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Relaciones filiales: La casa de Bernarda Alba. Tapiar el amor entre cuatro paredes15/05/2006- Por Mónica Fudin Govednik - Realizar Consulta
“Capaz de sentarse sobre tu corazón y ver cómo te mueres durante un año sin que se le cierre esa sonrisa de la cara...” Así describe García Lorca, a través del personaje de la criada, a la protagonista y personaje principal de esta maravillosa obra que nos da la posibilidad de pensar cuestiones de la relación madre e hija cuando la cosa no viene bien barajada y se enmaraña de tal modo que el odio hace su juego mortífero ensañándose con el amor y la pasión en esta trama familiar.
Ficha técnica y artística
Género: Drama
Nacionalidad: España
Director: Mario Camus
Actores: Ana Belén, Paula Borrell, Enriqueta Carballeira, Florinda Chico, Rosario García Ortega, Irene Gutiérrez Caba, Mercedes Lezcano, Aurora Pastor, Victoria Peña, Pilar Puchol, Álvaro
Quiroga, Ana María Ventura
Productor: Jaime Borrell, José Miguel Juárez, Antonio Oliver
Guión: Mario Camus, Antonio Larreta
“...capaz de sentarse
sobre tu corazón y ver cómo te mueres durante un año sin que se le cierre esa
sonrisa de la cara...”
García Lorca – La Casa de Bernarda Alba
Así describe García
Lorca, a través del personaje de la criada, a la protagonista y personaje
principal de esta maravillosa obra que nos da la posibilidad de pensar
cuestiones de la relación madre e hija cuando la cosa no viene bien barajada y
se enmaraña de tal modo que el odio hace su juego mortífero ensañándose con el
amor y la pasión en esta trama familiar.
La época en que Freud realiza sus investigaciones
está ubicada en el ombligo de la Europa reformista, mientras que García Lorca
escribe desde un pequeño pueblo de España “que ni siquiera río tiene...”.
Vecinos temporales de una sociedad victoriana decadente subsumida por un
imperio romano de fe, ignorancia y opresión, cada uno describe lo suyo.
La trama
Bernarda es una viuda
reciente a la que le queda por triste herencia sólo hijas mujeres, en una casa
habitada por su madre dementizada, una criada de toda la vida, Poncia, y una
empleada doméstica. La hija de su primer matrimonio, Angustias, es prometida en
matrimonio a Pepe, el Romano, un hombre fantasma que se allega a ésta en función
de su herencia, pero que la visita nocturna la realiza subrepticiamente a
Adela, la más joven de las hermanas, quien no escatima a la hora de provocarlo
y seducirlo.
A la muerte de este segundo marido,
con quien ha tenido tres hijas más, Bernarda impone un riguroso luto. “En ocho años que dure el luto no ha
de entrar el viento de la calle...hacemos cuenta que nos han tapiado con
ladrillos puertas y ventanas...” Luto tan riguroso que ni siquiera podrán salir
de la casa cuatro hijas en edad de merecer. Tapiadas las puertas del corazón,
un infierno se desata dentro de esas cuatro paredes. Cualquier viento avivará
el fuego de las pasiones para quienes deben obedecer el mandato de cancelar
orificios.
Después de haber negado a Martirio
como prometida de Humanes “por ser ganan” un pobre labriego, Bernarda dice- “...los
pobres son como animales frente a un plato de garbanzos” y compromete a Angustias con Pepe El Romano, personaje que
desencadenará la tragedia a los ojos de Poncia, ya que “tiene herencia, las
otras pan y uva por herencia”. Connotando los vínculos y alianzas
conyugales en su familia, una madre que no da lugar valorizado a un padre queda
englobada y engloba a sus propias hijas en su familia de origen en una posición
narcisista.
Adela no resigna tapiar su pasión y acude a cada
encuentro con Pepe, generándose un clima de intrigas fraternas donde el
sacrificio produce a las víctimas, condenadas a un irresponsable lugar pasivo,
paralizante y objetivante. El acto decidido que se da en Adela dispuesta a
llevar su acción al límite, afrontando las consecuencias del desafío,
intentando fallidamente ser un sujeto responsable, causado por un deseo que la
divide, no toda ofrendada al goce, y sintiendo la posible e inminente pérdida
de Pepe casándose con Angustias, pierde la vida misma: “he visto la muerte
debajo de estos techos y he salido a buscar lo que era mío, lo que me
pertenecía...” El costo es alto pero
no puede dejar de vengarse masoquistamente, recuperando un fuerte goce
infantil. Denuncia inconducente que testimonia el fracaso de los padres.
La criada no deja de advertir a su patrona acerca
de los hechos que se suceden: confrontaciones entre hermanas y entre madre e
hijas y las consecuencias de una disciplina tan rígida. Bernarda con
obstinación y arbitrariedad rechaza todas las críticas ubicándola en lo que
considera su lugar “de confianza no, me sirves y te pago...” La criada intenta
demostrar que las hijas “no son malas, solo son mujeres sin hombres”. Sin
embargo tropieza con la renegación de Bernarda que enfatiza el “no
necesitan novios”.
La renegación de la
función paterna suele conducir a la perversión, así como la represión a la
neurosis, donde no hay posibilidad de maduración y crecimiento sin pasar por la
castración.
Tampoco es escuchada su madre María Josefa, esa
abuela dementizada que vocifera en su “...¡déjenme salir!..” el anhelo común de
escapar a la reclusión impuesta por ella.
Bion vincula la función materna a la función
continente y tendría su contrapartida en la madre encerrante y asfixiante.
Bernarda Alba, alienada a un sentido coagulado de la feminidad, trayectoria
cultural de la época: “aguja e hilo para las hembras, látigo y mula para el
varón, eso tiene la gente que nace con posibles”, somete a sus hijas a vivir conforme ese sentido sin dar lugar a
lo que cada generación trae y opone a la anterior. Hay algo del orden de la
identificación y de un padre desdibujado que no logra rescatar totalmente a sus
hijas del fondo del espejo, lugar donde la madre proyecta su ideal de hijo. No
hay esta operación que permitiría desplegar la singularidad respondiendo “no
soy eso que tu dices”. Bernarda, madre absoluta y siniestra, exceptuada de la
castración, portadora de un falo imaginario representado en ese bastón que la
sostiene, esgrime contra sus hijas mujeres una dominación que ellas padecen sin
rebelarse abiertamente.
Frente al enigma del goce femenino, ante la
imposibilidad de una respuesta aparece lo insensato, indigno y escandaloso de
ese goce, rechazo de todo lo que simbolice deseo y feminidad. Bernarda exige
para con una apaleada vecina convertida en madre soltera “que maten a una madre
soltera y pongan brasas en el lugar del pecado.” Así el insulto y la injuria
hacen referencia a un hijo que no es el resultado del deseo de una madre, sino
resultado del goce femenino. Si la madre no tiene el deseo de hijo, éste
arriesga su vida.
Hay un plan manifiesto de Bernarda para sus hijas: “se
casarán con alguien que las merezca.” Ellas
prepararan trabajosamente el ajuar de la boda aún cuando han de pasar ocho años
impuestos de duelo antes de poder mirar a un hombre. Esta unión del sexo y el
sufrimiento en el otro desmiente la castración y otorga goce narcisista,
opacando esta pasión por el castigo y la erotización de la transgresión misma.
Bernarda habilita a Angustias, su hija mayor,
proveniente de otro padre y otro linaje, con riqueza, a casarse, pero le elige
al hombre e impone ciertas condiciones para las nupcias. No le permite usar
maquillaje, ni peguntarse acerca de lo que ese hombre siente con respecto a ella. “Cada una sabe lo que piensa por
dentro, yo no me meto en los corazones, pero quiero fachada y armonía familiar”, le responde a Angustias cuando se
pregunta por el deseo del otro. En
la neurosis hay una inmolación “bajo protesta” de los deseos y mandatos coactivos
del otro, desafiándolos ineficazmente con sus conductas sintomáticas.
El
duelo
Tras la muerte de su segundo marido, la casa de
Bernarda se sume en un duelo eterno. El duelo es un proceso consecutivo a la
pérdida de un objeto de fijación y del cual el sujeto logra desprenderse
progresivamente. Este estado de pérdida va acompañado por desamparo y dolor
moral, que acarrea un tono depresivo y requiere un trabajo intrapsíquico[1].
En este trabajo de duelo la libido debe desprenderse de los recuerdos y esperanzas
que la ligaban al objeto desaparecido tras lo cual el yo vuelve a estar libre[2]
Una persona en duelo busca reinstalar en sí misma a sus
sujetos buenos, padres amados, encontrando el ser amado en el interior de sí
mismo y puede soportar la idea de que el ser externo y desaparecido no era
perfecto. “Antonio María
Benavides, ya no me levantarás más las enaguas en la puertas del corral, yo soy
la que más te ha querido de las que te sirvieron...” dice Magdalena, la empleada.
El fracaso de este
trabajo ligado a los estados melancólicos transforma, según M. Klein, “al
muerto en un perseguidor y conmueve la fe del sujeto en sus objetos internos
buenos...” La enseñanza que aporta la melancolía con respecto al trabajo del
duelo, considerado como un dispositivo adecuado para superar las consecuencias
de una pérdida libidinal, depende de los recursos de los que dispone el ideal
del yo y pone al servicio de la sublimación. Si bien el duelo se caracteriza
como la manifestación de un tipo de inercia libidinal, se debe asociar la
remanencia de la experiencia de castración.
El trabajo de duelo tiene por objetivo atenuar el
dolor de la pérdida de un objeto, pero a veces suele fracasar. Especialmente si
quien puede aliviarlo y sostenerlo encarna -como Bernarda- una ley caprichosa,
un Otro gozador.
En el Reverso del Psicoanálisis, clase del 11 de
Marzo de 1970, Lacan dice “...El papel de la madre es el deseo de la madre.
Esto es capital. El deseo de la madre no es algo que pueda soportarse tal cual,
que pueda resultarles indiferente. Siempre produce estragos. Es estar dentro de
la boca del cocodrilo, eso es la madre. No se sabe qué mosca puede llegar a
picarle de repente va y cierra la boca. Eso es el deseo de la madre.”
Exceso de goce desbocado que circulará como un
torbellino. Sus frases cortantes y severas demuestran que para ella no está
permitido que el proceso del duelo se resuelva, se exprese pasando por la
palabra. “¡A sentarse!” “¡A callar!”
“¡No llore!” Su tiranía acentúa el silencio y el dolor que se acrecienta, impidiendo
ligar impresiones traumatizantes, y se
presentifica un super yo
sádico que propicia todo tipo de acting
y pasajes al acto dentro de ese encierro.
Dice Lacan “el dolor es solo presente...”. Colmadas
de rituales y actos compulsivos que afectan la cotidianeidad de estos sujetos,
largas horas rezando rosarios, los ajuares que deben realizar diariamente las
hermanas, permanecerán en los baúles sin la certidumbre de un uso futuro.
Sistemática y lentamente se conduce al confinamiento total “...ocho años de
duelo sin que entre el aire de la calle”.
La falta de interés por el mundo externo que
aparece con la pérdida del objeto, toda una energía acaparada por el dolor y
sus recuerdo hace que esta familia se “mate en vida” en vez de, recordemos
a Freud, “matar al muerto”. “Nos
hundiremos en un mar de luto”, condena Bernarda a un duelo infinito.
Este goce parece enquistarse en un no saber ceder a la desgracia.
Una melancolización que no intenta aliviar el
sufrimiento, un profundo mutismo, un ánimo sombrío va tiñendo todos los
rincones de la casa. Este desaliento actualiza la pulsión de muerte haciéndola
pasar por el pasaje al acto, donde el sujeto se considera culpable de la muerte
ocurrida, o niega o se cree influido por el difunto, mereciendo él mismo ese destino
identificándose con el objeto perdido.
Este pasaje al acto como algo que se ve venir está
puesto en las palabras de Poncia, la vieja criada, que como un oráculo
preanuncia “...aquí va a pasar algo muy grave...”. Así, el error trágico
-presente en toda tragedia- oficia como advertencia del suicidio de Adela como
malentendido con respecto a la muerte de Pepe el Romano, permite la emergencia
de la verdad: el amor y la pasión tejidos entre ellos.
La obsesión y la encarnación de medios represivos
para hacer respetar los ritos funerarios para la elaboración del primer tiempo
del duelo, no aportan nada al segundo donde debería posibilitarse el retiro de
la libido del objeto. Perder en lo simbólico lo que se ha perdido en lo real.
Su madre ha determinado para ellas la posición de deshecho que les dificultará
constituirse en objeto causa de deseo. Aún Adela en su intento de rebeldía se
presenta confirmando el lugar donde la han puesto al aceptar del hombre que
dice amar cualquier lugar que él destine. Su intento fallido, su desesperación la lleva a ofrecerse
sacrificialmente al Dios oscuro, donde prima la alienación y no hay posibilidad
de jugar el deseo, salvo arrojándose de la escena.
Cuando la creencia se hace rígida y no cumple la
función simbólica, dando cierta operatividad imaginaria y producción de otras
significaciones, la creatividad en el interjuego subjetivo e identificatorio
del sujeto, queda atrapado en un sentido cuagulado y preestablecido de un
discurso amo que tiende a la repetición. Dice Martirio “yo veo que todo es una terrible repetición y ella
tiene el mismo signo de su madre y de su abuela.” Así, la acción reemplaza a la palabra y el acting out se rige como modo de darse a ver del sujeto. Con el
suicidio Adela intenta mostrar que prefiere la muerte antes de renegar de su
deseo o vivir sin gozar, marcando así su propia e infortunada diferencia con el
destino prefijado para ella.
Esta fallida liberación imaginaria claudica porque
cae derrotada por la queja, el sufrimiento, la insatisfacción o inhibición. Su
fracaso se convierte en triunfo, ofreciéndose a la mirada castrante, reprobatoria
o complaciente del Otro de manera gozosa. Bernarda hace uso de la renegación
ante el suicidio de Adela “Vestidla como si fuera doncella, ella ha muerto virgen,
nadie dirá nada...” En el dolor hay
vacío que no puede cerrarse y hace borde resistiendo a la palabra nuevamente.
El sacrificio
Estas hijas y
sus empleadas se inmolan “bajo protesta” a los deseos y mandatos coactivos del
Otro, desafiándolos ineficazmente con conductas sintomáticas. Poncia no deja de
mascullar ante los maltratos de Bernarda “...un día me hartaré... y me
encerraré con ella en un cuarto y la estaré escupiendo un año entero por esto y
por lo otro...”.
Angustias, como hija mayor, hija de otro padre
tiene una leve posibilidad de salir de la escena a través del casamiento con
Pepe el Romano, amparada en los designios de Bernarda. Mientras que en su
temporalidad detenida su prometido no deja de enamorar a Adela y a Martirio,
omnipresente objeto de deseo de las hermanas, deseo que hace soportable al
dolor.
La fascinación del sacrificio requiere para su
realización de amos impostores. “Esos dioses oscuros” a cuya convocatoria es
difícil no sucumbir. Relacionado por Lacan
con el deseo del Otro el ¿qué quiere el Otro de mí? El sacrificio es un don
de reconciliación al Otro, ocultando así su falta, su inconsistencia, es una
“garantía de que el Otro existe y puede ser apaciguado por medio del
sacrificio”. La angustia
insoportable no reside entonces en
la percepción de la propia falta sino en la del Otro, ningún sacrificio ha de
colmar, el más extremo de todos, en el cual se ofrece el propio cuerpo
mortificado para saciar la supuesta apetencia deseante del Otro, quien adquiere
así una existencia plena, sin deseo y sin falta. El sacrificio sólo colma al
Otro en el mismo acto en que se despliega al máximo el goce masoquista de la
carne.
Con el suicidio, Adela trata de desprenderse de un
amo, en cualquier forma, “liberarse” al sostener la ilusión de que uno se
desprende del Otro en el mismo acto en que se reafirma la referencia a él. Nada
tranquiliza tanto como un amo a distancia y apaciguado.
Mediante un acto de libertad se obtiene un
renunciamiento y una cancelación a la suposición de la existencia de un Otro
sin barrar. Tolerar la inquietud de la libertad, la castración y perder un amo
siempre dispuesto a retornar y capturarnos a través del sacrificio, no es algo
que puedan permitirse las hijas de Bernarda, quien encuentra en solitarios
actos mortíferos y teñidos de odio, una
forma de abstenerse del sacrificio a un Otro presente que abrocha un sentido y
alguna consistencia subjetiva para ellas.
El sujeto será lo que hace “de sí mismo con lo que
los otros han hecho de él, haciéndole creer mediante el imaginario que se trata
de una libre elección.”
Concluyendo
Si pensamos la función materna del lado del cuidado
y respeto por una legalidad atravesada por una función del padre que haya
operado sobre ella instaurando una falta, esto no se cumple en Bernarda “Entonces
-volvemos a Lacan- traté de explicar que había algo tranquilizador. Les digo
cosas simples, improviso, debo decirlo. Hay un palo de piedra, por supuesto,
que está ahí, que no potencia, en la boca y eso la contiene, la traba. Es lo
que se llama el falo. Es el palo que te protege si de repente, eso se cierra”
Más allá de sus cuidados, el niño necesita ser
objeto de su deseo para ocupar el lugar de falo de la madre que lo narcisisa, o
constituye su cuerpo como imagen unificada.
Sus signos testimonian de su claudicación deseante, vengándose
masoquistamente, recuperando un fuerte goce infantil. Denuncia inconducente que
testimonia del fracaso de los padres o subrogados.
El psicoanálisis encuentra en el deseo de la madre
una cuestión vital, para que se constituya subjetivamente. Cuando este deseo
falta, el niño, más allá de los cuidados elementales, no sobrevive, pero cuando
logra hacerlo ese deseo puede tornarse en una madre que no deja vivir.
Autora: Mónica
Fudín Govednik
E-mail: fudingo@hotmail.com
Bibliografía
- Freud, Sigmund. La novela familiar del neurótico.
- Fudín Mónica. Coalescencia fantasmática: el
andamiaje de los pactos familiares. EFBA.
- Lacan, Jacques. Seminario 4, La relación de Objeto.
- Lacan, J. Seminario
11, Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis.
- Chemana, Roland. Diccionario de Psicoanálisis.
- Lacan, J. Seminario
16, El sujeto y el otro de la alienación. Ed. Paidós.
- Chatel, Marie Magdeleine.
A falta del estrago, Una
locura de la publicación, la función del duelo. Edelp. Octubre, 1994. Litoral.
- Domb, Benjamín. Más allá del falo. El deseo de la madre. Ed. Lugar.
- Laurent, Eric. Hay
un fin de análisis para los niños. El niño y su madre. Colección Diva.
- García Lorca, Federico. La casa de Bernarda Alba. Drama de mujeres en los pueblos de España.
Ed. Librodot.com
- El goce y la ley. Acerca del sacrificio. Pág.
117.
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