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El momento de decidir. Acerca del film XXY

03/09/2018- Por Hugo Dvoskin - Realizar Consulta

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Nos detenemos en una pregunta que difícilmente nos permita salir del par masculino/femenino sobre el cual venimos situando continuos cuestionamientos. Tampoco el par activo/pasivo nos ayuda porque la tendencia es a superponerlos con masculino-femenino y sería un prejuicio imposible de admitir suponer que una mujer activa tiene posición masculina. Hemos optado en trabajos anteriores por el par valor de goce/valor de cambio y, en cualquiera de las dos posiciones, cabe suponer la posibilidad de los caminos activos y pasivos, que son independientes de los pares macho/hembra o masculino/femenino.

 

 

                     

 

 

 

Ficha técnica y artística

Título original: XXY

Dirección: Lucía Puenzo

País: Francia, España, Argentina

Año: 2007

Duración: 86 min.

Género: Drama

Reparto: Ricardo DarínValeria BertuccelliGermán PalaciosCarolina PellerittiMartín Piroyansky, Inés Efron, Guillermo Angelelli, César Troncoso, Jean Pierre Reguerraz, Ailín Salas, Luciano Nóbile, Lucas Escariz

Web: www.xxylapelicula.puenzo.com

Productora: Historias Cinematograficas Cinemania, Wanda Visión S.A., Pyramide Films

Fotografía: Natasha Braier

Guión: Lucía Puenzo

Música: Andrés Goldstein, Daniel Tarrab

Vestuario: Luisina Troncoso

 

 

 

I.- Kraken sorprende a Alex, ¿se podría pensar acaso que la/o espía? Alex está acostado/a encima de Álvaro. Intenta penetrarlo. Álvaro descula que ese personaje distinto que se ha cruzado en su vida es efectivamente diferente de lo que conoce.

 

  Álvaro se ha enamorado de una mujer que tiene un miembro que lo satisfizo (también analmente), que tiene una posición activa que lo fascina, que se la ha plantado desde el comienzo en una forma tan avasalladora como seductora y que, a su vez, lo liberará de las fantasías de su padre respecto a su fracaso en lo sexual y de que sea homo.

 

  Alex no logra creer en ese enamoramiento y sobre el final dirá que es él/ella la enamorada y que a Álvaro sólo le interesa verle el pene. Lo cual es tan cierto como que un hombre estereotipadamente puede querer verle los pechos, la cola, los labios, la lengua y el cuerpo a una mujer y no por eso estará menos enamorado. En todo caso, sería un problema que sólo quisiera eso.

 

  Aclaremos desde el comienzo. Alex no es XXY. Presenta otro síndrome del cual padece sus consecuencias culturales. Si al film se lo ha titulado XXY puede deberse a diversos motivos, que por cierto no conocemos, más allá de la dificultad que podría haber ocasionado titularlo “Hiperplasia suprarrenal congénita virilizante por déficit de 21 hidroxilasa”. Enfermedad que, dicho sea de paso, es más rara que el Síndrome de Klinefelter (xxy) en su forma más severa, pero no tanto en sus formas leves. Singularmente en comunidades endogámicas.

 

  El XXY, por su parte, se diagnostica en la pubertad o más tardíamente por la presencia de testículos pequeños a pesar del buen desarrollo puberal. También por ginecomastía (aumento de las mamas) o más tardíamente por infertilidad. El Síndorme de Klinefelter no presenta ambigüedad genital[1].

 

  Quizás haya sido una cuestión marketinera pero bien podría ser que se haya evitado situar que se trataba de una “enfermedad” y acentuar lo genético sobre lo congénito. En ese caso, lo consideramos un acierto de guion aunque no lo sea desde el punto de vista de la ciencia médica.

 

 

II.- El tiempo de Kraken entra en una pendiente delicada. Su elección por la sexualidad de su progenie se ha visto alterada. Hasta aquí no había sido complicado para él. Manifiesta que al ver a su vástago sintió admiración por la perfección que presentaba al tener los dos miembros sexuales. No es que él no haya decidido por uno u otro.

 

  Tampoco es que dejó que los hechos sucedieran hasta que en algún momento se precipitaran de un modo u otro. Él eligió por esa duplicidad, alentó que permaneciera porque para Kraken, Alex no representa ambigüedades, ni dubitaciones. Era simplemente perfecta.

 

  Ahora le han ganado los prejuicios. Si hay uno arriba del otro, si uno utiliza un miembro que se introduce en el ano de otro, entonces nos encontramos frente a un varón. Para que la cabeza no le dé vueltas no piensa que en ese caso, además, sería un varón homosexual ya que le gustan los hombres. En particular uno que, además es acusado implícitamente de ser homosexual por su padre Ramiro. Para Kraken, Alex ha perdido la perfección.

 

  Entonces es tiempo de tomar el toro por las astas. Va a consultar a Juan, otro supuesto XXY que también es un “hiperplásico renal”, que ha sido castrado de su miembro masculino al momento de nacer. Juan, que trabajo en el surtidor de una estación de servicios -profesión “masculina” al menos hasta hace diez años, cuando la película fue realizada-, lamenta la mutilación a la que fue sometido y ahora ha organizado la vida con una mujer con la que han adoptado sus críos.

 

  La práctica sexual de Juan y su mujer no es de nuestra incumbencia salvo para decir que no es la práctica la que define ni los sexos ni los géneros. Tan sólo se requiere ser creativos y respetar identidades y elecciones.

 

  Ahora Kraken quizás está ligeramente apurado para que Alex sea un varón y se virilice. El desarrollo “normal” está de su lado y la propuesta de Alex del final, de no elegir, vuelve a coincidir con la que él tiene. El plan de la madre está a punto de fracasar.

 

  Más allá de sus intereses puntuales, debe subrayarse la confianza que Kraken tiene en Alex. Se hace notorio, especialmente porque se contrapone con lo que pasa entre Ramiro y Álvaro. Confiar en su condición de sujetos, confiar en lo que dicen, en lo que dicen querer, en lo que quieren intentar, en sus tiempos, apostar por ellos.

 

  Quizás en la palabra “confianza” encontremos uno de los nombres posibles, una respuesta a esa pregunta nunca respondida. “¿Qué es ser padre?”, “¿De qué se trata esa función?”. Acaso no sea ajeno a simplemente tener confianza. Va en una dirección diversa con la función materna, la cual guarda continuidad con la disponibilidad y la incondicionalidad.

 

  Lully, la madre, había elegido y espera. Probablemente la posición de su marido, que supo aunar una posición decidida con lo políticamente correcto –que decida llegado el momento-, le ha impedido seguir los consejos del campo médico que coinciden con lo que ella siempre quiso, una niña.

 

  La medicación que evita lo virilizante la ha posicionado suficientemente bien como para que su hija lo siga siendo. Pero ha descubierto que ya no toma las pastillas y podría transforme en un hijo o en una hija virilizada.

 

  Ha llamado al “grupo de tareas” con sede en Buenos Aires para que corten lo que hay que cortar. Representan lo peor de la sociedad porteña. Arrogantes, prepotentes, machistas, capaces de hacer bullying científico, acaso el peor de ellos.

 

  A Kraken le gustan los bichos extraños y su hija corre el riesgo de entrar en ese grupo selecto. A Ramiro le gusta que los sujetos humanos se adecuen a los libros clásicos de normalidad anatómica y a la perfección griega. Para él, los cuchillos brillan: no son ni shakesperianos ni de la estirpe gauchesca borgeana pero no tienen nada que envidiarles.

 

 

III.- A Kraken y a Lully no pocos los acusan de mantener “el secreto”, de haberse ido a Uruguay, de “esconder lo que debería saberse”. La apología de la verdad hace estragos. La verdad, que por estructura es siempre a medias, no pocas veces podría ser leída como impudor, falta de respeto a la intimidad ajena. Los genitales de los hijos no deberían ser tema de plática con otros: ni su forma, ni su tamaño, ni sus singularidades. ¿Por qué habría de serlo que tengan más de uno?

 

  El intento de Alex es un fiel testimonio. Se anima a hablarlo con Vando, su amigo, su amigo de la vida. La lealtad dura poco y el secreto apenas ampliado vuela por los pasillos. Vando se gana un trompazo de Alex pero el daño ya está hecho.

 

  Es doblemente irreversible porque pocas horas más tarde, apenas 48, un grupo supuestamente interesado por ver lo que debería ser de absoluto respeto a la intimidad de cada quien -los miembros genitales- la avanzan, la agreden y la violan. El detalle de que la penetración no se produzca es apenas un detalle. La violación ha sido consumada. Al final dudarán sobre si hacer la denuncia por el temor a que todos los sepan, ya lo saben.

 

  A la luz de los hechos, no había nada que decir más que lo que Alex quisiera decir y correr los riesgos. La experiencia no ha sido buena. Esta vez se verifica que el antónimo de verdad no siempre es mentira, a veces es cuidado. Si hemos atribuido a la función paterna el término “confianza”, debe subrayarse que la moneda tiene otra cara y que la confianza no es sin la manipulación (generosa) que la función supone.[2]

 

 

IV.- Nos detenemos en una pregunta que difícilmente nos permita salir del par masculino/femenino sobre el cual venimos situando continuos cuestionamientos.[3] Tampoco el par activo/pasivo nos ayuda porque la tendencia es a superponerlos con masculino-femenino y sería un prejuicio imposible de admitir suponer que una mujer activa tiene posición masculina.

 

  Hemos optado en trabajos anteriores por el par valor de goce/valor de cambio y, en cualquiera de las dos posiciones, cabe suponer la posibilidad de los caminos activos y pasivos, que son independientes de los pares macho/hembra o masculino/femenino.

 

  Alex, a no dudarlo, está interesada en su propio goce, no se ofrece como objeto de intercambio. El encuentro con el partenaire -en tanto metáfora de su goce[4]- está al servicio de alcanzar alguno. No hay dudas de que su posición es activa cuando se acerca a Álvaro.

 

  Si tomáramos como válidos provisoriamente el par hombre/mujer, aunque sorprenda, lo estaría haciendo como mujer. Se acerca y le pregunta si se ha masturbado. Situamos ahí que es como mujer porque el efecto que tiene sólo es pensable en esos términos aunque más no lo sea en su versión fenoménica o pragmática.

 

  Sería inimaginable un acercamiento de un hombre a una mujer bajo ese formato sin que esa relación inexistente no entrase en su punto final. Ella se sentiría ofendida, incluso humillada, tal vez angustiada si fuera cierto. La posición de quien interroga sería notoriamente perversa porque sólo podría pensarse en términos de una búsqueda de angustia en el otro, colocando a su partenaire entre la angustia y la censura. No es el caso. A Álvaro le produce interés, queda seducido, quizás enamorado con esa sola intervención.

 

  Es la escena de un hombre seducido por una mujer fatal. Al momento del encuentro sexual entre ellos, la escena se reproduce. También se ubica en ese lugar, interesada por los hombres en semblante de mujer. En el encuentro con su amiga, que manifiesta por ella interés sexual o al menos notoriamente sensual en la escena en la que se bañan juntas y la peina, la expresión de Alex parece indicar que ese encuentro a ella le genera rechazo, quizás le resulte lésbico. No da lugar a ambigüedades.

 

 

V.- Sin respuestas

 

  En sus primeras enseñanzas Lacan insistía con la cuestión de las resistencias del lado del analista que intersectaban con sus críticas a la Psicología del Yo. Se trata, en ambos casos, de tener (o suponer tener) la respuesta adecuada en el momento preciso.

 

  Si de intersecciones se trata, esta posición queda ligada en lo vincular a lo que se espera de un papá, que se sepa, que en cada ocasión tenga la respuesta adecuada. No deja de ser válido que la función paterna requiere discontinuidad de esta posición. Un nombre (la discontinuidad) que es necesario e infaltable en la posición paterna.

 

  Habitualmente se nos hace presente cuando los padres preguntan: “¿Y cómo le digo?”. Crisis de ese lugar en el que el padre conoce la respuesta precisa, la respuesta adecuada. Crisis del saber como modo de encuentro con los hijos.

 

  Lacan se interroga: “¿Qué es el análisis de las resistencias? No es, como se tiende a formularlo y practicarlo intervenir ante el sujeto para que tome conciencia de la forma en que sus aficiones o prejuicios le impiden ver. No es una persuasión (…), ni reforzar el yo del sujeto o encontrar un aliado en su parte sana. No es convencer.

  Es, en cada momento de la relación analítica, saber en qué nivel debe ser aportada la respuesta (…) Toda intervención (…) forjada a partir de nuestra idea del desarrollo normal del individuo y que apunte a su normalización, fracasará”[5]. En algún sentido, y no sólo en alguno, este modo de intervención es lo que encontramos en las fantasías que un niño tiene de su papá.

 

  Mucho tiempo después, el 21 de junio de 1967, Lacan decía “(El analista) está entre dos sillas (entre deux chaises), entre la falsa posición de ser el sujeto supuesto saber, lo que él sabe bien que no es, y la de tener que rectificar los efectos de esta suposición por parte del Sujeto y esto en nombre de la verdad”[6].

 

  Tenemos entonces esta paradoja: el analista tendría que estar a la vez en el lugar del SsS (sujeto supuesto saber o sujeto del saber supuesto) para poder llevar adelante su función de interpretante y, a la vez, ser (sostener el semblante de) aquel que conduce una cura, que implicará la destitución de ese (su) lugar. El analista hace de ese lugar que angustia a un papá, (“¿cómo le digo”?”), lo inhibe y lo lleva a consultar, el lugar en el cual apostará a la verdad que surgirá del decir del analizante.

 

  No insistiremos con el consabido “saber no sabido” porque esa verdad no necesariamente refiere a un saber que ya estaba antes, sino que es efecto justamente de la interpretación. No en vano Lacan aseverará “el deseo es su interpretación”, y por ende no se trata de una verdad que ya estaba sino de una verdad que adviene y que, en todo caso, funciona como si ya hubiese estado.

 

  Quizás Lacan con sus aproximaciones también iba siguiendo el tema que acompañaba y ocupaba su enseñanza, el Nombre del Padre y los intentos siempre fallidos de responder a la pregunta “¿Qué es ser padre?”. No es una casualidad porque si el lugar del analista es mantener la mayor distancia posible entre el “a” e I, entre el lugar de objeto y el lugar del Ideal, es porque al analista el lugar del Ideal –un nombre del padre- le compete y deberá saber qué hacer con eso.

 

  Quizás el “saber qué hacer ahí” no sea sino un modo de responder enigmática y oracularmente a esa pregunta. Ser padre, no serlo; estar de padre, no estarlo.

De modo que el padre deberá ejercer su función, la de posibilitar, permitir y prohibir, sin menoscabo de la principal que es la de crear las condiciones para abdicar. No tan temprano como Rey Lear, no tan tarde como el personaje de “Mamá cumple cien años”.

 

  Abdicar supone que quien ejercía la función de hijo ha llegado al punto en el que tener un papá ya no supone tener padre o poder ir no sólo más allá de él, sino en la dirección de su deseo. Abdicar aquí supone dejar de ejercer la función que ya no se cumple. Acaso el analista está implicado en la misma trama: ejercer una función en un modo que lo lleve a dejar de ejercerla.

 

  Si en Sócrates el punto de saber es “sólo sé que no sé nada”, en el hijo y en el analizante quizás sea llegar a ese punto donde por fin acreditan que el Otro no sabía.

 

  Quizás el final de la película con Alex echada, guardando cierta distancia con las pastillas, pensando que quizás no haya nada que decidir, suponga ese punto donde logra sentir que el futuro es incierto y finalmente descubre que el padre tampoco lo conoce.



[1] Aporte del Dr. Pablo Knoblovits, endocrinólogo y andrólogo.

[2] Dvoskin, H. “Un manipulador generoso” en El amor en tiempos de cine. Letra Viva.

[3] Dvoskin, H. “Tercer sexo”. Correio de APPoA, Porto Alegre, Brasil. 2018.

[4] Lacan, J. Seminario 14, La lógica del fantasma.

[5] Lacan, J. El seminario 2. El yo en la teoría de Freud. Paidós, p. 71. La cursiva es nuestra.

[6] Lacan, J. El seminario 14. La lógica del fantasma. Lección 23.

 


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