» Cine y Psicoanálisis

Match Point

03/06/2010- Por Hugo Dvoskin - Realizar Consulta

Imprimir Imprimir    Tamaño texto:

El anillo gira en el aire, la respiración se detiene. Está por definirse la suerte, supone el público. El anillo, metáfora de la pelotita de tenis, golpea en la baranda que hace de red, no va al agua y cae del lado del asesino. En un crimen simple, sostenido en la impunidad y con pocos errores, dios ha hecho su jugada y esta vez habrá justicia. Es ese mismo anillo el que dios habrá de poner en manos de otro asesino quien, con la prueba en el bolsillo, cargará con los crímen es y se transformará en el definitivo salvoconducto de nuestro héroe tenista. Un círculo perfecto se ha cerrado. Nos toca a nosotros buscar las fisuras, dar las vueltas necesarias para que el círculo no sea redondo.

 

Ficha técnica y artística

Dirección y Guión: Woody Allen

Año: 2006

Origen: Inglaterra

Duración: 124 minutos

Intérpretes: Jonathan Rhys Meyers (Chris Wilton), Matthew Goode (Tom Hewett), Emily Mortimer (Chloe Hewett), Scarlett Johansson (Nola Rice), Brian Cox (Alec Hewett).

Estreno en Buenos Aires: 9 de marzo de 2006

 

 

“La moneda cayó del lado de la soledad”

Andrés Calamaro.

 

El anillo gira en el aire, la respiración se detiene. Está por definirse la suerte, supone el público. El anillo, metáfora de la pelotita de tenis, golpea en la baranda que hace de red, no va al agua y cae del lado del asesino. En un crimen simple, sostenido en la impunidad y con pocos errores, dios ha hecho su jugada y esta vez habrá justicia. Es ese mismo anillo el que dios habrá de poner en manos de otro asesino quien, con la prueba en el bolsillo, cargará con los crímenes y se transformará en el definitivo salvoconducto de nuestro héroe tenista. Un círculo perfecto se ha cerrado. Nos toca a nosotros buscar las fisuras, dar las vueltas necesarias para que el círculo no sea redondo.[1]

 

Él, el tenista

Sin poseer la maldad que caracteriza a Yago y a otros personajes shakesperianos, comparte con aquel el sentido del oportunismo que le permite ir rectificando los movimientos que va dando. Si Yago apuesta a ser creíble, el tenista juega a no ser groseramente ambicioso. Una ambición de perfil adecuado para que crean que quiere salir de su condición de pobre irlandés pero siempre dentro de los cánones de quien se sabe menos, de quien está y estará por debajo. Un deseo que supone también el trabajo de la sumisión, un deseo por el cual el sujeto está dispuesto a pagar el costo. No se trata simplemente de ser un psicópata en el sentido de decir al otro lo que quiere escuchar. Se trata de tomarse el trabajo de aprenderlo, de leer a Dostoievski,[2] de saber de óperas, de soportar algunos espectáculos sofisticados y prepararse para los negocios. En lo que hace a la vista de Tower Bridge desde el departamento y las alturas, eso, a todos nos gusta. Aunque, ya lo decimos, él no deja de tenerles un poco de miedo. No debemos olvidar en ningún momento que él es alguien de abajo, lo cual será no sin consecuencias en sus relaciones con Chloe y con Nola.

En principio, el plan está ajustado y se adecua a los personajes del court. El ex gran tenista ha jugado con algunos conocidos, es bien parecido y se acerca a los hombres de la aristocracia inglesa para encontrar la posición de ladero. Los resultados son mejores de lo previsto. Una familia aristócrata lo recibe rápidamente. A los prejuicios “progre” que podrían surgir de cierto rechazo de la madre hacia ella, la fracasada actriz, diremos con la intención de cortarlos de cuajo, que, al contrario, sorprende incluso que le den la posibilidad de entrar y que las condiciones queden bien establecidas. Aceptamos a quienes no son de los nuestros si tienen la voluntad y la ambición de entrar, pertenecer y permanecer. Las tortillas se hacen con huevos aunque caigan pesadas y para algunas cenas hay que saber comer caviar aunque no sea del todo de nuestro agrado. Se les da, a los de afuera, la posibilidad de ser casi como ellos si hacen el trabajo. Aunque ese modo de decirlo pueda resultar desagradable, también cabe subrayar que no es poco para ese grupo. Es cierto que en el caso de la hija estén probablemente preocupados por el anterior novio –un hombre de la noche-, por el reloj biológico y la demanda de nietos. Pero no es menos cierto que el irlandés y la norteamericana pueblerina son recibidos y participan sin protocolos de la vida familiar. El padre incluso sitúa que alcanza con que Chris la haga feliz y le propone que haga como que hace; si hace, mejor. El padre no se comporta como un rico, no muestra desprecio, está sobre todo tomado por su condición de padre de esa hija y es más bien paternalista. Ellos, el tenista y el padre, hablan a través de esa hija que hace de traeveidiles entre ellos. Cuando el tenista le habla a ella, le envía un mensaje al padre. Cuando la hija lo transmita quedará a la expectativa de lo que luego tendrá que decirle a Chris, retransmitirá el mensaje del padre. En algún sentido la vida del tenista quedará signada por este entramado, estará a la expectativa de cómo comportarse para poder permanecer en ese mundo del que siempre será inquilino, en el que nunca será uno de ellos, como se subraya en la escena final. Soledad que no debe cargarse con exclusividad a la cuenta del delito, pues su pecado es su ambición de estar allí, entre ellos. Quizás invirtiendo las flechas de Crimen y castigo, el castigo sea haber cometido ese crimen, el precio que paga por un deseo que lo excede, por una pretensión que está en los bordes de sus posibilidades.

Podríamos situar un personaje menor de la película en sus antípodas. Nos referimos a quien está arreglando el portero eléctrico una vez que ella se ha ido de la casa. Cuando le preguntan si tiene algún dato de a dónde habría podido ir ella, él responde con humildad que obviamente a él no se lo han dicho. Tiene perfectamente claro en qué ligas juega y se sustrae totalmente de la posibilidad de estar en ese circuito. Chris no tiene tan claro a qué mundo pertenece y la soledad con la que se encuentra al final podría decirse que se anticipa en esa escena en la que él da por obvio que a él si le avisarían.

Desde el comienzo, el encuentro con Chloe, la hermana de Tom, resulta prometedor. Se abre un futuro esperanzador, entre museos y óperas, entre grandes negocios e inversiones. Él sabe que lo más importante del plan es no variar la táctica, el plan puede cambiar. Y la táctica es nunca mostrarse excesivamente interesado, dispuesto a progresar y recibir con agradecimiento. En ese oportuno momento, oportuno también por las oportunidades que ofrece, aparecen los devastadores labios de Nola. Ante ellos no habrá cálculos. Antes que los planes comiencen a marchar ya se encuentran entorpecidos. Se trata de lo que ella causa -y ella lo sabe- y de lo que él sabe que no puede evitar que le pase. Él, que conoce ese lugar de ser causa de ellas, se encuentra con Nola que ha desencadenado, sin proponérselo, amores impetuosos, misiles por parte del hermano y producirá imprudentes aproximaciones de parte de él. En varios sentidos le ha pasado lo mismo que a Humphrey Bogart en Casablanca por efecto de su encuentro con Ingrid Bergman. La escena ha dejado de girar entorno a él, para girar en torno a ella. Inadvertidos, personajes y espectadores, confunden pulsión con amor, desesperación con cariño, compulsión con deseo y quieren que el amor entre Nola y el tenista triunfe porque le atribuyen la virtuosidad de la pasión.

Se tiende a pensar cierta ruptura entre ideales y deseo. Aquí la conveniencia coincide con el deseo y allí se dificultan las lecturas. Porque al lector la conveniencia siempre le resulta antipática. La oposición es entre el deseo por un lado, y la pasión, la lujuria y ese poco de goce demás que el aparato exige, por el otro. Lo que el deseo en este caso impone como forma de pago no son los ideales sino ese goce. No es habitual situar el deseo del lado de lo cómodo. El deseo de él no lo lleva a dejar todo ni a vivir en condiciones extremas. O si se quiere sí, en las extremas condiciones que propone e impone la alta sociedad inglesa. De todos modos, en este caso su deseo lo llevará al crimen y la incomodidad se habrá impuesto. Ha matado no por pasión sino por deseo, y con cálculo. Un clásico homicidio simple, premeditado sin atenuantes.

La suposición del deseo de dificultad genera cierta apología del malestar. Esto no significa que se resuelva la imposibilidad estructural de que los ideales se adecuen a la vida erótica. De hecho para el tenista en el lugar donde el deseo se articula, la degradación se le hace muy dificultosa y le resulta complejo colocar a quien será su esposa en el lugar de objeto.

Retomemos nuevamente aquí el sueño de “¡Padre!, ¿acaso nos ves que ardo?” y pensarlo en este caso. Nuestra suposición sobre el sueño es que es el soñante quien se dirige a su propio padre. Le muestra y le reclama no haber sido subjetivamente preparado para una instancia de tanta gravedad como es la muerte de un hijo y por eso arde, arde por dentro. Texto, el del sueño, que en última instancia remite a los últimos momentos de Jesucristo en las alturas de la cruz cuando interroga: “Padre, ¿por qué me has abandonado?”. Es que un padre acompaña sólo hasta las puertas del sufrimiento o de la gloria más intensa… los últimos pasos el sujeto los dará irremediablemente solo. A nuestro protagonista podríamos atribuirle la misma frase pero temblando: “¡Padre!, ¿acaso no ves que tiemblo?” A él, hace tiempo que su austero y eclesiástico padre lo ha dejado a su suerte. Podría conjeturarse que su ambición no coincide con el padre que tuvo. El padre de su mujer viene a suplir aquello que justamente le faltó en el tenis, alguien que lo apadrinara.

 

Ella y nuestra hipótesis

Si bien es cierto que el Otro no existe, no es menos cierto que el otro, y en este caso, la otra, sí existen. Y esta película da testimonio de eso.

Ubicada frente a la mesa de ping-pong se hace evidente que esta mujer tiene con qué ganar el partido y un lugar en la vida de los hombres. ¿También dentro de la aristocracia inglesa? Ella supone que alcanza con mantener algunas formas. No considera necesario dejar su por ahora inexistente vida actoral, ni tampoco hacer un poco de teatro frente a los que nunca serán sus suegros. Con la sensualidad que conmociona a los hombres, se deja seducir sin apuro por los regalos. Se mantiene a prudente distancia de su “concuñado” y no vacila en calificar el encuentro que han tenido como un episodio que conjuga a la vez que ha sido puntualmente deseado y que es una alternativa insostenible. Su encuentro exhibicionista con su novio a los ojos del cuñado son suficientes para que éste sepa que las cosas se han ordenado. Ella se calienta con otro, él no es infalible, los labios se muestran pero no son a él a quien llaman, entonces se casa con Chloe. De hecho, esas escenas guardan contigüidad en la película. Sensualmente ella ha hecho la tarea, mantiene caliente al novio y ha alejado el peligro del cuñado. No mide que las distancias con Tom no son menores. No ha hecho el otro trabajo, limitar sus pedidos a la espera de que lleguen, incluso ya le ha puesto nombre al auto que pretende. Fundamentalmente no ha logrado despejar la presión que la madre de Tom supone. Después de tantos regalos en el comienzo que sirvieron para seducirla, se irá de esa relación sin boda, con un aborto, sin ningún contacto laboral, no ha logrado siquiera que la familia de Tom le arme una audición que hasta en la prolija Inglaterra no debe ser imposible. Su paso por la oligarquía inglesa ha sido con pena y sin glorias. Nos enteramos además de que no es primer aborto. Ya otro hombre anteriormente tampoco ha querido tener hijos con ella. La mujer que tanto causa, no causa para madre. Para felices madres están las otras.

O no ha cedido lo que tenía que ceder, o no ha sostenido lo que tenía que sostener. No supo hacer valer la locura que genera. Ella, que es el azar de la película, el accidente con el que se puede encontrar un hombre, por quien los hombres pierdan el control, no sabe ser sujeto de ese azar.[3] Nuestra ganadora de ping-pong ha resultado una gran looser.

Sin embargo, que el aristócrata inglés la haya dejado de patitas en la calle podría estar de algún modo en los cálculos posibles. Ahora, que un pedante irlandés, sin estudios, sin familia ni pedigrée, la abandone a su suerte es demasiado. En este caso se trata de una contienda entre iguales, entre el irlandés recién llegado y la americana pueblerina. Ella le advierte que si habla de separarse de su mujer para estar con ella debe hacerlo seriamente. Pero el tenista es serio para el negocio aunque el escote lo distraiga, tiene planes y proyectos de inversiones, aunque también disponga de algunas monedas de esas que se tienen para invertir en alguna acción de la bolsa –Nola- que pueda dar grandes dividendos pero que de la que más temprano que tarde habrá que desprenderse.

El movimiento de caderas enceguece a nuestro ex-deportista. Comete errores, se desespera, tiene sexo sin preservativos los días que no debe, su teléfono celular no para de sonar en los momentos menos oportunos, dice lo que no debe, promete para garantizar pero pone en riesgos los negocios, miente con la llamada de la secretaria y se expone. El azar que le jugó a favor para encontrarse en la calle, le juega en contra y se produce un nuevo encuentro; las mentiras se evidencian. Un conocido lo ve en el lugar no indicado. Demasiados azares para una película, pero esa es la hipótesis de la película. La vida se trata de eso. Por eso en cada día y en cada partido de tenis, se juega la posibilidad de que haya lugar a la baja probabilidad.

Imprudentemente sigue avanzando hacia donde no quiere, compulsivo. Nola se cansa de creerle pero además está aburrida de salir derrotada de su encuentro con los hombres. La revancha que jamás podría tomarse con los refinados ingleses es hora de que la pague el irlandés. Que él no se quede con todo, con ella y con la otra, con los negocios y el sexo, con la sensualidad y la ternura, que él siga sumando, mientras ella resta. Hora de patear el tablero. Aprovechará la impulsividad de él para implicarlo en un embarazo y engancharlo forzadamente. Lo que ella no soporta de él es que además de quedarse con todo, él -a quien ella considera un igual- pretenda mentirle como seguramente ya lo ha hecho Tom cuando ella, embarazada, aceptó aborto por futuro. Con delicadeza, Woody Allen arma un pequeño culebrón venezolano y a nuestro gusto ella inventa un embarazo para que él se vea obligado a tomar decisiones, a hablar y a separarse. Luego, si el embarazo se pierde, el golpe ya está dado y en todo caso es la relación entre ellos la que ha salido a la luz.

Debemos fundar nuestra audaz hipótesis. Tres puntos la avalan. El primero podría considerarse débil pero los otros dos no lo son. El primero. Ella cuenta el embarazo al notar que cuando ella está angustiada y quiere hablar, él se desembaraza de ella con argumentos irritantes mientras goza de las cenas de familia de las que ella ha quedado excluida. Se lo cuenta entonces, tras algunas descortesías de él al no responder en tiempo y forma a los llamados de ella, tal como había prometido. Podría decirse que está desesperada porque está embarazada y él no responde, también podría decirse que es porque no responde que ella le “clava” un embarazo para que se vea obligado a responder. Aceptemos que este argumento carece de pruebas. El segundo. La policía luego del homicidio necesariamente ha realizado una autopsia en el cual tendría que haber aparecido el embarazo. Es más, necesariamente tendría que haber sido resaltado durante el interrogatorio porque es un argumento altamente incriminatorio contra el tenista: a la oportunidad se le agrega el motivo. El tercero. A mi gusto el más convincente por no decir determinante. La policía tiene en sus manos el diario que ella llevaba de la relación. Las últimas tres semanas, al menos, deberían estar atravesadas por el tema del embarazo. La policía lo ha leído y en él deberían haber aparecido incluso las dificultades y las perspectivas que se abrían por ese motivo. Ese embarazo era lo que había desbalanceado el equilibrio anterior. Si bien es difícil que el embarazo no aparezca en la autopsia, incluso es improbable que la mentira no estuviera en el diario, pero es imposible que no haya hecho mención alguna sobre un embarazo en curso.

El azar ha hecho de las suyas. Otra vez gana la injusticia, el crimen queda impune. El comediante Woody Allen se inscribe como un clásico de la tragedia y los protagonistas pagan, cada uno a su modo, sus propios déficits. El tenista con la soledad, Nola con la vida.



[1] Véase “Antes de la lluvia, una historia borgeana”, texto a ser publicado en Cine, ética y psicoanálisis. Puede leerse en www.elsigma.com.

[2] La película comienza con dos referencias a Dostoievski: el libro que él esta leyendo -Crimen y castigo- y más adelante, la conversación con el suegro. La trama del texto, el dinero y el título mismo no son ajenas a la película y formarán parte de nuestras conjeturas.

 

[3] Ese lugar de causa es también el lugar en que los analistas muchas veces no saben cobrar. Al momento de poner las propias condiciones, al tener que sostener el valor que un tratamiento tiene.


© elSigma.com - Todos los derechos reservados


Recibí los newsletters de elSigma

Completá este formulario

Actividades Destacadas


Del mismo autor

» Con el b(l)anco en la mira. Un amor en ritmo de “Los Chunguitos”. Acerca del film “De prisa de prisa”
» El momento de decidir. Acerca del film XXY
» Madre, contigo no puedo
» Padre, ¿y si fuera yo el que te abandonara? Acerca de Manchester by the sea
» Los mismos distintos lugares. Acerca de Antes no, ahora sí
» Una travesía por la ética nazi. Acerca del film "La llave de Sarah"
» Sin justicia. Acerca de “La patota”
» Ida… y vuelta
» Inimaginables “horizontes” en la dirección de nuestra praxis. Las manzanas de Adam. Acerca del film Adams æbler
» ¿Quién asegura que llegue? Acerca de Norberto apenas tarde
» Flores Bastardas. Violette
» Un artista en el campo de concentración. Acerca de Los falsificadores
» Una historia costumbrista. Acerca de El capital humano
» Lo que el mayordomo nos enseña
» Atrapado en la burbuja. Sin retorno
» Nunca llegué a Baviera. Hiroshima, mon amour
» Sin contemplaciones. Sonríe: la heroína y la tv te aman. Acerca de Réquiem para un sueño
» Solas. Acerca de Sonata otoñal.
» Hamlet, aprendiz de detective IV
» Hamlet, aprendiz de detective III
» Hamlet, aprendiz de detective II
» Kramer y Kramer, Joanna versus Ted
» Hamlet, aprendiz de detective
» Entre nosotros
» La separación
» Pie de página *
» La doble hora no es la hora del crimen
» La cuestión humana
» Zelig
» Martes después de Navidad
» Cooperativa Corleone. El Padrino
» Miradas. El secreto de sus ojos
» Buena vida, delivery
» Hace mucho que te quiero
» Mientras estés conmigo
» Rey Lear y Ricardo III. “No ser lo que no se es” y “él es el que es”[1]
» Siendo lo que no se es, no siendo lo que se es. Macbeth y Otelo
» Frankenstein, hacerse cargo
» La vida de los otros o el último comunista
» Casablanca, Ilse, Rick y Laszlo, una cita en el aeropuerto
» Hable con ella
» Mar adentro
» Atando cabos
» El maldito policía
» La celebración
» Cartas de París
» Adiós a Las Vegas
» Construcciones: una versión abarcativa del concepto
» Babel: en los bordes. Cine, segregación y psicoanálisis. Lo que el psicoanálisis no termina de enseñarnos
» Hermanos
» Contra la pared
» Los puentes de Madison
» Así es la vida, de Ripstein, en su encuentro con Medea
» Amores, perros
» La pulsión: un concepto auxiliar e imprescindible
» Terminator
» Las Horas

Búsquedas relacionadas

No hay búsquedas relacionadas.