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Una pura formalidad

28/05/2011- Por Carlos Faig - Realizar Consulta

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Un escritor famoso, que pasa por un período de falta de inspiración, no ha publicado nada en bastante tiempo, resulta detenido por la policía. Esto ocurre en una noche de fuerte tormenta. El detenido presenta lagunas de memoria, confusiones. Carece de identificación. El comisario lo interroga cada vez más dura y hábilmente, hasta que asistimos a un desenlace inesperado.

Ficha técnica y artística

Nacionalidad: italiana

Título original: Una pura formalità

Año: 1994

Duración: 108 minutos

Dirección y montaje: Giuseppe Tornatore

Guión: Giuseppe Tornatore y Pascal Quignard

Actores: Gerard Depardieu, Roman Polanski, Sergio Rubina, Nicola di Pinto

Música: Ennio Morricone

 

 

Comentario

El film de Tornatore presenta varios puntos de interés. La atmósfera creada en el escenario principal de la película, la estación policial: las goteras, la humedad, la transpiración –se ha señalado que casi puede percibirse– de los cuerpos. Resultan de interés, asimismo, el desarrollo teatral (casi toda la narración transcurre en un diálogo), y las actuaciones de Polanski (cuya carrera, como se sabe, se desarrolló básicamente como cineasta y no como actor) y Depardieu, soberbias.

Otro punto de interés lo constituye, sin duda, el hecho de que Pascal Quignard haya participado en el guión del film. En los ’90, este  novelista y ensayista ya era muy conocido.

El sexo y el espanto, por ejemplo –uno de sus textos más difundidos–, se publica justamente en 1994 (Le sexe et l’effroi, Gallimard, París), coincidiendo con el  estreno del film. Considerando uno de los temas quizá centrales de la obra de Quignard y exagerando un poco, la estación de policía deviene uterina. El clima y el lugar son cerrados, claustrofóbicos, y, si se quiere, amnióticos. Onoff se halla en un lugar ciertamente indicado para aprehender el final de su vida y su interrupción voluntaria.

Para nosotros, la película  da motivo a una pequeña reflexión sobre el suicidio.

Se ha insistido en el carácter de acto que presenta el suicidio. Incluso, de acto logrado. Veamos por qué. Pero primero demos un rodeo.

En la medida en que el nombre propio indica con quién se puede y con quién no se puede mantener relaciones sexuales, en tanto el nombre propio conlleva la indicación de esa interdicción, la exclusión del goce puede desarrollarse en términos edípicos. El padre, en tanto representa la prohibición del incesto, permite que se establezca un sistema de nominaciones. Impide que su hijo, por ejemplo, sea padre e hijo a la vez. Frente al incesto no hay nominación de parentesco. La estructura  no se sostiene. En la medida en que el lenguaje es un sistema de coherencia posicional se entiende que el Nombre del Padre, en tanto representa la sucesión generacional y la prohibición que la sostiene, le preste su garantía.

Son sistemas isomorfos, ligados. En cuanto al Falo, en esta distribución hay que adjudicarle el goce incestuoso, en la medida en que es el significante que puede significarse a sí mismo (como aquel que puede ser hijo y padre a la vez). Y por esto queda excluido de la cadena significante, de lo simbólico. (En la base misma del proyecto lacaniano y estructuralista de los años ’50, encontramos al Edipo como encarnación del significante, y al Falo como su núcleo incestuoso expulsado. Se ve por qué Lacan decidió hablar del Edipo únicamente bajo la forma de la metáfora paterna.)

Volvamos ahora al film. El señor Onoff −el escritor interrogado que no porta identificación− es a la vez el asesino y la víctima. Ocupa dos lugares relativamente incompatibles al mismo tiempo. Y esta cuestión es la que lleva consigo la dimensión del acto. Onoff está en condiciones de significarse a sí mismo, como el Falo, como el significante, en general, en el acto.

De aquí se desprenden ciertas consecuencias. Una de ellas se liga a la omnipotencia que puede atribuirse al suicidio. En efecto, aquel que se asesina a sí mismo en algún punto se sitúa por fuera de la escena del crimen −si se la puede nombrar así−, en un lugar imposible. Es tanto asesino como asesinado, y por tanto no muere, es inmortal aunque se mate. Al matarse, el suicida mata al asesino, y por tanto no hay asesinato, ya que el agente resulta eliminado.

Asesino y víctima coinciden así con el resultado del incesto –atópicos como el Falo–, son equiparables a aquel que es padre e hijo a la vez. Desde ese punto de vista, no es difícil advertir por qué razón el suicidio es objeto de prohibición en todas las religiones, no sólo pone en vilo a la existencia de la humanidad: cuestiona aspectos centrales de lo simbólico.

Si la relación entre el significante del goce y el suicidio queda así subrayada, habría que mirar con cuidado lo que encierra el acto suicida de goce incestuoso, y lo que realiza en esa dimensión. Convendría por tanto revisar nuevamente algunos desarrollos de La ética, el seminario VII, y especialmente el verdadero pendant que constituyen en esas clases de Lacan los comentarios sobre Antígona y Sade. La heroína y el enemigo de la humanidad; el sacrificio y el asesinato. Una dirigida a liquidar al sujeto y otro al objeto (al Hombre).

Un sector de la reflexión psicoanalítica sobre el acto suicida se basa en el dato que hemos subrayado aquí: los dos elementos que se superponen en un solo lugar. En el film este problema se halla  representado en la atopía que lo caracteriza.

 


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