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Kramer y Kramer, Joanna versus Ted

20/03/2013- Por Hugo Dvoskin - Realizar Consulta

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Ella se va. Entre discusiones y algunos empujones deja la valija dentro de la casa y toma el ascensor (…) Al espectador como a Ted (Dustin Hoffman) se le abre un interrogante que admite sólo dos respuestas: ¿se trata de un pasaje al acto o es un acting out?, más específicamente ¿se ha caído de la escena o se la dedica a su marido?

 

 

 

Ficha técnica y artística

Título original: Kramer vs. Kramer

Dirección: Robert Benton

País: Estados Unidos

Año: 1979

Duración: 105 min.

Género: Drama

Calificación: No recomendada para menores de 13 años

Reparto: Dustin Hoffman, Meryl Streep, Jane Alexander, Justin Henry, Howard Duff, George Coe, JoBeth Williams, Bill Moor, Howland Chamberlain, Jack Ramage, Jess Osuna, Nicholas Hormann, Ellen Parker, Shelby Brammer, Carol Nadell, Donald Gantry, Judith Calder, Peter Lownds, Kathleen Keller, Ingeborg Sørensen, Iris Albanti, Richard Barris, Evelyn Hope Bunn, Joann Friedman, Quentin J. Hruska, Joe Seneca, Dan Tyra, David Golden, Petra King, Melissa Morell, Frederick W. Hand, Scott Kuney

Guión: Robert Benton

Fotografía: Néstor Almendros

Productora: Columbia Pictures Corporation

Novela original: Avery Corman

 

 

Ella se va

Ella se va. Entre discusiones y algunos empujones deja la valija dentro de la casa y toma el ascensor. La escena es la continuación inmediata de otra en la que Ted habla por teléfono. Mientras sostiene el teléfono con una mano, trata de hacer callar a su mujer con la otra, haciendo gestos y alejándose de ella. Es obvio que Ted tiene asuntos importantes que atender, al menos eso supone él. No se le ocurre que lo importante a escuchar podría estar de este lado de la línea. Ya se enterará de que Joanna estaba por decirle que se iba de la casa. Al espectador como a Ted se le abre un interrogante que admite sólo dos respuestas: ¿se trata de un pasaje al acto o es un acting out?, más específicamente ¿se ha caído de la escena o se la dedica a su marido? Lejos estamos de pensar que pueda tratarse de un acto, que pueda ser una decisión pensada y que podría implicar para todos y para cada uno reorganizar sus vidas: para el niño encontrarse con el papá, para Ted con su condición de papá y con el significante padre que puede que hasta ahí no haya hecho pregunta alguna, para Joanna con su condición de mujer de esos tiempos, de mamá y ahora de ex-esposa. Para todos, confrontar con que no hablar con el otro no es sin consecuencias. “Hable con ella”, diría Almodóvar y su personaje, el inolvidable Benigno, les aclararía que hablar con el otro es sobre todo escucharlo.[1]

Según el criterio de Ted, Joanna jamás podría tener algo importante para decir porque ella está para hacer, fundamentalmente para cuidar al niño y atender la casa. Son los años setenta en los EEUU. Aunque las mujeres ya usan pantalones desde hace más de una década, pareciera que no los tienen del todo bien puestos y el trabajo de ellas se sitúa entre los objetos negociables de la organización familiar. Nos enteraremos, cuando llegue el juicio por la tenencia del menor, que Joanna, poco después de casarse, dejó el trabajo con la explosiva mezcla que constituyen que Ted lo impusiera y que ella homologara ese acuerdo.

Hace años que Joanna vive en ese mundo encerrado en que la vida de matrimonio la ha transformado en alguno de los posibles avatares de ser una teta del otro. El niño ya tiene seis años de modo que no toma el pecho, pero la madre vive a su servicio, para cuidarlo, quererlo, llevarlo a la escuela y alimentarlo. Al servicio de los cuidados del niño, pero también al cuidado de que el trabajo no se vea dificultado por la paternidad. El niño y el trabajo, aunque se encuentren en los dos extremos de la cadena, se hallan bien enlazados. Sosteniendo ese andamiaje -niño, familia y trabajo- han sucedido dos situaciones que se encastran: por un lado, Joanna no se sostiene o no puede sostener más la situación; a la vez, ha perdido –si alguna vez la tuvo- la potencia de la palabra y no tiene modo de transmitir a otros lo que le sucede. No es creíble y no justamente porque mienta. Sus palabras no tienen fuerza. Quedaría la posibilidad de la prepotencia de los hechos, pero corre el riesgo de quedar como una loca que se va por unos días de casa, un acting por el cual sería ella la que terminará pagando los platos rotos porque al momento de volver perdería aún más credibilidad. La expresión “pagar los platos rotos” que vale en español es válida para la película, porque a la mañana siguiente, con el primer desayuno en el que ella está ausente, los huevos terminarán en la basura, la sartén le quemará los dedos a Ted y algún plato quedará roto en la cocina. La diferencia es que estos platos los rompe, los junta y los paga él. Ella ya se ha ido.

Ted no funciona ni como papá ni marido y hace tiempo que ha dejado de ser novio. Todos creen que es brillante en el trabajo y con eso sería suficiente para que el mundo girara en torno a él. El despido y los números nos dirán otras cosas.

El tiempo transcurre y ella no vuelve. Por un buen tiempo la pregunta que él tiene, como anticipábamos, se mantiene, ¿dónde está esta loca?, ¿cuándo vuelve?

Ella se ha ido porque no se hacía oír, porque no la escuchaban… ella se va y en algún momento le empezarán a creer. La paradoja es que para que la escuchen no puede volver. Que Ted supone que Joanna tiene una locura temporaria y que se le va a pasar es evidente cuando él lee la carta que ella manda a su hijo sin chequearla previamente. Es que Ted está convencido de que ella va a pedirle/les perdón, de que no va sostener la posición. Es casi imposible para él imaginarse que ella tenga algo para decir que no sea que estuvo equivocada y vuelve. Él supone que ella “viene al pie”. No se imagina que ella ahí pueda decir algo inconveniente. Incluso si creyera que realmente está loca, podría seguir diciendo locuras. Para Ted sí o sí, y aunque no conozca el término clínico, es un acting que irá perdiendo energía con el tiempo. Por eso, al decir que no se la escucha queremos decir que se supone que ella no tiene nada para decir. Tampoco logra apropiarse de ningún derecho, ni siquiera se lleva la valija. No encuentra siquiera el modo de ser temible. Por ahora el público acompaña a Ted en su expectativa de que Joanna vuelva porque el instinto maternal siempre debería ganar la partida. Joanna en “Kramer vs Kramer” y la madre de “Gente como uno”[2] nos dicen que habrá que ser más prudentes con algunas conjeturas y que algunas teorías y algunos prejuicios habrá que ponerlos en remojo, quizás haya que cortarlas de cuajo. Cuando Joanna vuelva, quizás sea con amor pero no habrá sido por instinto. Y la falta de instinto maternal nos juega una buena pasada porque si fuera instinto o amor puro con los hijos, no habría mérito alguno. Es porque hay “odioenamoramiento” que el sujeto tiene el mérito de resolver esas ambivalencias.

 

Recién a la vuelta, con la amenaza de quedarse con el hijo, nos enteramos de que ahora se la escucha y además que tendrá mucho para decir porque tiene un relato con relación a los motivos que la llevaron a irse, incluso decir que estuvo mal, todo lo mal que puede estar alguien que no podía hacer otra cosa. Digamos entonces: mal moralmente, bien éticamente. No responde a los parámetros sociales, responde al poco de deseo que mantiene posibilitados en esa de vida obligaciones y “deber ser”. Ella ni siquiera ejercía su derecho a mentir o a amenazar porque sabía que eso supondría jugar una posición deseante que en esa relación no cabía. La única alternativa, como queda demostrado en los hechos, es sustraerse. Cuando logre hacer de su deseo algo creíble, la gente –exceptuamos al moralista- no hablará mal de ese sujeto aun cuando haya damnificados y el público que la reprobaba comienza a comprenderla sin que necesariamente esté de acuerdo con el modo porque la duda perfectamente puede persistir, ¿no habría sido posible otra estética para decir lo mismo?

El ha ido en busca de hipótesis, habla con la vecina, el amigo… qué es lo que no escuchó, quién era ella más allá de la maternidad, quién era ella más allá del discurso de él. Por eso a partir de que él empiece a creerle dejará de hablar mal de ella y de insultar porque se le queman las tostadas francesas.

 

 

El trabajo, el niño

Ted hace malabarismos en el trabajo que tiene, en algún sentido ya lo hacía antes del abandono de Joanna, nos iremos enterando e iremos armando la lógica en la que está inmerso. Si consideramos que para sostenerlo la mujer ha tenido que dejar de trabajar, podría decirse que aunque tenga el talento, detrás de sus movimientos apuesta a su amigo-jefe, subjetivamente no está a la altura de lo que se le exige en la posición laboral que tiene. Una vez que su mujer no esté, esto quedará demostrado en forma patética. Es cierto que podría atribuírselo a que la mujer se ha ido pero justamente ese es el engaño: que la mujer se ausente no produce el problema, lo transparenta. El momento traumático que supone e implica la separación también lo lleva a encontrar el punto en que su subjetividad pierde equilibrio, donde él no hace pie, dónde se le dificultan las relaciones con los otros, más allá del voluntarismo y del empeño en que las sostiene. A Ted lo caracteriza la escena en que corre con su hijo al sanatorio. Quizás sea cierto que el tránsito en New York aconseje más ir corriendo hasta la clínica que tomarse un taxi, es probable. Sin embargo, creo que el subrayado de la película, en los años setenta sin tantos autos, es mostrarlo a él poniendo el cuerpo y el mayor de los empeños, corriendo, más allá de la eficiencia del método. A veces, como en la búsqueda de trabajo en el día de Noche Buena, su talento y su empeño lo logran y responde al “¡tú puedes!” que tanto enamora y empalaga al amigo americano. Pero a la hora de presentarse en la corte -quizás un verdadero acierto de guión- queda situado que “puedes pero no alcanza”.

Cada uno con su tarea y ambos insuficientes para ellas. Ella no es suficientemente buena como madre -aunque todo indique que sí lo es- y él es insuficientemente bueno como diseñador en cuanto a su posicionamiento en la empresa -aunque todo indique que sí lo es-. La prueba es que ambos están angustiados con su tarea, no se muestran tranquilos, él porque confía más en su condición de amigo y presenta un rictus siempre nervioso a través del cual el espectador nota que las cosas no fluyen, requiere estar maníaco. Es cierto que a él lo despiden finalmente por atender excesivamente al hijo, pero entonces también es cierto que su trabajo requiere de tiempo para atender al cliente más allá de sus maravillosos dibujos. Joanna porque llega a la edad de la escuela primaria y debería dar un respiro, ya no sabe cómo seguir. Es cierto que no tiene ayuda externa pero no es menos cierto que el niño va a la escuela todo el día

Si en Ted el trabajo termina resultando ser un nombre de la alienación, en ella supone ser el nombre de la libertad. Ella elige por el trabajo, se va a trabajar, deja a la familia pero es a la vez seguramente –según su criterio- lo mejor que puede hacer por el niño. En tiempos modernos, las buenas madres deben trabajar.

No es que ella haya dejado de trabajar porque él no la dejaba sino que ha sido un acuerdo entre las partes y se ha transformado en un mandamiento de esa pareja: “seremos los Kramer, tú no trabajas”. Para trabajar tendrá que separarse de él. Por eso insistimos: el niño ya va a la escuela y ella sigue sin trabajar. Trabajar y cuidar a los hijos, las dos puntas de la cadena se vuelven a entrelazar aunque en este caso la intersección ha hecho añicos al grupo familiar. Posiblemente el acuerdo original no ha sido bueno, probablemente las soluciones no serán sin daños.

El paradigma que está en juego es el paradigma masculino “yo ayudo con lo económico”. Todavía ni siquiera tenemos el “yo la ayudo con los chicos” de las décadas siguientes y del cual todavía somos testigos, como si los chicos fueran un quehacer de la mujer. Aquí “con los chicos” ni se plantea y en todo caso es el punto en el que afortunadamente y apenas nos encontramos hoy.

El trabajo funciona como ideal con exclusividad para los hombres y encuentra su prueba más contundente en que es condición judicial para que Ted pueda quedarse con el niño. La ley es menos justa de lo que se cree en manos de los jueces y la condición no corre para la madre para quien trabajar es optativo. Para el padre no es causal suficiente para ausentarse o llegar tarde al trabajo que el niño esté enfermo. En cambio es aceptable socialmente que ella directamente no trabaje. Más allá de los movimientos que haya habido en este terreno, la falta de obligatoriedad de la licencia por paternidad crea condiciones desfavorables a las mujeres en el mercado laboral y eso se mantiene hasta estos días. En ese sentido, el punto de inflexión sigue sin alcanzarse. Lo cultural ha avanzado pero la falta de avance jurídico imposibilita que el avance cultural tome otra dimensión. Y la falta de decisión política no produce el cambio cultural. Si bien es cierto que las leyes además hay que cumplirlas y no producen cambios por sí solas, hay leyes que ayudan a producirlos.[3]

Y el hijo, que es un Kramer, no puede quedar a cargo de nadie que no sean ellos. Si no es de la madre…pues sólo puede cuidarlo el padre. Durante los primeros años ha sido con costos subjetivos para la madre. Más adelante y más allá del progreso subjetivo del padre, será con perdidas laborales, con dificultades para poder ubicar su “rol” masculino, y su casi imposibilidad de tener una vida viril porque la vez que lo intenta, el niño irrumpe. Ellos no tienen ayuda por fuera de ellos mismos para cuidar al niño ya sea por cuestiones ideologizadas o quizás sea simplemente porque el sueldo de él no alcanza.

Él no ayuda con la casa, ella no ayuda con lo económico. Aún cuando ella comienza a ganar dinero, tampoco ofrece colaborar cuando habría sido necesario para cubrirlo con sus tareas domésticas, para ayudarlo directamente con dinero o para solidarizarse con el trabajo de él. Durante los años de matrimonio él hace ese acto heroico con el trabajo, ella hará de heroína cuidando al niño y luego yéndose. Ted es mucho homo faber, poco deseo, actos heroicos… está sólo y no encuentra colaboración. Joanna es mucha mamá, poco deseo, actos heroicos… está sola y sin encontrar solidaridad con su tarea. Varias intersecciones que separan a la pareja. La paradoja es que la falta de solidaridad va en contra de quien no la recibe y de quien no la hace… el matrimonio se deshace.

Además habrá que saber cuán larga la tiene cada uno porque no está bien visto que ella gane más que él. Sorprende que ella que acaba de incorporarse al mundo del trabajo ya tiene un sueldo que no es significativamente menor que el que él ganaba en el anterior trabajo que suponía ser muy prestigioso y del que dependían importantes clientes. Ella, que trabaja en un negocio hace escasos dos meses de vendedora de ropa, se encuentra en una posición en la que ya competiría con él en su mejor posición. Acaso el trabajo de Ted como decíamos no lo era tanto, acaso sólo lo era para los Kramer.

Dos nombres del padre anudados y tironeando de la cuerda: el trabajo y el niño. Serán estos los ejes ideológicos alrededor de los cuales gira la película en una dura perspectiva de “his majestic the baby”[4] del que nos habla Freud y del legado de nuestro Martín Fierro cuando aseveraba “debe trabajar el hombre para ganarse su pan” Un tercer nombre del padre que decide el título de la película, todos son Kramer: más allá del gancho del título, Kramer vs. Kramer, se nos dice de entrada que ambos portan ese apellido. Una relectura posible de le película sería nominarla con el nexo “y” en lugar del “versus” de Kramer versus Kramer, por eso el título de este trabajo es Joanna versus Ted, Kramer y Kramer. Nombres del padre no faltan. El niño será lo que se sacrifica en nombre del trabajo y es en su nombre que ella deja la familia. Es casi por el bien del hijo, cabe decir, que ella lo deja, porque ella, para ella misma, no es suficientemente buena madre dado que, ya se ha dicho, no trabaja. Y lo que antes era una virtud, ahora para ella se ha transformado en una carencia que le impide ejercer las otras funciones. Cuando vuelva, será con trabajo y dinero bien ganado.

 

 

Juicio

Llamativamente quienes vieron la película hace veinte años tienen disímiles versiones sobre el final: algunos lo confunden con el de La guerra de los Roses[5] y la leen como un trágico desenlace en el que el hijo es botín de guerra. Creen que el matrimonio era una lucha por un objeto. La película justamente en el final, trata de desmentir con firmeza esta cuestión. De hecho más que botín es un arco iris de buenos argumentos. En el juicio le creemos a todos porque quedan articulados la angustia, la implicación y el deseo y, aunque nos cueste aceptarlo, vamos a ir estando de acuerdo con cada uno de los que hable aunque diga justamente lo contrario que el anterior… porque ya no se trata de tener razón, ahora escuchamos las razones de cada uno, y todos las tienen porque hay un deseo en el que se sostienen: no son caprichos ni malas intenciones, es lo que genuinamente les pasa más allá del juicio y de las chicanas del mundo jurídico del que, en más de un sentido, ellos terminan siendo instrumento. Deberán ellos dos, ahora sin abogados ni jueces, hacer un nuevo fallo diferente que el que ha hecho el tribunal. Otra vez, como tantas veces, el juez ha emitido su fallo, la justicia ha fallado y no ha sabido escuchar. Se ha llevado adelante el debido proceso que para el derecho siempre está por delante de la justicia y la verdad.

Joanna por cierto ha evolucionado subjetivamente. En su nueva escena ella no vive angustiada. Ella logra con su movimiento haber sido escuchada. El juicio le da valor de acto a lo que dudábamos si era pasaje al acto o acting del comienzo. Ahora se ha transformado en el primer movimiento de un acto. En su momento probablemente fue sólo un pasaje al acto dado que ella se cayó de la escena y no fue dedicada a nadie. Fue quizás en tanto pasaje al acto que tuvo posibilidades de de ser un acto, una salida de escena a la que ahora se le da forma. Ahora se resignifica.

 

En la escena final él le cree y entonces él acepta entregarle la casa para que se reencuentre con su hijo. Le ofrece que la reunión con el hijo sea en esa casa con él en ausencia. La madre capta que la casa es donde vive con el padre, y que la madre y su casa todavía no lo son para ese niño.

En el recorrido de la separación ella ha tenido algunos hombres, quizás dieciséis -¿dos o treinta tres?, le preguntan en el juicio y ella dice entre esos números-. Nada se dice de cómo era la vida sexual de ellos en aquellos tiempos. No pareciera que él tuviera tiempo para esos menesteres ni que el niño que ellos han generando se los diera. Lo que está claro es que lo que circula entre ellos son obligaciones. La salida de la casa de ella escenifica la pregunta sobre si es posible un más allá de la obligación. Podría haber circulado el sexo en términos burocráticos… pero difícilmente en términos de deseo. Ella no acepta que él la toque, en la mirada de él, en el final, el deseo se presentifica. Es pensable que lo que sucede con la vecina, que vuelve a juntarse con el marido -y que para frustración del público no se vincula amorosamente con Kramer-, anticipe lo que sucederá entre ellos. Ahora él puede escucharla, ahora ella ha renunciado a que su nueva posición arrase con todo y con todos. Ahora que son dos, quizás se encuentren.



[1] Véase nuestro comentario en El amor en tiempos de cine, Letra Viva, p. 55.

[2] Véase nuestro cometario “Gente casi como uno”.

[3] Agradezco a Brenda Dvoskin el asesoramiento con relación a las licencias por maternidad.

[4] Freud, Sigmund. “Introducción al narcisismo”. O.C., Tomo XIV, p. 65. Amorrortu Editores.

[5] The War of the Roses. Director: Danny DeVito. Con Michael Douglas, Sean Astin, G.D. Spradlin, Peter Donat, Kathleen Turner, Marianne Sägebrecht, Danny DeVito. EEUU. 1989.

 


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