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Circ(a)

21/01/2024- Por Damián Laborde - Realizar Consulta

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El autor nos presenta utilizando el circo como metáfora, una nueva forma de habitar el mundo. Destaca ese espacio para que el cuerpo pueda danzar y transmitir este más allá de la gravedad y lo visible: la conquista de la inmaterialidad del cuerpo. Ahí confluyen lalangue, el discurso, lo que toca un cuerpo, lo que se anuda, lo que sorprende, lo que conmueve, lo que goza, lo real, lo que falta, el deseo y su efecto: el “efecto sujeto”, un suceso quizás incalculado, pero magnífico y sorprendente.

 

                                                                               Marc Chagall “Les cyclistes” 1962-67*

 

 

  Comienza la función: música audaz, luces inquietas, trapecistas, contorsionistas, equilibristas y bailarines se mueven levitantemente frente al público dispuesto en forma semi circular. Cintas de colores danzan por los aires, serpentinas que inundan el espacio visible.

 

  Ya no hay, como antes, animales fagocitados por el poder humano, ya no hace falta. Hoy el espectáculo son los cuerpos de hombres y mujeres que juegan al imposible, declarando, a su vez, que no se juega a otra cosa. Porque sí, porque circa, porque se mueve.

 

  El equilibrista, en su acto, transita un borde, definiendo su vida por un riesgo. Por momentos, corta el aire del espectador, que luego recobra en su éxito pasajero. Entusiasmado, va más allá, toma un monociclo, sube, pone una silla sobre el monociclo, sube otra vez. Posa, y se hace del aplauso. Sabe de intersticios.

 

  Los artistas saltan y se doblan en el aire. Mantienen flotando variados objetos. Se columpian, van y vienen. Se elevan, cómo si esos cuerpos no pesaran, ligeros y evanescentes, danzan. El significante los levanta, los hace flotar.

 

  Este circo parece no ser otra cosa que una versión complejizada de lo que puede verse en cualquier plaza. Niños trepando, saltando, hurgando, moviéndose, niños poniendo a prueba la levedad del significante.

 

  Didier Weill proclama que estamos habitados por la alteridad, otro lugar, que hace que el cuerpo pueda danzar y transmitir este más allá de la gravedad y lo visible. Es la conquista de la inmaterialidad del cuerpo.[1]

 

  Se pueden ver en este circo, están aquí, los nudos de Lacan. Esos con los que jugamos nosotros. No es ninguna entelequia, es práctica clínica que hace cuerpo, que se hace diciendo y se dice en el hacer.

 

  Porque los nudos no están en el museo, dispuestos de modo puntiforme, para aquel que quiera ver cuadros en vez de movimiento.

 

  Tampoco en el teatro, ese aparato rectángulo donde, si bien la cosa se mueve, suele engañar: al tener un fondo no deja ver las tres dimensiones y puede que se vean círculos perfectos donde, en realidad, son bucles que giran alrededor de algo que falta.

 

  Aquí, en el circo, las dimensiones se amplían pudiendo atravesarse el escenario con la mirada. Gran ventaja salirse del biplano. No hay arista que quede sin verse.

 

  Lacan insistía, el nudo está en el espacio tridimensional, ese que el circo nos da, allí se aprecian las torsiones del cuerpo y el discurso. El decir se enrolla, se invierte, se transforma. Después de todo, ¿acaso no apuntamos a que el analizante quede patas para arriba, asombrándonos él y nosotros de su incalculado talento? ¿No es eso, tomar una curva circense frente a un destino que se ofrece como natural e inevitable? El circo nos deja ver lo que no creíamos posible y nos devuelve aquello que el superyó insiste en soterrar: nuestra capacidad de sorpresa.

 

  Por eso suelen acudir al espectáculo los herejes, aquellos que suponen un imposible realizable y le dan vueltas, siempre. Porque el público del circo, además de hereje, suele ser obstinado. Como si fuera la misma cosa, estos extraños e irreverentes espectadores creen en algo, no hay herejía sin credo. Y creen en algo fundamental, que los sostiene y define. En la herejía, en eso mismo creen. Etimológicamente, cosa elegida, o mejor, elegir la cosa como causa. Una cosa que no es cualquier cosa, es un objeto que, necesariamente, nos lleva a tener una relación creativa con él, y nos abre a creer en lo invisible y estar dispuestos a escuchar lo inaudible. Elegir la falta es, entonces, nuestra herejía.

 

  Este espectáculo que nos convoca y conmueve no constituye una simple complicidad con el artista. Se trata de una relación definitiva. No un entretenimiento, es un modo de hacer y de vivir.

 

  El efecto no es el disfrute pasivo de una estética elevada, aquí se baja al infierno y se apunta a lo primario: a dejarnos boquiabiertos. Acaso dispuestos a recibir el alimento.

 

  “Pan y circo” se dijo alguna vez con una intención peyorativa, sin dar cuenta que escondía cierto saber allí. Para decirlo simplemente: sin hacer algo de circo, el niño no come. Cabe preguntarse, entonces, por qué esta manifestación artística ha sido históricamente tan vapuleada y censurada.

 

  Nótese que este lugar es borromeico: lo sencillo, fácil y cómodo, sería pasar por abajo del de arriba y arriba del de abajo. Cualquier otro animal lo haría. Pero han pensado en otra solución, se les ocurrió hacer lo que nadie había hecho, actuar contraintutivamente: pasar por abajo del de abajo y arriba del de arriba. Arqueando los cuerpos a niveles imposibles, unos sobre otros. El desencuentro sexual los hace entreverarse. Y en el mismo movimiento, sexualizarse en lo inhallable. Logran hacer aquello que no estaba planeado en la naturaleza.

 

  Somos bipedos contranatura, declara el maestro de ceremonias, todo lo que somos es contranatura…

Hablantes, contra toda previsión.

Somos circo y espectáculo.

Circa significante.

Deseantes no naturales.

 

  ¿Qué sería de nosotros sino? Transcurrir aplastados por el soma, sentir toda la gravedad en cada célula y estar atado al piso. Vivir con arte y palabra es vivir sin arrodillarse.

 

  Si hay un cuerpo, por definición, no es abatido. En este circo hay cuerpos pendulares, saltarines, equilibristas. Cuerpos etéreos y dispuestos. Cuerpos artistas.

 

  Insistamos, siempre, que no somos naturales, lo que somos es circenses, espectaculares.

Cada vez que caminamos, brindamos un espectáculo.

Cada vez que hablamos, merece el aplauso.

 

  El malabarista toma tres redondeles y hace de ellos un nudo, donde la magia ocurre. Uno en tres. No hay nudo sin tres. Muestra al público los intersticios, poniendo el nudo por delante de sí. Lo muestra. Entre su mirada y la del espectador aparece, en ese espacio, una pequeña letra. Y un efecto, que deja a todos asombrados. Lo que circa, gira alrededor de él. Un suceso quizás incalculado, pero magnífico y sorprendente: el efecto sujeto, un verdadero hecho artístico.

 

  Y no nos es lejano, no es una teorización sólo deducible. Hay momentos en que se siente.

          ¿Qué ocurre, si no, en un cartel? ¿Por qué reiteramos tanto la cuestión de la alegría? Un cartel es un nudo. El producto propio, su efecto. La prueba está en el placer que nos produce este circo, este alrededor de. Porque quizás, aquello que nos causa esa alegría, la de compartir, la de escribir, la de reunirnos, sea, en definitiva, una confirmación de lo que estamos hechos. Un pasaje, fugaz pero eficaz, por aquello que nos constituye.

 

  Y quizás todo sea una excusa poder volver a sentir, pasar nuevamente por esa sensación original, la de aquel niño sentado en las gradas del circo, balanceando sus pies en el aire, dispuesto comprometidamente al asombro y la sorpresa.

 

 

Arte*: óleo sobre tela.

Chagall fue uno de los más destacados pintores del siglo XX. Bielorruso y francés (1887-1985). Transitó por el cubismo, el surrealismo, el expresionismo, el modernismo, el simbolismo.

 

 



[1] Weill, Didier. Tres tiempos de la ley. Editorial Homo Sapiens


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