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Acerca de “la vocación” del analista

07/11/2016- Por Maximiliano Vecchio - Realizar Consulta

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Este escrito aborda "la vocación" del psicoanalista en lo tocante a recibir el sufrimiento del paciente. A lo largo de sus líneas, reflexiona de manera original y hasta poética sobre nuestro quehacer, recurriendo al pensamiento de la filosofa Simone Weil en su texto “La gravedad y la gracia”.

 

 

 

                              

 

 

  El analista es un recién llegado a la transferencia del paciente, lo recibe en la agonía de su noche oscura del alma. Mentalidad infernal marcada por el abatimiento (ante lo que no se puede detener) o el desenfreno (ante lo que nunca va a llegar), o sea, ante lo imposible, lo real.

  Es cuando los pacientes consultan, cuando aparece el zumbido del enjambre y la cabeza no para. Es Simone Weil, quien le lanza al analista una cantimplora en el desierto a la hora de responder por su vocación. Retoma el concepto de “la noche oscura” del poema de San Juan de La Cruz en el sentido del vacío y la desolación con relámpagos de desdicha. Algunos destellos del pensamiento de Weil ‒filósofa francesa de principios del siglo XX, nos van a ayudar a bordear la pregunta por la aptitud, por la disposición del analista.

  Weil en “La gravedad y la gracia” describe la mecánica del psiquismo humano de manera brillante: “Quien sufre trata de comunicar su sufrimiento –ya sea zahiriendo [humillando] a otro, ya sea provocando su piedad–.(…) A quien está abajo del todo, al cual nadie compadece, ni tiene poder para maltratar a nadie, el sufrimiento se le queda dentro y le envenena. ¿Cómo se libera uno de ello?” (1)

  El analista hace un extenso y arduo trabajo personal para liberarse de extender su dolor más allá de él mismo, para aceptar su pasado sin pedirle propina, para separarse del bien y de la codicia.  Señala que “La purificación es la separación del bien y de la codicia” (2). Resuena aquí la cirugía mayor freudiana a nivel del deseo, que implica la máxima diferencia en relación al ideal (distancia entre el ideal y la imagen de sí mismo) y al objeto (diferencia respecto del fantasma de crueldad o de piedad, no lastimar ni generar lastima). El analista es analizante, trabaja y también debe pasar por la universidad durante un buen rato para devenir profesional. El analista además supervisa, escribe y recibe pacientes. Remueve, como destaca Lacan en el Seminario 11, la zona de larvas sin haber podido siempre llevarlas a la luz (3).

  El paciente construye la neurosis para defenderse de esas larvas, del objeto,  de esa presencia larvaria peligrosa que acontece y que en su vida cotidiana las pone en juego con sus otros. Entonces, como es de esperar, el paciente replica sus bacterias en la escena analítica y los analistas las colocamos en el lugar del semblante y las amplificamos, nos dejamos envolver por ellas. Nos tenemos que transformar en personas disponibles para internar las figuras fallidas de la constelación anímica del paciente. Porque el asunto es y no es con nosotros, es y no es ahora, es y no es en la sesión. 

  Aceptamos, tomando sobre nosotros mismos lo que el otro transfiere (sufrimiento del paciente a nivel del objeto ‒no generar lástima, ni lágrimas‒ y de la identificación-renuncia que implica aceptar que soy diferente a lo que imagino ser (y que el otro es distinto a lo que imagino), para que escuche su propio mensaje en forma invertida. Eso no ocurre sin que el analista pase por el lugar de deyecto, resto, pestilencia. Este “tacho de basura”  recibe entonces, el peso del objeto. Lacan conceptualiza al discurso de analista colocando al objeto a en el lugar del agente.

                     

  Es cuando el paciente nos ubica como objeto a  y nos hace conocer así su constelación anímica en acto. Es el discurso analítico por excelencia. Eso no impide que el analista recurra al uso del discurso del amo (dando indicaciones, o a veces pretendiendo que la cosa marche) el discurso universitario (valiéndonos de un saber referencial) y el discurso de la histeria (formulando preguntas). Sirven hasta que sirven y solo son perjudiciales cuando están al servicio de escaparle al “bulto transferencial”.

  Entonces, dijimos que el analista hace un trayecto largo para desprenderse de ese objeto, pero lo hace ¡para luego volver a ocupar ese lugar!

  En la proposición del 9 de octubre de 1967 Lacan manifiesta que el paciente “… nos remite a nosotros el efecto de angustia en que vive su propia deyección”. A continuación dice: “Que el analista sepa como que es de él, lo que yo (el analizante) no sabía del ser, (objeto) del saber (quién soy)". No se trata de un saber referencial en el que el analizante relatará los modos en que vivencia su caída del lugar de falo del Otro, sino que el analista “sepa como si fuera suyo”. Y esto sucede exactamente cuando no se dispone de palabras (se presentifica el objeto), la condición larvaria se hace presente. Transferencia de objeto, negativa, dolorosa. El inicio del verdadero psicoanálisis.

 

  Habíamos dicho que no llevábamos las larvas a la luz. El analista no ilumina, no es iluminador, “… el  analista es el fuego fatuo (feu follet), es decir que no hace Fiat lux, el fuego fatuo no ilumina nada, toma su fuerza de cierta pestilencia”. (4)

  Con Weil nos preguntamos: ¿Dónde hallar la energía (libido) para un acto sin contrapartida? ¿Cómo aceptar lo que viene del otro si no renunciamos a la imagen que nos hacemos de nosotros? Como dice el refrán, escuchar con los oídos llenos es de mala educación. Pero ¿Podemos escuchar sin imaginar?, ¿Cómo hacer para que la imaginación no se transforme en resistencia? Dice Weil: “La admiración, la piedad aportan una energía real pero hay que prescindir de ellas”. (5) Renuncia en el narcisismo que debe producir un desgarro, la convicción de que somos distintos a lo que imaginamos ser, y que el otro es distinto a lo que uno imagina. Castración que implica que ningún par podrá revelarnos lo que de impar nos es propio. “Aceptar el pasado sin pedirle compensación al futuro. Detener inmediatamente el tiempo. La aceptación de la muerte es también eso”. La muerte tiene que ver con el sujeto. La muerte, allí, habla de lo que para nosotros es la castración. Experimentar que lo que está, puede dejar de estar.

  ¿Cómo abandonar el mundo sin morir? ¿El analista debe saber morir? ¿Cómo y porqué hacerlo? Señala Weil en relación a la Muerte: “Estado instantáneo, sin pasado ni futuro, indispensable para el acceso a la eternidad” (6) El analista está en el presente y con todos los peligros que implica. Sin memoria de su pasado y sin imaginar el futuro de sus pacientes. Confiamos en los pacientes, porque si desconfiamos juzgamos. Pero no tenemos esperanza, porque no se puede imaginar el futuro, y eso es cortar el tiempo, detenerlo. ¿Acaso el inconsciente no es atemporal?

  El inconsciente es un bien que está fuera de peligro con respecto a la seducción que los bienes ejercen sobre él. Weil aclara al respecto: “El hombre sólo escapa a las leyes de este mundo por espacio de una centella. Instantes de detenimiento, de contemplación, de intuición pura, de vacío mental, de aceptación del vacío moral. En instantes así, es capaz de lo sobrenatural (7) Lo divino del amor que no espera de Dios, del inconsciente.

¿Podemos imaginar otra cosa que lo que siempre imaginamos?

 

 

Bibliografía

Lacan, J. (1964) Seminario 11: Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis. Ed. Paidós. Buenos Aires, 2007.

Lacan, J. (1967) Proposición del 9 de octubre de 1967. Sobre el psicoanálisis en la escuela. Petrel.

Lacan, J. (1973-1974) Seminario 21: Los no incautos yerran. Inédito.

Weil, S. (1947) La gravedad y la gracia. Madrid: Ed Trotta.

 

 

Citas

1.     Weil, Simone. La gravedad y la gracia. Ed Trotta. Madrid 1997. P 34

 

2.     Ibidem. P42

3.     Lacan. Seminario 11. Clase 2. Paidos  2007. Pag 31

4.     Lacan Jacques. Seminario 21. Sesión 12, del 23/4/74, p. 155

5.     Ibidem p 37

6.     Ibidem p 48

 

7.     Ibidem p 36

 

 

 


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