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Te doy mis ojos. Familia, violencia y fantasma25/07/2014- Por Débora Levit - Realizar Consulta

La película Te doy mis ojos, filmada en Toledo, España, en el año 2003 y escrita y dirigida por Icíar Bollaín, narra la historia de una pareja: Antonio y Pilar. El contexto de violencia es trasmitido a través de la historia, dibujando un fantasma con marcas indelebles de goce y sufrimiento.
Ficha técnica y artística
Título original: Te doy mis ojos
Dirección: Icíar Bollaín
País: España
Año: 2003
Duración: 109 min.
Género: Drama, Romance
Reparto: Laia Marull, Luis Tosar, Candela Peña, Rosa Maria Sardà, Kiti Manver, Sergi Calleja, Elisabet Gelabert, Nicolás Fernández Luna, David Mooney, Chus Gutiérrez, Elena Irureta, Roberto Álamo, Javier Batanero, Ricardo Birnbaum, Francesc Garrido, Aitor Merino, Leire Ucha
Productora: Producciones
“Los documentos nos muestran al Greco como un personaje extravagante, rebelde, místico, viajero incansable alrededor de todo el Mediterráneo. De Grecia, su tierra natal, va a Italia donde toma de los pintores venecianos la magia, la mezcla de colores, las acuarelas. De España, proviene el realismo familiar, la tristeza, las actitudes violentas, rostros oscuros, más sombríos, más grises”[1].
La película Te doy mis ojos, filmada en Toledo, España, en el año 2003 y escrita y dirigida por Icíar Bollaín, narra la historia de una pareja: Antonio y Pilar. El contexto de violencia es trasmitido a través de la historia, dibujando un fantasma con marcas indelebles de goce y sufrimiento.
Esas trazas de la cultura, que se transmiten en lalangue, se materializan en el Otro del lenguaje, y se recortan en los dichos de la madre de Pilar: “Una mujer nunca está mejor sola”, o “tú lo que tienes que hacer es arreglarte con tu marido y regresar a tu casa”. Mandatos incuestionados que viajan a través de las generaciones y se instalan en el balcón de un superyó sádico y exigente, desde donde vigilan al yo, vulnerable y masoquista.
El film se inicia en una secuencia en la que Pilar, en medio de una crisis de miedo y nerviosismo, levanta a su hijo de 8 años de la cama y se escapa con él de su casa. Va en busca de ayuda a lo de su hermana, Ana, quien la recibe con sorpresa y la abraza. Cuando esta le pregunta por lo sucedido, ella sólo puede responder: “estoy tonta, estoy tonta, es que he salido a la calle en zapatillas”.[2]
De la situación de violencia y golpes que ha vivido, sólo puede decir apenas unas palabras que hacen referencia al estado de confusión que afecta a su yo. No hay relato, no hay historia. Su hermana la aloja.
En los días siguientes, Ana le cuenta de su próximo casamiento, ayuda a Pilar a conseguir un trabajo en el museo donde ella es curadora, le presta su casa para alojarse durante su viaje de bodas, y se ofrece para ir a buscar algunas de sus pertenencias a su casa. Sin hablar francamente de lo sucedido, la problemática de la pareja aparece connotada, pero en silencio.
La película tiene una estructura de tiempo lineal, sin raccontos. Pero a medida que se suceden las secuencias, el hilo argumental va sugiriendo notas del pasado. Como en el barro mismo del análisis, el espectador -cual psicoanalista-, escucha en el decir de los personajes las trazas que dejaron marca.
¿Qué lleva a una mujer a escaparse de su casa en el medio de la noche, llevándose a su hijo consigo, desesperada y con miedo? Pero aquí una pregunta que me inquieta más aún: ¿qué lleva a esa misma mujer a regresar?
Porque si bien Pilar logra conseguir ese pequeño trabajo en la boletería del museo, y logra también el apoyo de su hermana, tras la insistencia de Antonio que la busca, y le promete que va a cambiar, y le regala “pendientes”, y comienza la terapia[3] –por ella-, Pilar vuelve a la casa, vuelve con Antonio.
Las voces del superyó mandan: “Una mujer nunca está mejor sola”, “los cónyuges tienen la obligación de vivir juntos…”
Si, como propone Lacan en El Seminario, libro XX, es por la vía del significante que el goce entra en el cuerpo, es que puedo pensar la aceptación en Pilar de la negrura de su destino. Freud también nos alertó acerca de cierta similitud entre la madre y la elección de una pareja. Podemos pensar que Antonio parece alinearse al discurso materno en relación al deber ser.
“Hablando de bodas… ¿y tú donde te piensas enterrar?”, pregunta la madre de Pilar a su futuro yerno. Los significantes boda y muerte parecen ir juntos, quedan así amalgamados en una continuidad difícil de separar. Hasta que la muerte nos separe, más allá de los errores o los cambios posibles. Es en ese escenario discursivo donde Pilar queda atrapada.
Tras el regreso de Pilar a su casa, no pasará mucho tiempo hasta que retornen escenas de gritos, de control, de amenazas. Y si bien no se desata en los días siguientes una golpiza como las que antes hubo, sí retornan el maltrato psicológico, la opresión y el desinterés por lo que ella es en tanto sujeto, instancia que Antonio -por su estructura- no puede registrar.
Lo que hace que una pareja esté junta es el enlace fantasmático. Ese enlace mucho tiene que ver con el momento fundacional, inicial de la relación. Casi podríamos decir, que allí se signa qué clase de objeto representa cada sujeto para el otro.
Pilar rememora el momento en que Antonio le propone matrimonio. Durante el relato, vuelve a ese tiempo mítico, borra de su memoria los golpes, la violencia de ese hombre a quien ella dice amar, habla de Antonio como quien habla del lado luminoso de la luna y desconoce el oscuro. Es una escena muy íntima con su hermana, le cuenta cómo fue el momento en que él le propuso casamiento y de cómo se hicieron regalos: ella le regaló sus orejas y él le regaló sus manos. Ella le regaló sus orejas, donándole así toda su atención, toda su escucha. Y él le regala las manos. Esas manos con las que le pega, con las que la retiene y la domina.
Él, con su endeblez simbólica, logra ubicar una imagen de lo que ama en su mujer: “cuando Pilar se mueve hace muy poquito ruido, es muy ligerita, no sé… la ropa, las pulseras, eso me gusta de ella: el ruido…”
Asocio con la imagen de Antonio de niño en la cuna, escuchando a su madre que viene por él, ese ruido, ese silencio, esa voz sin significado, real sin palabras, pre-verbal. Él quiere que ella –Pilar- esté ahí, objeto manejable y presente, no quiere que trabaje, que salga, que tenga amigas, que se arregle, que haga un curso. ¿Para qué quieres eso?, le pregunta, desconociendo la posibilidad de existencia de un deseo en el otro. Él no tiene deseos y no puede suponer que Pilar los tenga, o que mire más allá de él. Si mira para otro lado, él peligra, su ser peligra. Porque él, según dice, no puede vivir sin ella. No es nada sin ella. Por eso, él le pide que le regale los ojos.
Sin embargo algo se va a conmover en Pilar. Y eso que la lleva a virar el destino ni siquiera se vincula a la intensidad del castigo que su marido le infringe, ni a la conexión con su propia humillación y miedo. Como si encontrarse con el punto extremo del dolor no fuera suficiente para dejar de entregarse, para sustraerse.
Al contrario, lo que produce en Pilar un cambio se articulará con el deseo, en reemplazo de un goce. Podríamos decir que el recorte del objeto “a” en Pilar deja una dimensión diferente en la estructura, que posibilita algún intervalo en el que ella como sujeto se sitúa. Desea, más allá de Antonio.
Veamos: durante la primera visita de Pilar al Museo, algo llama su atención. Su mirada recorre los cuadros que cuelgan de las inmensas paredes de esa imponente parroquia antigua. Su mirada panea por los rostros altaneros de los monjes, hasta que se detiene, presa de un encantamiento, en el cuadro de Luis de Morales El Divino: La Dolorosa. Allí encuentra Pilar su propio rostro de sufrimiento. Sabe, siente, que a esa virgen sufriente le pasa algo similar a ella, encuentra en su expresión, como en un espejo, su propio rastro de dolor. Su hermana se acerca y testigo de la escena interpreta -con humor-: “es que acaba de darse cuenta de que ha salido a la calle en zapatillas”.
Más tarde Pilar se quedará fascinada frente al relato del guía en la descripción de los cuadros. Hasta que finalmente las compañeras que conoció en el trabajo le propondrán armar un pequeño equipo para ofrecer los servicios de guías a distintos museos. Allí aparece en Pilar su propio deseo. Eso es lo que a Pilar le gusta, aquello que le permitirá encontrar una hiancia y descompletar al Otro. Es trabajar, hacer lazo, es el arte, la belleza de los cuadros, el relato que los habita, es salir del infierno en el que mora.
Así, cuando Antonio, en una escena de violencia y humillación le impide presentarse en su primera entrevista de trabajo para intentar suerte en Madrid, cuando ubicada en el extremo de lo indecible ella siente perder aquello que por primera vez le había permitido soñar con otra cosa para ella, allí, es cuando todo se derrumba. “Lo ha roto todo, lo ha roto todo”, dice en su congoja al policía que le toma la denuncia, primera denuncia de una larga serie de castigos.
Ese es su punto de inflexión. En algún momento pensó que podría trabajar y conseguir ese puesto de guía de museos, y viajar a Madrid e incluir a Antonio y a su hijo en su proyecto, mecanismo renegatorio que le permite la ilusión. Pero cuando Antonio, violento, interfiere, ella por primera vez se da cuenta de lo que está por perder, y reacciona.
Resulta en esa instancia su vacilación fantasmática. Si en algún momento huyó de su casa sin saber, movida por la angustia y el miedo[4], ahora irse o separarse de Antonio será un acto, resultado de una decisión. Ahora Pilar no quiere seguir sin hacerse cargo de su deseo que por primera vez despunta, se hace retoño. Y se da cuenta de que no es posible junto a Antonio, aunque ella esté dispuesta a perdonarlo, a soportar el dolor y la humillación.
Descubrir aquello a lo que no está dispuesta a renunciar, un objeto agalmático que semblantea su deseo, es lo que la reposiciona como sujeto. Si alguna vez dio sus ojos, ahora los recupera para empezar a mirar otra vez: a sí misma, a su madre, a su hermana, y a su marido, con sus fallas e impotencias.
Dice: “hace mucho que no me veo, tengo que empezar a mirarme.” Para ello deberá recuperar sus objetos donados, dejar ella misma de ser objeto del otro, y considerar su posición como sujeto deseante aceptando la falta que eso mismo conlleva.
[1] Voz en off que, en la película citada, describe el cuadro del Entierro del Conde de Orgaz, en la Parroquia de Santo Tomé en Toledo, realizado por El Greco entre los años 1586-1588.
[2] Se refiere al calzado para levantarse de la cama, que Pilar nota cuando viaja en el autobús, y remite a cómo ha salido vestida, sin registro de su soporte imaginario.
[3] En España, debido a la problemática de violencia de género, existen programas de atención psicológica destinados a toda la comunidad.
[4] Podemos ubicar allí el concepto psicoanalítico de acting out en diferencia con el concepto de acto.
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