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Kurosawa´s dreams23/02/2006- Por Mario Pujó - Realizar Consulta
Sueños (1990), «Koma yume wo mita» [Así ví en un sueño] film producido y distribuido por Hollywood con el nombre de Akira Kurosawa’s dreams, una de las obras más logradas de la filmografía del maestro japonés. Se trata de una sucesión de ocho historias, narrada cada una como un sueño diferente y designada con un nombre distinto. Como en los sueños verdaderos, la dimensión del sueño dentro del sueño no está en absoluto ausente. Detengámonos un instante en cada uno de ellos.
Ficha técnica
Género:
Fantasía
Nacionalidad:
Japón / USA
Director:
Akira
Kurosawa
Actores:
Akira Terao
Mitsuko
Baisho
Toshie
Negishi
Mieko Harada
Mitsunori
Isaki
Toshihiko Nakano
Yoshitaka
Zushi
Hisashi Igawa
Chosuke Ikariya
Chishu Ryu
Martin
Scorsese
Masayuki Yui
Tessho Yamashita
Misato Tate
Catherine Cadou
Productor:
Mike Y. Inoue
Hisao
Kurosawa
Guión:
Akira Kurosawa
Fotografía:
Kazutami Hara
Takao Saitô
Masaharu Ueda
Música:
Shinichirô
Ikebe
Ya
octogenario, las últimas películas de Akira Kurosawa fueron recibidas, una a
una, en un peculiar clima de despedida. La previsible eventualidad de su muerte
fue enmarcando el estreno de cada uno de sus últimos films, en los que el público se inclinaba naturalmente a reconocer
la probable manifestación de un legado, la oportunidad de un mensaje póstumo
por parte de quien, ironizando sobre su origen japonés, la crítica había ya
consagrado como “el emperador del cine”. Algo que nos ubicaba ya, respecto de
su obra, en tanto espectadores, como formando parte de una virtual posteridad.
Así
ocurrió, ciertamente, con Sueños
(1990), una magnífica secuencia de ocho episodios presentados cada uno como el
relato de un sueño, y que constituyen una de las obras más logradas de la
filmografía del maestro japonés, una de las recopilaciones más bellas de la
siempre fabulosa y sorprendente historia del cine.
Koma yume wo mita [Así ví en
un sueño] film producido y distribuido por Hollywood con el nombre de Akira Kurosawa’s dreams, no fue,
afortunadamente, su última realización. Lo que si bien le arrebata algún valor
testamentario, lo aligera también de cierta carga de dramatismo.
Kurosawa
pudo, felizmente, soñar dos grandes films más: Rapsodia de agosto (1991) –su tributo a Nagasaki y a la memoria de
la humanidad– y Madadayo (No todavía o Espera un poco, de 1993), película que, desde el título, hace una
explícita referencia a su posición de anciano maestro y a su anunciada desaparición.
A su muerte, sobrevenida en 1998, varios años después (¡y mientras dormía!),
ambas cintas no habían sido aún oficialmente estrenadas.
Decir
que en ellas el tema de la muerte asume un lugar relevante, sería, francamente,
no decir nada; el asunto ocupa, de un modo u otro, el conjunto de su larguísima
carrera, desde sus inicios en 1943 (La
leyenda del gran Judo). Sólo que, en sus últimas películas, el tratamiento
de la muerte se vuelve más íntimo, más sereno, más personal, de un modo que se
insinúa más sabio, al poner, además, en escena, una relación que resulta
evidente del contenido de las historias y el carácter de los personajes con la
persona del propio realizador.
Como
el cine tiene una decidida vocación onírica y el sueño una espectacularidad
cuasi cinematográfica, me interesa detenerme particularmente en sus «Sueños»
que, ahora sabemos, representan la antepenúltima entrega de su extensísima filmografía.
Un film que el magnífico soñador japonés ha decidido presentarnos como un
sueño, como una serie de sueños, más específicamente, como el relato de lo que
en el título original de su película explicita haber él mismo visto en sueños.
Se
trata de una sucesión de ocho historias, narrada cada una como un sueño diferente
y designada con un nombre distinto. Como en los sueños verdaderos, la dimensión
del sueño dentro del sueño no está en absoluto ausente.
Detengámonos
un instante en cada uno de ellos.
1.
Llueve y brilla el sol. [¿Sueño o
recuerdo?] Día de sol, irrumpe la tormenta. La madre se acerca al niño de cinco
años. Le advierte: «No saldrás. En estos días los zorros realizan sus
procesiones nupciales y se enfadan mucho si son vistos». Como hipnotizado por
la luz del sol, el niño avanza encandilado hacia el bosque. Oculto tras un
árbol, espía el espléndido ritual: túnicas, colores, rostros maquillados, una
letanía rítmica y ceremonial. De repente, los ojos de los zorros se detienen en
él. Como en un súbito despertar, corre asustado hacia su casa. La madre lo
ataja: «Vino un zorro enojado a buscarte. Dejó esto para tí». Y le entrega, con
forma de papiro, el cuchillo ritual. «Debes suicidarte» [¿Seppuku?]. «Vé y háblales. Si no te perdonan no puedo
dejarte entrar». El niño avanza lagrimeando hacia el arco iris donde, se le ha
dicho, habitan los zorros.
Mitad
fábula, mitad cuento infantil, diremos que se trata de un sueño, de un sueño
edípico. El niño espía la “procesión nupcial”, y la madre lo arroja de su seno.
La castración –de la madre– (Masotta dixit)
confronta al sujeto con la muerte y con su propia responsabilidad como sujeto.
Efecto de separación, el Otro está barrado, es la vida misma la que se ofrece a
los ojos azorados del niño en esas espléndidas montañas irisadas por la luz
solar.
Nuestro
Juanito japonés avanza a tientas, insignias fálicas en mano. Y los zorros nos
remiten al hombre de los lobos [«¿O son zorros?»,
se pregunta Freud, observando las
largas colas en el dibujo del sueño de su célebre paciente].
2.
El
huerto de los duraznos. [¿Fábula moral?] Ocho años de edad, dueño de casa, el niño corre tras el
espejismo de una muñeca animada. Un sonido de cencerro lo conduce hasta el
antiguo huerto. ¿Mágico ballet de carnaval? Coreografía de trajes y de
máscaras. El duende del bosque increpa severamente al niño: «El día de las
muñecas celebramos la llegada de los capullos. Pero tu familia ha cortado los
troncos de durazno... ¡No volveremos más!». El llanto del niño conmueve a los
espíritus. ¡Realizarán su sueño! Fiesta: la danza de los duendes recrea la
visión de los duraznos en flor, hasta una suerte de interno despertar. Entre
los troncos mutilados, asoma la ilusión de un joven durazno en flor.
«Padre,
¿por qué me abandonas?». La falta del padre recae sobre el hijo. El sujeto, a
partir de la latencia, subjetiva la genealogía de su linaje y de su tradición,
dando texto a la novela familiar. Moraleja. El pequeño brote de esperanza que
germina tiene valor de anhelo (Wunsch):
ganar, en el pasado, el porvenir.
3.
La tormenta de nieve. [¿Pesadilla?]
Cuatro montañistas atrapados en una tormenta de nieve. Agotamiento, hielo,
viento, falta de visibilidad. Desahuciados, sólo el comandante mantiene la
calma. Propone un descanso. Apenas perceptible, larga cabellera negra, una mujer
sobre su cuerpo; tiernamente, lo abriga con un plateado manto de nieve y lo
incita a abandonarse a su calor. El comandante lucha. Forcejea. Vence. Con el
estentóreo ruido de un trueno, la aparición se disipa junto a la tormenta.
¿Milagro? En la cima, resplandece el sol. Felices, los montañistas se descubren
frente al campamento al que procuraban regresar.
Poema
épico, el soñante resiste, como Ulises, el canto de sirena de la muerte, el
abrazo del sueño letal. La muerte misma es un sueño que engaña a la conciencia
crepuscular. ¿De vuelta en casa? ¿O el anhelo se sueña realizado frente a la
adversidad? El despertar hace vacilar la endeble frontera que separa sueño y
realidad.
4.
El túnel. [¿Memoria?] A la salida
del túnel, el uniforme desaliñado, un oficial es mordisqueado por un perro que,
gruñendo y cargado de explosivos, le impide caminar. Se escucha, lejano, el
redoblar de un paso militar. Primero es un soldado el que surge de la
oscuridad: «Mi comandante. ¡Quiero saber si estoy muerto! ¿Cómo es posible? Soy
joven. Mis padres me esperan». Luego es la marcha de todo un batallón. Rostros
lívidos, zombies sin expresión: «El Tercer Batallón regresa sin registrar
víctimas». Demudado, el oficial debe anunciarles que están muertos, y que,
aunque se los venere como héroes, han sido muertos como perros. Confiesa, sollozando, la vergüenza de haber sobrevivido,
habiéndolos enviado él mismo a la muerte. Ensaya, entonces, un último acto de
dignidad: abrochando su capote, les da la orden de marchar disciplinadamente
hacia su descanso en paz. Y el batallón regresa a la profundidad impredecible
del túnel. Sólo que, de nuevo, el gruñido y el extraño perro que lo vuelve a
atacar.
Remordimiento.
La memoria culpable por los muertos como perros no ladra, remuerde. A la culpa
del sobreviviente, se suma el pecado paterno de haberlos comandado. El sueño
ensaya un encuentro extraordinario: el oficial encuentra la oportunidad de
disculparse y despedirse, e intenta dirigirlos hasta su descanso final. Casi lo
logra. Elaboración imposible, el perro-explosivo vuelve a remorder. El túnel no
olvida. Su memoria nunca lo dejará en paz.
5.
Cuervos. [¿Diario de viaje?]. Galería de
arte. El estudiante de pintura recorre algunas obras de Van Gogh: Autoretrato, La noche estrellada, Catorce
girasoles, La silla, El puente de Langlois, La habitación de Vincent... Se pone,
entonces decidido, su gorro y entra literalmente al cuadro. ¡Sorpresa! No sólo es Arlès, los molinos, los girasoles, las
casas, los célebres paisajes del pintor, el estudiante camina sobre las
pinceladas mismas del espeso óleo multicolor. Y encuentra al maestro que lo
increpa: «¿Qué haces que no pintas?». Vincent es un hombre apurado. Tiene poco
tiempo... ¡para pintar! «Como en un sueño, la belleza se pinta a sí misma para
mí». Sólo que... no puede guardarla dentro de sí, y se esclaviza a su pincel. Como
una locomotora, Van Gogh avanza hacia el campo de trigo que ensombrece una
repentina nube de cuervos.
La
cámara se aleja. La imagen se transforma en su último cuadro: Trigal con cuervos. Frente a la tela, el
estudiante se descubre reverencialmente la cabeza.
¡Maravilla!
Este fabuloso viaje a la mirada de Van Gogh tiene, sin duda, valor de homenaje.
Vincent descubre el sol del Midi en las estampas japonesas, antes de partir a
su caza efectiva en Arlès y luego Auvers, región que denominaba “Japón”, en la
que se quita la vida. Kurosawa rinde honor al singularísimo Imperio del Sol
Naciente del pintor holandés. Y nos propone una borgeana reflexión sobre los resortes
de la creación, la que se impone al creador como un sueño al soñante: el artista
no es entonces el autor, sino sólo el instrumento de su obra.
6.
El Fukuyama en rojo. [Alegato].
Erupciones volcánicas, multitudes en pánico.
No es el Fukuyama el que ha entrado en actividad, sino seis reactores nucleares
que estallan en Tokio, uno tras otro. Gritos, desesperación, muchedumbre crispada.
«Nadie escapará». De pronto, el clima dantesco se disipa. Silencio. Sólo un
peñasco y el mar. «¿Dónde han ido todos?». Un ingeniero reconoce los colores de
la radioactividad: «La roja es plutonio 239, provoca cáncer. La amarilla es
estroncio 90, produce leucemia. La violeta es celsio 139, causa mutaciones.
¡Ah! ¡La estupidez humana! Le han puesto color para que sepas cuál te matará».
Y se arroja al mar. «¿Tendría sentido vivir esperando la muerte?». Un hombre
ensaya vanamente espantar las nubes radioactivas para proteger a una mujer y
sus dos hijos. La imagen se esfuma lentamente.
¿Admonición?
¿Presagio? Una escena temida. La visión apocalíptica de un demasiado tarde hace estallar la pantalla del sueño. Irrupción de
lo que intuimos puede ocurrir, tememos tarde o temprano ocurra, y que, al
ocurrir, nos toma por sorpresa. ¡Pero si lo sabíamos...!
7.
El demonio lastimero. [¿Diario de
viaje?]. Una visita al mundo del después. Flores gigantes, plantas bizarras,
mutaciones. La contaminación del suelo y el agua confieren al planeta un aura
monstruosa, fantasmal. Cuasi hombres que se comen unos a otros, y sufren el
dolor interminable de un cuerno que crece ionescamente en sus frentes.
Condenados a no vivir, los sobrevivientes son demonios que dan pena porque la
vida no es vida si sólo consiste en escapar a morir.
Alegato. La visita al
planeta del día después es, sobre todo, una pregunta por los límites, no tanto
por el más allá como por el más acá
de la vida. ¿Valdría la pena el reino de los muertos vivos? La ciencia porta
algo inhumano cuyas consecuencias superan, incluso, la posibilidad simbólica de
la pesadilla.
8. La aldea de los molinos de agua. [Diario de viaje]. El forastero
llega por casualidad a una bucólica aldea. Una piedra llena de flores, el
murmullo incesante del arroyo que impulsa los molinos. Un anciano repara las
aspas: «No necesitamos electricidad,
combustible, ni tractores. Las velas y el óleo proporcionan suficiente luz».
«El hombre moderno ha olvidado que es parte de la naturaleza y la destruye. No
puede ver que va a morir». «Lo más importante es el aire puro y el agua limpia,
los árboles y los hielos que los producen». «Por ignorancia, están contaminando
todo. El hombre está ensuciando su propio corazón». Lejano, se oye un eco ceremonial.
«Tengo que prepararme para el funeral». Ante el rostro de circunstancia del
viajero: «Es bueno trabajar, vivir mucho y ser agradecido. El funeral es una ceremonia
alegre. El cementerio, la colina, no tenemos iglesias ni templos». Recogiendo
unas flores: «La mujer que enterramos hoy vivió 99 años. Fue mi primer novia.
Me rompió el corazón cuando me dejó por otro». Sonriente: «Tengo 103 años. Es
bueno estar vivo. La vida, en armonía, es emocionante». Agitando rítmicamente
una maraca, el anciano se suma, entonces, a la festiva procesión. El visitante
cruza el arroyo y se aleja, no sin antes arrojar una flor sobre la piedra.
En
su sueño, el soñante está siempre presente. Kurosawa también lo está. Ya
anciano, decide presentarse no sólo como viejo, sino, además, como sabio, portador
de una sabiduría milenaria. Concluye así la narración de sus sueños, sin disimular
sus ganas de vivir y el orgullo por su longevidad. La vida es un bien, la sabia
longevidad el resultado armónico de un equilibrio entre el viviente y la
naturaleza, la responsabilidad del sujeto para con la vida, un deber para con
su propio deseo.
A
la muerte que, en el primer episodio, acecha el despertar de la vida, le responde,
en el último, la vida vivida plenamente hasta su extinción. Hay en ello un
legado: se puede, claro, morir en paz, habiendo vivido de acuerdo a los propios
sueños.
Como
la vida y como los sueños, los relatos de Kurosawa adoptan el despliegue
narrativo característico del viaje. Ello es inherente a la estructura
intrínseca del deseo: se desea lo que no se es o lo que no se tiene, el deseo
lo es siempre de otra cosa, deseo de otro lugar. Reside allí la especificidad
de esa Otra escena tan apropiada a la realidad onírica como a la del
inconsciente, Otra escena que la promesa de aventura de cualquier viaje hace
patente en su disposición a lo nuevo, lo desconocido, lo distinto, lo otro.
Un
último comentario antes de concluir. Quizás no resulte complicado entender por qué
Lacan podía afirmar, con alguna verosimilitud, que el cine habría encantado a
Platón. Ya que, por cierto, podemos reconocer en ese juego entre luz y oscuridad
que hace factible la ilusión, una metáfora de la caverna, cuyo acierto es corroborado
por el efecto idealizante que la imagen tiende a suscitar en el espectador.
Mucho
más extraña, en todo caso, la aprehensión distante que Freud mantuvo en
relación al cine, teniendo sobre todo en cuenta la afinidad que es habitual establecer
entre sus realizaciones y las de la creación onírica. Freud no le atribuía al cine
ninguna estatura artística, y albergaba por él una indisimulada antipatía. Rehusó,
incluso, su colaboración a un importante proyecto cinematográfico al que se lo había
convocado en calidad de asesor, y se opuso, en más de una oportunidad, a la
propuesta de difundir los logros del psicoanálisis a través de la pantalla.
Veía en el recurso sostenido a la imagen un peligro de banalización que, en
lugar de acentuar el valor de su invención, corría el riesgo de
caricaturizarla. Lo que, si bien resulta probable, no deja de ser parcial.
¿Cómo
entender que un hombre de su cultura y sensibilidad, de su formación y
curiosidad, no haya devenido un apasionado cinéfilo? La explicación debería probablemente
ser buscada en el contexto y en sus circunstancias.
Freud
tuvo oportunidad de asistir por primera vez a una función de cine en Nueva
York, en ocasión de las conferencias dictadas en la Clark University en 1909.
Desde entonces, percibió al cine como un nítido exponente de lo que denominaba,
con desdén, la “civilización americana”. «Estados Unidos es un error –bromeaba
a su regreso–. Un error gigantesco, es verdad, pero de todas maneras un error».
El sueño colectivo que el cine instaura no era, al fín de cuentas, para él, más
que un vehículo del “sueño americano” y su ideal mistificador. Denunciaba así,
en esa suerte de “elaboración secundaria” que lo hace posible, el carácter
cautivante de la imagen que la torna apta a toda suerte de falsificación. Con
lo que dejaba indicada la efectiva posibilidad del recurso a su manipulación.
Es
paradójico: lo mismo que habría fascinado a Platón, horrorizaba a Freud, cuando
el Eidos cinematográfico pasó a ser
percibido por él como simulación.
La
imagen como medio de expresión nombra, desde entonces, el lugar de una cita
fallida entre las dos creaciones más notables del siglo XX: el obligado desencuentro
entre esa fabulosa máquina de fabricar sueños conocida como “séptimo arte”, y
nuestra práctica que, verificando el malestar inherente a la civilización,
sostiene en su seno una revisión crítica permanente de las formas alienantes de
la ilusión.
Mario Pujó
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