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La separación

13/09/2012- Por Hugo Dvoskin - Realizar Consulta

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Un elemento significativo de la película es que la separación de esta pareja no se presenta al espectador con pretensiones paradigmáticas. Es un caso singular y en eso radica el interés de la trama. No queda tomada por las condiciones sociales o religiosas del mundo iraní, ni tampoco por los estereotipos de las relaciones amorosas: no es ni “una separación iraní”, ni “la” separación. Es simplemente una separación.

 

 

Ficha técnica y artística

Título Original: Jodái-e Náder az Simin

Dirección: Asghar Farhadi

Guión: Asghar Farhadi

Género: Drama

Origen: Irán

Estreno (Argentina): 3 Mayo 2012

Duración: 120 minutos

Clasificación: AM13

Distribuidora: Alfa films

Actores: Peyman Moadi, Leila Hatami, Sareh Bayat, Sarina Farhadi, Kimia Hosseini, Shahab Hosseini

 

 

I.- Un elemento significativo de la película es que la separación de esta pareja no se presenta al espectador con pretensiones paradigmáticas. Es un caso singular y en eso radica el interés de la trama. No queda tomada por las condiciones sociales o religiosas del mundo iraní, ni tampoco por los estereotipos de las relaciones amorosas: no es ni “una separación iraní”, ni “la” separación. Es simplemente una separación. Nada más y nada menos que la ruptura de una relación que se ha sostenido durante diecisiete años.

Un deseo de Simin, la mujer, puesto en circulación hará que cada uno de los personajes muestre algunas de sus virtudes y muchas de sus miserias. Simin quiere y propone emigrar. En el primer encuentro frente al juez brillará por su ausencia cualquier referencia con relación a “irse a”, “irse cómo”, o “a hacer qué”. Hay una referencia de peso a “irse cuándo” porque en cuarenta días vencerá el permiso. Nadie sabea dónde irán, cómo vivirán en ese lugar, ni qué sucederá con lo que dejan en Irán: la casa, el auto, los objetos y en esa lista incluimos al padre de Nader, el marido. No abordamos la estructura sin particularidades: que Nader no deje al padre porque no encuentra dónde dejarlo o porque ni siquiera hayan buscado algún lugar, no se resuelve diciendo que el problema subyacente es que no cede en su posición de hijo. No estar en posición filial en este caso implica, por el contrario, tener un plan para ese abuelo que aun con Alzheimer todavía habla y al que le quedan algunos años de vida. Es probable que la vida resulte muy dura para Simin, la mujer, con la casa, el trabajo, el suegro y la actualidad de Irán. Sin embargo, no existe, insistimos, ningún dato de por qué la vida mejoraría en otro lado.

Habría diversas escenas en las que la posición de Simin ameritaría nuestro análisis. Será más difícil en Nader porque de él podría decirse que todas las escenas son la misma y que, en rigor, vive al día. No nos referimos a la situación económica, que se aplicaría más a quienes entablarán la demanda judicial contra él, Razich y Hodjat, la empleada doméstica y su marido. Nos referimos al modo que el marido tiene de resolver lo que se presenta en el momento. Él carece de planes y “zafa”, representa el “lo arreglamos con alambre y esperemos que nada pase”. Aunque sí ocupa el lugar de padre en la escena de la estación de servicio cuando le explica a su hija el sentido de la propina, no lo hace sin previamente haberla enviado a cargar gasolina para evitar tener que enfrentar al hombre del surtidor. Le carga la situación a su hija de once años. Llevado de las narices por su mujer, ha aceptado iniciar los trámites de emigración sin atender la contingencia de que en algún momento la conclusión lógica es que se abriría la posibilidad de emigrar. Si bien es una situación anterior a lo que transcurre en la película, cabe imaginarlo diciendo sí a la propuesta de iniciar los trámites sin considerar las consecuencias de que sea aprobado.Con el mismo modelo de ir detrás de ella, es llevado al hospital y además se encarga de contarle al marido de Razich lo que aún no se sabía y estaba llamado a quedar en silencio. A partir de ese encuentro, comenzaremos a transitar y a conocer la relación que cada uno de estos personajes guarda con la verdad. Para Razich, la empleada, sólo se trata de no engañar al Corán. No importa que su falso testimonio lleve injustamente a la cárcel a un sujeto inocente –al menos del aborto que es el delito por el que es acusado-. Trabaja en un lugar a espaladas del marido. El primer día se ha desinteresado de su trabajo dejando al hombre anciano en manos de su hija que juega con el tubo de gas y del azar. Por efecto del choque pierde a su bebé. Al día siguiente se va de su trabajo, abandona al anciano atado con correas a la cama. Caído de la cama, atado y sin oxígeno, el hombre araña la muerte. En ese estado, Nader encuentra a su padre al volver a su casa dentro del horario de trabajo de la empleada. De todos esos “pequeños detalles” a Razich sólo le importa que no se diga que ha robado el dinero faltante en la casa porque eso sí iría contra el Corán. Paralelamente, la hija de Simin y Nader, que sabe que la madre se ha llevado el dinero, mira silenciosa la escena en que el padre la acusa de ladrona.

Para el marido de Razich, se trata de darle curso a sus resentimientos sociales, que no son de clase, pues él está más ligado a los desclasados que a una clase en el sentido marxista: su verdad es patotear, lumpenear, reivindicar. Preocupado por “nosotros no somos animales”, tiene el exacto comportamiento que sin dudas no es el de los animales, que nada saben de este tipo de querellas, pero coincide exactamente con el sentido con el que es utilizado el calificativo “animal” en cierta cultura. No diremos entonces que es un animal –correríamos los riesgos de ser denunciados conjuntamente por el Inadi y por la Sociedad Protectora de Animales- pero se esfuerza denodadamente por ganarse ese opinable apelativo cuando se lo usa en forma denigratoria e insultante.

Para Nader, el par verdad/mentira está sólo al servicio de salvarse. Se acerca al concepto jurídico de Occidente, pues nadie está obligado a declarar contra sí mismo: mentirá cuando se trata de decir si sabía o no del embarazo; será un científico del crimen en busca de la verdad, un Sherlock Holmes auténtico, cuando se trate de determinar si por efecto del empujón habría sido posible la caída a la que hace referencia la empleada siguiendo los vectores de fuerza que estuvieron en juego cuando la obligó con violencia a retirarse de la casa.

La madre, Simin, es de otras ligas. Ella toma la verdad en beneficio personal y la fuerza en los intersticios para sus planes que lindan con lo extorsivo. Leerá con precisión lingüística los silencios de Nader: su falta de sorpresa al enterarse del embarazo de Razich es la “confirmación” de la culpabilidad del padre. Pero esta verdad sólo está al servicio de sacar su tajada: instrumentará esa conjetura para escracharlo frente a la hija, denunciarlo en el lugar más inadecuado y presionar para quedarse con ella e irse al extranjero. Simin quiere irse con buenos argumentos o con malas artes. Si hubiera visto Kramer vs. Kramer[1], nuestra próxima parada, quizás habría podido detenerse. Pero esto vale solamente en las esperanzas de quien escribe, ella tiene sus objetivos que no conocen de películas y finales americanos.

Además, se suma que hasta ahora nada indica que la hija quiera acompañarla, más bien ha manifestado su voluntad de no hacerlo. Si el final es abierto y desconocemos su decisión, esto se debe a que la hija ha hecho un recorrido y ella ya está subjetivamente en otro momento.[2] Quizás ya comienza a abandonar el lugar de hija –por eso le dirá a sus padres que se retiren- y puede comenzar a sopesar qué hay de cada lado del platillo de la balanza. Los ha visto a los dos desempeñar sus papeles de padres aunque desconoce algún elemento que podría ser decisorio referido al comportamiento de la madre. Nos referimos al ocultamiento que la madre hace de la información que le provee Razich y que ella guarda durante la reunión con los acreedores.

Simin, que supo leer el silencio, ahora hace silencio e intenta con ese movimiento torcer la partida o desequilibrar en su beneficio la balanza. Se ha enterado de cierta insustanciabilidad de la acusación, sabe fehacientemente que al marido le cabe al menos la presunción de inocencia por la existencia de “duda razonable” al haber otro motivo superior al empujón: el choque del día anterior. Simin no vacila, se queda callada para dejarlo en falta, culpabilizarlo injustamente de un delito que probablemente no ha cometido, lo intenta humillar al tener que aceptar dinero de sus suegros, y además pretende denigrarlo por haber mentido y por no pagar el delito con la cárcel.

Nader, atento al día a día, saca un as de la manga y llama a su hija a escuchar la declaración de Razich. A ésta última le demanda y la fuerza a que sus palabras queden sometidas al juicio de Alá. Es un golpe oportuno porque recupera la mayor parte del terreno perdido. Ahora la “víctima” no habla. Nader ha logrado salvarse con el gong del final cuando a todas luces estaba knock out. Un golpe durísimo para la estrategia de Simin sin que necesariamente la afecte en su vínculo con la hija porque sólo la hija no sabe lo que su madre sabía. Hagamos nuevamente un lugar a la fenomenología, al “resultadismo”. El resultado de nuestras acciones, el azar que se les agregue, no son sin consecuencias para la subjetividad de los sujetos. No es lo mismo haber empujado a una mujer embarazada sin que eso haya tenido consecuencias, que haberla empujado y que, como producto de esa acción, haya perdido un embarazo de cuatro meses. Aun cuando las acciones sean similares. De hecho, en este caso, incluso, valdría la discusión de si se trató de un empujón o simplemente de sacar de la casa a una mujer que había entrado previamente sin permiso y que, minutos antes, casi fue responsable de la muerte del abuelo. La madre, a sabiendas, intenta hacerle cargara este hombre, un acto que hubiera sido aberrante si el aborto hubiese sido el resultado. Todo valía para presionar e irse con la hija.

 

II.- Los modos diversos de abordar la verdad se intersectan con los modos de pensar la Ley. Para Razich, la Ley es sencilla: se trata del Corán. No tanto lo que está escrito, sino lo que maestros dicen que dice. Sus acciones son aceptables o no según lo que le digan que el Corán dice. Solidaridad, condenas justas, delitos… sólo se miden con la letra hablada del Libro. Abandonar un anciano, casi matarlo, mentirle al marido con el trabajo y con la pérdida del embarazo, lavar al anciano o dejarlo sucio… todo depende de lo que le digan que dice. La Ley no autoriza criterio propio y como además no se lee alcanza con la interpretación de alguien. A la hora de los castigos y de las condenas, sólo valdrá la ira de Dios. Es sólo por temor a esa ira con el que quedaría vinculado el espurio dinero que cobraría del supuesto accidente que ella decide no declarar en la escena final. Podría haber enviado injustamente a la cárcel a un inocente, de eso nada tiene para decir quienes le aconsejan. Pero por el hecho de entrar a la casa dinero mal habido se corre el riesgo de los mágicos castigos divinos.

Ha sido también por la acusación de dinero mal habido que ha encendido la mecha en casa de Nader, su empleador. Hablamos sólo por lo que aparece en la película –escaso material para algunas conclusiones que vayan más allá de los personajes- pero allí se nos transmite que lavar al anciano es de una gravedad muchísimo mayor que abandonarlo, así como trabajar para asistir a su marido y su hija en la casa de un hombre que vive sólo resulta ser notoriamente más preocupante para el islamismo que el hecho de no tener trabajo y no tener para comer[3]. Pero la acusación de “robo” es imperdonable. Aquí lo que la película presenta de la ley del Corán.

La tontería tiene sus límites y Nader cruza la frontera. Se ha hecho el distraído con el embarazo de la mujer para un trabajo que requería mucho esfuerzo físico, ahora le dice a una islamita lo que sin duda él sabe no debe decirse. Es más que una presunción que Nader conoce la gravedad que tiene para los islamitas la acusación que está haciendo. Y la usa insistentemente. El alambre, como la cadena, empieza a cortarse por la parte más delgada. Es cierto que todo indica que ha sido la empleada la que se ha quedado con el dinero. Una nota a pie de página debería agregar que es de uso común en las clases pudientes echarles a las empleadas domésticas la culpa de toda pérdida ocasionada en la casa. Se les confía a los niños para que los cuiden y se las sospecha todo el tiempo de pequeños hurtos. Sin embargo, aquí la cuestión es diferente y de una gravedad mayor porque el elemento cultural tiene su peso y Nader la acusa de lo que él sabe que no debe acusar. El sujeto es responsable de lo que dice y además es responsable de lo que se escucha; sobre todo, cuando sabe la significación que, para el otro, tiene lo que uno dice. Finalmente se trata de soportar que no sólo pesa la intención del que habla sino, sobre todo, la del que escucha. Aquí la lectura pre/juiciosa y relativa de la ley según la opinión popular.

En la escena del robo que no fue, Termeh, la hija, ha mostrado la hilacha. Ya hemos dicho que ella sabe que el dinero se lo ha llevado la madre porque la ha visto tomarlo. En la escena, calla. Es un mundo donde todos saben que deben arreglarse solos. En ese sentido, la hija muestra un mundo más individualista que el que propone el mercado del primer mundo. La solidaridad no llega siquiera a la familia. El padre la manda a la hija para que cargue nafta y ahorrarse la propina. La hija lo deja que acuse falsamente. Ni la madre ni el padre escuchan razones sobre sus proyectos. Todo guarda el tinte del beneficio propio. Apenas un gesto de Nader cuando ordenan detener a Hodjat, el marido de la empleada, y Nader le pide al juez que se abstenga. El juez pretendidamente ecuánime, quizás como todos los jueces, encuentra sus límites en el valor de su investidura. Todo es discutible salvo el desacato a su figura. Al igual que con los diez mandamientos, el único que vale de todos ellos es no nombrar a dios en vano. El resto encuentra en la misma Biblia un infringimiento casi continuo. El juez no escucha que el padre de Nader no recibirá atención alguna, ni que Nader no querella contra el marido. La ley también guarda sus trampas a la ley: en la primera escena luego de interrogar a las partes por la causa del divorcio y no habiendo golpes, pone sobre la mesa un elemento de la legislación iraní que amerita comentario: el divorcio requiere consentimiento mutuo.[4] Es difícil imaginar una idea tan contradictoria, ligeramente macabra para las partes y, por qué no, perversa. ¿Cómo pretender que habiendo dos, de los cuales al menos uno quiera divorciarse, requiera ponerse de acuerdo obligatoriamente con el otro en un tema tan delicado y personal? Aquí la ley y arreglate como puedas.

Llegado este punto en el que la relación con la verdad y la ley tienen sus singularidades en todos los personajes, subrayaremos una diferencia en el caso de Simin. Hemos situado la importancia que lo fenoménico adquiere en este caso y suponemos que eso no nos desvía de un método de análisis que se organiza desde la estructura pero soporta sus colgajos. Para Simin incluiremos un término que siempre cuelga de la cuestión de la ley. Me refiero a lo que habitualmente denominamos “tener código” tal como se aplica a grupos pequeños que tienen normativas de protección y cuidado mutuo. Aquí encontraremos algo que más allá de la ley y de la verdad debe analizarse por los efectos que produce o que busca. En otros textos[5] hemos referido a la cuestión del “acaso”. Las frases que incluyen “acaso” indican para quien está escuchando una intencionalidad de quien habla que no es necesario que se enuncie: a la pregunta “¿acaso viene?”, no se requiere estudio ni análisis para descubrir que el deseo de quien habla está del lado de que no venga, pero eso no figura de ningún modo en la frase. Diríamos lo contrario sobre ese deseo si la pregunta introdujera un “no”, “¿Acaso no viene?” denota el deseo de que venga.

Esta aclaración viene a cuento porque en su charla con la hija, con su lúcido descubrimiento sobre la falta de sorpresa del marido, su precisa lectura sobre el silencio y su decir “la verdad”, y mostrar tienen más importancia la intencionalidad que el contenido descubierto. La intención de la madre pone en evidencia que ella carece de código para con los suyos. No debería sembrarse semejante sospecha sobre un padre a una hija sin tenerlo firmemente corroborado y mucho menos sin haberle dado siquiera a éste la posibilidad de defenderse. Código aquí quiere decir derecho a la propia defensa, quiere decir que una madre no debería precipitar la caída del padre sólo para beneficio personal; código quiere decir cuidar a la hija de elementos traumáticos que como los vidrios que se fragmentan no son fácilmente restaurables. Porque de lo que la madre dice, la hija no saldrá indemne: o su padre queda golpeado o su madre no la ha cuidado. Código aquí quiere decir que en algún punto el sujeto es responsable por “su hermano” entendiendo por tales aquellos a quienes uno quiere y a aquellos que lo quieren a uno. Código también es responder por aquellos que dependen de nuestras palabras.

La madre atraviesa todos los acuerdos implícitos que pudiera haber habido antes. En la escena final, cuando sabe lo que sabe y no lodice, ya no se trata de determinar si es una posición perversa en la que ella disfrutaría de la caída y de la angustia del padre. No se trata de justificar con el término perversión lo que haga un sujeto en particular. En “Hable con ella”,[6] el diagnóstico de perverso caía sobre el inolvidable Benigno cuya calidad humana a nuestro gusto no cabe poner en duda. Acá, la madre de cuyo diagnóstico nos abstenemos, daña maliciosamente para beneficio personal conjuntamente al padre y a la hija: los debilita. Quizás no sean suficientemente los diagnósticos clínicos y nos vemos empujados al campo de los calificativos populares. El que aquí podría ir es simplemente el de una mala persona que quiere aprovecharse de las debilidades ajenas. Lo que se dice una “jodidita”. A veces la calle es más precisa que los diagnósticos psicopatológicos.



[1] Película estadounidense dirigida por Robert Benton, 1979, basada en la novela Kramer contra Kramer, de Avery Corman.

[2] En cualquier caso, vale aclarar, será la decisión que corresponde al momento puntual que se está viviendo. El carácter suspensivo es cinematográficamente emotivo pero dada la edad de la menor no supone que sea definitivo. La espera la adolescencia, la espera la convivencia con el padre o la madre, la de ser educada en Irán o la convivencia con los islámicos en un país presuntamente europeo. El partido seguramente presentará a lo largo de esos años variantes en el tanteador.

[3] Una paciente, ferviente católica, que vive con un hombre separado, padece fuertemente la condición de adúltero del marido desde el punto de vista religioso. Un largo y penoso circuito en sus diálogos con los curas la lleva a una paradoja insólita en su camino a la santidad: la muerte de la otra mujer haría que dejara de vivir en pecado. Dice: “amar es pecado, la muerte de ella me libera”. Algunas (¡¿todas?!) religiones parecen no tener un buen concepto de dios.

[4] En los años sesenta en muchos estados de Estados Unidos era un requerimiento habitual. En la Argentina hasta los ochenta ni siquieraexistía.

[5] Sobre el “acaso” véase Hugo Dvoskin, en De la obsesión al deseo, Letra Viva, p 68.

[6] Dvoskin, H. “Hable con ella”, en El amor en los tiempos del cólera, Letra Viva, p. 55.


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