05/09/2006- Por Hugo Dvoskin - Realizar Consulta
Julia, la protagonista, quien representa a Medea en la versión de Ripstein, comete hechos que el público no haría, ni querría protagonizar, condenados socialmente y de los que en ningún caso se podría hacer apología. ¿Cómo logra Julia-Medea o Eurípides-Ripstein que el juicio del espectador no tenga la crudeza que habitual y lógicamente caería sobre una matricida?
Resumen: Ficha técnica y artística
Dirección: Arturo Ripstein.
Paises:
México/España/Francia.
Año: 2000.
Duración: 98 min.
Interpretación:
Arcelia Ramírez, Luis Felipe Tovar, Patricia Reyes Spíndola, Ernesto Yáñez,
Martha Aura, Francesca Guillén, Loló Navarro.
Guión: Paz Alicia
Garciadiego, inspirado en "Medea" de Séneca.
Producción:
Álvaro Garnica, Laura Imperiale y Jorge Sánchez.
Música: David
Mansfield y Leoncio Lara "Bon".
Fotografía:
Guillermo Granillo.
Montaje: Carlos
Puente.
Diseño artístico:
Claudio "Pache" Contreras.
Vestuario: Leticia
Palacios.
“... la vida humana es
una sombra (...)
nadie es feliz entre los
humanos.
En la marea de la fortuna
puede
que un hombre
sea más afortunado que
otro,
¡feliz
ninguno!”
I.-
Sorprende, al finalizar la
película Así es la vida, que Julia, la protagonista, quien
representa a Medea en la versión de Ripstein y a quien podría acusarse de
múltiples asesinatos, dos de ellos gravísimos pues recaen sobres sus hijos,
realizados con premeditación y alevosía - una asesina cuyo delito queda
agravado por el vínculo- genere en el público –y en el comentarista-
sentimientos ambiguos, ambivalentes, incluso tiernos e identificatorios. Se
trata de hechos que el público no haría, ni querría protagonizar, condenados
socialmente y de los que en ningún caso se podría hacer apología. Medea, con
relación a sus hijos, va más allá incluso que Sade con los niños a quienes
supone instrumento de un goce propio. Aquí, y siendo hijos propios, los
instrumenta simplemente como objeto de venganza. Sin embargo...
Es cierto que muchos lectores de
Medea, interrogados tiempo después, creen que Medea muere carbonizada en algún
incendio que provoca. En la versión de Eurípides hay un fragmento que se presta
a confusión. Luego del homicidio el coro relata que “De un salto se tiró desde
la escarpada ribera del ponto para ir a perecer con ellos”. Pero aquí la que se
tira no es Medea sino Ino un personaje mitológico, a quien la esposa de Zeus
expulsa, y perece ahogada junto a sus hijos a quienes, como Medea, asesina.
La suposición del suicidio de
Medea quizás sea justamente el resguardo por no haber pensado tan mal del
personaje. Lo cierto es que en la película de Ripstein, Julia deja el
conventillo en el que vivía y, luego de los luctuosos hechos, prepara su valija
y se va caminando... “lo más campante”. En la versión mitológica, tiene incluso
negociada la salida con un hombre con quien se casará y tendrá otra criatura
cuyo nombre probablemente haya sido Medeo.
Lo del nombre viene a cuenta
porque en la versión de Jean Anouilh[1] -a la
que haremos referencia- Jasón le dice a Medea: “¡Medea! ...es un hermoso
nombre, tu habrás sido su única dueña en este mundo... nunca habrá otras Medeas
en esta tierra. Las madres nunca llamarán a sus hijas con ese nombre. Estarás
sola, hasta el fin de los tiempos, como en este instante”. El nombre de Medea
aparece como título de películas y de libros y, desde hace algunos años, en el
DSM4 categorizando un síndrome que es justamente el de homicidio de hijos
dentro de un cuadro clínico ligado a la psicosis posparto. Medea como nombre
pasa a la historia como versiones de obras de teatro y cine, y queda vinculado
a un cuadro de psicosis o de inimputabilidad de lo que no hay dato ninguno en
el texto.
Podría argüirse que ninguna
madre querría hacer cargar a un hijo con un nombre “así”. Sin embargo, luego de
¿Cómo logra Julia-Medea o
Eurípides-Ripstein, entonces, que el juicio del espectador no tenga la crudeza que
habitual y lógicamente caería sobre una matricida? Quizás sea porque los niños
no hablan, y si no hablan en ningún momento en la versión de Ripstein es porque
el director ha adoptado, en ese punto, la perspectiva de Julia con relación a
los personajes de su mundo. No se escuchan los llantos de ninguno de los dos al
ser asesinados, ni el de la niña a la hora de la muerte de su hermano. Hasta
Isaac, en su infinita inocencia, alcanza a decirle a su padre “Padre, falta el
cordero”. La supuesta angustia de los niños está cubierta no sólo por la
confianza absoluta en la madre, sino sobre todo en el “no se vale”, en la falta
de justicia a la que hace referencia Julia. Es paradojalmente en el nombre de
esa justicia, de alguna justicia, que el espectador o el lector, es convocado a
aceptar el crimen como si fuera inevitable. En la versión de Eurípides los
niños apenas si esbozan un texto, por cierto insuficiente.
“Ay, ay!, qué haré, adónde huiré
de las manos de mi madre”
“No sé, queridísimo hermano,
perecemos”
“Pronto, que ya la espada cae
sobre nosotros!”
Consistentemente, si los chicos
hablaran ya no se lo podría considerar únicamente producto de ese matrimonio,
objetos que sólo les pertenecerían a ellos, desamparados como todo objeto de
otra justicia que no sea la de la propiedad privada, la libre disponibilidad y
la repartición de los bienes gananciales. Cabe volver al juicio salomónico, al
momento de las pruebas en la que una de las supuestas madres acepta la
partición de la criatura. El juez –y la que finalmente será sancionada como
madre de la criatura, biológica o no- entiende que un niño no es un bien de
libre disponibilidad por parte de sus dueños.
En la versión de Lars Von Trier,
hecha para la televisión, se produce un efecto diferente pues el director le
pone voz a los niños, les da la palabra, y por esa vía los humaniza. Al
abandonar la mudez, abandonan su condición de objeto del otro; al tener voz se
inscriben en un mundo en que ya serían sujetos de demandas y deseos... hasta
podrían llorar al momento del homicidio. Al hablar los niños, en la versión de
Von Trier, se hace insoportable la idea de que para hacer justicia se utilice a
dos sujetos ahora ya no inocentes, ni puro objeto del cuidado materno, sino
justamente deseantes, demandantes. Por eso Von Trier también se ve obligado a
dar una versión –muy sustentable- de por qué el castigo cae sobre ellos. En su
versión, cuando los niños llevan el regalo aceptan de buen grado cenar con el
padre y su novia. De ese modo, también participan de la traición que cae sobre
Medea. Y ahí ya no se trata de matarlos como objetos para castigar al padre,
sino de matar a todos los que han participado de la conspiración contra Medea.
El modo particular de entender
la relación entre un hombre y una mujer, por parte de Medea, merece una
lectura. Si en la poesía que cita Lacan, “entre el hombre y la mujer está el
amor” (o si “entre el hombre y el amor está la mujer”), para Medea no sólo no
hay “entre” sino que tampoco hay después en términos de objetos: “después del
amor de un hombre y una mujer nada queda, nada debe quedar”. Si en el texto
introductorio al seminario Amores perros citaba
a Marai para situar la necesidad del duelo previo, Medea nos dice que para ella
no hay duelo ni antes ni después. Hay sí, una total destrucción del paisaje que
acompañó a ese vínculo. Podríamos llamarlo un pasaje al acto, pero no del
sujeto, sino de la escena. Forma extrema de lo que se denomina salida maníaca:
“si él/ella me deja, entonces de lo que sucedió entre nosotros, de lo que fue
fruto de nosotros, no quedará nada, y nada ha sucedido”.
La creencia que linda con la
certeza de Julia que de dos puede hacerse uno, y que ella y su marido lo son,
hace que los hijos no lleguen a ser el tercero, no terminan de entrar como
sujetos, apenas objetos que no producen para ella, ni siquiera una crisis o un
cisma en la pareja. Sin que sea necesario arriesgar un diagnóstico de
perversión sobre Medea, no hay dificultad en diagnosticar que el amor de ella
sí lo es. Quizás el hacer abortos sea también una clave para descubrir el lugar
de sus hijos, quizás sus hijos no han salido de esa condición de células
embrionarias sobre los que la madre se considera en posición de decidir su
destino. Quizás por eso la nodriza se asusta con sus propias palabras cuando le
cuenta a Julia su satisfacción porque su hijo nació muerto, porque sabe que se
lo cuenta a alguien para quien los hijos aún no lo son “Yo tan contenta, tuve
un hijo y como era varón mejor que haya muerto”.
Dice Julia: “Si él me deja, que
pague... lo voy a dejar solito; él me quitó todo lo mío, yo le quito todo lo de
él”. Es una lectura para cuyo entendimiento podría decirse que el “ojo por ojo”
resulta insuficiente. Sin embargo, sí es suficiente si se lo lee bajo la forma
metafórica. El ojo subjetivamente es
un objeto: el objeto Jasón que para Julia vale por el todo. En consecuencia,
Julia quedaría autorizada a quitarle lo que, según ella, es el todo para él (su
novia, sus hijos). Si hemos dicho que “ojo por ojo, diente por diente” tiene
una versión positiva, que es justamente ponerle cierto límite a la
damnificación por un daño, este modo de entenderlo por parte de Julia pone
límite a esa lectura. Justamente porque toda ley, todo pecado y todo castigo
requieren de un lector. Medea enseña que en el “ojo por ojo, diente por
diente”, tampoco un significante se significa a sí mismo.
II.-
¿Qué causan Medea-Julia? ¿Hay
acaso coherencia entre el inicio de la historia de amor y sus finales? Más bien
habría que decir que dado cierto final, se pueden encontrar en los inicios
marcas de ese destino. En los inicios no sabemos aún cuáles elementos harán
marcas. Tampoco sabemos cuáles eran los agujeros, las faltas, que mostraba cada
uno de los partenaires para que el
otro pudiera hacerse un lugar. Aquí un paréntesis o un subrayado: a una
relación amorosa se entra por las faltas del otro, por sus carencias, no por
sus atributos. Son esas faltas que lo sitúan al otro como deseante que permiten
que otro tenga lugar en él/ella. Ya en Platón se puede leer que la diosa de la
belleza debe ser fea porque es belleza lo que busca y sólo se busca aquello de
lo que de un modo u otro se carece. Si Jasón está en alguna búsqueda ya se sabe
que se trata del poder aunque, hay que remarcarlo, en una versión cómoda y de
supuestos derechos. El marido de Julia por su parte es un boxeador fracasado
que necesita de ella para su carrera y para ser cuidado porque, como Jasón,
solo no podría. Búsqueda de poder y de comodidad a la que, sustentados en una
posición que cabe llamar machista, tienen supuesto derecho y por ello nada
deben aun cuando lo logrado haya sido por mérito de sus mujeres. Jasón intenta
recuperar el trono de su padre y Medea dará las claves para que esa restitución
sea posible. Finalmente, Jasón intentará casarse con la hija de un rey, lo que
cabe llamar un atajo. Se quedará con el trono pero pagará el precio. El marido
de Julia se hará dueño de la cuadra casándose con la hija de “
La inexistencia de posición
deudora de ambos se verifica en la falta de plan para sacar de escena a sus
mujeres. Nuevos escenarios que se han montado sin tomarlos en cuenta. Quizás
sea una enseñanza: de algunos naufragios salir sólo lleva como precio que todos
se hundan. Frase paradojal que vuelve a imponerse, “la solidaridad bien puede
ser conveniente”[2].
Ambiciones de poder que se llevan adelante sin medir los costos, proyectos
a-locados de una pareja que parece conformada por un niño caprichoso y una
madre condescendiente. Mientras Julia cuida, cura, interrumpe embarazos, se ha
hecho de un nombre y de prestigio en el conventillo, su marido pasa las tardes
en un hotel con su amante, ve la televisión mientras tiene sexo, practica el
box y descuida a sus hijos. Como Jasón, llegará a la noche de bodas, sin saber
dónde vivirán sus hijos ya que a su, en breve, ex mujer la mandará a la calle
para satisfacción de su suegro y… ¡que se arregle!
Tanto Jasón como el marido de
Julia no sólo están decididos a no pagar los precios, también se sitúan
cómodamente en que el precio sea siempre pagado por sus mujeres. Es justamente
en ese no querer pagar, en ese no querer hacerse cargo de la deuda y de las
responsabilidades que tienen, que las pagarán caro. En Medea será ella la que
consiga el becerro, la que mate a su hermano con el sólo objetivo de hacerle
perder un poco de tiempo a su padre, la que conspire contra el tío; así como es
Julia la que trabaja, la que cuida de los hijos, la que se tiene que ir sin
nada. También es Julia la que tendrá que pagar el paso del tiempo, la pérdida
de la belleza y la juventud, el amor que causaba en otros tiempos: “Pasó el
tiempo, el amor no es para siempre... tengo a otra en el cuerpo”. Cuando Julia
asevere que dejó todo por él, él dirá: “lo que hiciste lo hiciste porque
quisiste” y entonces no hay deudas. Posición que abre una cierta cuestión sobre
la deuda y la responsabilidad. Si lo que el otro ha hecho por uno se sitúa en
un punto de deseo del otro, en un punto de decisión del otro, ¿acaso eso
permite suponer que estoy desentendido de cualquier deuda? ¿el deseo de otro
(me) desrresponsabiliza de los beneficios que se hubieran obtenido? Sí cabría
la posibilidad de afirmar que quien da por convicción no estaría en condición
de reclamar reciprocidad. En todo caso eso correrá para quien ha dado y de
ningún modo supone inexistencia de deuda para quien ha recibido. Dicho de otro
modo, la deuda subjetiva de un sujeto no se relaciona con la existencia o no de
pagarés por parte del acreedor. La falta de pagaré le impedirá al acreedor
documentar su acreencia y eventualmente demandar, pero no exime al sujeto
beneficiario ante el Otro. Nadie podría reclamarnos la vida o el lenguaje por
habérnoslos dado. Sin embargo, el no haberlos pedido, no nos exime de la deuda.
III.-
La convocatoria a tomar el poder
incitada por una mujer en el caso de Medea, aun cuando guarda semejanzas con
Lady Macbeth, debe ser particularizada. Para Lady Macbeth el poder vale por sí
mismo y Macbeth es su instrumento. En Medea es el amor a Jasón lo que la mueve
y ella se ofrece como instrumento para los deseos de poder de Jasón. Mientras
Lady Macbeth quiere usurpar un poder que no es suyo y se apoya erróneamente en
los decires de las brujas que terminarán engañando a su marido, Medea es ella
misma la que usará la brujería para engañarlo/s y su poder ha servido para
restituirle a Jasón un poder que le correspondía.
En Así es la vida, los personajes se mantienen fieles a sus deseos, Julia
al del amor y él al de la ventaja y la comodidad. Ambos sostendrán hasta el
final sus posiciones.
La impiedad de
La novia de Jasón y Jasón tienen
además, en la versión de Eurípides, la ingenuidad, la insolencia y la
omnipotencia de aceptar el regalo. ¿Un regalo de la ex en medio de sus
desgracias? ¿Podría acaso no ser veneno? Pero es además el vestido de novia, un
verdadero Caballo de Troya. La escena es en sí bizarra, y en el mundo bizarro
se pierden las coordenadas en las que uno habita.
IV.-
En Así es la vida se agrega un personaje, la televisión. En rigor es
una metonimia del coro. El coro relata lo que sucede en la obra y en ese
sentido da el marco, el contexto. Si se quiere, es el fantasma sobre el que se
sostienen las escenas y el texto. En la vida moderna, dice Ripstein, quien da
esas coordenadas, quien nos cuenta cómo es la vida y la escena del mundo, es la
televisión. No podría decirse que sea un fantasma en el sentido teórico del
término pero es una lectura de una de sus funciones. La versión que da la
televisión va más allá del carácter amenazante y creador de suspenso del coro:
“No tiene solución -dice
Hay una intención en Medea de
que esas muertes produzcan la unión que el amor no ha producido. En la obra de
Anouilh, Romeo y Jeannette[3], que
es también parte de sus Obras Negras, el personaje Lucien dice en un momento
“¿Qué te crees? La ternura, la abnegación, la confianza, todo de un día para
otro. Eso se paga día a día, nenita, con sudor, con tedio, con pequeñas
miserias y miedo junto. Se paga con hijos que tienen fiebre y no se sabe si
morirán, con noches y noches juntos, que se escucha respirar al otro, con
arrugas, que aparecen al mismo tiempo”. Para Julia, la muerte de los niños hará
el trabajo que no pudieron hacer las noches de fiebre en la que probablemente
haya estado sola. Lacan cita a Salomón en el Seminario 10 y refiere de ciertos
movimientos que no dejan marcas como el vuelo del águila, el mar sobre la arena
y pone en la lista el encuentro sexual de un hombre y una mujer. Si el
encuentro sexual no ha dejado marcas o marcas suficientes al punto que la
sexualidad huele a hija de
Si, como dicen las estadísticas
psicológicas, muchas parejas se separan luego de la muerte de un hijo,
Julia-Medea apuesta a que se unan. Esas separaciones de las parejas
probablemente se deban a no poder soportar una de las partes, la que está
decidida a no empezar el duelo, que el otro lo comience. Pero, a la vez, quien
ha hecho algún mínimo recorrido de ese duelo -imposible de concluir, por
cierto- encuentra en el otro la denuncia de que es un duelo que “no debería”
hacerse porque sería olvidar al hijo. Julia, para evitar que la olviden, los
asesina. “No nos une el amor, sino el espanto”.
V.-
Las ideas de Medea son de una
alevosía que el espectador que no está suficientemente advertido puede no
entender algunas escenas. En la versión de Passolini, cuando Medea distrae la
persecución de Jasón distribuyendo los restos de su hermano, la escena no es
comprensible para quien no la conoce previamente pues sin relatos un homicidio
semejante -de alguien que ha sido leal a Medea-, sólo para ganar un poco de
tiempo, no resulta de ningún modo imaginable. Por eso el crimen de sus hijos
requiere detalles, pues se trata de la puesta en acto de una fantasía
absolutamente reprimida. Aquí recordamos el texto freudiano “El olvido de
palabras extranjeras”. Es justamente cuando aparece la fantasía de muerte de un
niño, el sacrificio de San Simón en el punto en que las asociaciones se
detienen y el compañero de Freud en el tren intenta dar por nulo el conjunto
asociativo y sus consecuencias. Es quizás ésta la única justificación que
podrían encontrar Creonte o
Que los hijos son objetos de
intercambio puede verse ya en la ecuación fálica falo = pene = hijos = dinero =
regalos. También en el uso cotidiano, o en el derecho donde se habla sin
dificultad sobre quién se los queda, cómo se reparten o quién los tiene, etc.
Pero hay allí algo oculto que aún cuando se lo diga o se lo escriba, todos
dicen que nadie lo piensa, que “es simplemente un modo de decir”.
Es notorio que los hijos son
conducidos a una pérdida de la madre -que será expulsada- y del padre -que
entrega su función a
Pero en los niños lo que se
juega es la posibilidad de llegar a ser hombres, ya en sentido cronológico, ya
en su posibilidad subjetiva, de sobrevivir a la tragedia y de ser sujetos del
lenguaje. Aquí los dos fracasos se imbrican.
Pero para Julia pueden fenoménicamente
hasta ser simples objetos de una escena que el marido debe ver. Julia decide
que la muerte del segundo de sus hijos será a la vista del marido. Que no
queden dudas, que no fue error, que no fue otra, que no fue la nodriza, que no
fue por algún otro motivo, que fue ella a los ojos del futuro ex marido,
escenificándole que no llegará a tiempo para subir la escalera. Esa escalera
que nos recuerda otras escenas del cine donde alguien alcanza a detener un
carrito de bebé que va cayendo. Aquí es un padre que si quisiera subir, si
pudiera imaginar lo que viene, igual no alcanzaría a ver cómo acuchillan a su
hijo pero no por eso deja de participar de la escena. Y de ese modo el padre no
se encuentra con lo que ya fue sino con la angustia que se produce cuando
todavía no es, cuando quizás no sea, cuando un poco más y lo evitaba. “Te
condeno a esta angustia”, a que tus pensamientos queden atravesados por
“hubiera podido hacer algo”. Pero si Julia logra eso, ha logrado estar para
siempre en los pensamientos de su marido, “no habrá para ti ese orden que
anhelaba Jasón para Corinto”.
VI.-
La nodriza de Julia, que
discursivamente habita la tragedia, también sabe de los disfraces y de la
comedia de la vida: “nadie se muere de divorcio”, afirma. Aunque la nodriza sabe
que el divorcio, según el decir popular, se cura con el tiempo, también –ahora
según las crónicas policiales- sabe que muchos homicidios se cometen justamente
ante la imposibilidad de llevar adelante un divorcio o una separación. La
muerte, el homicidio, produce la ficción de “asunto terminado”. Pero he ahí un
gran fracaso, si Sócrates finalmente fue inmortal, los hijos de Julia-Medea
siguen vivos y son muertos cada vez. Por cierto que es un asunto no terminado desde
hace dos mil quinientos años. La presencia viva del otro aparecería como una
dificultad del sujeto para restablecerse como tal. La existencia del otro, la
posición de un sujeto como objeto de otro sujeto, crea la ficción subjetiva de
que sólo la muerte, la desaparición física del otro, permitirá que recupere mi
posición de sujeto.
VII.-
Si siguiéramos con las preguntas
que se abrían en Adiós a Las Vegas,
cabe interrogarse cuál es el elemento que vale por el alcohol en aquella y que
sitúe la adicción de la que Julia no puede sustraerse. Y es justamente su
marido sin el cual, sin cuyo amor, no podría vivir. Aquí con un matiz, pues lo
insoportable no es vivir sin el amor de él, sino que ese amor sea disfrutado
por otra. El espectador se sorprende al ver que Julia estime como tan valioso a
un sujeto que a los ojos de quien ve la película no lo es en casi ningún
sentido. La escena en la que él está con su nuevo amor es particularmente
paradigmática: mientras hace el amor no puede dejar de ver la película de
boxeo. No, como en el chiste, en el que después de hacer el amor él toma el
control remoto para mirar televisión, sino que es durante el acto, mostrando un
interés escasísimo por su objeto, objeto por el cual él ha dejado a sus hijos
librados a la suerte de lo que diga su futuro suegro. A ese hombre que no
parece aportar demasiado, ni como padre, ni como marido, ni afectiva ni
económicamente; a ese hombre, Julia se mantiene aferrada.
Si bien es cierto que la pasión
amorosa tiene bordes difíciles de hacer convivir con el respeto pleno, a saber,
con lo políticamente correcto, el caso de Medea-Julia es un nuevo caso extremo
de creencia en la relación sexual, inexistencia de duelos anteriores y
desconocimiento de la posibilidad de perder el objeto de amor. No es posible
existiendo pasiones no inmiscuirse en la vida del otro y en el amor que el otro
tiene por mí. Pero a Julia sólo le interesa eso, el interés de él por ella.
Julia dice: “no me querés, bueno, queréme de nuevo”. No tiene valor alguno para
ella lo que él sienta, lo que a él le pase, sólo importa que a él le pase lo
que ella quiere que le pase. Ni siquiera parecen importar los atributos que él
tendría, de hecho parece no tenerlos. Lo que está en juego en rigor es el lugar
que Julia-Medea tienen/tuvieron para con sus maridos, lugar de cuidado, de
protección, de sacrificio y renuncia personal, al que no están dispuestas a
renunciar. No dejar de ser aquello que alguna vez fueron para el otro. Es un
terror a ser olvidadas.
Dos puntos de riesgo clínico
caben subrayar, y los dos se entrecruzan en Julia: por un lado, cuando afirma
que “él es todo para mí”, que implica que él lo es todo y que le pertenece; por
el otro, cuando afirma que “él no es nada sin mí”. Porque allí la posición de
objeto del otro y la posición de objeto ante el otro valen más que la vida
misma. En Anouilh puede leerse que ella le dice a la nodriza “Cuántos años
vejestorio con la muerte sobre tus espaldas”, pues la vida no tiene un valor per se y en ese mismo instante convoca a
sus hijos para que amparados en el calor materno pueda darles muerte: “Venid
que os tranquilice, cuerpecitos calientes. Se está bien junto a la madre;
desaparece el miedo”. Es en esa línea que Othello queda hilvanado con Medea. Él
ha ganado grandes batallas, supo salir airoso incluso de la esclavitud, siendo
negro ha ganado prestigio dentro de la nobleza veneciana, es reconocido por el
Dux pero... si es cierto que Desdémona ha entregado el pañuelo a otro hombre,
él se transforma en un asesino, pues si él no es lo que él supone ser para
ella, nada es. Si ella asesinó el ser de él, él la asesina a ella. En Amores perros la versión será otra, allí
no hay nada que sea todo pero no puede fallar ningún detalle, con lo cual cada
detalle en falta pasa a valer por el todo y la escena siempre tiene el riesgo
-o la garantía- de arruinarse.
Es cuando existe la creencia en la relación sexual, cuando hay la creencia en “él es todo para mí”, o hay “algo que vale por el todo”, o simplemente la creencia en el todo, que se produce un reencuentro ajustado entre esa creencia y los amores perros. Cuando Lacan afirma que no hay relación sexual promete que podría haber amores que no lo fueran.
Hugo Dvoskin
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