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Sobre “Dopesick”, dólares y dolores

25/02/2022- Por Héctor Pérez Barboza - Realizar Consulta

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Dopesick, una historia que nos presenta el tratamiento moderno del problema del dolor, sostenido en el discurso de la ciencia, en particular la farmacología, en su maridaje con el capitalismo a través de la industria de los laboratorios (…) Tratamientos abstencionistas invalidantes y limitantes, que encierran a los “adictos” en la dicotomía entre “estar limpio” o recaer, excluyendo cualquier camino hacia una historización posible que dé cuenta de su responsabilidad subjetiva por el consumo.

 

                             

 

                                                Afiche del film

 

 

Ficha técnica y artística

 

Título original: Dopesick

Año: 2021

Duración: 62 min.

País: Estados Unidos

Dirección: Danny Strong (Creador), Michael Cuesta, Barry Levinson, Patricia Riggen, Danny Strong

Guión: Danny Strong, Benjamin Rubin.

Libro: Beth Macy

Reparto: Michael Keaton, Peter Sarsgaard, Will Poulter, John Hoogenakker, Kaitlyn Dever, Rosario Dawson, Michael Stuhlbarg, Will Chase, Jake McDorman, Mare Winningham, Phillipa Soo, Arischa Conner, Andrea Frankle, etc.

Productora: Twentieth Television, Fox 21 Television Studios, Littlefield Company, Touchstone Television.

Distribuidora: Hulu

Género: Serie de TV. Drama | Drogas. Miniserie de TV. Medicina

 

 

 

                                                 “Divinum est opus sedare dolorem”.

 

                                                                         Hipócrates

 

 

Introducción

 

  ¿Qué es el dolor? ¿Qué relación tenemos los humanos con el dolor? ¿Cómo está determinada esa relación por factores sociales, culturales, económicos? ¿Hay que mitigarlo, controlarlo o simplemente suprimirlo? ¿Qué función económica cumple en lo subjetivo? ¿Puede un dolor constituirse en una barrera contra el sufrimiento?

 

  Un dolor agudo puede hacernos sentir que perdemos el alma o alejarnos de los semejantes. El poeta Wilhelm Busch dice respecto del padeciente: “en la estrecha cavidad de su muela se recluye su alma toda”[1].

 

  Freud utiliza esta sentencia para señalar el peso del dolor en la economía del aparato psíquico. Alguien que tiene un dolor intenso, tiene que retirar su libido de los objetos, para hacer una “contrainvestidura”, con el fin de “ligar” ese estímulo. De notable semejanza con una pulsión, dice Freud: su meta es “el cese de esa alteración de órgano y el displacer que conlleva"[2].

 

  Allí es donde la ciencia apela a los analgésicos, entre ellos los opiáceos, que hacen que experimentemos esa interrupción del dolor como un placer. ¿Pero qué ocurre cuando el consumo recetado se extiende en el tiempo? O cuando se utiliza por fuera de los límites prescriptos. ¿Cuáles son las fronteras para que ese remedio se transforme en otra cosa?

 

  El retiro abrupto del uso frecuente de opiáceos produce un estado semejante al del dolor. Duele eso que ya no está más en el organismo, eso que ahora falta. La misma sustancia que había servido para lograr la homeostasis, el alivio, causa un desequilibrio por su ausencia. Y muchos usuarios no pueden resolverlo más que volviendo a consumirla.

 

  En las dependencias, el binomio dolor (displacer por la ausencia de la sustancia)- cesación (placer por el retorno de la sustancia) se instala como un circuito autónomo que captura toda la libido del sujeto. Así de problemático, pero también muy eficaz. Mientras alguien está ocupado en sostener dicho equilibrio, no está tocado por las frustraciones, el desamor, la falta.

 

  En resumen, alguien que se encuentra abocado a emparchar día a día su propio cuerpo, se encuentra de alguna manera ajeno al registro de la angustia. Todos los problemas se resumen en: hay o no hay (droga), consumo-no consumo, estoy limpio-recaí.

La dependencia de una sustancia, y el dolor que engendra su retiro, otorgan inmunidad contra la angustia.

 

 

La serie

 

  Con actuaciones sobresalientes, como la de Kaitlyn Dever como Betsy Mallum, Michael Keaton, cuyo Dr. Finnix emociona por los estados anímicos y físicos extremos que atraviesa, y la de Will Poulter encarnando al inescrupuloso, y más tarde culposo agente de propaganda médica que manipula al médico de pueblo para que prescriba la medicación del laboratorio Purdue Pharma, Dopesick[3], la flamante creación de Danny Strong, formula algunas de las preguntas que nos hacemos al comienzo.

 

  Lo hace a través de una historia que nos presenta el tratamiento moderno del problema del dolor, sostenido en el discurso de la ciencia, en particular la farmacología, en su maridaje con el capitalismo a través de la industria de los laboratorios.

 

  La serie constituye un punto de referencia indispensable para conmover certezas y avivar las mentes, en relación con la ambigüedad y reversibilidad del pharmakon[4], en especial para los que trabajamos atendiendo a pacientes que presentan consumos problemáticos de sustancias.

 

  El eje político del argumento es la profunda crisis por el consumo indiscriminado de opiáceos que se inicia en los 90´s y que hasta la fecha atraviesa a los Estados Unidos de Norteamérica. A mediados de esa década, Purdue Pharma, el laboratorio de la familia Sackler, logró masificar el uso de OxyContin (Oxicodona),  un opiáceo, creado para aliviar el dolor intenso.  

 

  Para ello, el laboratorio impuso una serie de estrategias de marketing disfrazadas de fundamentaciones científicas: “hay que combatir el dolor innecesario”, “la morfina no es adictiva cuando es aplicada sólo para controlar el dolor”[5], “la Oxicodona no es adictiva y sólo el 1% de los consumidores se convierte en abusadores”, “Vicontin, (el opioide antecesor, aquél que conocemos por Dr. House) es adictivo y daña al hígado”.

 

  A la par de estos slogans, consiguieron que se declare el dolor como quinto signo vital[6]. Como consecuencia, diseñaron una tabla de evaluación del dolor (“Pain Assesment” o EVA Escala Visual Analógica), que distribuyeron entre instituciones de salud a través de los “Socios del dolor”, una ONG que el laboratorio Purdue controlaba 100% y financiaba con 500 mil dólares anuales.

 

  Además, impusieron la premisa de “individualizar la dosis”, pero no como una inclusión de la subjetividad, sino para que los médicos pudiera aumentar la dosis de inicio de 10 mg hasta 40 u 80 mg. Crearon también el “dolor irruptivo”: cuando la analgesia no alcanzaba a durar 12 horas, había que reforzar la dosis. Y, para prevenirlo… también había que aumentar la dosis.

 

  La estrategia hacia médicos y APM (agentes de propaganda médica, o, coloquialmente, visitadores médicos), no difiere de la que todos los laboratorios hacen para sus medicamentos, sólo que los incentivos/comisiones, eran mucho más suculentas por el multimillonario negocio que representaba tener un mercado cautivo de personas que se iban haciendo dependientes progresivamente de un fármaco recetado por la autoridad médica.

 

  Hacia los farmacéuticos la estrategia tuvo que diferenciarse, ya que muchos de ellos empezaron a sufrir robos en sus negocios y, cuando plantearon dejar de expender la Oxicodona, recibieron la amenaza de que las sociedades del dolor les vendrían a reclamar en persona o los mismos pacientes podrían tomar medidas de acción directa.

 

 

Perspectivas

 

  El formato extenso de la serie permite al director enfocar la historia desde diversos ángulos. Es así que el espectador se puede adentrar en los conflictos de la Familia Sackler (dueña del laboratorio) y las tensiones internas entre sus integrantes para obtener más ganancias.

 

  Los Sackler son la metáfora del capitalismo salvaje: transgreden toda regulación sin escrúpulos, corrompen a los médicos. Su ética es: “Sale, sale, sale”, como dice Richard Sackler (complejo papel muy bien resuelto por Michael S. Stuhlbarg) que llega a presidente de la empresa gracias al Oxicontin que eleva las ganancias familiares a la estratósfera.

 

  El argumento nos permite poner en paralelo las prácticas de los agentes de propaganda médica y los dealers: unos la venden de cuello blanco y otros en los baños de los grupos de Alcohólicos Anónimos. También distingue entre los médicos ilustrados y prestigiosos que escriben papers, y los clínicos de batalla que recetan Oxicodona. El Dr. Finnis (Keaton) es uno de estos, y atiende a los mineros que inician su consumo con tratamientos para el dolor producido por diversos accidentes laborales.

 

  También nos deja una reflexión acerca de la insuficiencia del Estado, y de la inconsistencia del Otro de la ley, en este caso representadas por la DEA[7] y la FDA[8].

 

  La primera, no está preparada para enfrentar el tráfico de un medicamento recetado legalmente por profesionales de la salud. Un personaje nos dice que es más sencillo identificar a un cartel como objetivo, y un ex alcalde de Nueva York aparece haciendo lobby descaradamente por el laboratorio ante la encargada de esa agencia.

 

  La segunda, que tiene la misión de validar y regular el modo de circulación de semejante psicofármaco, es penetrada por la empresa privada: el profesional que firma la aprobación final y extiende la posibilidad de prescribir Oxicodona por cualquier médico sin cumplir con el requisito de ser especialista, y ampliando el universo hacia los pacientes con dolores moderados, pasa, sin solución de continuidad, de trabajar en la FDA a alistarse en las filas del laboratorio que la produce.

 

 

Los tratamientos

 

  Dopesick expone las variopintas versiones de la organización de los tratamientos para los consumos problemáticos que tienen como objetivo excluyente la supresión del consumo.

 

  Describe el funcionamiento de los grupos de Alcohólicos Anónimos, su relación con la iglesia y cómo nace, de ese entramado, la demonización de las drogas, esa operación nada metafórica que de un modo más o menos velado, no vacilan en replicar discursivamente tantos políticos, jueces, médicos y comunicadores.

 

  También subraya la fijación y la nominación que promueven y consiguen instalar los tratamientos enfocados sólo en la abstinencia: un coordinador de un centro de rehabilitación se presenta como alguien que lleva 18 años (SIC), x meses, x días desde que es “alcohólico en recuperación”. En ese mismo centro, uno de los pacientes ilustra lo que usualmente llamamos “puerta giratoria”[9] : “Es la quinta vez que vengo a este lugar”, “es aquí, prisión o morgue”.

 

  Tratamientos abstencionistas invalidantes y limitantes, que encierran a los “adictos” en la dicotomía entre “estar limpio” o recaer, excluyendo cualquier camino hacia una historización posible que dé cuenta de su responsabilidad subjetiva por el consumo.

 

 

Dos padecientes

 

  Betsy Mallum es una joven que trabaja en las minas de carbón y luego de un accidente de trabajo es tratada por el Dr. Finnis, con Oxicodona para aliviar los dolores muy intensos que le dejó un traumatismo en la espalda. Además, está enamorada de una mujer, y en vísperas de ir a vivir con ella, en una cena familiar, escucha de boca de su padre que este prefiere morir antes que tener una hija gay, mientras su madre contempla pasivamente. El drama se intensifica luego, cuando la joven minera aumenta más y más las dosis.

 

  El Dr. Samuel Finnis no ha podido dejar de recordar, incluso alucinar, a su esposa muerta de cáncer, hace ya algunos años. Está a punto de concluir con esa “fidelidad”: se ha interesado en una mujer y hasta tiene programado salir con ella. Justo antes tiene un accidente automovilístico en el que sufre la rotura de algunas costillas. Le recetan Oxicodona, algo que él conoce muy bien, porque él mismo la prescribía a los mineros. Y, nada casualmente, el médico se sale de la prescripción, y la consume en exceso.

 

  En los dos personajes el dolor físico, y el inicio del tratamiento analgésico, se superponen con encrucijadas subjetivas. Ambos tienen por delante caminos que implican una pérdida: el amor de un padre vivo, el de una mujer que no termina de morir. Y ambos “encuentran” un producto que les permite poner en suspenso ese conflicto. Remedian con el analgésico su dolor físico, y su dolor anímico.

 

  El precio es, primero la dependencia, luego el arrasamiento de sus subjetividades, agravados por quedar en manos de tratamientos conductuales o sustitutivos.

¿Qué otra suerte hubieran corrido los dos protagonistas si, a la par de su desintoxicación física, hubieran hecho un tratamiento analítico, que interrogue por el origen del abuso de Oxicodona?

 

 

Política y Clínica

 

  Dopesick no admite ser interpretada solamente como un alegato antidrogas ni como una reflexión sobre el delgado hilo entre legalidad, ilegalidad y legitimidad en el uso de las sustancias psicoactivas. Tampoco sería justo limitar su alcance al de “una historia verídica sobre un fenómeno local acaecido en la sociedad estadounidense”. Trasciende largamente esas categorías. Interroga al espectador sobre su captura por el orden civilizatorio contemporáneo.

 

  Denuncia un estado de la cultura: el empuje al máximo rendimiento en consonancia con la promoción de tratamientos conductuales, supuestamente más eficaces. Muestra las consecuencias subjetivas de una época que promueve la desresponsabilización respecto de las propias conductas, la exclusión de los problemas de amor, el rechazo de la falta, de la pérdida y de la angustia concomitante cuando estos aparecen.

 

  Una sociedad paliativa[10], que escapa al dolor, munida de antídotos farmacológicos, para sostener una pura positividad, sin lugar para detenernos un rato a sufrir por lo que nos concierne a cada uno, en singular.

¿Acaso alguien puede creer que dicha operación paliativa sea sin restos? Betsy y Finnis nos responden en acto.

 

  El gran mérito de Dopesick es que expone la insoslayable relación entre lo político y lo clínico. Estamos muy lejos de las coordenadas freudianas en que la angustia de castración promovía la represión, y luego el retorno de lo reprimido se nos presentaba como síntoma. El declive del agente de la castración ha alterado la secuencia y falta la represión, mecanismo eficaz en el tratamiento de la angustia, puesto que la elabora, transforma y permite bajar su monto.

 

  Al no mediar ese mecanismo, al menos del modo en que Freud lo propone, el sujeto contemporáneo se encuentra, como hace tiempo venimos señalando, en una relación mucho más inmediata con la angustia[11].

 

  La vasta oferta de sustancias que hay en el mercado legal e ilegal permite a los contemporáneos tener a disposición una defensa real, química, pret a porter. La Oxicodona vale como una metáfora de cualquiera de aquellas. Un remedio colectivo.

 

  En algún momento, ese “remedio” desfallece, ya sea porque produce tolerancia y se necesita cada vez más, ya sea por el malestar que causa la abstinencia, o porque no alcanza la plata para comprarlo, o por los efectos adversos, orgánicos, o sociales, que ocasiona. Es entonces, cuando la insuficiencia para la operación que antes cumplía, comienza a convertirse en un problema[12].

 

  Emerge entonces, desde el cuerpo mismo, un nuevo dolor, que, como tal, coloca al consumidor en situación de apremio, de perentoriedad, que exige una urgente cancelación. Y lo que es más complejo aún: alguien puede perpetuarse en ese circuito de dolor/cancelación con el fin de no arrimarse a aquello que originalmente suscitó su angustia. O también, el caso de tantos que quedan eternizados entre los pares adicto /ex adicto, alcohólico/alcohólico en recuperación, limpio/en carrera, etc., etc., etc.

 

  Todos significantes que hablan del orden de hierro[13], un orden que el Otro social impone para controlar. Trampas para el analista que intenta hacer pasar el pedido de erradicar una conducta hacia una pregunta para el sujeto.

 

  Quienes trabajamos desde el psicoanálisis, sabemos que el tratamiento de desintoxicación sólo es una condición necesaria para iniciar la deconstrucción de ese dolor que llega a la consulta. También hay que reconducirlo a la angustia que obró como factor desencadenante, la de Finnis por la pérdida de su mujer, la de Betsy, al advertirse caída del deseo de su padre[14].

 

  Señalar la angustia, e interrogar la respuesta “sustancializada”, constituye, en el trabajo analítico, un punto inicial de atravesamiento indispensable para que un “dopesick[15] se reapropie de sus actos, y los encadene en los relatos que hacen posible trazar las huellas de un sujeto.



[1] Freud S. “Introducción del narcisismo”. Obras Completas. Amorrortu Editores. Tomo XIV. P 79

[2] Freud S. “La represión”. Obras Completas. Amorrortu Editores Tomo XIV, p. 142

[3] Basada en el libro Dopesick: Dealers, Doctors and the Drug Company that Addicted America de Beth Macy.

[4] Le Poulichet Sylvie. Toxicomanías y Psicoanálisis P 31. Pharmakon significa en griego tanto “remedio” como “veneno”.

[5] Basado en una nota de Ronald Melszack “The tragedy of needless pain”, publicada en Scientific American, 1990, Vol 262, Nº 2

[6] En el 2001 la Comisión Conjunta para la Acreditación de Organizaciones del Cuidado de la Salud (Joint Commission for the Accreditation of Health Organizations) estableció unas nuevas normas para el manejo del dolor en los pacientes hospitalizados. De ahí en adelante se conoce el manejo de dolor como el quinto signo vital. Los otros cuatro: temperatura, pulso, presión arterial, frecuencia respiratoria.

[7] Drug Enforcement Agency, Administración del Control de Drogas, es la agencia de los Estados Unidos de Norteamérica dedicada a la lucha contra el contrabando y consumo de drogas.

[8] Food and Drugs Administration, Administración de Alimentos y medicamentos, responsable en los Estados Unidos de Norteamérica de la regulación de alimentos, medicamentos, cosméticos, aparatos médicos, productos biológicos y derivados sanguíneos.

[9] Desde hace muchos años se llama de ese modo a los tratamientos que sólo buscaban la “desintoxicación” para los heroinómanos. Una vez que se lograba la desintoxicación salían y al poco tiempo regresaban en iguales o peores condiciones que la primera vez.

 

[10] Byung-Chul Han, La sociedad paliativa, Barcelona, Ed. Herder, 2021

[11] Quedará para otros desarrollos la cuestión de cuánto hay de castración en la insuficiencia que promueve el empuje al goce. ¿Cuánto de encuentro con la falta hay en la comprobación de que la sustancia psicoactiva (en tanto gadget), no colma mi deseo ni tampoco lo relanza?

[12] Hace ya muchos años, en 2007, comenzamos a insistir, desde el Centro Carlos Gardel con el sintagma “Consumos problemáticos”, para destacar, entre otras cosas que las personas que consultan no son necesariamente adictos, y que recién piden tratamiento cuando algo de esa práctica fracasa. Ver “Consumos Problemáticos. Encuentros con presentación de casos clínicos. Un trabajo en curso.” A.A.V.V. Ed. Letra Viva. 2009.

[13] Lacan J. El Seminario. Libro XXI, inédito

[14] Es imposible no recordar, al respecto, el artículo de Freud “Sobre la psicogénesis de un caso de homosexualidad femenina”, Obras Completas, Tomo XVIII Amorrortu Editores, y el análisis del mismo que hace Lacan en su seminario “La Angustia”, cap. 8, p.122, Seminario X, Ed. Paidós.

[15] En lo que nos atañe: palabra compuesta: dope (droga, tonto) y sick (enfermo, harto, doliente). Drogado, enfermo/harto/doliente por la droga, y también tonto-enfermo.

 


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