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De organismo, soma y cuerpo: una lectura psicoanalítica de “Morir de Placer”14/04/2025- Por María Agustina Capurro - Realizar Consulta

El dolor, al ser nombrado y compartido, adquiere contorno. La palabra habilita simbolización; el relato colectivo convierte la herida muda en historia singular. ¿Cómo es para Molly habitar su cuerpo enfermo? “Morir de Placer” también aborda el erotismo frente a la muerte inminente. La potencia clínica de la serie reside en mostrar cómo el cuerpo puede transitar de lo vivido como pura cosa a lo subjetivamente habitado… Nos recuerda que no hay cuerpo sin historia, sin palabra, sin otro. Que el cuerpo puede ser campo de dolor y final, pero también lugar de complejidad viva, deseante y de placer.
Molly por Michelle Williams en Morir de Placer - Disney+ (2025)
Ficha técnica y artística
Título original: Dying for Sex
Idioma original: Inglés
País de origen: Estados Unidos
Género: comedia dramática
Creada y escrita por: Kim Rosenstock y Elizabeth Meriwether
Producción ejecutiva: Kim Rosenstock, Elizabeth Meriwether, Katherine Pope, Kathy Ciric, Michelle Williams, Nikki Boyer, Shannon Murphy, Leslye Headland
Elenco: Michelle Williams, Rob Delaney, Kelvin Yu, David Rasche, Esco Jouléy, Sissy Spacek
Basada en: Eventos compartidos en un podcast de Wondery
Disponible en: Disney+
“El trauma no es solo un asunto del pasado: deja huellas profundas en el cuerpo, la mente y el alma.”
Bessel van der Kolk, El cuerpo lleva la cuenta (2015)
En una época donde el cuerpo se expone, se exige y se vigila, la serie Morir de Placer (Disney+, 2025) irrumpe con una narrativa tan sensible como disruptiva. Basada en una historia real y en el podcast Dying for Sex, que condensa las conversaciones entre Molly, protagonista de la historia, y su amiga Nikki, la narrativa audiovisual desafía convenciones al retratar el deseo, la enfermedad y la sexualidad desde una perspectiva íntima y subjetiva.
La pregunta que se instala es tan contundente como sencilla: ¿cómo es para Molly habitar su cuerpo enfermo?
Molly, casada desde hace quince años con Steve, recibe el diagnóstico de cáncer de mama metastásico estadio IV. Este acontecimiento la impulsa a emprender una búsqueda erótica marcada por la exploración de experiencias sexuales inéditas. Este artículo propone leer ese recorrido desde tres nociones fundamentales: organismo, soma y cuerpo.
Distinguir estas dimensiones, siguiendo a autores como Piera Aulagnier, Donald Winnicott, Jean Laplanche y Joyce McDougall, permite pensar cómo lo corporal puede ser vivido como pura materia biológica, como superficie de inscripción del sufrimiento psíquico o como construcción subjetiva y simbólica.
El organismo, tal como lo plantea Aulagnier (1975), es una totalidad funcional regulada por leyes fisiológicas: “una organización biológica previa a toda investidura libidinal”. Es el cuerpo sin palabra, sin historia, sin otro. El soma, en cambio, refiere a la irrupción del sufrimiento psíquico en lo corporal, allí donde no hay posibilidad de representación.
Joyce McDougall (1989) sostiene que, en estos casos, el cuerpo “actúa el conflicto en lugar de representarlo”, expresando en lo somático aquello que no puede tramitarse en lo simbólico. Finalmente, el cuerpo es el resultado de una operación intersubjetiva: no se nace con un cuerpo, se lo construye a través de la mirada, el deseo y la palabra del otro. Para Winnicott (1971), “el cuerpo emerge como experiencia subjetiva cuando ha sido sostenido, nombrado y reflejado por otro”.
La serie ofrece escenas donde estas tres dimensiones se entrelazan y tensionan. Molly relata un deseo sexual compulsivo, vivido como ajeno, ligado a un sufrimiento íntimo y sin palabra. Oscila entre sentirse habitada por un organismo que actúa por sí solo y encarnar una angustia muda. En estas escenas, el soma aparece como escenario de repetición del trauma.
En contraste, una performer erotiza su cuerpo mediante juegos sensoriales, disfraces y comida. Ese cuerpo que alguna vez fue territorio silenciado se convierte en superficie expresiva y artística. En ese pasaje de síntoma a performance, el cuerpo simbólico reaparece como apropiación, goce y acto.
El cuerpo de Molly es también un mapa donde confluyen los procesos fisiológicos de la enfermedad y las huellas de un abuso sexual infantil ocurrido a sus siete años. Es a partir del trabajo terapéutico, especialmente en el grupo coordinado por Sonya, psicóloga del equipo oncológico, que comienzan a producirse movimientos subjetivos.
El dolor, al ser nombrado y compartido, adquiere contorno. La palabra habilita simbolización; el relato colectivo junto a otras (en este caso pacientes con quienes comparte el mismo estadio terminal de la enfermedad) convierte la herida muda en historia singular.
En este punto, el dispositivo grupal y la presencia de Sonya como profesional sensible y disponible, resultan decisivos. Ella no redunda en interpretaciones ni reducciones de su padecimiento a un sentido cerrado, sino que aloja el malestar y se abre así espacio a lo que duele y a la vulnerabilidad de este tránsito. Una posición profesional ética que con sus actos se propone acompañar a morir con lo más propio posible.
La narrativa de Morir de Placer también aborda el erotismo frente a la muerte inminente. Molly espera alcanzar un orgasmo que nunca había experimentado. Esta búsqueda, que en un principio podría leerse como una meta concreta y lineal, revela marcas del abuso infantil que retornan en forma de flashbacks perturbadores y una erotización defensiva.
Desde Freud (1920), sabemos que el trauma es una experiencia que desborda la capacidad de tramitación psíquica. Un exceso que retorna como desborde y también como fragmentación entre deseo y cuerpo. En Molly, el soma se constituye como el escenario donde el trauma insiste.
En un punto de inflexión crucial, Molly decide separarse de su esposo. Steve, quien ocupaba un rol de cuidador administrativo obturando toda posibilidad de erotismo, ternura o deseo entre ellos. El vínculo queda reducido a lo funcional. Esta separación, lejos de ser narrada como falla, aparece como decisión de resistencia singular frente al límite: cuando el erotismo ya no tiene lugar, el lazo amistoso puede sostener lo que el amor de pareja no puede.
La figura de Nikki, su amiga, encarna este acompañamiento vital que no moraliza ni victimiza. Se corre de la lógica del cuidado médico para abrazar el deseo de Molly, incluso en sus formas más incómodas o excesivas. En ella se despliega la diferencia entre cuidado y erotismo, entre presencia afectiva y deseo sexual.
Molly y Nikki en una escena de Morir de Placer. Disney+ -2025
Una de las escenas más poderosas es aquella donde Molly conversa con una enfermera de cuidados paliativos. “Sabemos nacer, sabemos morir”, dice. Elige iniciar su sedación asistida en una pileta de parto, como símbolo de circularidad. Pero al no encontrar allí el alivio esperado, decide modificar el ritual. Morir, como nacer, se convierte en un acto subjetivo, encarnado, singular.
La potencia clínica de la serie reside en mostrar cómo el cuerpo puede transitar de lo vivido como pura cosa a lo subjetivamente habitado. El pasaje del organismo al cuerpo implica una operación psíquica que requiere tiempo, otro, palabra y escucha. Cuando eso falta, aparece el soma. Desde el psicoanálisis, no se trata de traducirlo ni de corregirlo, sino de escuchar cómo cada quien habita su cuerpo de manera singular.
Morir de Placer interpela porque nos recuerda que no hay cuerpo sin historia, sin palabra, sin otro. Que el cuerpo puede ser campo de dolor y final, pero también lugar de complejidad viva, deseante y de placer.
Referencias
Van der Kolk, B. (2015). El cuerpo lleva la cuenta: Cerebro, mente y cuerpo en la superación del trauma. Editorial Eleftheria. Aulagnier, P. (1975). La violencia de la interpretación. Buenos Aires: Amorrortu.
Freud, S. (1920). “Más allá del principio del placer”. En Obras completas (Vol. XVIII). Buenos Aires: Amorrortu.
Laplanche, J., & Pontalis, J.-B. (1996). Diccionario de psicoanálisis (13ª ed.). Buenos Aires: Paidós.
McDougall, J. (1989). Teatros del cuerpo: El psicodrama de las neurosis y de las psicosomáticas. Buenos Aires: Amorrortu.
Winnicott, D. W. (1971). Realidad y juego: La realidad del juego. Buenos Aires: Gedisa.
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