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Ojos de tigre: felicidad fuadiana12/03/2007- Por Astrid Álvarez de la Roche - Realizar Consulta
El detalle en común entre ambas películas está dado por un encuentro, no un desencuentro. Parece contradicho, no es así. Justamente, vale decirlo, es por la existencia de este malentendido, consecuencia de lo innegociable que implica lo real, que se hacen posibles nuevos juegos y combinatorias significantes de tal magnitud que resultan salidos del modo usual y acomodado en que el sujeto se habitúa al sufrimiento, usando el mismo lenguaje.
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BABEL
Ficha técnica y artística
Dirección: Alejandro González Iñárritu.
País: USA.
Año: 2006.
Duración: 143 min.
Género: Drama.
Interpretación: Brad Pitt (Richard), Cate Blanchett (Susan), Gael García Bernal (Santiago), Elle Fanning (Debbie), Kôji Yakusho (Yasujiro), Rinko Kikuchi (Chieko), Adriana Barraza (Amelia), Nathan Gamble (Mike), Mohamed Akhzam (Anwar), Peter Wight (Tom), Harriet Walter (Lilly), Trevor Martin (Douglas), Mónica del Carmen (Lucía).
Guión: Guillermo Arriaga; basado en un argumento de Guillermo Arriaga y Alejandro González Iñárritu.
Producción: Alejandro González Iñárritu, Jon Kilik y Steve Golin.
Música: Gustavo Santaolalla.
Fotografía: Rodrigo Prieto.
Montaje: Stephen Mirrione y Douglas Crise.
Diseño de producción: Brigitte Broch.
Vestuario: Michael Wilkinson.
Estreno en USA: 27 Octubre 2006.
EL TIGRE Y LA NIEVE
Ficha técnica y artística
Dirección: Roberto Benigni.
País: Italia.
Año: 2005.
Duración: 114 min.
Género: Comedia dramática.
Interpretación: Roberto Benigni (Attilio de Giovanni), Nicoleta Braschi (Vittoria), Jean Reno (Fuad), Tom Waits (él mismo), Emilia Fox (Nancy), Gianfranco Varetto, Giuseppe Battiston (Ermanno), Lucia Poli (Sra. Serao), Chiara Pirri (Emilia), Anna Pirri (Rosa), Andrea Renzi (Doctor Guazzelli).
Guión: Roberto Benigni y Vincenzo Cerami.
Producción: Nicoleta Braschi.
Música: Nicola Piovani.
Fotografía: Fabio Cianchetti.
Montaje: Massimo Fiocchi.
Diseño de producción: Maurizio Sabatini.
Vestuario: Louise Stjernsward.
Estreno en Italia: 14 Octubre 2005.
La torre de Babel pareció ser el punto de encuentro esta vez. Mejor dicho, se trata de hacer hoy de Babel, más allá de su uso a lo largo de la historia, un instante para el “buen-entendido”.
¿Qué tenemos? Por un lado, la película de Iñárritu. Por el otro, El Tigre y la Nieve, filme de Benigni. En las dos, un trozo de imposible se hace posible, consiente serlo.
Babel muestra, una vez más, que los peores y más sangrientos conflictos del mundo tienen una absurda raíz de silencio, lugar apalabrado. Sobre esto, surgen trifulcas aireadas y horrorosas que se ejecutan en muchos casos porque el ser humano sella un sentido acelerado a cuestiones que merecen mantenerse en suspenso (ser analizadas) antes de signarse un cierre, un Todo.
Si bien el afán por el sentido puede concebirse como “tendencia” del sujeto, es a la vez una apresurada respuesta ante la angustia que ciertos eventos abren para alguien. A veces la solución tranquiliza, en otras el problema se vuelve cada vez peor.
“¿Qué quiere ese que dispara a un bus de turistas que transita por una desértica y solitaria carretera de Marruecos?” Comienza la sarta de respuestas, de toda clase, tono, sabor y olor. Unas más complicadas que otras, fantasmas, fantasías, como quieran.
Al final, no era más que un adolescente precoz, que con su sexualidad exacerbada se empecina en hacerse hombre antes de su tiempo. Lo anterior es evidente, no sólo por la manera como se relaciona con su padre y su hermano mayor, sino en el modo en que responde a las autoridades que lo interrogan. Reta, pone a prueba, llama un límite todo el tiempo.
Sin embargo, no sabe encontrarse con el Otro en el sentido de hacerse a una ley no amañada. Entonces, vemos a su padre confabulado con la ilegalidad, la cual resulta encarnada en un mercadeo escondido de armas. El rifle (o escopeta) es además un sustituto fallido de lo que el padre no logra transmitir: un saber hacer con la dificultad de la tarea diaria, que en ellos es la labor de pastoreo.
Así, es claro cuando esta falla paterna se verifica en el desorden sexual familiar, y en un modo de goce particularmente inscrito: falla la prohibición a la hija desnuda de exponerse frente al ojo afinado del “hermanito” que espía por la rendija en la pared; se pone en juego una “habilidad óptica” en un ojo usado para apuntar a través del orificio del arma, con lo que da en el blanco cuello de la turista americana. Con esto, se trata del acto de un adolescente, no más que un “menor de edad”, cuyas acciones distan de ser banales. No hay que confundir.
Este disparo, dispara (literalmente) más que una bala. Podemos decir que es a partir de allí que se desatan los efectos más visibles de Babel (confusión, caos, maraña), aquellos que en el fondo son derivados del malentendido primero de la humanidad.
Entonces, es por el carácter estructural que las condiciones para cada uno de los sujetos implicados ya estaban dadas. De hecho, porque hay lenguaje, hay complicación. Por eso el sufrimiento, la tontería (sinrazón) de los personajes, la terquedad, esa dificultad para entender y hacerse entender. Demasiado protagonismo, demasiado bla, bla, bla.
En consecuencia, en el instante en que el sujeto asume su responsabilidad en cuanto al hecho del que se queja y sufre, se percibe tranquilidad. Es la vida, excesos anudados a lineamientos, bordes éticos.
En El Tigre y la Nieve tenemos a Attilio y Vittoria, los poetas que quisieran ser pareja y cuya unión final nunca acontece. Esto ni siquiera en sueños, por simbólicos y “freudianos” que se quisieran. Justamente, no por aparecer un canguro en vez de la amada, la teoría del sueño como realización de deseos placenteros logra sostenerse.
Más bien, lo que extraemos de la película es que hay cosas del amor, y que esta realidad construida está hecha de combinaciones y tejidos del mismo material de aquellos lazos y discursos sociales. Aún, surge allí un evento imposible de ser representado, y que no cesa de no ser cubierto por cierta magia simbólica: la muerte. Entonces, entendemos por qué ese amigo escritor, Fuad, se presenta así, colgado. Aparece un “negro”, pantalla vacía: el trauma como aquel real, imposible de ser reparado. Es, este sí, el detalle en que el inconsciente se revela, no como sentidos que se sustituyen, en cadena infinita de simbolismos por descifrar. Acá no se descifra nada. Está el sujeto en su más pura indefención. Por eso, aún siendo poeta (o justamente por serlo), aún siendo italiano, Attilio cae en el hueco, como cualquier prisionero de guerra, en manos del ejército al mando. Paradójicamente es el timbre de su celular el que da el aviso… ¡gadgets! En este contexto, el punto de goce –sorpresa- puede decirse fuadiano.
Debo recordar que había comenzado este escrito diciendo que el detalle en común entre las películas estaba dado por un encuentro, no un desencuentro. Parece contradicho, no es así.
Justamente, vale decirlo, es por la existencia de este malentendido, consecuencia de lo innegociable que implica lo real, que se hacen posibles nuevos juegos y combinatorias significantes de tal magnitud que resultan salidos del modo usual y acomodado en que el sujeto se habitúa al sufrimiento, usando el mismo lenguaje.
Por eso se piensa al poeta, que lo es por “trasgresor”, en reclusión o alejado de privilegios. En cierto modo, igual que el padre del joven marroquí, o la niñera mexicana. Entonces, ¿poetas o criminales?
Acá ubicamos un amarre, una solución vaciada de goce, que como la pulsión desde su función de síntoma (para el psicoanálisis), hace puente entre el sujeto y lo social (Otro). Se trata de la felicidad fuadiana. Su base es una suerte de saber sobre el trauma, el de cada quien, y sobre el que se apoyarían eventos traumáticos.
Esta felicidad fuadiana tiene como ejemplo la escena de El tigre en la nieve, su mirada; o la del final de Babel (2), en la que el padre (Yasujiro) encuentra a su hija adolescente (Chieko) de pie, desnuda, recostada en las barandas del balcón de aquel gigante rascacielos de Tokio. Allí el padre toma la mano de su hija y la abraza. La desolación, luego del repetido encuentro con un lugar de desecho bastante problemático para ella, parece ceder por un instante, hay Otro. Esto parece abrir una puerta a la búsqueda de otra cosa, en el acceso al hombre pero más allá de él, sabiendo que su estado de mudez y sordera son límites claros, franqueables cuanto más dejen de estar al servicio de una posición de objeto-víctima.
¿Dónde está el amor, dónde la tranquilidad, dónde la salida al dolor humano? Ciertamente no de manera exclusiva, principal y universal en la revelación de hechos concebidos como verdades, tampoco en pruebas técnicas o de verificación científica. A veces ese saber subjetivo, esa verdad de cada quien, sobre un destino trabajado, esa materialidad que en un objeto se ha logrado ceñir, asir, procura los preciosos instantes por los que ha convenido la labor.
“You can never hold back spring…”
Notas
(1) Imagen extraída de http://www.corriere.it/Media/Foto/2005/12_Dicembre/19/TIGRE.jpg
en febrero de 2006.
(2) Se puede ver en http://www.youtube.com/watch?v=CoPbfUyRJII&NR
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