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Clínica de Lalangue

23/05/2023- Por Damián Laborde - Realizar Consulta

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¿Qué es Lalangue? Esta pregunta abre este escrito, como dice el autor, para resistir las respuestas, para mantener la búsqueda y creación desde el deseo singular, ante la ausencia de significación. Entonces: ¿Qué escuchamos cuando escuchamos? ¿Desde qué lugar escucha un analista? Es que Lalangue pega en el cuerpo, lo crea, lo bordea, por ello, aunque singular, permite hacer llegar y ser alcanzado por la palabra.

 

                    

                               “Surprise” de CatrinWelzStein*

 

 

  ¿Qué es Lalangue? En otro tiempo, lógico y cronológico, hubiese buscado a quien me diese una respuesta. Sobrarían candidatos, siempre hay alguien dispuesto a iluminarnos. Por fortuna, hace unos años soy parte de un movimiento de personas sin respuestas. Personas que donan su abstinencia, acaso la mejor invitación. Frente a la pregunta, pase y vea. A ellos, se debe este escrito.

 

  Porque “¿qué es lalangue?” Es una pregunta que porta un paso de magia. Sucede lo siguiente: cualquiera que ose decir qué es, no acertará. Cualquiera que diga lo que eso es, caerá inevitablemente en el diccionario y resulta que lalangue, su única y escurridiza definición es la de “aquello que no está en el diccionario”. No hay otra cosa. Es lo único que puede enunciarse, su paradoja.

 

  Sin embargo, ese vacío de significación, ese agujero, invita a un recorrido, singular, sin diccionarios donde aferrarse. Un pase y vea. Intentar decir lo que no puede decirse, será el absurdo cometido de las líneas que siguen.

 

  Alguna vez hemos escuchado que tiene que ver con la musicalidad, como si la música portara cierto misticismo intransmisible. Creo, y aquí comienza mi recorrido absurdo, que la música también se puede descomponer, también tiene forma de nudo. Tiene algo que suena, tiene una escritura y tiene algo más, que no se sabe de dónde viene.

 

  En una orquesta, hay instrumentistas, artesanos del sonido; hay pentagramas en los atriles, garantes de la armonía; y hay otra cosa, un agente mudo, uno que no, que no emite ningún sonido, uno que se mueve. Con tan solo un filo en la mano, dibuja garabatos en el aire. Danza en el centro de la escena, rodeado de instrumentos que parecen manejados por hilos. ¿Cuál es su función, qué hace un director de orquesta? Basta con escuchar cualquier obra, dirigida por uno u otro director. En esa diferencia se dirime. Hace algo tan necesario como indescriptible: llámese gracia, llámese estilo, modo, ethos… comoquiera que sea no será alcanzado por la palabra.

 

  No determina ni notas, ni claves, ni tiempos. Enuncia un modo de hacerse. Y sin él, la música no iría a ningún lado.

 

  Puede escucharse su ausencia cuando lee google a diferencia a cuando lo hace una persona singular. O en alguna música informatizada en el teléfono cuando estamos “en espera”, −suele insistirse hasta el hartazgo en arruinar Para Elisa− mientras desesperadamente conservamos la esperanza de ser atendidos por un humano.

 

  Esperamos oír un eco en la voz, un modo de envolver, algo que tenga un hueco.

 

  En el habla, hay un ritmo escandido, un fort-da entre vocales y consonantes. Un filo que corta el aire, un gesto mortecino de ausencia intercalado con una liberación de aires de vida. Como la repetición de la L en “lalangue” −misma relación que “lalacano”−, o el filo de los dientes contra los labios al decir “falo”. Corte y liberación.

 

  El modo de transitar esos intersticios es en todo singular, “lo más singular” diría José Zuberman[1], porque lo universal, está en la definición del diccionario y lo más singular se remite a aquello de lo que no podemos dar cuenta. No tiene palabra.

 

  No es, entonces, “lo musical”, es su borde con lo real. ¿O acaso las personas con algún impedimento fonológico no hacen pasar la musicalidad?

 

  Hay allí un saber hacer con eso. Pero es saber hacer con lo desconocido. A nivel clínico, hay algo que no sabemos que hacemos, que, intuyo, acompaña un análisis, le da movimiento.

 

  ¿De qué depende que una intervención surta algún efecto? ¿En qué nos basamos para considerar que es tiempo de una intervención más o menos punzante? ¿O cuándo entendemos que es momento de callar? ¿Por qué a veces dejamos el silencio flotando y otras veces lo interrumpimos? ¿En base a qué percibimos que una sesión ha finalizado? La cuestión es, en definitiva, qué saber hacer se pone en juego allí. Qué escuchamos cuando escuchamos.

 

  Sospecho que juega allí un papel ese eco mudo, soporte del significante, que pasa o no pasa. Sucede o no sucede.

En ese hacer se configura también un estilo, que no está dado, sino que se va encontrando en el propio movimiento.

 

  Lalangue conduce, crea la danza que ha de bailarse.

Lalangue pega en el cuerpo, lo crea, lo bordea con el gesto de la batuta.

Por ello, aunque singular, permite hacer llegar y ser alcanzado por la palabra. Incluso en idiomas que no comprendemos, pero no son del todo ajenos, como pasa con el portugués, ciertamente. Es ese resto que entendemos cuando no entendemos.

 

  “Nos llega”, decimos. ¿Qué nos llega? Nadie lo sabe, pero llega.

¿Y hay algo que pueda hacerse para que eso aparezca?

Es posible que cualquier forzamiento lo diluya, y lo único que quede por hacerse sea sostener la pregunta, que le da existencia. Y que acompaña, que está allí, latiendo detrás de un decir pulsante del cual, insisto, no sabemos nada, pero que considerarlo, sostenerlo, es prioritario.

 

  Para ello, probablemente hace falta un analista atravesado por la castración, por la más radical, por el no todo, que pueda considerar que allí hay algo que no sabe que puede transformar la vida de modos impensables. La escucha necesita de los agujeros. Es su condición.

 

  Se trata de un saber hacer que se alimenta de su propio cuestionamiento.

Un saber hacer, propiciado por el desconocimiento, que moviliza y apronta.

 

  En derredor de ese desconocer, se anuda teoría y práctica. Sin eso desaparece. Si no se rozan las cuerdas, si no se escribe el pentagrama, no aparece. Porque no es sin sus bordes, no es sin trabajo. Solo así se presentifica y mueve lo que conmueve, lo que pega y crea, lo que llega y transmite, que será siempre, a fin de cuentas, un misterio fecundo.

 

 

Bibliografía de referencia

(Lecturas implícitas)

 

Freud, Sigmund. “Proyecto de una psicología para neurólogos”. En Obras Completas, Biblioteca Nueva. Madrid, 1997.

Cruglack, Clara. Clínica de la Identificación. Editorial Escuela Freudiana de Buenos Aires. Buenos Aires 2020

Lacan, Jaques. El seminario de Jacques Lacan. Libro 7. La ética del psicoanálisis. Paidós. Buenos Aires, 1998.

Lacan, Jaques. El seminario de Jaques Lacan. Libro 17. El reverso del psicoanálisis. Paidós. Buenos Aires, 2000.

Lacan, Jaques. Seminario 22. RSI. Traducción Ricardo Rodríguez Ponte. Disponible en: https://www.lacanterafreudiana.com.ar/lacanterafreudianajaqueslacanseminario22.html

Vegh, Isidoro. Senderos del Análisis. Progresiones y regresiones. Paidós. Buenos Aires, 2016.

Zuberman, José A. Lo que la práctica del psicoanálisis nos enseña. Letra Viva. Buenos Aires, 2016.

 

 

Nota: Trabajo presentado en las Jornadas Clínicas de Clínica del Cartel, Movimiento de Psicoanálisis en diciembre de 2022.

 

Arte*: https://catrinwelzstein.bigcartel.com/product/surprise

https://www.facebook.com/CWelzStein/

https://www.instagram.com/catrin_welzstein/

Catrin Welz-Stein (1972) es artista digital alemana, realiza collages aplicando diversas técnicas en imágenes.

 

 

 



[1] Comentario realizado por José Zuberman en charla informal durante la Reunión Lacanoamericana de Psicoanálisis realizada en la ciudad de Recife, Brasil en el año 2022.


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