16/11/2006- Por Martín Ariel Hartmann y Alfonsina Povilaitis -
Jóvenes y niños desnudos han ingresado al sector trasero de un gran camión utilizando una rampa para bovinos. Las puertas se cierran. Varios espectadores permiten que ellos sean gaseados como en el holocausto, usando el dióxido de carbono que sale del caño de escape, que es conectado a la parte trasera del camión. El camión se pone en marcha y da vueltas por un descampado. Los observadores de la escena se ponen la ropa de los jóvenes que metieron previamente en el camión. Este es el comienzo del cortometraje World of Glory, dirigido por el cineasta sueco Roy Andersson.
Ficha técnica y artística
Título original: Härlig är Jorden
Dirección: Roy Andersson
Género: Cortometraje
País: Suecia
Intérpretes: Klas- Gösta Olsson, Lennart Björklund, Christer
Christensen, Bernard Eiger, Rolf Engström, Gun Fors, Udo Kühnapas, Hans
Söderblom, Anne Tubin,
"Existen dos maneras de ser feliz en esta
vida,
una es
hacerse el idiota y la otra serlo."
(frase atribuida a Sigmund Freud)
Jóvenes y niños desnudos han ingresado al sector
trasero de un gran camión utilizando una rampa para bovinos. Las puertas se
cierran. Varios espectadores permiten que ellos sean gaseados como en el
holocausto, usando el dióxido de carbono que sale del caño de escape, que es
conectado a la parte trasera del camión. El camión se pone en marcha y da
vueltas por un descampado. Los observadores de la escena se ponen la ropa de
los jóvenes que metieron previamente en el camión. Este es el comienzo del
cortometraje World of Glory, dirigido
por el cineasta sueco Roy Andersson.
En una escena posterior, veremos que el camión
llega hasta una zapatería, como si allí se dejaran los zapatos de esta gente
que fue gaseada para que sean vendidos. Hay algo de la historia sueca aquí que
se hace presente, quizás en relación con su “participación” durante
World of Glory es un film que hace hincapié en el tema
de la muerte. Es en varias oportunidades que los actores del film se muestran
con sus caras maquilladas de blanco[1], casi como planteando el
interrogante acerca de cuán vivos nos encontramos en esta vida.
Cada escena de esta película es como una
pintura, pues cada plano es totalmente fijo –la cámara no se mueve nunca–. Nos
hace recordar a una obra de Vermeer o de Rembrandt, por ejemplo. Como en la
pintura flamenca, el cortometraje nos muestra que la gente está en situación, a
veces mirando al observador. Encontramos allí un eje para confeccionar este análisis:
el punto de articulación entre responsabilidad y subjetividad.
En el film podemos ver cómo juegan estos
ordenadores en cada uno de los actos realizados por los personajes. Al hablar
de acto nos referimos a que se ejercita la posibilidad de hacer. Por más
inmóvil que un personaje esté en este film, hay un “alguien-que-hace” –aun
cuando se hace el idiota, parafraseando a Freud– y que es “escrachado” en su
hacer por la cámara, es capturado, por decirlo de algún modo, “in fraganti”.
Esbozaremos un posible análisis de cómo pensar
la responsabilidad subjetiva en esta película tomando como referencia los tres tiempos de la responsabilidad propuestos
por Juan Fariña[2].
Adormecimiento
En la escena del camión a la que hicimos
referencia anteriormente, el protagonista, cuyo nombre no aparece en la
película, quizá porque puede ser cualquiera de nosotros, está de espaldas a la
cámara, observando la escena junto a nosotros. En un momento, el protagonista
mira a la cámara. Nos mira mientras el gas del caño de escape es ingresado a la
parte de atrás del camión, donde están los jóvenes y niños desnudos; nos mira
como buscando un consenso respecto de lo que sucede, para asegurarse de que el
procedimiento de exterminio sea una ceremonia válida. Estamos en la dimensión
del reconocimiento y la identificación yoica: comprendemos lo que hacemos,
sabemos por qué y para qué lo hacemos.
Quizás estos jóvenes y niños que están
confinados en el camión son quienes se sabe que no podrán insertarse en una
sociedad como ésta y constituyen un peligro para esta suerte de Primer Mundo
propuesto por Roy Andersson. Tal vez, para quienes organizan este evento se
trata de un sencillo modo de homenajear las prácticas de exterminio nazi.
Recordemos que Suecia se mantuvo neutral durante
Entonces, no podemos decir con certeza qué es lo
que esta escena representa. Pero lo que sí vemos es el carácter de ceremonia
oficial que tiene, el consenso que pareciera haber entre los habitantes para
que se realice esta actividad homicida. La obediencia a la autoridad hace que
el chofer del camión avance, encendiendo el motor para que salga el dióxido de carbono.
La responsabilidad es del sistema. Como si nadie se muriera dentro del camión
cada uno sigue con su trabajo. Siempre tenemos a alguien que nos diga “el
experimento requiere que continúe”, como se le decía a quien ocupaba el puesto
del monitor en los experimentos de Stanley Milgram.
Los que presenciaron la escena se prueban las
ropas que dejaron los jóvenes, y eligen lo que les gusta. Para los que no están
en el camión, la tierra es encantadora[4].
¿Qué sucede con quienes han sido encerrados en el camión? Se ponen a gritar
desesperadamente. Magia del cine: al parecer los que creemos muertos no se mueren
ni ahora ni después, sino que siguen vivos padeciendo su intoxicación y
enclaustramiento. Pensamos en unos muertos vivos que dan vueltas, como el
camión, a lo largo de la película. Y que siguen gritando.
Ahora bien, pasemos a pensar este primer tiempo
de la responsabilidad subjetiva, en el que alguien realiza una acción
determinada que, se supone, se agota en los fines para los que fue realizada.
Al parecer, el protagonista del film espera que estos jóvenes se mueran y
participa de este ritual público que busca esos fines. ¿Por qué se quiere matar
a estos jóvenes y niños? ¿Acaso para eliminar una raza considerada inferior?
Podríamos pensar muchas posibilidades. Inventemos, por ejemplo, que estos
hombres matan algunos jóvenes y niños porque haciendo esto podrán alargar
mágicamente sus propias vidas, que se les hacen cortas a causa de tanto
trabajo.
Pensando en el protagonista, quien nos dice que
su padre, antes de morirse, se ocupó de comprar un amplio sector en el
cementerio para que pueda yacer toda su familia unida, suponemos allí un
mandato: “Serás como tu padre, ofrecerás un lugar para que los demás se
mueran”. El padre le ofreció a su hijo un lugar donde morirse; el hijo busca
que los jóvenes metidos en el camión se mueran en un lugar, y con esto tiene
que ver la acción del primer tiempo de la responsabilidad. El protagonista
actúa al estar complicado en ese ceremonial de muerte. Y a su vez ofrece a los
demás un lugar donde morirse: departamentos, pues es agente inmobiliario.
Este protagonista es a su vez padre. Como padre,
también hace que su hijo ofrezca un espacio. La frente de su hijo, convertida en
espacio de publicidad, queda vendida por diez años. Al hijo le tatúan en su
frente el logotipo de la firma sueca Volvo. Se trata de la marca del automóvil
que nos presenta en una escena anterior opinando que “es un buen auto”. Quizás
el padre hizo un canje: Volvo le dio un automóvil a cambio de que su hijo
tuviese ese tatuaje por un período de diez años. Aquí podemos pensar en un
hombre que se inclina por alcanzar un reconocimiento: tener un buen auto, como
si eso lo pudiera liberar del pesar que le produce ser agente inmobiliario (ya
que, como él dice, los agentes inmobiliarios “también tienen que existir”).
Pero ese auto no lo libera de nada[5]. Hoy tendrá que usar a su
hijo como espacio publicitario y tatuarle a su hijo el logotipo de Volvo. ¿A
qué tendrá que rebajarse el día de mañana para obtener el reconocimiento
buscado?
Nos pueden decir cómo hay que vestirse, qué auto
comprar, qué hay que privilegiar en nuestras vidas, pero algo de la
subjetividad se desplegará tarde o temprano allí donde el código establecido se
queda sin respuestas para dar. Al protagonista, tarde o temprano, lo
encontraremos quizá en una disyuntiva, en un dilema ético. Vemos aquí cómo hay
un horizonte que se quiebra: hay un punto donde, con el eje de lo particular,
no alcanza. Podemos seguir el código a rajatabla, pero nos encontramos en un
punto con el eje de lo universal-singular, con la singularidad[6].
Y es posible sospechar en esta decisión de
tatuar al hijo –efectuada no sin cierto pesar– algo de ese “plano de la
existencia yoica que se ve atravesado por el del deseo”, como señala María
Elena Domínguez[7]. Hay algo que parece
implicarlo como sujeto allí donde debe ofrecer un lugar a su hijo.
Donde el padre del protagonista le ofrece un
lugar para morir en el cementerio, el protagonista hace inscribir marcas,
significantes en el cuerpo de su propio hijo. Y el registro simbólico, el
significante, según sabemos, se relaciona con la muerte[8].
Su hijo, aunque hábil con el deporte, queda inerte como un pasacalles o un
cartel publicitario. Quizás podemos ubicar también aquí una acción del tipo de
las del primer tiempo de la responsabilidad: el protagonista hace que tatúen a
su hijo y cree que tolerará que el chico lleve inscrita una marca de
automóviles en su frente durante diez años.
Ahora bien, ¿cómo es eso de que un padre pone el
logotipo de una empresa de autos en la frente de su hijo? Recordamos la
película Crash, donde el personaje
Vaughn exhorta a un amigo a tatuarse el símbolo de los automóviles Lincoln.
Como dice Fabián Schejtman tomando al slogan de una firma multinacional de
vestimenta deportiva, el discurso capitalista nos quiere enseñar que nada es
imposible: “Impossible is nothing”. Con un Otro completo, adormecidos, gozamos
hasta tornar líquidas a las perversiones.
Estamos aquí en un primer tiempo de la
responsabilidad subjetiva, porque impossible
is nothing: no hemos llegado todavía a encontrarnos con lo imposible de lo
real. Pero ya hay algo que parece empezar a perturbar, y la culpa puede señalar
eso. En efecto, como afirman Fariña y Gutiérrez, “cuando la responsabilidad del
sujeto se halle ausente, aparecerá como sustituto, como contraparte, el
sentimiento de culpa.” [9]
Esta culpa es la que lo llevará a ir a la
iglesia, donde busca tomarse todo el cáliz de vino. Podríamos pensar que no hay
nada mejor para alguien que se siente culpable que un poco de sangre de Cristo,
pero en vez de buscar simbología en la película, prestemos atención en lo que
es explícito en el film: el personaje es un borracho que, en una escena
inmediatamente posterior a la del tatuaje en la frente del chico, bebe alcohol
junto a otras personas, y por su borrachera parece que intentó quitarse el saco
como si éste fuese un suéter. Esto le
impide ver, y se cae debajo de la mesa, solicitando ayuda.
El protagonista, podríamos decir, bebe
intentando purgarse de culpas, porque como dice Freud en “La responsabilidad
moral por el contenido de los sueños”, haciendo referencia a la neurosis
obsesiva, “el pobre yo se siente culpable de toda clase de mociones malas de
las que nada sabe, mociones que le son enrostradas en la conciencia pero es
imposible que él pueda confesarse”[10].
Hay un “problema” interesante en este primer
tiempo de la responsabilidad subjetiva: el protagonista no puede ofrecer un
lugar para que los jóvenes –que no han sido metidos en el camión– se mueran,
porque ellos no tienen dinero para pagar los departamentos. Pero esto no le
pareciera doler tanto como la dificultad de tener que hacerse cargo frente a
las deudas –esto se puede ver cuando el protagonista nos habla del hombre que
le debe dinero, pero no le dice nada cuando éste pasa delante suyo–.
Vemos también, en las escenas del cementerio
(frente a la tumba del padre) y del hospital (frente a su madre enferma) cómo
el protagonista de la película podría ser cualquier otro –cualquiera de
nosotros, como hemos señalado–. Hay en estas escenas otros visitantes que hacen
lo mismo que el protagonista: con sus trajes de siempre, todos visitan a sus
madres; con sus portafolios y sus pañuelos, todos visitan también las tumbas de
sus padres. A propósito de la escena en el cementerio, llama la atención cuando
el protagonista “le dice” a su padre muerto que éste “lo pensó todo”. Aquí
claramente estamos en el primer tiempo de la responsabilidad subjetiva. Y si
quisiéramos, podríamos explicitar una hipótesis clínica que nos haga posible
indagar respecto de qué debe responder este sujeto, pues tenemos un Otro
completo que es un padre muerto.
¿Qué otras escenas nos permiten hablar de un
primer tiempo de la responsabilidad subjetiva? En la escena de la peluquería,
el peluquero corta el pelo y el protagonista le dice que la vida es corta. Se
trata de cómo el Otro acorta la vida, de la edición del Otro, de la película
que nos prepara el Otro. Como en una película, el modo como se realizan los
cortes es de por sí una lectura y nos inclina a los espectadores, a su vez, a
realizar cierto tipo de lecturas en desmedro de otras. Es entonces una ficción
el resultado de la edición del Otro, unos cortes que nos adormecen y no nos dejan
ver ciertas cosas. La película de Roy Andersson es casi una oda a lo ficticio:
fue totalmente filmada en un estudio. La ciudad, los terrenos y departamentos
son fingidos: se trata siempre de escenografías y de maquetas, algunas en
miniatura, que fueron creadas especialmente para la película.
Ahora bien, esto de una “vida corta” se
resignificará con el segundo tiempo, tiempo del despertar. Aparecen posibles
preguntas: ¿Cómo respondo ante una vida corta? O, en relación con el tatuaje
del hijo, ¿cómo respondo ante una necesidad económica? Responsable, dice Jorge
Jinkis, es aquel de quien esperamos una respuesta. Y agrega: “No digo
consciente de lo que hace ni que se hace cargo de lo que dice, sino culpable de
lo que hace y dice.” [11]
Despertar
En la última escena, vemos al protagonista
parado en su habitación encontrándose con un grito que no sabemos de dónde
proviene. ¿Acaso es el grito de los muertos-vivos del camión? Es un grito que
no entra en armonía con el ambiente de la película, que suele ser blanco, como
en los hospitales, donde hay que mantener silencio “de muerte”. Sabemos que
Suecia es un país del Primer Mundo que carga con el mito de que su tasa de
suicidios es la mayor del mundo.
¿Qué sucede ahora con el protagonista, afectado
por esos gritos? Si antes teníamos la afirmación “Ofreceré un lugar para que
los demás se mueran”, aparece ésta ahora formulada como pregunta: “¿Ofreceré un
lugar para que los demás se mueran?” Encontramos aquí la pregunta del sujeto,
“¿Qué soy para el Otro?”
El primer tiempo de la responsabilidad subjetiva
se ve resignificado por este despertar,
segundo tiempo de la responsabilidad subjetiva. El protagonista no puede
ofrecer un lugar para que los jóvenes se mueran, porque la sociedad, que no les
quiere dar sepultura, hace dar vueltas al camión por la ciudad, y los gritos,
desnudos, se hacen oír. El camión pasea por la ciudad esparciendo los gritos de
los jóvenes que no se terminan de morir: no hay un lugar para que los jóvenes
se mueran.
En esta última escena el protagonista está
vestido con su traje. Podríamos imaginar que el protagonista se ha quedado
trabajando de más y volvió tarde a su casa, por lo que, en vez de quedarse
dormido, como su mujer, escuchó los gritos. Quizás aquella noche no tenía tanto
sueño y se quedó viendo televisión. No lo sabemos. Pero sabemos que esos gritos
fueron escuchados por el protagonista, y quizás a partir de ese encuentro con
los gritos no pudo dormir nunca más.
¿Cómo se produjo este encuentro? En el encuentro
con un real (tyché), el azar
participa junto con la determinación. Por un lado, el azar entra en juego: el
camión pasó, casualmente, por el departamento del protagonista, pero pudo haber
pasado por otras calles de la ciudad. Por su parte, la determinación también
tiene su lugar: esos gritos son sonidos, y el sonido se puede entender como una
onda mecánica longitudinal que se propaga a través de un medio elástico, como
es el caso del aire.
“¡No puedo ver!”, exclama el protagonista en una
de las últimas escenas tras intentar quitarse el saco como si fuera un
pullover. Esos gritos, que no se pueden ver, pero sí escuchar, nos hacen pensar
en la imposibilidad del deseo: no poder ofrecer un lugar para que los demás se
mueran, porque hay algunos que jamás tendrán un lugar donde caer muertos, y
porque hay algunos (su hermano y su madre) que tienen asignado ese lugar por
otro desde hace tiempo.
Un punto interesante para tener en cuenta: tanto
en la iglesia como en el restaurante, el protagonista se “descentra”: si en
otras escenas su cuerpo cortaba cada plano en dos mitades iguales con su dureza
física y su maletín, ahora ocupa un costado de la imagen, y se deja llevar por
los excesos: exceso con el vino del cáliz en la iglesia y con el alcohol en el
restaurante, intentos fallidos de liberarse de toda culpa.
Podemos afirmar entonces que este sujeto debe
responder respecto de la vertiente de la imposibilidad del deseo. Esta
hipótesis clínica, ligada a la imposibilidad, se puede pensar desde la
postergación del acto –por ejemplo, la postergación del acto de reclamar la
deuda a quien le debe dinero–. También encontramos imposibilidad en la relación
del sujeto a la demanda del Otro –pensemos por ejemplo en el tatuaje que se ve
obligado a hacerle a su hijo–. Además, se trata de un personaje que encontraría
que es imposible hacer revivir a ese padre muerto que tanto admiraba. Por
último, hay imposibilidad del deseo en ese “no poder ver” a quienes gritan
desde adentro del camión, a ese “alguien que está gritando”.
¿Sujeto?
Con esta última escena, la película llega a su
fin, pero surge la siguiente pregunta: ¿Advendrá un sujeto ($) o nos quedamos
en el fantasma, (S ◊ a)? Es decir, ¿cómo respondo ante los gritos?
Evidentemente Roy Andersson no tuvo interés alguno en mostrarnos algo de esto
en su cortometraje.
No sabemos cuál es la respuesta ante los gritos:
está la posibilidad del barramiento del Otro, de un tercer tiempo del circuito
de la responsabilidad subjetiva en el que advenga un sujeto del inconsciente,
“sujeto no autónomo que, por definición, no es dueño de su voluntad e
intención”. Pero también es posible quedarse en el fantasma, donde nos
suponemos autónomos, libres y dueños de nuestra voluntad, “sujetos de
conciencia”.
Finalizamos el análisis de este cortometraje,
que precisamente por ser corto, como según el protagonista lo es la vida,
señala fracturas e inconsistencias que hicieron posible interrogarnos algunas
cosas. Pero es claro que hay muchos otros interrogantes que propone World of Glory, un cortometraje tan poco
difundido como interesante para pensar nuestra época.
Martín Ariel Hartmann y Alfonsina Povilaitis
mhartmann@psi.uba.ar alfonsinapovilaitis@psi.uba.ar
Bibliografía
consultada:
- Domínguez, M. E: “Los carriles de la
responsabilidad: el circuito de un análisis”. En La transmisión de la ética: ética y deontología. Vol. I.
Fundamentos. Ed. Letra Viva. 2006
- Fariña, J.J.: “Mar abierto (un horizonte en
quiebra)”, en Fariña, J.J. & Gutiérrez, C. (comp.) Ética y Cine, Eudeba, JVE Ediciones.
- Freud, S. (1925). “La responsabilidad moral por
el contenido de los sueños”, en Algunas notas adicionales a la interpretación
de los sueños en su conjunto. Obras
Completas. Tomo XIX, Amorrortu editores. 1984.
- Jinkis, J. “Vergüenza y responsabilidad”. Conjetural, Número 13. Editorial Sitio.
Buenos Aires. 1987.
- Lewkovicz, I.: “Particular,
universal, singular”, en Ética, un
horizonte en quiebra. Compilador: Juan Jorge Michel Fariña. Eudeba, Buenos
Aires, 2006.
- Fariña, J.J.M. : “Mar abierto (un horizonte en
quiebra)”, en Fariña, J.J. & Gutiérrez, C. (comp.) Ética y Cine, Eudeba, JVE Ediciones.
- Michel Fariña, J. J. M. y Gutiérrez, C. Veinte años son nada. Causas y azares.
Número 3. Buenos Aires. 1996.
- Salomone. Z, G: “El sujeto dividido y la
responsabilidad”. En La transmisión de la
ética: ética y deontología. Vol. I. Fundamentos. Ed. Letra Viva. 2006.
- Schejtman, F. “Una
introducción a los tres registros”. En Mazzuca, R. (compilador), Godoy, C.,
Schejtman, F. y Zlotnik, M., Psicoanálisis
y psiquiatría: encuentros y desencuentros. Temas introductorios a la
psicopatología, Eudeba, Buenos Aires, 2002.
http://www.royandersson.com
[1] Un recurso que Roy Andersson utiliza también en
su largometraje Canciones del segundo
piso (2000) y “You, the living” (aún no estrenada).
[2] Fariña, J.J.M. : Mar abierto (un horizonte en quiebra), en Fariña, J.J. &
Gutiérrez, C. (comp.) Ética y Cine, Eudeba, JVE ediciones.
[3] En http://www.exordio.com/1939-1945/paises/suecia
[3] Härlig är Jorden, el título original del filme
ha sido traducido al inglés por World of glory
("Mundo de gloria"), aunque la frase, que es también el título de un
himno tradicional sueco, literalmente significa "encantadora es la
tierra".
[4] De hecho, nos preguntamos si acaso es posible
liberarse de algo, en tanto somos sujetos del inconsciente.
[5] Lewkovicz,
I.: “Particular, universal, singular”, en Ética,
un horizonte en quiebra. Compilador: Juan Jorge Michel Fariña. Eudeba,
Buenos Aires, 2006.
[6]Cf. Schejtman, F., “Una introducción a los tres
registros”. En Mazzuca, R. (compilador), Godoy, C., Schejtman, F. y Zlotnik,
M., Psicoanálisis y psiquiatría:
encuentros y desencuentros. Temas introductorios a la psicopatología,
Eudeba, Buenos Aires, 2002, p. 169-223.
[7] Domínguez, M. E: “Los carriles de la
responsabilidad: el circuito de un análisis”. En La transmisión de la ética: ética y deontología. Vol. I.
Fundamentos. Ed. Letra Viva. 2006. Página 137.
[8] Trabajada por Fabián Schejtman (8-VI-06) en el Primer Congreso de Ética y Cine,
celebrado en
[9] Fariña, J. J. M. y Gutiérrez, C. (1996). Veinte
años son nada. Causas y azares. Número 3. Buenos Aires. Página 50.
[10] Freud, S. (1925). “La responsabilidad moral por
el contenido de los sueños”, en Algunas notas adicionales a la interpretación
de los sueños en su conjunto, p. 136. Obras completas. Tomo XIX, Amorrortu
editores. 1984.
[11] Jinkis, J. (1987). “Vergüenza y
responsabilidad”. Conjetural, Número
13. Editorial Sitio. Buenos Aires.
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