» Cine y Psicoanálisis
The informer (el delator)05/10/2006- Por Francisco Cabanillas -
En su Poética, Aristóteles recomienda que el protagonista, aquel que debe luchar contra su destino, no tiene que ser ni demasiado virtuoso, ni demasiado bajo, porque la transformación que obtendrá será una farsa, no producirá la catarsis en el espectador. Nuestro Gypo, del filme El delator, encaja perfectamente con esta noción.
Ficha técnica y artística
Director: John Ford
Guión: Dudley Nichols
Basado en una novela de Liam O’ Flaherty
Elenco: Victor
McLagen
Heather Angel Wallace
Ford
1935. RKO.
USA. 91-min.
Ello, el cine
La onírica oscuridad, las
imágenes metonímicas, el metafórico lenguaje del montaje. La encarnación de
alguien familiar en ese que lleva la acción, los conocidos espacios diarios
enmarcados de manera diferente, con un sentido distinto. El recorte de la
realidad con un viraje personal. Las múltiples interpretaciones, el despertar
de diferentes sentimientos. Claro, también, el placer, el deseo y el goce… La imagen cautivante del cine… o ¿del sueño?
No es original suponer que el
cine tiene las mismas características que el sueño, ya los surrealistas lo
manifestaron con sus obras –Buñuel con El
perro andaluz, y la famosa La
caracola y el clérigo basada en un cuento de Artuad- incomprendidas para el
público de ese momento. Claro que en esos años el psicoanálisis no era tan
popular como ahora, y el lenguaje cinematográfico, si bien ya estaba afianzado,
todavía era bastante experimental.
Siguiendo esta línea de
pensamiento, podemos atrevernos a decir que el cine es sueño, por lo tanto una
expresión del inconsciente. Se podrá objetar que es una afirmación bastante
arriesgada, no lo considero así, me parece pertinente decir que el cine –como
obra de arte, que se encuadra dentro del universal-singular tiene muchos puntos
en común con el sueño, tanto que se lo puede considerar como una manifestación
conciente del inconsciente.
Muchas obras cinematográficas
primero nacen en los sueños del autor/director. El lenguaje cinematográfico se
basa en el trabajo del sueño, condensación[1] y
desplazamiento –o si se prefiere metáfora y metonimia-. Otra manera de
acercarnos al sueño es a través de los restos diurnos, el cine crea realidades,
permitámonos decir, dramáticas gracias de la realidad objetiva.
Podemos considerar también al
cine como un cumplimiento de deseo –alucinado, en tanto el objeto no se
encuentra presente al momento de la exhibición cinematográfica-, tanto es así
que Horacio Quiroga expresaba en sus artículos que el cine es la única manera
en que los muertos pueden revivir[2] u
otra manera de conseguir la inmortalidad. Consideremos ahora quién es el que
cumple el deseo. En primer término me parece correcto decir que el
autor/director, en segundo término, tan importante o casi más, el espectador.
Acaso ¿quién no ha realizado el anhelo de viajar en una nave espacial, ser el
capitán de un barco pirata, ver un tigre, o siendo más pulsionales, ver la
mujer de sus sueños?
Como se ve, el espectador es muy
importante en esta tríada autor/obra/espectador[3],
tanto que de alguna manera se asemeja a la relación lacaniana del significante.
Incluso hasta llega a parecerse a la intervención del analista, al querer, el
autor, tocar esa “fibra” inconsciente del espectador.
Además el filme posee un relato,
así como el sueño tiene el suyo, cuya forma de narrativa proviene del drama –no
olvidemos que drama proviene del griego dran
que significa acción- siendo la tragedia la expresión representada, cuyo fin es
la catarsis del espectador. Catarsis que se debe al accionar de los personajes,
que indefectiblemente tienen que remitir al espectador en tanto sujeto. No hay
que olvidar que es el autor/director quien se comunica inconscientemente a
través de la boca de sus personajes, y que se dirige, insisto, a lo más
recóndito del espectador –del sujeto-.
Veamos ahora que como género
dramático, la tragedia se caracteriza por representar la posibilidad que el
protagonista cumpla su destino o no. Desde un punto de vista psicológico
podemos entender que el destino no es otro que su deseo[4];
entonces la lucha del protagonista será si cede ante su deseo o no. Resultan
claras la identificación y la catarsis del espectador en esta lucha.
De esta manera, una buena obra
cinematográfica debería llevar al espectador a reflexionar, a hacerlo
responsable “virtualmente”[5] de
los propios deseos[6],
o de manera más tímida, ponerse en contacto con ellos.
Es menester no olvidarnos que
cualquier obra, dramática o cinematográfica, posee una estructura que se
desarrolla en el tiempo, que se subdivide básicamente como cualquier estructura
narrativa –introducción/nudo/desenlace- y que además cada estructura se puede
subdividir de la misma manera. Por esta razón considero que es posible
percatarse del acto inconsciente, de los momentos de la responsabilidad
subjetiva -tanto en una escena como en el total de la obra-. En otras palabras,
cada pequeña acción llevaría a asumir pequeños retazos de la responsabilidad,
hasta su total.
Crónica de una muerte castrada
En su Poética, Aristóteles recomienda que el protagonista, aquel que debe
luchar contra su destino, deseo, no tiene que ser ni demasiado virtuoso, ni demasiado
bajo. Porque la transformación que obtendrá será una farsa, no producirá la
catarsis en el espectador. Nuestro Gypo, del filme El delator, encaja perfectamente con esta noción. Gypo se ve
acosado por la guerra de Sinn Fienn
en Irlanda del 1920. Es un Muscle[7] del
IRA, que ha sido expulsado de la misma por tener cierto miramiento –negarse a
una orden directa- al momento de asesinar a un soldado inglés a sangre fría.
Cabe considerar que se lo
retrata como un hombre de los bajos fondos, con ciertos valores morales. Odia
la monarquía inglesa, quiere que Irlanda sea libre y católica. Pero es un
sujeto de pocas luces, un bruto. Y ahora, sin un centavo en su bolsillo.
Situación que recrimina la mujer, que lo lleva a plantearse inconscientemente
su posición como poseedor del falo, su ego está destruido; ella se lo recrimina
porque Gypo no le permite hacer la calle. Es una situación límite en la que se
encuentra. No es más un “hombre”. Algo debe hacer para resolver esto. Pero
¿qué?
Una agencia naviera ofrece, a
través de sus carteles, viajes por diez libras a América. Gypo se aferra a esto
como salvación a su hambre y de su desempleo. Considera que América lo
restituirá como hombre. Esperanza.
Gypo siempre ha sido un Muscle, nunca ha pensado en sus
acciones, aún menos en su responsabilidad como sujeto. Matará con causa, en una
pelea, pero jamás a sangre fría o deliberadamente. No es un asesino. De todas
maneras, sólo sabe responder a órdenes.
El entorno siempre se le impone,
no es conciente de lo que hace o decide. En otro cartel, la policía
recompensará con veinte libras a quien aporte datos sobre el paradero de
Frankie McPhillip. En una escena anterior esto parecerá aberrante para Gypo.
Pero cuando se da cuenta de que la recompensa es la suma por la cual podrá
comprar dos pasajes, volverá a ser el poseedor del falo ante su mujer, no lo
duda, hace.
Gypo delata, el hambre lo acosa,
su posición de hombre está jugada; y ahora tras su acción su vida se ve
comprometida, sabe muy bien que cualquier traición implica la muerte. Busca en
el alcohol ahogar el recuerdo de su “mal obrar”. El entorno lo lleva a recordar
una y otra vez. Insistentemente él no quiere ver, tan sólo la vacua mirada de
un testigo ciego lo confrontará con su acción.
El líder del IRA lo convoca con la
promesa de reincorporarlo a sus filas si ahora aporta información sobre el
delator. Una nueva traición se presenta ante su boca, ahora delatará a un
desconocido. Gypo está ebrio, la particular culpa resuena en su cabeza, momento
anterior a asumir su responsabilidad subjetiva, sabe demasiado bien que algo ha
hecho y suena mal. Pero prefiere no responsabilizarse, antes echará la culpa a
otro, inventando una historia de venganza.
Al momento del proceso, el azar
hace que este nuevo acusado sea encontrado completamente inocente, el ciego
testificará, y la hermana de Frankie aportará el dato puntual de la
intervención de Gypo. El entorno lo golpea férreamente, la culpa va in crescendo, es evidente para sus
jueces que él es el delator. Pecado imperdonable, a nadie le gustan los
soplones.
Gypo acepta su responsabilidad
objetiva, si se quiere jurídica, como actor material del hecho, pero lejos está
todavía de la responsabilidad subjetiva. Argumenta su no saber, todavía
demasiado conciente.
Gypo e Ibbieta saben que están
muertos, pero sus declaraciones son con fines diametralmente opuestos. Ibbieta
acepta su ejecución y quiere burlarse de ella haciendo pasar por idiotas a los
falangistas, sólo que el azar ha jugado a su favor, o en su contra, como
prefiera leerse. Gypo sabe que su muerte se avecina, pero prefiere mentir, no
ver, correr el riesgo de salir de esa situación. Todavía está aferrado a la
vida, todavía quiere ser hombre.
Responsable o no de su realidad
apremiante, impuesta, el líder del IRA sólo quiere matarlo para salvaguardar la
organización, no necesita a un sujeto responsable de su acto, necesita al
culpable por el bien de los otros. Incluso esta acción tiene fuerte connotación
política. Maquiavelo aconsejaba[8] que,
en ciertos momentos, es necesario realizar una acción cruel como castigar a
alguien para mantener la moral del pueblo. De alguna manera esto es más piadoso
que no castigar a nadie. Este líder necesita hacer comprender que nadie puede
delatar a los del IRA por ninguna razón, por eso Gypo debe morir.
Al momento de su ajusticiamiento
Gypo se escapa, se esconde en el departamento de su mujer. Ella se percata de
su delación y recurre al líder implorando piedad por su pareja. Ella se asume
responsable de la acción de Gypo, sabe que de alguna manera lo llevó a romper
con la moral establecida de los lugares sórdidos, se dio cuenta de que lo hizo
inconscientemente, ella lo castró[9].
El líder no puede cejar, y ahora
sabiendo dónde se encuentra Gypo ordena su ejecución.
Gypo es baleado y se esconde en
Gypo implora perdón,
argumentando con total convicción, asumiendo su inconsciente, que no sabía lo
que hacia. Esta sufrida mujer lo perdona, sabe que Gypo estaba desesperado,
desesperado a la manera borgiana, ya no podía esperar nada, autorizando su
responsabilidad.
Esta singular obra
cinematográfica ha ganado varios premios Oscar, es un filme de 1935[10],
cuatro años antes a la publicación de El
muro de Sartre. La elección de este filme se debe a varias razones. Entre ellas
el accionar de ambos personajes, Gypo e Ibbieta resultan similares, la
situación en que se encuentran también. Claro que las lecturas siempre son
diferentes.
Ibbieta responde acorde a lo que
Kierkegaard llama el “drama moderno”, donde la acción se deja de lado para
ingresar a los razonamientos de los agonistas. En cambio, Gypo se asemeja a un
personaje de la tragedia griega, todo se remite a su accionar.
De allí que la intelección de
los tres momentos de la responsabilidad sea evidente, sin complejo análisis
ulterior. Es decir, Gypo delata. El entorno lo refiere a su acción, el proceso.
Gypo se arrepiente de haber cedido en su deseo, dándose cuenta de que lo que
hizo estaba mal, no por sus connotaciones morales sino por consentir a
cualquier costo su deseo.
Llega a parecerse a un tango, a
una historia de arrabal porteño. Todo lo que hace Gypo es por darle el gusto a
su mujer. Para ser el macho que la mantenga, ¿no suena todo, siempre, a la
posesión fálica y su ecuación simbólica?
Gypo nunca supo lo que hacía,
hasta que el entorno lo interpela, hasta que realmente asume su inconsciente.
Solamente allí se encuentra como sujeto deseante. Allí la responsabilidad por
sus actos aflora, más allá de todo sentimiento de culpa. Allí encuentra ese
saber no sabido. Allí encuentra su destino, cede ante su deseo. Y así se cierra
la tragedia.
Cabanillas,
Francisco R.
Bibliografía:
Aristóteles. Poética.
Editorial Andrómeda. 2004.
Hume, David. De la tragedia y otros ensayos sobre el
gusto. Editorial Biblos. 2003.
Kierkegaard, Sören. De la tragedia. Ediciones Quadrata.
2005.
Maquiavelo,
Nicolás. El príncipe. Comentado por
Napoleón Bonaparte. Biblioteca Austral. Espasa Calpe. 2001.
Michel Fariña, Juan Jorge. Ética: un horizonte en quiebra. Eudeba. 1998.
Michel Fariña, Juan Jorge y Gutiérrez, Carlos.
(Comp.) Ética y cine. Eudeba2000
/JVE, 2000
Quiroga, Horacio. Arte y lenguaje del cine. Ediciones
Losada. 1997.
Sadoul, Georges. Historia del cine mundial. Siglo XXI
editores. 8va Edición. 1984.
Truffaut, François. El cine según Hitchcok. Edición definitiva. Alianza editores. 1997.
[1] Los maestros rusos del cine –para este caso Kulechov- demostraron, no explícitamente, cómo el montaje es condensación a través de dos experiencias. Una de ellas es la continuidad de distintos planos intercalados de un rostro siempre con la misma expresión y alternados con distintos planos, un muerto, un plato de comida, una mujer desnuda, etc. La otra experiencia es el recorte de varios planos detalles de distintas mujeres, que a ojos del espectador formaban la mujer perfecta.
[2] Recuérdese el sueño paradigmático de Freud, “padre, ¿no ves que me abraso?”, y sus posibles interpretaciones, siendo una de ellas el deseo del padre de volver a ver al hijo con vida.
[3] Hitchcok expresa que una buena obra cinematográfica radica en esta tríada.
[4] Es paradigmático como tragedia Edipo Rey.
[5] Utilizo la palabra “virtual” porque la acción no es realizada por el sujeto sino por los protagonistas.
[6] No es el objetivo de este trabajo hacer una unión de los momentos de la responsabilidad y el inconsciente del sujeto a través de la apreciación de una obra cinematográfica, considero que son pertinentes.
[7] Muscle: Músculo. En el sentido que es un pendenciero, obedece órdenes de otros para desempeñar diversos trabajos arriesgados y con una alta preponderancia a la agresión física a través de los golpes.
[8] “El príncipe
[9] Aquí se demuestra cómo toda escena contribuye al total de la obra. Esta escena es clave para entender el accionar de Gypo.
[10] El libro original es de 1922.
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