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La mecha que faltaba: la identidad virtual. Análisis de un capítulo de “Black Mirror” de la nueva temporada

13/06/2019- Por Martín H. Smud - Realizar Consulta

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En la serie de Black Mirror […] dos amigos se encuentran adentro de un juego que ubica como un injerto a la altura del cerebro. Ambos amigos, convertidos en avatar −la identidad virtual de uno es una hermosa mujer, la del otro un avatar musculoso y bien parecido−, jugando y jugando, pateándose […] se enamoran perdidamente uno del otro. Los protagonistas se preguntan, al igual que nosotros, qué ocurre con las condiciones morales y por tanto la ética de este sujeto de la identidad virtual que somos nosotros, pero también que no somos nosotros […] ¿Qué ocurre con la identidad de la identidad?

 

 

                     

 

 

          Ficha técnica y artística

 

Título original: Black Mirror: “Striking Vipers (TV)”

Año: 2019

Duración: 61min.

País: Reino Unido

Dirección: Owen Harris

Guion: Charlie Brooker

Reparto: Anthony Mackie, Yahya Abdul-Mateen II, Nicole Beharie, PomKlementieff, LudiLinGregKriek, Jordan Carlos, Abdul Hakim Joy, Julián Ferro, Austin Michael Young, Monique Cynthia Brown

Productora: Distribuida por Netflix

Género: Ciencia ficción. Drama. Romance | Videojuego. Homosexualidad. Telefilm

 

 

  La mecha que faltaba para que todo sea distinto en el mundo es la identidad virtual. Su real realidad asusta tanto como llena de curiosidad a todos y a todas. No es un concepto más, es un encantador de serpientes. No hay animal más equívoco que la serpiente, es escurridiza, sigilosa, seductora, mortal. Todo es poco en comparación a lo que agregamos tan encantadora como virtual se vuelve inasible pero “ex-sistiendo” produce la última y más contemporánea paradoja del ser humano.

 

  La modernidad del siglo XVII nació de la paradoja cartesiana de “la duda que duda que duda duda” y ahora el tiempo virtualidad clava bandera de su tiempo histórico con una paradoja “la identidad virtual”, identidad de identidad, identidad que identidad, identidad a identidad, identidad entre identidad, identidad contra identidad, identidad según identidad. Y podríamos seguir hasta confundirnos en un grito orgiástico de basta.

 

  De esto trata uno de los nuevos capítulos de la quinta temporada de Black Mirror llamado “Striking Vipers” (encantadoras serpientes) que se estrenó en junio del 2019 pero viene siendo tema de películas desde hace rato. Todavía para muchos el tema continúa siendo ciencia ficción pero para otros la bomba ya explotó.

 

  El mito de la cabeza de medusa está presente desde el mismo título del capítulo. Las mechas de la medusa están representadas por víboras que si la miras de frente te quedás congelado, para siempre detenido en un deseo que no se acaba pero que al ser siempre el mismo, te congela.

 

  La identidad congela por eso dentro del psicoanálisis se critica este concepto. Yo soy adicto, luego no puedo ser sino ex adicto, y termino siendo adicto de ser ex adicto. Hay algo de esta contradicción viva que ya conocíamos, que es convertida en una paradoja al tratarse no del ser sino del ser en virtualidad. Se trata de un nuevo tipo de castración que reniega de su misma condición.

 

  Cómo no mirar a la medusa, cómo no mirar al celular y construir nuestro primer avatar, principio de lo que será la perdición, la paradoja que hiela de ardor al ser humano. Es tan poderosa la curiosidad que quedan congelados tanto mentes curiosas como mentes logotomizadas.

 

  Se trata de las sirenas que también son serpientes que entonan esa música divina e infernal que no te permite sino prestar atención a su antojo. La paradoja replantea el horizonte de los vínculos humanos al punto de merecer ser tema de investigación.

 

  Todo comienza con el acceso a las redes, ni bien entrás te piden la información de tu perfil, se trata de una declaración jurada pero sin ninguna obligación jurídica. Sólo sos responsable de lo que decís y no te van a pedir que lo cambies muy seguido. A algunas mujeres no les gusta poner la edad, inventate otra. A muchos hombres no les gusta poner su estado sentimental, inventate otro. No es importante la verdad sino el deseo de ser atractivo y reconocible para el otro.

 

  Y luego te piden una foto. ¿Por qué mostrar una foto actual si lo que te piden es engañoso? No te piden una foto sino que comiences a construir tu avatar, una especie de emoticón de vos mismo. Y ¡qué mejor que esa imagen de las vacaciones de hace diez años! Si, ya sé que no estás más así como estuviste en esas vacaciones. Nadie puede echártelo en cara, el paso del tiempo no ha sido malvado con vos, apenas ha crecido un poco la panza o se ha caído el pelo… No hay engaño, sólo unas mechas menos.

 

  No hay alguien que nos mire en vivo y en directo, que nos cuestione lo que hacemos pero del otro lado alguien responde. A otro avatar le gustó tu avatar. Avatar con avatar, sin obligación jurídica, ni moral, no le interesa tu historia ni mirar para atrás, no hay tiempo, es ahora que están conectados, deben consumirse en esta mirada que despertó el encuentro, lo que se da y se pide es con urgencia.

 

  Parece una época super sofisticada y sin embargo es simple, miramos el catálogo, y lo sesgamos por algunas pocas variables: edad, lugar de residencia, inclinación sexual, situación sentimental. No se necesitan otros datos: dónde vivís, qué edad tenés, qué preferencia sexual y qué te pasa con ese/a.

 

  El avatar es nuestra identidad virtual, no podemos decir que sea mentiroso sino que tiene diferentes responsabilidades a la de todos los días y la de todos nosotros/as. De nosotros se espera lo normal y lo moral, del avatar lo increíble, lo ilimitado y lo mágico.

 

  Solamente con un like, se abre el face to face, avatar to avatar, luego quizás los cuerpos abran el encuentro con otro cuerpo que sólo durará el tiempo de una conexión, la esperanza durará el sueño de un instante.

 

Internet es aún poco comprendida. No se comprende la identidad virtual. Por eso se ha convertido en un “disolvente” serial de parejas. Al pensarse como el lugar de las transgresiones, ha producido una pandemia de separaciones en el mundo entero. No deja de llamar la atención la ignorancia en un punto que tiene tantas consecuencias.

 

  Pero tampoco sorprende. Es un producto elaborado por el mercado colonizador neoliberal que reniega de sus efectos: nos envenena la comida, destruye el hábitat donde vivimos y minimiza que es esto de la identidad virtual. Nos da el veneno y no nos dice que hay contraindicaciones.

 

  Hoy nos planteamos si descubrir que uno está hablando indebidamente con otro debe ser considerado reprobable o se trata de un chichoneo entre avatares que debería estar repensándose hasta en el campo deontológico. ¿Cómo es posible que algo tan de todos los días aún no haya sido del todo investigado por la moral, el sentido común, los preceptos religiosos, en definitiva por el pensamiento ético?

 

  Hay un internet profundo al que es difícil llegar, tiene códigos aparentemente muy simples, exige un perfil con el que te puedan reconocer rápido, con todas tus necesidades para que, cuando alguien vaya a alguna puerta del baño público de sus necesidades, pueda reconocer tu avatar, tan fácil como reconocer el muñequito en las puertas.

 

  Un perfil simple, que viralice tus intenciones. A nadie le gusta esperar el turno en el espacio virtual. No hay colas a respetar. Siempre estamos participando. Nuestro avatar nunca duerme, no sabemos qué está haciendo ahora, con quién está jugando la seducción de una pronta posibilidad.

 

  La identidad virtual está haciendo de las suyas. Sin los viejos cánones morales que nos han atravesado a lo largo de nuestro “superyó histórico”, con nuestro avatar podremos, por fin, hacer lo que queramos. Podemos volvernos más jóvenes como en el film “El sustituto” y arriesgarnos sin tener como consecuencias la muerte, la mutilación, el accidente que deja secuelas, o podemos volvernos mujer si somos hombres o al revés, sin complicadas operaciones de cambio de sexo y terapia hormonal como en el capítulo “Striking Vipers!” de la temporada 5 de Black Mirror.

 

  Lo que los protagonistas se preguntan al igual que nosotros es qué ocurre con las condiciones morales y por tanto la ética de este sujeto de la identidad virtual que somos nosotros pero también que justamente no somos nosotros. O somos nosotros en otra dimensión que aún no ha sido del todo explorada en las condiciones de lo real que nos constituyen como falta en ser humano (Kleinitcki, 2015). ¿Qué ocurre con la identidad de la identidad?

 

  Pensábamos que el descubrimiento de nuevos mundos se haría por fuera de nuestro sistema planetario, solamente hace un par de décadas algunos intelectuales, docentes, personas a pie percibieron que el nuevo mundo podría provenir de nuestro acceso a las redes y cómo esa multiplicación de pantallas conllevaría una multiplicación de identidades y por tanto de morales que pondrían a la humanidad ante nuevos desafíos aún más complejos que los planteados por la obscena desigualdad de la riqueza, de oportunidades, de vida.

 

  ¿Qué moral podría exigirse a mi avatar y al avatar de mi avatar que quizás en algún momento termine siendo yo mismo? ¿Un avatar tendría derecho a la sepultura, no debería acostarse con su madre ni fornicar con la mujer de tu mejor amigo? ¿Quién no quisiera ser un avatar al que no le cayeran las miles de historias de prohibiciones, de cuerpos quebrables y quebrantables, de amores que nunca encuentran la salida como en un laberinto de equivocaciones y destiempos shakeaspeareanos y sin hablar de las tragedias de espectros, torturas y caballos que no están donde deberían?

 

  En la serie de Black Mirror, el personaje principal −que son dos, quiero decir, que son cuatro−, se ha puesto a jugar a un jueguito de guerra. Dos amigos, lo más natural del mundo, se encuentran adentro del juego. Ya existe el oculus que suplantará a la Play, en la serie se lo ubica como un injerto a la altura del cerebro.

 

  Se encuentran dos amigos convertidos en avatar, un amigo es una hermosa mujer, su identidad virtual es un avatar femenino, el otro un avatar musculoso y bien parecido, jugando y jugando, pateándose dele patear, tirándose de las mechas una y otra vez, todos sabemos dónde terminamos, se enamoran perdidamente uno del otro.

 

  Cuando la esposa embarazada de uno de los personajes en su identidad de la realidad −o como la llamo, en su identidad DNI (no podemos decir su identidad real, porque ¿cuál es la identidad real?)− le pregunta qué le pasó con su amigo, el marido no le puede decir que le fue infiel con una mujer avatar y que, a pesar de esto, nunca sintió tan fuerte la sexualidad y el amor y que esa mujer avatar era el emoticón del maricón del avatar de su mejor amigo al que no le gustaban los hombres pero sí les gustaban los hombres avatar.

 

  Con esto además de quedar comprobado que tras la amistad existe una enorme posibilidad erótica, nos permite pensar que la moral además de cultural, epocal, se toquetea con los límites de nuestra constitución biológica sexuada y que como concepto deja de ser un capricho de época y pasa a constituir el entramado donde se funda la realidad, y que este concepto encantador de serpiente de la realidad virtual, difícilmente comprensible aún para quienes ya lo manejan como si fuera su imagen pública, constituye un comienzo de un nuevo tiempo a partir de la paradoja misma de la identidad.

 

  Si Descartes decía: si dudo soy, si el psicoanálisis produce su inversión, soy allí donde no pienso pensar, el tiempo virtual, soy allí donde no soy sino avatar de mí.

 

  La esposa no sabe qué pensar, y como todo está como está decide tomar una sabia decisión (no estoy spoileando el final pues esta resolución ya la tomaron antiguamente los griegos): dejar días libres donde la moral no sea sino un juego donde todes sean posibles, un planteamiento aún más radical que el puesto de manifiesto por la “vieja” discusión de la cuestión del género.

 

  Días libres para que nuestra identidad virtual pueda ser libre y liberarnos de este mundo tan llenos de agujeros prohibidos, agujeros con libreta de matrimonio y derechos civiles, agujeros colonizadores y dominados, agujeros dulces y salados, con géneros y números.

 

  Ella se sacará el anillo de casada e ira a levantar al pub de la esquina y él se meterá en el jueguito para tirarse de las mechas y hará el amor en el rascacielos de la felicidad con el salvoconducto de que la identidad virtual se prende y se apaga, tiene las contradicciones propias del deseo y en las preguntas actualizadas acerca de las condiciones de posibilidad de la ética humana.

 


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