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Luciferina, un análisis arquetípico

16/04/2018- Por Antonio Las Heras - Realizar Consulta

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Luciferina (película argentina, 2018, con guion y dirección de Gonzalo Calzada) muestra cómo la encarnadura de los arquetipos puede producirse en cualquier ser humano, indistintamente que sea varón o mujer y que, muy probablemente, estos han de encarnarse de acuerdo a los condicionamientos psicosociales -socioculturales- según lo sean en cada época y lugar.

 

 

 

       

 

 

Ficha técnica y artística

 

Título: Luciferina

Dirección: Gonzalo Calzada

País: Argentina

Año: 2018

Género: Terror

Ayudante de Dirección: Constanza Buchanan

Producción: Esteban Mentasti, Hori Mentasti, Alejandro Narváez

Guion: Gonzalo Calzada

Fotografía: Claudio Beiza

Efectos especiales: Diego Gardeñes

Protagonista: Malena Sánchez

Duración: 114 minutos

 

 

  Luciferina (película argentina, 2018, con guion y dirección de Gonzalo Calzada) muestra cómo la encarnadura de los arquetipos puede producirse en cualquier ser humano, indistintamente que sea varón o mujer y que, muy probablemente, estos han de encarnarse de acuerdo a los condicionamientos psicosociales -socioculturales- según lo sean en cada época y lugar. Lo cual así hubo de ser anunciado por Carl G. Jung en sus escritos.

 

  Frecuente error escuchar decir –o leer– “los arquetipos moran en el inconsciente colectivo.” El Sabio Suizo dejó bien esclarecido que, en todo caso, lo descripto como inconsciente colectivo es una trama de estructuras cuya manifestación sólo ha de tener lugar las relaciones interpersonales.

 

  Esta película refiere a lo precedente en casi todas sus escenas. Empero hay una en particular que lo sintetiza todo. El momento del exorcismo. Porque si hay algo que se acentuó al respecto en el imaginario popular cristiano, ya desde la Edad Media, es que en todo exorcismo participan tres personas: la muchacha poseída por el Maligno, el sacerdote y un asistente que suele ser un joven seminarista o un monaguillo que lo ayuda en misa.

 

  Dos varones que asumen la representación del Bien y una joven dama sometida por el Mal que ha ingresado en ella (detalle no menor si ha de ser leído simbólicamente) y a la que no abandonará sin presentar severa batalla.

 

  En Luciferina, por primera vez, la escena se trastoca. El poseso es un muchacho. Es quien ha sido penetrado por el Maligno. El exorcista una anciana monja. El asistente una joven mujer que había ingresado a un convento.  

 

 

 Dejando a un lado los resultados alcanzados en ese procedimiento –que hacen al desarrollo del guion– lo importante es que subrayemos que las encarnaduras arquetípicas lo han sido cambiando lo que en cuanto al lugar del varón y la mujer lo fueron durante siglos. Extraordinaria visión de los autores como alegoría de los tiempos actuales.

 

  Agreguemos más detalles. Los acontecimientos ocurren en un sitio del Delta Bonaerense. No podría haber sido mejor elegido el lugar para brindar la sensación de que cuanto sucede parece tener lugar en el marco de lo inconsciente.

 

  Entre arroyos, restos de casas descalabradas, abandonadas, cañaverales, espacios boscosos y soledades que parecen infinitas, son las imágenes. Para acentuar tales sensaciones, los protagonistas –cuatro jóvenes, dos varones, dos mujeres– son convocados a una sesión de consumo de ayaguasca, a cargo de un hombre con todas las características del Arquetipo del Anciano Sabio.

 

  Lo que ocurra a continuación hará muy difícil al espectador determinar si tiene lugar en la realidad conciente y el mundo externo o está pasando en el universo intrapsíquico.

 

  Antes se han visto cosas de interés para nuestro análisis. Allí está, por ejemplo, la muchacha que para poner las cosas en su lugar durante unos hechos de violencia, sorprende a los otros extrayendo un revolver de su cartera. Ella es quien luce algunos de esos elementos esenciales que convocan al Arquetipo del Héroe, siempre encarnado por los varones en mitos y leyendas.

 

  Ella no sólo es quien esgrime el arma de fuego provocando el orden –aplica su normativa– sino que es quien “ha previsto lo que podría suceder” y por ello llega armada al sitio. Anticiparse, a través del ejercicio del razonamiento, a las calamidades futuras para así evitarlas es condición del Arquetipo del Héroe. El rol proactivo. La no pasividad.

 

  La pasividad hasta casi la sumisión, cierta ingenuidad manifiesta en varios acontecimientos, comportamientos estos se dan en los varones. Dejan que ellas sean quienes decidan y guíen. Uno de los dos jóvenes –violento, caprichoso, llamando la atención siempre– encarna al Arquetipo del Niño Eterno. Bastará que ella exhiba el arma para que huya no sin gritar algunos insultos.

 

  A pocos minutos de iniciado el film, el espectador conocedor de simbologías comprende que de lo que aquí se trata es del “viaje iniciático” –transformador, transmutador, aquel que permite el encuentro con las esencias de uno mismo– que han decidido emprender –sin ser concientes de ello, como suele suceder habitualmente– estos cuatro jóvenes, se diría adolescentes.

 

  Por eso hay un abandonar las casas familiares, un viaje en lancha –atravesar las aguas, símbolo que ya aparece en el varias veces milenario I Ching– hasta arribar al lugar –en este caso una isla en el Delta– donde habrán de enfrentar singulares dificultades –algunas de las cuales podrán ser mortales– que para el caso de superarlas todas, les permitirán aquello que sentenció Píndaro (517 a.J; Tebas; Egipto / 438 a. J., Argos, Grecia): “Conviértete en el que eres.” 

 

  Obvio que, para conseguir este fruto, primero hay que asumir la responsabilidad de comprender quién es uno mismo. En este derrotero, mitos y leyendas de todos los tiempos y lugares, transmiten que muchos perdieron la vida en el intento. Nunca lo lograron.

 

  En la historia de la que nos estamos ocupando tampoco algunos conseguirán este hallazgo clave para la vida humana. Todos morirán… menos Natalia, aquella joven virgen de 19 años que aparece recluida en el convento al iniciar el film.

 

  Ella descubrirá (sacará los cobertores que mantenían los secretos) cuál es su verdadero nombre. Su nombre propio. Ella encarna, ahora, el arquetipo de quien tiene luz propia, no reflejada. Ella es quien no habrá de seguir las normas impuestas. Ni las leyes del padre, ni de su continuidad que son las normas legales y sociales. Tal como decidió hacer el Ángel Caído. Ella encarna hoy lo que en tiempos bíblicos protagonizó Lucifer.

 

  Por eso esa joven –ahora una auténtica iniciada, las últimas escenas lo muestran claro– es ya una auténtica mujer. Y su nombre propio es… Luciferina.


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