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Jeune et Jolie. Hacia la femineidad10/07/2015- Por Laura Kuschner - Realizar Consulta
Para abordar esta película tomaremos la división que Ozon hace del film en las cuatro estaciones del año, considerando que cada una de ellas marca una instancia y punto de viraje en el devenir de la protagonista. Verano es irrupción de la sexualidad. Otoño, metonimia sin límite. Invierno, rodeo por el amor. Primavera, posibilidad de invención.
Ficha técnica y artística
Título: Joven y bonita
Título original: Jeune et jolie
Dirección: François Ozon
Guion: François Ozon
País: Francia
Año: 2013
Duración: 95 min.
Género: Drama
Reparto: Géraldine Pailhas, Charlotte Rampling, Frédéric Pierrot, Nathalie Richard, Johan Leysen,Marine Vacth, Fantin Ravat, Laurent Delbecque
Productora: Mandarin Cinéma
Para abordar esta película tomaremos la división que Ozon hace del film en las cuatro estaciones del año, considerando que cada una de ellas marca una instancia y punto de viraje en el devenir de la protagonista. Verano es irrupción de la sexualidad. Otoño, metonimia sin límite. Invierno, rodeo por el amor. Primavera, posibilidad de invención.
Verano
Isabelle es una adolescente en pleno despertar. Ya desde el inicio del film vemos cómo la irrupción pulsional lleva a Isabelle a su iniciación sexual. En la playa, con Félix (el joven alemán), debuta. Este acto la divide subjetivamente. Ajena de sí se mira desde afuera de la escena hacer el amor. La que está en la escena no siente nada y ve cómo la joven/niña que la mira desaparece, cual un sueño. Coincidentemente la canción de la escena de finalización del verano -en la que la familia se está yendo de la casa de vacaciones- dice: “Yo que tenía miedo / de todo y de nada / he cambiado mucho / Tú has hecho de mí / puedo verlo / algo muy diferente / ya no soy yo / es verdad / aquella que fui / la niña que has conocido / yo ya no lo soy”.
La división subjetiva no acontece de ninguna manera por el encuentro con el amor. Isabelle no puede confirmarle a Víctor, su hermano menor, que está enamorada de Félix. De hecho, ni el encuentro sexual ni la actitud interesada y amorosa de este para con ella parecen conmoverla. En el auto de regreso a París se cruzan con Félix que va en bicicleta pero Isabelle no se da vuelta para saludarlo. De igual modo ignora al compañero de curso que está interesado en ella. Por el momento el amor la tiene sin cuidado y la satisfacción pulsional es más bien autoerótica (recuérdese la escena en que el hermano espía a Isabelle masturbándose).
Otoño
A partir de este primer encuentro, Isabelle comienza a tener citas con hombres más grandes y a cobrar por tener sexo con ellos. Una elipsis muestra a una Isabelle maquillada, con tacos altos y una blusa escotada que le roba a la madre. Isabelle ahora es Léa (nombre de la abuela materna que Isabelle elige para presentarse ante sus clientes). Con el nombre y la vestidura de otra mujer se construye el semblante de lo femenino sin todavía poder arribar a esa posición. En casi todas las escenas de hotel Ozon apela al recurso de una imagen duplicada: se ve a Isabelle de frente y en un espejo, reflejada de perfil. Una, Isabelle. La otra, Léa. De este modo se refuerza la idea de la división subjetiva, que implica el enigma de la femineidad para Isabelle. No hay indicios de angustia, aunque no podemos asegurar que no la experimente, ni pregunta subjetiva. Más bien una compulsión, una metonimia sin pausa. Más adelante le confesará al analista que tras una cita, pese a no sentir nada, quería volver a empezar con otro nuevo. ¿Para sentir algo?
Isabelle mira en Internet videos eróticos. Mira el primer plano del rostro de una mujer en el acto sexual e intenta imitar el gesto en el encuentro con un cliente. Este lo advierte y le pide que sea natural. En otra escena se muestra seductora y provocadora con el padrastro. Juega dentro de un “como si”. Mira cómo goza otra mujer pero ella aún no accede a ese goce. Semblantea ser objeto causa de deseo mas no puede ubicarse como sujeto deseante.
En otra escena en el colegio, Isabelle y sus compañeros de curso recitan la poesía de Rimbaud que describe la adolescencia como el fin de la inocencia y el inicio de la embriaguez, el enamoramiento y los excesos. Sentimientos que Isabelle no experimenta todavía. En tal caso, el exceso de Isabelle se halla en este circuito compulsivo del cual extrae dinero que acumula porque aún no sabe qué hacer con él. No podríamos afirmar que en esta reiteración Isabelle no encuentre un goce, posiblemente sí, pero no se trata de un goce más allá del falo, que podría ubicarla en posición femenina abriendo la posibilidad de inventarse, a partir del vacío que la habita, un saber hacer allí. Al decir de Carolina Rovere “Para eso es necesario dar un valor preciado al goce femenino que surge de ese vacío, saber hacer con eso”[1].
Los compañeros hablan del amor, el encuentro, la ilusión en la adolescencia e Isabelle está callada, no puede decir nada al respecto. Aunque es hartamente tocada en lo real de su cuerpo hay algo del orden del amor que no la ha tocado.
Invierno
El circuito compulsivo se corta a partir de una contingencia: Georges, el cliente que más la frecuentaba, muere en el acto sexual.
Es la policía la que, paradójicamente, le indica a la madre que a Isabelle “hay que darle tiempo para comprender lo que hizo”. Será así que a partir de los encuentros (ahora de otra índole) con el analista, Isabelle empezará a escucharse hablar, decir que la muerte de Georges la afectó, “la tocó”, y la división subjetiva dará lugar a un ir sabiendo sobre sí misma y ya no a precipitarse en una respuesta obturadora. Esto concuerda con un saber hacer con lo extraído de las citas: paga las sesiones con el dinero ganado.
Roto el circuito, Isabelle entra en otra escena. Asiste a una fiesta en la que interactúa con sus compañeros, baila con su amiga y finalmente se besa con aquel compañero que la pretendía. Esta vez intenta dejarse tocar por la vía del amor. Pasean por el Sena y en el puente de las artes él la invita a su casa, pero ella se niega. Le dice “no la primera noche”. Abre una hiancia por fuera del circuito de la compulsión.
Primavera
No obstante esta historia amorosa, Isabelle no se enamora y corta la relación.
Es el encuentro con la otra mujer, la esposa de Georges, lo que inaugura la posibilidad de un encuentro con el goce femenino. Esta mujer –al igual que el analista y a diferencia del resto- no juzga a Isabelle por lo que hacía. Por el contrario, la habilita y hasta le confiesa no haber sido valiente de joven para permitirse gozar de lo que sí se permitía Isabelle. Es otra mujer la que la habilita a gozar. Sostenemos que en el film la esposa de Georges es una metáfora para Isabelle. No es más que la otra que hay en sí misma. Esta hipótesis queda aludida en la escena final. Isabelle despierta en la cama del cuarto de hotel donde se acostaba con Georges. La esposa de aquel la había invitado a subir. Allí mantienen un diálogo e Isabelle se duerme. Al despertar, la mujer ya no está. Al igual que al comienzo, otra mujer aparece y desaparece. Esta vez no la mira muda como en la escena de la playa. Esta vez le habla. Le dice “podés gozar”. ¿Estuvo la mujer allí o fue un sueño de Isabelle? Sueño, despertar. El despertar de la primavera. Periplo que, cual el camino del héroe campbelleano, abre a la posibilidad de la invención. ¿Podrá Isabelle, tras este encuentro, acceder a una posición femenina y a un saber hacer allí con el goce?
[1] Rovere, Carolina. La belleza en la estética femenina. http://carasdelgocefemenino.blogspot.com.ar/
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