pero que a su vez nos hace humanos y nos convierte en esa única especie que fue expulsada del Paraíso. Esa pérdida, ese resto, constituye nuestro origen y destino, un algo que lidia con la muerte.
La voz del Sí, de esa instancia invisible que te llama por las noches a tu cama para recordarte que debes regresar a ese estado inevitable y disolutorio, constituye la primera palabra de este brillante film.
“¿Por qué no tener a las estrellas?” Es la pregunta que se hace todo imaginario en una demanda inacabable, en una danza sin fín, metonímica, propia de toda vida surgida del deseo, cayendo y perdiendo ante ese insaciable alimento de amor que pide que la música siga tocando. Y la elección de esa música, de ese carácter o tono, siempre se dejará a esa fiel Otra.
Los otros serán los que nos recuerden quiénes somos, en esa fiesta tan deseada de reconocimiento. El legado que dejamos son las huellas en el mundo de los objetos, nuestra trascendencia con la cual interferimos inevitablemente por el amor. Y precisamente, este parece ser el tema central de la película: el amor y la muerte, Eros y Thanatos, Kama y Mara (en el budismo).
Al respecto, uno de los personajes principales, interpretado por Anthony Hopkins, nos dice: “No me preocupa lo que digas, sino lo que no dices. No hay una gota de emoción, ni el mínimo entusiasmo y pasión. ¿Dónde está tu arrebato? Quiero verte flotar, cantar apasionadamente, bailar en éxtasis. Nada más, que seas delirantemente feliz o dispuesta a serlo. Y aunque suene cursi, el amor es pasión, obsesión, es no poder vivir si ese alguien falta. Te digo que pierdas la cabeza, enamórate locamente de alguien que te ame de igual manera. ¿Cómo hacerlo? Olvídate del intelecto y hazle caso al corazón. Y no lo oigo en ti. Lo cierto es que sin eso, la vida no tiene sentido. Llegar al final del largo viaje sin haber amado sería como no haber vivido. Por eso tienes que intentarlo, porque si no lo haces no habrás vivido. En resumen, estáte atenta, nunca se sabe, podría golpear un rayo”.
No hace falta aclarar que esto nos recuerda el carácter inconsciente del amor.
Y cuando se abre el cielo y golpea un rayo, lo hace con un otro irresistible que vence nuestras defensas con unas pocas palabras fascinantes de cariño, porque toda demanda es de amor, a pesar de que “la verdad entre los hombres y las mujeres es que nada dura”, no sólo por esa impermanencia inherente a la vida (que Oriente supo vislumbrar), sino por la imposibilidad de la complementación. Sólo podemos conformarnos con un alguien que nos suplemente. La vida parece ser una búsqueda constante que cuando parece haber finalizado en un engañoso encuentro, la representación de ese objeto perdido también nos elude, doblando a la esquina y escapando a nuestra mirada con sus palabras histéricas: “No vas a hallarla fácilmente”.
El analista, posicionado en el lugar de a, presenta el agalma donde el analizado cree que su objeto perdido (a) se encuentra, otorgándole una tenencia virtual que sostiene el análisis. Este sostén ilusorio se basa en el poder de la búsqueda del sujeto de eso que perdió y que vive deseando reencontrar. El a es la falta misma, que se rehúsa pero que, a su vez, es lo buscado en un futuro que nunca llegará, mutando constantemente en el proceso de la vida. Por eso el analista, en su función de impredecibilidad cuántica, debe golpear como un rayo en una “caída de ficha” (M. Pérez) re-significatoria que nos recuerde esa respuesta de la vida que fue oprimida por los significantes. Sólo allí el analizado dirá: “Me tengo que ir, no porque hayas dicho algo inadecuado, sino porque fue algo tan acertado que me asustó, eso es todo”. Por eso es que para Lacan el único agujero que no puede ser cerrado a voluntad es el oído, siempre quedará algo por resolver, algo caído de una operación interminable, porque, como se dice en el final de la película, “cuesta soltar porque así es la vida”.
Ante el síntoma que nos toca desde las profundidades del corazón, desde ese órgano pulsional, “Sí, es la respuesta a tu pregunta, aunque no creas que la hayas hecho. Tú sabes lo que te ocurre, aunque no quieras saberlo”. Ante este saber no sabido que se caracteriza por ser traumático, nos damos cuenta de la indefensión fundante del sujeto, donde lo real “es la única situación que sabías que no podías controlar”: la muerte, una instancia a la cual nos aterra abrir-nos y que “espera en la puerta”. Sólo allí diremos esas temerosas y angustiantes palabras: “No sé”.
Esa es la oportunidad que nos da la vida de sentirnos como verdaderamente somos: escindidos, barrados, lo cual nos aterra y deja mudos ante la burla de lo real, de eso que siempre está aquí y que no es ninguna broma. Lo real, visto como lo arquetípico, el espíritu y esencia del ser humano, el vacío cuántico de todo, incalculable e innombrable, “lo más esencial e imperecedero que existe” pero que desea “experimentar un poco de la vida antes de llevarnos” hacia lo inorgánico, en una concesión pulsional energética de tiempo y espacio.
El personaje protagonizado por Brad Pitt nos dice: “Sí, es la respuesta a la pregunta que te haces cada vez con más frecuencia, jadeando en la cancha para terminar un partido, anoche en la cama y esta mañana en la oficina. La pregunta que te ahoga la sangre, que resuena en tus oídos una y otra vez, insistentemente. La pregunta de si vas a morir, y la respuesta es sí.”
Y si el cambio implica un dejar de ser, un no-ser, una nada y una pérdida, una muerte, tal vez esta sea una razón más por la cual el sujeto se halla inmerso en un círculo vicioso samsárico y karmático de repetición, donde atravesamos ese fantasma moebiusiano infinito.
Ese que ha cambiado y que “ahora es otro”, un infante que en los recorridos de los pasillos de la vida comienza a reconocerse ante el espejo fundante de la subjetividad, para poder ser y querer más de esa empalagosa Cosa que hemos degustado en nuestras lenguas en los comienzos de nuestra existencia. Sólo allí podremos reconocernos como vivos, como perdidos.
Obviamente, eso “debe tener algo muy grande con el Padre, estando en el centro de todo”, del cual rodeamos cautivados sin saber “cuáles son sus intereses”. Para preguntarnos “¿Quién es y que ha pasado con eso perdido?”. Claro que para eso no hay respuesta.
Pero debemos reconciliarnos con ese que “no tiene amigos y que no sabe cómo comportarse con la gente, que se concentra en hacer lo que suele hacer, una función que le roba la mayor parte del tiempo, y que no ha desarrollado ni ha dejado tiempo para nada más”.
Sexualidad y Muerte, nuestra vida y destino, nuestro trauma y futuro. Tópicas con las que establecemos un trato, irremediablemente quebrantable, de “no involucrar a los otros”. “No hay nada tan seguro como la muerte y los impuestos”, los pagos de una vida que nos recuerda que “el asunto está pendiente”.
Para comprender a lo inconsciente, debemos “multiplicar hasta el infinito y llevarlo hasta la eternidad y apenas podremos vislumbrar de qué estamos hablando”: de lo no local y atemporal. “Y cuanto más nos conozcamos, mayor será la oportunidad de sobrevivir”.
En la bajada de un espejo nos damos cuenta porque todas las culturas occidentales temen a la muerte, en una visible conversión ética que nos impide vivir la vida completamente. Sólo en el dolor del paciente, se podrá notar lo que revela la clínica: la realidad fundamental de la pulsión de muerte y su relación profunda con el vivir, el conflicto y los síntomas, formando un nudo no tan fácil de desatar.
Sólo en la pérdida de esa Otra es cuando nos encontramos, aunque “cada día todo me recuerde a ella”, para lo cual únicamente hay una sola respuesta tímida pero asentida con la castración: “Qué se va a hacer, así es la vida”. A esa instancia que nos escucha con atención, observando la lenta caída de nuestras lágrimas proveniente de las profundidades del alma-deseo, “no le ocultamos nada y todo depende de ella”.
Sólo en esa reconciliación esencial podremos vivir, morir y “dejar una herencia que siga operando igual, honradamente y dedicada a la verdad”.
Cuando tenemos “tanto para decir” y sólo sale la nada, en ese momento de pérdida es cuando nos damos cuenta del amor de los otros que están ahí reconfortándonos, ocupando un vacío que se resiste a ser llenado y que “despide a los que no le contestan”. La suplementación podrá tener éxito sólo cuando nos guste como “nos mira y habla y viceversa”, aunque siempre nos preguntemos “quién es y qué hace aquí con mi padre”.
Al respecto, la protagonista femenina del film nos dice acerca de ese misterio: “¿Cómo puede ser que alguien tan atractivo, inteligente, tan seductor de una manera moderada y sin embargo poderoso, cómo está solo en el mundo?” La respuesta es simple y compleja, no podemos verla por lo traumático de aceptar al otro como es: barrado.
Precisamente, esa confusión es la que permitirá escuchar la voz del analista, del cual a su vez, también se deberá desligar de su faz imaginaria. Allí, en la aproximación del fin de análisis, es cuando nos damos cuenta de algo importante: el otro es fundamental. Por eso es que el amor es el atractivo de toda la vida humana: solo allí la vida es percibida como completa. Igualmente, la fusión se verá impedida por “una identidad desconocida con conexiones ocultas”. Ya hay indicaciones de eso en los gritos primordiales de la imposible relación sexual. Ya en esos momentos íntimos se intuye que se esfumará pronto esa adictiva y peligrosa sensación de completud.
Luego, aparece esa pregunta “¿Qué hacemos ahora?”, para lo cual sólo existe una respuesta reconfortante: “eso vendrá a nosotros”. Ese “que ha hecho sufrir lo imposible, pero que era casi llevadero y ahora se trata de algo muy distinto, extraño, que quiere la búsqueda de la gota de emoción, el éxtasis, lo que le da sentido a la vida”, el goce, de lo cual hay que tener mucho cuidado, ya que “es un terreno muy peligroso”. Porque aunque el sujeto “desee quedarse cuando se lo viene a buscar, e irse cuando se lo deja”, hay que intentar “con suerte llevarse un lindo retrato en la memoria, porque aquí también estamos solos”. Sólo entonces podremos aceptar la vida plenamente y su doble resignificatorio, la muerte, con un estoico “estoy listo”.
Concordantemente, el film presenta varias definiciones sobre el amor: “Es conocer hasta el peor defecto del otro y que esté bien, cuando una pareja se cuenta sus secretos oscuros y recónditos y eso los hace libres para amarse mutuamente, totalmente, sin temor. Porque saben hasta lo más íntimo y no les importa. Cuando nos enamoramos de alguien a quien no queremos dejar, aunque sepamos tan poco y tengamos tanto para decirle. La esencia del amor es la confianza, la responsabilidad, la conciencia de la conducta hacia el otro, la ternura y la firmeza para gozar la vida. Revelándole quién es uno y que suceda lo que tiene que suceder.”
El problema es que el hombre, también histérico, al encontrar a “esa mujer que te cuide”, huye ausentándose y siendo otro. Lo cual produce “miedo de averiguar quién es”, pero como enseña el personaje interpretado por B. Pitt, “no importa qué es lo que uno sea, tú sabes quién soy, el que te ama ahora”, pero que con un desapegado “gracias” decide no llevarse a esa amada, precisamente porque el amor implica una pérdida, una muerte.
Muerte y sexualidad, “lo que pone a las personas en su lugar, que de desafiarse, se enfrentaría a un resultado que irá más allá de la comprensión, y no se contarían los días, meses o los años, sino milenios, en un lugar sin puertas”.
Finalmente, en nuestro último día es cuando rompemos la tradición y revelamos nuestro gran anhelo: “Que tengan una vida tan dichosa como la de uno, que puedan despertarse una mañana y decir: no quiero nada más... 65 años, ¿Acaso no pasan volando?”
En nuestro último día es cuando le revelamos a ese gran amor “lo importante que fue en nuestras vidas, y que no se preocupe y esté triste. Nada de penas” es lo que permite una adecuada despedida de la vida.
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