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Sabina Spielrein: el nombre de la abstinencia

21/01/2015- Por Ignacio Barbagallo - Realizar Consulta

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El siguiente artículo se desprende del análisis de la película Mi nombre fue Sabina Spielrein, proyectada el día 18 de octubre de 2014, en el marco del sexto encuentro de las Jornadas anuales de la Cátedra II de Clínica Psicológica y Psicoterapias: Clínica de Adultos, de la Universidad de Buenos Aires. La proyección del film y su posterior comentario estuvo a cargo de la Lic. Débora Levit.

 

 

       

 

 

 

 

 

Ficha técnica y artística

Título original: Ich hiess Sabina Spielrein

Título internacional: My Name was Sabina Spielrein

Directora: Elisabeth Márton

Guion: Elisabeth Márton, Kristina Hjertén von Gedda, Yolande Knobel, Signe Maehler

Productor: Helgi Felixson

Países: Francia, Alemania, Suecia, Suiza, Dinamarca, Finlandia

Año: 2002

Género: documental

Duración: 90 minutos

Elenco: Eva Österberg (Sabina Spielrein), Lasse Almebäck (Carl Gustav Jung), Mercedez Csampai Palle Granditsk y Natalia Usmanova (Sabina de niña)

Voces: Maria Thorgevsky (Sabina Spielrein), Dan Wiener (Carl Gustav Jung), Helmut Vogel (Sigmund Freud)

Música: Vladimir Dikanski

 

 

 

Introducción

 

En el año 1977, en la ciudad de Ginebra, fue descubierto un baúl con fragmentos de correspondencia, diarios y otros escritos de una mujer rusa llamada Sabina Spielrein. Sus interlocutores eran nada más y nada menos que Sigmund Freud y Carl Jung. A partir de dichos registros la directora de cine Elisabeth Márton realizó un documental llamado Mi nombre fue Sabina Spielrein que intenta reconstruir la relación entre Sabina Spielrein, Carl Jung y Sigmund Freud.

El presente artículo tiene como objetivo dar cuenta de qué manera los hechos ahora esclarecidos sobre la relación entre Jung y Spielrein determinaron la necesidad del padre del Psicoanálisis de legislar cuestiones inherentes al método psicoanalítico y al quehacer del analista.

 

 

Breve reseña histórica

 

Sabina Spielrein, de 18 años, ingresa al Hospital Mental Burghölzli en 1904 con un episodio psicótico agudo. Es diagnosticada por Bleuler como un caso de demencia precoz. Sin embargo, Jung procede desde el diagnóstico de una histeria grave. Tiene crisis depresivas que alterna con episodios maníacos. Refiere que escucha la voz de un ángel que le habla y presenta una actitud infantil que interrumpe con reacciones depresivas.

Los tratamientos de esa época consistían en terapias de shock eléctricos. Sin embargo, Jung era adepto al nuevo método que había sido desarrollado recientemente por Sigmund Freud, y decide aplicarlo por primera vez con su nueva paciente.

Una vez instalado el dispositivo analítico se despliega el amor de transferencia: Sabina comienza a adoptar una pose seductora, en las cartas que escribe a su madre considera a Jung un amigo a quien abrir el alma y expresa el deseo de que él la quiera como los padres quieren a sus hijos.

Jung le recomienda lecturas de Psicología y Filosofía, y ella pasa el tiempo leyendo autores como Sigmund Freud, Friedrich Nietzsche y Arthur Schopenhauer. A los diez meses de haber ingresado al Hospital, hay una remisión sustantiva de los síntomas y por ello es externada. En ese preciso momento decide estudiar medicina en Zurich. No obstante, la relación con Jung no termina allí y el tratamiento se mantiene en la esfera privada desde 1905 hasta 1910.

Sabina se ha enamorado de su analista y cuando ella confiesa su amor, es rechazada: él está casado con otra mujer. Spielrein se siente despreciada ante tal negativa y esto tiene como consecuencia la vuelta de la enfermedad. A partir de ello se vuelca a la escritura de teorías sobre amor, sexo y el arte.

Sin embargo, y ante la insistente búsqueda de Sabina, Jung termina por confesarle de forma recíproca su afecto: refiere que está enfermo y le pide que lo cure con su amor. La relación avanza rápidamente, sin embargo, cuando él no accede a tener un hijo juntos, ella reacciona cuestionándolo y atacándolo físicamente en su hogar.

Ante el desborde que le produce tal situación Jung recurre a Sigmund Freud para que lo aconseje en su quehacer profesional, aunque omite intencionalmente hacer mención de la relación amorosa que mantiene con Sabina.

La respuesta del maestro a su discípulo es que debe cuidar la contratransferencia y comprender que es el método el que lo coloca en esa posición. Aun siendo difamado por su paciente, le sugiere continuar con la postura analítica y por ello Jung desmiente los rumores de su relación con Sabina, argumentando que se trata de una paciente ingrata que responde con reclamos a la negativa de una demanda amorosa.

Spielrein también escribe a Freud pidiéndole ayuda para superar la situación, sin embargo la contestación se da en otro tono: este le responde rogándole que reprima sus sentimientos y vuelva a analizarse, pero con otro profesional. Sabina se muestra un tanto decepcionada ya que no considera la represión de sus sentimientos una buena alternativa en tanto no le daría la posibilidad de amar a otro hombre.

Lo que se había anticipado como un frente tormentoso, pronto muestra un rostro más amable: Carl Jung acepta su parte de responsabilidad en el affaire -aunque nunca aclara si este había incluido relaciones sexuales o no-. Los síntomas de Sabina cobran menor intensidad y se vuelca de lleno a su carrera: al momento de su graduación en la Universidad comienza su carrera como Psiquiatra en el mismo hospital que estuvo internada. Posteriormente se muda a Austria e ingresa en la Asociación Psicoanalítica de Viena.

Spielrein se casa con un médico ruso con quien tuvo dos hijas: Renata y Eva. Respecto a esto Freud comenta que Sabina se ha curado de su dependencia con Jung.

En el resto de su vida se dan sucesivas mudanzas entre las cuales merece ser rescatada su estadía en Suiza donde se desempeña como docente en el Instituto Rousseau. Allí traba relación con Piaget, quien realiza su análisis didáctico con ella. Luego se muda a Rusia donde fundó un Centro Psicoanalítico de atención a niños. Sus últimos años los pasó en Rostov, su ciudad natal, donde se desconoce la causa certera de su muerte pero se cree que fue fusilada por soldados nazis en 1942.

 

 

 

El nombre de la abstinencia

 

¿Es exitoso el tratamiento conducido por Jung?

Uno no estaría equivocado al decir que, en este caso, el médico ha sido de ayuda para la paciente. Sabina se encontraba sometida a las exigencias desmedidas de su madre que terminaron por convertirla en una “buena alumna”, sin embargo, no había en ello un despliegue de su subjetividad más que por medio de una serie de síntomas que imposibilitaban el normal desarrollo de las áreas más sustantivas de su vida.

Es el mismo Freud (1937), en sus últimos escritos, quien sostiene que no puede haber una cura exhaustiva en todas las áreas anímicas del paciente y que evite una nueva contracción de la enfermedad. No existen los tratamientos preventivos, sino que uno debe conformarse con éxitos parciales.

Teniendo en cuenta aquellos rasgos histéricos que no fueron neutralizados por la cura en Sabina, se dio un nuevo episodio de enfermedad. Este, no obstante, no tuvo la misma intensidad que antes. El interés que le transmitió Jung por la Filosofía y la Psicología funcionó como una vía regia para la sublimación de las pulsiones sexuales. Los reclamos y deseos de venganza fueron plasmados en sus desarrollos teóricos.

La asunción de responsabilidad por parte de Jung sirvió a los efectos de menguar la intensidad de los ataques histéricos. De allí cabe suponer que Sabina atravesó un proceso de duelo por la pérdida de quien antes se había consolidado como su objeto de amor. Esto posibilitó la apertura a la elección de nuevos objetos a quienes investir libidinalmente.

Sin embargo, desde la perspectiva freudiana (y del psicoanálisis en general), la remoción de los síntomas es una cuestión secundaria a una alteración del yo. Es innegable que la vida de Sabina fue distinta gracias a la intervención de Jung, no obstante, su actuar la ha perjudicado de forma duradera en su capacidad de amar. En este sentido es Lacan quien oportunamente comenta que: “(…) ya se pretenda frustrante o gratificante, toda respuesta a la demanda en el análisis reduce en él la transferencia a la sugestión” (1966, p. 615)

El mismo autor distingue una demanda implícita en cualquier consulta psicológica, ser curado, de aquella que se despliega durante el análisis y que nada tiene que ver con eso, porque hay demanda en tanto el analista ha ofrecido al enfermo hablar.

Debido al tratamiento, Sabina había sido segregada de sus padres, hermanos y su círculo íntimo. Por ello, la aparición de Jung en escena y la aplicación del método analítico tuvieron un efecto importante en ella en tanto impulsó el despliegue de esta demanda que va más allá del deseo de curarse.

El médico alojó la demanda de su paciente, le dio un lugar a su discurso y suplió aquella falta de red. Pero la falta de privación respecto a la demanda de Sabina, lo ubicó en un lugar de omnipotencia generando una extrema dependencia. Al confesar su amor, Jung satisfizo la demanda de amor de la paciente, lo cual implica una seria falla técnica y ética.

Entre los efectos indeseados de esta relación transferencial se ubican la imposibilidad de establecerse con una pareja (su matrimonio fue breve y poco feliz) y la elección del nombre de su primera hija: Renata. Su significado es “Renacida” y es posible relacionarlo con el concepto de la reencarnación que Jung incluyó en sus desarrollos teóricos posteriores.

El valor de la obra de Sabina Spielrein para el psicoanálisis es indiscutible: no sólo fue una de las pioneras del psicoanálisis con niños, sino que fue Freud quien citó sus desarrollos respecto de los distintos tipos de pulsiones en la introducción de la segunda tópica freudiana y la inclusión de la Pulsión de Muerte en la teoría libidinal.

Aun así, su importancia no reside únicamente en sus aportes teóricos sino que también es de valor su vida para comprender la fundación del método psicoanalítico. El descubrimiento de los detalles de su relación con Carl Jung y la correspondencia entre ambos y Sigmund Freud revelan las circunstancias a partir de las cuales resultó necesario establecer ciertos límites al método.

El cruce de correspondencia es contemporáneo a la publicación de los denominados “escritos técnicos” de Freud (entre 1910 y 1915) en los cuales acuñó conceptos de suma importancia para el quehacer del analista, desde el establecimiento del setting analítico y las primeras entrevistas hasta el desarrollo de herramientas operativas y técnicas tales como la neutralidad y la abstinencia.

Posiblemente el interés en legislar ciertas cuestiones inherentes a la responsabilidad del analista se dieron como una salvaguarda ante una eventual desacreditación del método, teniendo en cuenta la conducta inapropiada de Jung. Es lícito suponer que para Freud la amistad con Jung no sólo se daba a partir de un compromiso teórico sino que también tenía motivaciones políticas: significaba la posibilidad de ampliar el espectro del psicoanálisis en Europa.

Los aportes de Freud no se habían establecido todavía como un método enteramente confiable y sembraba dudas entre muchos de sus detractores. En este sentido, es posible pensar en cierta intención de hacer caso omiso al incidente de su discípulo para que todo quede pronto en el olvido. De ello da cuenta su consejo a Sabina en respuesta a su carta: ella debía sobreponerse de esta situación y olvidar a su médico. Cabe recordar que es Freud (1915) quien unos años después escribe que uno no debe traer a la luz lo reprimido para volverlo a sofocar.

Por otro lado, resulta interesante pensar la serie de correspondencias entre maestro y discípulo de forma análoga a la supervisión de un caso, herramienta que desde el comienzo del psicoanálisis resultó de suma importancia en la formación de los analistas.

También es factible que estos hechos guarden relación con el imperativo freudiano del propio análisis como condición sine qua non para el trabajo responsable con los pacientes (Freud, 1912). La adopción de esta medida resultó fundamental ya que no sólo proporcionaba herramientas necesarias para la formación de los futuros analistas, sino que también aseguró la continuidad y consistencia del método psicoanalítico en los parámetros freudianos.

En otro artículo, Sigmund Freud (1910) hace referencia a un médico, que en nombre de su método, incurre en un ejercicio del “psicoanálisis salvaje”. Ante la proliferación de nuevas amenazas resultó necesaria la explicitación de cuestiones técnicas y éticas que no pongan en peligro de cuestionamiento al método. La fundación de Asociaciones Psicoanalíticas sirvió para legitimar a los profesionales cuyos intereses se encontraban cercanos a los de Freud.

Resulta lícito suponer entonces que los escritos sobre el amor de transferencia sirvieron no sólo para sentar las bases sobre la ética en el psicoanálisis, sino también para proteger la continuidad de un método que todavía no se había afianzado, de los eventuales nuevos discípulos cuyos procedimientos resultaren perjudiciales.

De allí que se haya impuesto el principio de abstinencia, la exigencia de no consentir la demanda amorosa, como uno de los miramientos técnicos y éticos fundamentales para el éxito del análisis y lograr “(…) que esta mujer, estorbada en su capacidad de amar por unas fijaciones infantiles alcance la libre disposición sobre esa función de importancia inestimable para ella, pero no la dilapide en la cura, sino que la tenga aprontada para la vida real” (Freud, 1915, p. 173)

 

 

Conclusión

 

Para una entera comprensión de los hechos deben tenerse en cuenta las condiciones históricas en las cuales han tenido lugar: la relación entre Jung y Spielrein no se trató de un caso aislado, sino que la satisfacción de la demanda amorosa de las pacientes fue utilizada por algunos médicos de la época como herramienta fundamental para la cura.

A partir del conocimiento de los detalles antes mencionados, es posible colegir que la profundización en las diferencias entre Freud y Jung, que llevaron a una posterior ruptura, no haya sido enteramente de índole teórica.

En la actualidad, estas situaciones se encuentran legisladas por una normativa que regula la actividad del psicólogo. El comercio sexual entre un analista y su paciente está fuera de discusión, y esta medida se encuentra fundamentada en el daño que puede generar al analizante. Asimismo, el asunto puede ser llevado a la justicia por medio de una denuncia por mala praxis, así como también el profesional pueda ser juzgado por un Comité de Ética.

Si se han tomado todos estos recaudos técnicos y legales resulta evidente lo sustantivo que es el manejo de las cuestiones transferenciales. Por ello, resulta de gran importancia reconocer a Sabina Spielrein quien, sin quererlo y sin saberlo, fue posiblemente la responsable de que el método psicoanalítico se haya encontrado en la necesidad de establecer los aspectos técnicos y éticos que le permitieron persistir desde su fundación hasta la actualidad.

Por ello, no sólo resulta importante que los espacios formativos den cuenta de cuestiones ligadas a las normas éticas y al quehacer profesional, sino que también se permita la apertura de distintos canales de información y contención para que los futuros analistas trabajen manteniendo un estricto miramiento a no vulnerar la integridad del paciente y así evitar errores tan groseros como el de Carl Jung.

 

 

Bibliografía

 

·                     Freud, Sigmund (1910). “Sobre el psicoanálisis silvestre”, en Obras Completas. Vol. XII, Buenos Aires: Amorrortu editores.

·                     Freud, Sigmund (1912). “Consejos al médico sobre el tratamiento psicoanalítico”, en Obras Completas. Vol. XII, Buenos Aires: Amorrortu editores.

·                     Freud, Sigmund (1915). “Puntualizaciones sobre el amor de transferencia”, en Obras Completas. Vol. XII, Buenos Aires: Amorrortu editores.

·                     Freud, Sigmund (1937). “Análisis terminable e interminable”, en Obras Completas. Vol. XXIII, Buenos Aires: Amorrortu editores.

·                     Lacan, Jacques (1966). “La dirección de la cura y los principios de su poder” en Escritos II. México.: Siglo XXI.

 

 

 


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