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Zelig

23/03/2012- Por Hugo Dvoskin - Realizar Consulta

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Músico entre los músicos, negro entre los negros, beisbolista entre los beisbolistas, Zelig -que en el inicio no tiene nombre propio-, logra tomar uno distinto espejando en su cuerpo los rasgos de los semejantes que lo acompañan. Es una imagen que lo constituye cada vez. A diferencia del estadio del espejo cuyo fenómeno constitutivo es duradero y enajenante, para Zelig la identificación al otro del espejo es circunstancial y provisoria.

 

 

Ficha técnica y artística

Título original: Zelig

Dirección: Woody Allen

País: Estados Unidos

Año: 1983

Fecha de estreno: 15/07/1983

Duración: 79 min.

Género: Comedia

Reparto: Woody Allen, Mia Farrow, John Buckwalter, Patrick Horgan, Marvin Chatinover, Stanley Swerdlow, Paul Nevens, Howard Erskine, Ralph Bell, Richard Whiting

 

Agradezco a los residentes de los hospitales Argerich y Moyano por su participación y aportes.

 

 

Con la vista en el público que lo ha alabado, que lo ha admirado y que lo ha repudiado, Zelig anuncia que la perspectiva de concluir la lectura de Moby Dick le da suficiente motivo para seguir viviendo (La insistencia en el importante lugar que tiene Moby Dick en el film se la debemos a José Rehin).

Atrás ha quedado un largo camino que para nosotros, como para su público, comienza cuando descubren el fenómeno del “camaleón”, pero que para él, sin dudas, ha tenido otros bemoles que resuenan. La travesía en el film comienza cuando los medios y las fotos le arrancan la invisibilidad que le había permitido mimetizarse sin mayores obstáculos: músico entre los músicos, negro entre los negros, beisbolista entre los beisbolistas, Zelig -que en el inicio no tiene nombre propio definido-, logra tomar uno distinto cada vez espejando en su cuerpo los rasgos de los semejantes que lo acompañan. Es una imagen que lo constituye cada vez. A diferencia del estadio del espejo cuyo fenómeno constitutivo es duradero y enajenante, para Zelig la identificación al otro del espejo es circunstancial y provisoria.

 

1.- El diagnóstico

Zelig abre un abanico que nos obliga a elegir por cual lo abordaremos. Podría ser el marco social que incluye la política, la época, la prensa y las masas; o el marco psicológico que abarca la identificación, el mimetismo, el heroísmo, el amor y el desengaño; o los tratamientos “psi” con su veracidad y su dificultosa verificación, particularmente las cuestiones de la hipnosis, la contratransferencia e incluso el semblant como lugar del analista.

Considerado como una crítica al universo humano que masificado toma y descarta, alaba y aborrece, constituye ídolos de barro y becerros de oro, la película sería apenas una sátira bien lograda sin otros ribetes que las virtudes que le provee el ingenio de Woody Allen. También podría ser una crítica a los medios que abusan de esa condición humana para hacer pulular mitos y leyendas urbanas, un modo moderno de las antiguas religiones. La prensa transforma una circunstancia singular en cuestión de estado que requiere la intervención de las diversas “fuerzas vivas” y sus instituciones por la cual los saberes médico y judicial toman parte sin haber sido llamados por los interesados. No es esa la línea de abordaje que nos resulta posible por no contar en nuestro acervo de conocimientos con las herramientas necesarias o adecuadas para hacerlo, tan sólo enunciamos la posibilidad de ese análisis.

Considerado como una metáfora de la voluntad de adaptarse, la película podría resolverse con un comentario sartreano sobre la autenticidad[1] y el ser uno mismo. Bajo esa perspectiva, “querer ser el otro” llevaría a lo peor. A nuestro gusto esta versión no se sostiene al menos por tres motivos. En primer lugar, porque no han sido sus transformaciones sino el hecho de que lo hayan descubierto lo que finalmente lo irá conduciendo a lo peor y quizás, lo veremos más adelante, alguna pusilanimidad en el tratamiento que conduce la psiquiatra. En segundo lugar, porque todos necesariamente somos otro como ya lo anticipa el estadio del espejo. En tercer lugar, y fundamentalmente, porque el fenómeno del camaleón a Zelig se le produce espontáneamente. En todo caso su alegato final, “sean ustedes mismos, sean auténticos”, no es más que una manifestación de voluntarismo. Su transformación, por el contrario, no es efecto de una voluntad de adaptarse, ni puede articularse sencillamente como un deseo. Es un fenómeno que le es ajeno, que se le impone sin más y por el cual queda transformado durante un intervalo breve de tiempo.

Abordaremos a Zelig dejando de lado uno de sus mejores recursos desde el punto de vista cinematográfico: el humor. Lo tomaremos como acostumbramos a hacerlo con los personajes de las películas que han sido objeto de nuestros comentarios: como el texto de un caso clínico que un analista presenta en una supervisón o en un ateneo. En esta oportunidad, se trata de un sujeto que en ciertas situaciones tiene transformaciones corporales –singularmente exageradas, quizás como efecto de la sorpresa que le provocan al propio analista que lo está relatando-.

Fenoménicamente, Zelig es un mimético. Pocos segundos le alcanzan para transformarse físicamente en el otro. Si bien es un fenómeno que hace a la forma, no evita el cambio de color de piel, el aumento de peso y la actividad. El principio del placer, que siempre impone sus condiciones y sus límites, aquí tiene dos nombres: mujeres y animales. Su cambio no afecta a sus órganos sexuales, ni se convierte en “el hombre lobo”. Es un hombre que en cada situación será similar al otro. “Similar” dentro del conjunto de significantes que constituyen al Yo, los que imaginariamente podrían atribuírsele: gordo, negro, alto o la marca identitaria de la actividad o de la profesión. Zelig devela en algunos segundos los nombres imaginarios que el otro recibe o recibiría del conjunto social. Estas transformaciones le han permitido incluirse y mimetizarse en grupos a los cuales no pertenece y a los que no habría tenido acceso por falta de recursos y de herramientas adecuadas para lograrlo. Sin embargo, Zelig no altera su rostro ni sus facciones al punto de no ser reconocible.

La singularidad de este sujeto, en la primera parte del relato –hasta el tratamiento con la psiquiatra-, es que estas transformaciones refieren a cuestiones no sólo en la coloración (como podría ser ruborizarse), en los gestos, en los modos de hablar y en los hábitos (que a veces quienes pretenden ingresar a un grupo más o menos concientemente imitan a fin de mostrarse como parte de) sino que le producen una modificación profunda del cuerpo que incluye los rasgos distintivos y específicos del otro. Estas modificaciones lo hacen objeto de interés del cuerpo médico. Estereotipadamente -suponemos y hemos experimentado al discutir el film- dos diagnósticos precipitan en el conjunto de quienes participan del ateneo. Estarían -y estuvieron- quienes diagnostican una psicosis. El desconocimiento que el mismo sujeto manifiesta con relación a las personalidades que termina habitando es fundamental para proponer ese cuadro psicopatológico. También estarían y estuvieron quienes suponen en Zelig una manifestación singular y metafórica de la adolescencia. Se trataría de un modo categórico –por ahora no catastrófico- para quien no encuentra otra vía que travestirse masivamente para incluirse en los grupos. Por nuestra parte, optaremos por aceptar el fenómeno tal como se presenta. Nos dejaremos tomar por lo que hemos visto y veremos qué resulta. Zelig es por ahora alguien que por efecto de situaciones de hábitat –muchos las llamarían situaciones de stress- responde subjetivamente con una gran transformación somática. Nuestro probable diagnóstico entonces –que sostendremos hasta que las evidencias nos demuestren lo contrario- es que se trata de un paciente psicosomático, sin atenuantes. Abordaremos este diagnóstico aun corriendo dos riesgos. Por un lado, nos obliga a introducirnos en cuestiones teóricas, que no es lo habitual de nuestros comentarios. Por el otro, nos aproximamos a un terreno que no es seguro que nos sea pertinente pues son “cosas aparentemente muy alejadas de nuestro dominio (cuando) se trata de lo psicosomático”.[2] Lo psicosomático, es sabido, no es un significante. Si así lo fuera, se trataría simplemente de un fenómeno de conversión histérica. A saber, si se tratara de un significante, sería un representante del sujeto para otro significante que dice del deseo y que, por no haber sido vehiculizado por la vía metonímica, encuentra en el cuerpo una metáfora lograda. No es el caso de Zelig.

 

2.- Lo psicosomático

Más precisamente “lo psicosomático (…) sólo es concebible en la medida en que la inducción significante a nivel del sujeto ocurrió de una manera que no pone en juego la afánisis del sujeto”.[3] Dicho de otro modo, aquí habría un fracaso de la función “para”, del “para otro significante” que la definición de significante introduce: un significante representa a un sujeto para otro significante. El interés de esa definición siempre ha caído sobre los términos significante y sujeto. El primero, entre otros motivos, por lo paradójico que resulta que la definición de un concepto lo incluya en la misma; el sujeto, porque siempre convoca a quienes se interesan por cualquiera de las ciencias conjeturales. Nuestro interés esta vez diferirá de estas dos cuestiones. Nos interesa el “para” porque supone una distancia insoslayable entre significantes. Hemos, en otras oportunidades, utilizado la metáfora del resorte para explicar dicha distancia. La extensión del resorte puede variar dentro de ciertos límites, de acuerdo a una constante específica y singular, pero nunca será infinitamente extensible. Sobrepasado cierto límite, el resorte se quiebra y pierde la posibilidad de volver al punto de partida. A la vez, el resorte siempre mantiene una distancia entre sus puntos de forma tal que nunca podrían comprimirse hasta transformarse en un solo punto, nunca es reductible hasta ese punto. También nos interesa subrayar que el “para” es una preposición, lo cual nos permite jugar con la escansión de “pre posición”. Se requeriría de una posición previa para que el sujeto pueda abordar este movimiento significante. Godino Cabas ha aprovechado justamente esta cuestión para situar el tema del narcisismo[4] (saca buen provecho de los títulos con lo que fue traducido Freud al español y al portugués Introducción del/al narcisismo) para ubicar allí también el problema preposicional. Tres elementos deben conjugarse para que esta pre-posición permita al sujeto abordar el armado significante: el nombre del padre, la travesía del estadio del espejo (dicho sea de paso, el estadio del espejo: matriz simbólica –no imaginaria- que sí permite constituir un campo imaginario) y el pasaje por el Edipo.

La falta de distancia entre los significantes haría que estos quedaran amalgamados, haciendo de dos, uno. Esta ligadura dificultaría el funcionamiento y generaría el fenómeno de la holofrase. Cabe decir que el lugar de la vorstellungrepräsentanz, el significante binario[5], su condición de operador en la estructura, su posición de ser un vacío que convoca a un nuevo significante sin que ninguno pueda llenarlo, fracasa. La imposibilidad del funcionamiento del significante binario supone alguna forma parcial de fracaso de la represión primordial, porque la vorstellung es efectivamente efecto de esa operación. “Este significante constituye el punto central de Urverdrängung, que será (…) el punto de atracción que hace posible las demás represiones. De esto se trata en el término vosrtellungrepresentänz”.[6] Nos encontraríamos frente a una severa limitación de nuestra praxis, singularmente en lo que refiere al juego interpretativo “debido a que el sujeto, en tanto afánisis, no está involucrado”. Podríamos aquí proponer una ligera rectificación o al menos una ampliación de un decir generalizado cuando se afirma que el psicoanálisis trata lo real por lo simbólico. Esta definición fue en su momento una respuesta política de Lacan frente a las acusaciones de idealismo de la teoría.[7] En rigor, sería válido decir que el psicoanálisis trata lo simbólico por lo simbólico a sabiendas de que dicha praxis podría tener efectos sobre lo real que, en todo caso -como refiere la cita de la nota a pie de página-, es hacia donde está orientado. “Si algo sugieren las relaciones psicosomáticas como tales, es que están fuera de las construcciones neuróticas (…) Las relaciones psicosomáticas se sitúan a nivel de lo real (…) Lo real carece de fisuras”.[8] El fenómeno psicosomático en tanto no pone en juego la función de la afánisis podría tender a confundirse en particular con el fenómeno de la psicosis y en general con todos los cuadros que bordean a las neurosis y a nuestra praxis.

 

Podría caber la pregunta de si la nuestra es una posición que esté dando por aceptada la existencia de cuadros psicosomáticos que tendrían soporte causal explicable desde nuestra praxis. Bajo esa perspectiva le estaríamos dando onticidad plena. A saber, ¿acaso estamos afirmando la existencia, Zelig mediante, de fenómenos psicosomáticos? No avanzaremos en la cuestión más que de esta manera: diremos que si el fenómeno psicosomático existe –lo cual es ciertamente imposible de afirmar con certeza más allá de las especulaciones que puedan conjeturarse sobre el mismo y más acá de que el avance de la investigación y los fármacos puedan llevar a muchas de estas constelaciones al terreno exclusivamente médico- Zelig nos dice en forma precisa de qué se trataría si existiera. Es un fenómeno por el cual el sujeto se constituye de un modo singular en momentos privilegiados por tiempos que escapan conjuntamente a las vicisitudes de los ciclos vitales y a las coordenadas del cuerpo organizado por el significante y del cuerpo organizado por lo anatómico. La falta de memoria que padece Zelig entre una personalidad y otra, podría ser orientativo en cuanto a cómo sería ese cuadro si tuviera existencia aislable y plena: si el neurótico sufre de reminiscencias, ¿acaso el psicosomático padecería en cierto sentido de falta de memoria?

 

3.- Tratamiento

En el transcurso de la película Zelig tendrá un viraje crucial. Desde una primera posición que se caracteriza por identificarse al ser imaginario (parecerse o hacerse) y tomar rasgos del otro, pasa a otra posición en la que queda tomado por un hacer efectivo que lo llevará a ejercer diversas profesiones; ya no se parece o aparenta ser médico, ahora atiende y opera. Es una paradoja que el pasaje del ser al hacer (del aparentar ser médico al ejercer de ginecólogo) sea a la vez un pasaje del hacerse al ser. Ya no se transforma corporalmente, ahora realiza el acto propio de cada profesión. Aquí hay que subrayar que lo médico queda definido por el acto que le compete. Un modo más también de acercarse a una comprensión de lo que se define como función paterna en la que siempre hemos insistido en establecer una confrontación posible entre lo biológicamente padre y el/los acto/s que lo constituyen como tal.

Este pasaje en Zelig es, a nuestro entender, no sin el tratamiento que dirige la psiquiatra. En un preciso momento del tratamiento ella lo convoca a “ejercer” como psiquiatra con ella como parte del proceso terapéutico. Pone en acto lo que podríamos llamar una vacilación calculada de la transferencia en el que ella semblantea y compite con él ese lugar de ejercer aunque no se lo sea. Ante ese artificio novedoso, Zelig -por primera y quizás única vez- se angustia. Esta conmoción podría estar indicando en la clínica alguna fisura de la estructura holofrásica.

Borges subraya que el espejo que a uno lo ha constituido, no se constituye a sí mismo en forma definitiva pues al reflejar cada vez a otro es otro cada vez:

 

“…osas multiplicar la cifra de las cosas

Que somos y que abrazan nuestra suerte.

Cuando esté muerto, copiarás a otro

Y luego a otro, a otro, a otro, a otro…”[9]

 

La psiquiatra pone en juego el lugar de Zelig como espejo mismo. Cuando en el tratamiento le cuenta como propia la dificultad que a ella le aqueja le impide a Zelig ser un espejo. Allí debería haber comenzado el viaje que habría ido de ser el espejo a temerles un poco para que Zelig pudiera confrontar con alguna incertidumbre.

 

“me pregunto qué azar de la fortuna

Hizo que yo temiera los espejos (que)

Prolongan este vano mundo incierto

En su vertiginosa telaraña”[10]

 

La psiquiatra quizás asustada, se enamora y retrocede. Ella no prosigue, ¿se acobarda?, vuelve a la hipnosis y a la búsqueda de lo verdadero en la anamnesis. Su vacilación en rigor no había sido calculada sino que era una técnica a través de la cual retorna a su teoría. El “fenómeno camaleón”, llamado a hacer trastabillar todas las teorías queda subsumido a confirmar una de ellas, la de la psiquiatra. A partir de allí, Zelig se lanza a la vida a buscar identificaciones en el hacer. Si a falta de nombre propio ha habido imágenes, ahora a falta de espejo roto habrá un intento de ejercer profesiones. Zelig, en ese punto, pierde su condición de paciente y ahora queda a la deriva sin analista. Abandonado en ese lugar, prosigue la vía abierta por su terapeuta pero ahora sin profesional a cargo. Ya no se conforma con las transformaciones corporales. En un primer tiempo, había comenzado a opinar lo contrario por lo cual ya no refleja pulcramente sino en oposición. En un segundo tiempo, deja de “ser como el otro” para hacer lo que el otro hace: ocupa el lugar del otro en el hacer y no en ser corporalmente. Ejerce actividades diversas: piloto, padre, marido, dentista y ginecólogo. Él, que no se identifica con mujeres y animales, logra identificarse a las profesiones.

Formulamos la hipótesis probable de que él se identifica masivamente al significante de la demanda y nos encontramos con que la psiquiatra, cuando esa posición vacila, en lugar de avanzar es ella quien queda tomada por ese lugar. A su modo, hará lo mismo que él: se “somete” a la demanda amorosa de su paciente, se enamora. Se pierde así ese momento de lucidez en que el tratamiento iba en una “deriva no significante” sostenido en el lugar transferencial que ella inventa.

Dos elementos le juegan en su contra: sus teorías y el enamoramiento que él declara bajo hipnosis en el que ella cree y que además la enamora. El amor de transferencia, operador necesario para crear las condiciones en el dispositivo y posibilitar la cura –nuestro mayor impedimento y nuestra más eficaz herramienta- aquí se subvierte. El genuino interés en el “caso” se ha transformado en un interés tal por el paciente que la involucra ineficazmente. Es una paradoja que sea un enamoramiento lo que a Zelig le genera un nuevo abandono, esta vez abandonado de tratamiento. La falta de decisión de la psiquiatra en avanzar con el tratamiento y este amor dificultan, iatrogenizan e interrumpen la cura que ahora lo conduce a bordes riesgosos.

La psiquiatra descree de su procedimiento, su vacilación no resulta más que una táctica y vuelve raudamente al campo de sus conocidas teorías. Sus teorías le ponen límite a su ingeniosidad. Si el estadio del espejo es paradigmático del modo de enajenación, si la holofrase es un nombre posible de una enajenación que hace falta, las teorías (¿sexuales infantiles?) a las que el Yo se abraza y en las que cree. Esta instancia psíquica adquiere una consistencia tal que podrían competir puntualmente con cualquier certeza. Las teorías son el nombre de la certidumbre con la que el neurótico reniega de la inconsistencia y la falta en ser en que el significante lo deposita. Es en el momento que más se requería que la psiquiatra se dejara tomar por su acto, cuando la monserga de la hipnosis la lleva a pedirle que traiga los recuerdos traumáticos de los que ella pretende curarlo.

 

4.- Los nombres

A Zelig le faltaban dos nombres decisivos, el nombre propio y la historia de Moby Dick. El propio está dicho en el comienzo de la película, su nombre es uno entre varios probables que suenan homofónicos a Zelig. Cualquiera de ellos podría haber sido. Moby Dick, quizás sea el cabal representante, la gran identificación, del hermano americano: su quimera, su aventura sin sentido, su batalla más allá de todos los mares porque el mundo les pertenece, no sin la castración que la amputación del brazo representa. Es el precio que está dispuesto a pagar en causas que para el resto no son de fácil comprensión: hoy una ballena, ayer Viet-Nam, mañana Irán. Se trata de situar la singularidad de este sujeto que no conoce ese personaje que al hacer masa a la vez provee de identidad a cada quien, a cada norteamericano. Zelig es un americano que no conoce a Moby Dick, estamos frente a un argentino que no ha oído mencionar a Martín Fierro. Una historia renegada la de Zelig, con un padre judío antisemita, que lo ha llevado incluso a ser parte jerárquica del ejército nazi.

En el final declara su deseo de concluir la lectura de  Moby Dick. Quizás sea esa la voluntad del director o un momento singular de la vida -no del tratamiento que ha fallado- lo que lo lleva a buscar tardíamente el Nombre del Padre y algunas de sus metonimias posibles. Son nombres que cuando faltan, ya se sabe, llevan a los sujetos a la psicosis o quizás, por qué no, a las psicosomáticas.   

 

Febrero 2012



[1] Lacan hace una referencia y una crítica significativa al ideal de “autenticidad” en los comienzos del Seminario de la Ética, Libro 7.

[2] Lacan, J. El Seminario. Libro XI. Ediciones Paidós, p. 235.

[3] Lacan, J. Ídem.

[4] Godino Cabas, Antonio. El narcisismo y sus destinos. Editorial Trieb. 1980.

[5] Se discute cuál de los significantes es el que corresponde a la vorstellungrepräsentanz. En el seminario 11, Lacan es en este punto suficientemente taxativo: “Se trata, entonces, permítaseme la expresión, de un asunto de vida o muerte entre el significante unario y el sujeto como significante binario, causa de su desaparición. El vorstellungrepresentänz es el significante binario, p. 226.

[6] Lacan, J. Ídem. p. 226.

[7] Lacan, J. “Quiero hacer hincapié en que el psicoanálisis está mandado a hacer, a primera vista, para llevarnos hacia un idealismo (…) el psicoanálisis, más que ninguna otra praxis, está orientando hacia lo que, en la experiencia es el hueso de lo real”. El Seminario, Libro 11, p. 61.

[8] Lacan, J. El Seminario. Libro 2. Paidós, pp. 150 y 151.

[9] Borges, Jorge L. “El oro de los tigres", O.C. Emecé. p. 1134.

[10] Borges, Jorge L. “El hacedor”, O.C., Emecé, p. 814. 


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