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El “apego”… o mi analizando es mi analista… o cómo falsear la realidad

18/01/2025- Por Liliana Kancepolski - Realizar Consulta

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En este artículo se aclaran conceptos que el Dr. René A. Spitz expuso en su momento en una serie de escritos que no se difunden, en relación a las teorías conductistas y reduccionistas del Dr. John Bowlby, tan en boga, sobre la relación madre-hijo, lo “traumático” del destete, así como sobre la depresión anaclítica y el hospitalismo. Se explica el concepto de “apego”, la evolución normal del vínculo madre-hijo y cómo debe ser interpretada la relación analista-analizando desde esta perspectiva.

 

     

                      René Spitz                                         John Bowlby

 

 

Apuntes al artículo “Discussion of Dr. Bowlby's paper”, Rene A. Spitz, M.D. (Denver) 

 

 

  Una primera observación antes de comenzar. La palabra apego deriva del prefijo latino a, hacia, y picare, pegar, untar con pez, relacionada con la raíz indoeuropea pei(e), leche, gordo, hinchado de grasa. El vínculo madre-hijo (analista-analizando) no tiene nada que ver con el apego. El niño no está “pegado” a la madre ni esta al hijo, y el amamantamiento no supone engordar a base de grasa al hijo. No hablamos ni de get in touch ni de to stay stuck to each other.

 

  1- Dice Spitz:

 

“Bowlby señala que el destete frecuentemente coincide con una experiencia de separación de la madre (por ejemplo, con el nacimiento de un hermano menor), o con una pérdida real de la figura materna; esta siempre ha sido mi opinión (Spitz, 1948). Bowlby afirma que en el niño normal las consecuencias manifiestas del destete son, por regla general, bastante leves. He ido incluso más allá: en mi opinión, la experiencia del destete es en realidad una de las frustraciones necesarias y beneficiosas; no solo acelera, sino que redirige el desarrollo del lactante en su camino hacia convertirse en un ser humano (Spitz, 1948).”

 

  En realidad, en el niño “normal” y cuando la relación madre-infante es buena, la madre rápidamente se da cuenta de que es hora del destete porque el niño ya ha puesto una distancia respecto de la madre en el sentido de que ha pasado de la fusión al ineludible hecho de que ya de por sí existe esa distancia (que nunca puede ser total), entre “esto que soy yo” y esa otra que es mi madre.

 

  Se ve claramente en el modo en el que el niño mira a la madre ‒y no solo por el modo en que la mira, hay más cosas‒, esta vez como si realmente estuviera ahí afuera, como si por fin “supiera” algo de ella (el niño siente que existe reciprocidad). La consecuencia directa de esto es que al no existir esa íntima fusión necesaria entre ambos para proseguir amamantándolo, la madre no puede seguir haciéndolo como no sea falseando la realidad. Haciendo “como que” nada ha cambiado.

 

  Esto forma parte de un proceso que se da desde el comienzo. Porque la madre se prepara y prepara al niño para el momento del destete. Hay como un tácito acuerdo entre ambos de que “esto no va a ser para siempre.” Por ello no hay trauma en el destete, ni siquiera leve (en la madre, en cambio, sí, porque va a echar de menos esa increíble experiencia). Por eso acierta Spitz cuando en relación a una observación de Bowlby dice:

 

“Una reserva que tengo es que hablar de ‘pérdida de la figura materna’ es una formulación poco dinámica; no hace justicia a la extraordinaria riqueza de intercambios e interrelaciones entre madre e hijo en el curso del primer año de vida.

 

  Algo que se ve con claridad en el momento del destete es que el niño está satisfecho, está contento y se siente mucho más independiente.[1] Continuar amamantando al niño en esas circunstancias convertiría la situación en pornográfica[2]. La madre estaría sometiendo al niño a sus propios deseos de seguir dándole el pecho, para su satisfacción propia forzándolo a mantener una falsa dependencia respecto de ella, y no respetando el desarrollo normal del hijo; generan en el hijo fundada perplejidad, distanciamiento o frialdad emocional, y a la larga, abierta hostilidad y odio.

 

  Sería el modo de propiciar la conducta antisocial que procede de no poder ponerle límites al hijo (ni a sí misma.) Estaríamos hablando ni más ni menos que del así llamado complejo de Edipo en el sentido que le da Lacan como Ley (Ley cuyo significado es lo real, el principio de realidad, lo que está más allá de la relación madre-hijo fusional que suele ser simbolizada por la figura paterna, lo que yo llamaría el tercero en discordia, o principio del placer que si se impone por sobre el de realidad, como apunta Fairbrain, da lugar a la conducta adictiva y a la pérdida de empuje vital.)

 

  2- Acierta también Spitz cuando, en contra de la observación de Bowlby de que “el síndrome de depresión anaclítica y hospitalismo [se da] por la ‘ruptura de una relación clave’ y el consiguiente dolor intenso de la añoranza”, dice “que el daño en los niños privados de objeto está causado por su incapacidad para dirigir la agresión hacia el exterior y que, para enfrentarse a ella, se ven obligados a dirigirla contra sí mismos.

 

  En efecto, el niño pequeño (de pocos meses, que estudia Spitz; Bowlby estudia solo a niños de más de quince meses), no está en condiciones de defenderse del ataque materno porque es dependiente: no puede “darse el lujo” de perder al objeto del cual depende. Eso hace que vuelque hacia adentro la hostilidad y la frustración.

 

  3- Dice más adelante Spitz:

 

“A riesgo de repetirme, tengo que subrayar una vez más que en los intercambios afectivos con el objeto amoroso encuentran su descarga tanto la pulsión libidinal como la agresiva. Esto debe ser evidente para cualquiera que observe a un niño con su madre; ¿cómo si no se explica la imagen del niño acurrucado en la mejilla de su madre mientras le arranca el pelo o la abofetea? (Los ejemplos podrían multiplicarse; el cliché psicoanalítico es el del lactante que succiona el pecho de la madre y lo muerde al mismo tiempo). La pérdida del objeto amoroso interrumpe la descarga de ambas pulsiones.

Ciertamente no es una cura permitir la descarga de al menos una parte de la pulsión agresiva; pero ayuda-.”

 

  En cuanto a esto quisiera verter mi crítica contra el dispositivo analítico respecto por ejemplo del gestáltico: por experiencia sé que en el dispositivo analítico al paciente no se le permite la descarga agresiva ni la descarga libidinal, no de manera satisfactoria, curativa y completa. Dado que todo se centra en la asociación libre, en el discurso, en la palabra, se le invita a acallar, ocultar, disfrazar o reprimir tanto la descarga libidinal como la agresiva o neuromuscular generando en el paciente miedo a la interpretación que de esa descarga le haga el analista, porque la interpretación es el medio por el cual el analista juzga al paciente.

 

  Hay una culpabilización del paciente se proyecta de manera injusta algo negativo sobre el paciente, que subyace a la imposición de símbolos e interpretaciones que se basan en teorías formuladas a partir de los conflictos irresueltos de otros psicoanalistas, entre ellos, Freud mismo. Es así como el analista refuerza la transferencia, el lazo “amoroso” (el no destete, el “apego”) en lugar de analizar el profesional la contratransferencia, sus propios deseos incestuosos, su necesidad de apego o de perpetuar el dispositivo, sus intereses económicos.

 

  No hay interrelación, mutualidad[3], sino objetivación o cosificación del otro como prolongación del sujeto analista, como receptáculo de los miedos de este, de sus deseos no satisfechos, de sus traumas psicológicos.

Dice luego Spitz:

 

“la ausencia total de descarga empeora obviamente las consecuencias de la pérdida de objeto.

 

  Sugiero que el analista juega de manera constante a poner al sujeto, al paciente, en situación de pérdida de objeto-recuperación del objeto, lo que prolonga ad Infinitum el tratamiento.

 

  4- Finalmente, Spitz explica cómo Bowlby en su artículo “El duelo y el luto en la infancia y la niñez temprana”:

-            en el plano observacional, ha pasado por alto una serie de diferencias psicológicas que marcan las sucesivas etapas del desarrollo infantil y que pueden observarse y medirse.

-            en el plano teórico, hace caso omiso de los puntos de vista estructural y dinámico que durante bastante tiempo han sido aceptados como piedras angulares de la teoría psicoanalítica.

-            asume la existencia de ciertas diferencias psicológicas selectivamente especificadas entre el lactante, el niño y el adulto para las que no hay pruebas empíricas ni necesidad lógica.

-            sin tener en cuenta el siguiente gran paso en el desarrollo, el que se produce en la segunda mitad del segundo año, cuando se adquiere el habla en el sentido adulto y se utiliza el lenguaje en los procesos de pensamiento, Bowlby vierte críticas sobre las observaciones de Spitz que se centran en el niño de pocos meses de edad.

 

  El psicoanalista sí se interesa “en la naturaleza de la organización psicológica del que experimenta el dolor por la pérdida el objeto; de qué medios dispone el lactante o el adulto para hacer frente a la experiencia traumática, y que no puede ser igual; y mo se afronta la experiencia traumática”, y no ya en la mera descripción. “La descripción conductual tiene que combinarse con la explicación de los hechos observacionales desde el punto de vista económico, dinámico y estructural.”

 

Y como colofón, Spitz da cuenta de “las siempre repetidas objeciones especiosas de metodología inadecuada, datos insuficientes, generalizaciones apresuradas, etc., planteadas contra investigaciones anteriores” que son el pan de cada día cuando estudiamos los textos de los conductistas.

 

 

Bibliografía

 

Spitz, R. A. (1960). “Discussion of Dr. Bowlbys Paper”. The Psychoanalytic Study of the Child15 (1), 85–94. https://doi.org/10.1080/00797308.1960.11822569

 

 

 

 



[1] Como dice Spitz más adelante en relación al cambio que se detecta en el niño en una etapa posterior “Este paso en el desarrollo de la personalidad hace que el bebé sea tan diferente de lo que era en las etapas anteriores como si ahora perteneciera a una especie diferente (Spitz, 1957).” Realmente es muy difícil no ver que el niño está listo para el destete. Y aunque la fusión vaya gradualmente desapareciendo, el momento del destete ocurre de golpe. Es como cuando el niño que no gateaba, de repente gatea.

 

[2] Pornográfica en el sentido de hiperrealidad de Baudrillard.

[3] El concepto de mutualidad que introduce Ferenzci fue mal entendido, quizás en primer lugar por Ferenzci mismo. En el análisis sí tiene que haber mutualidad, pero no en el sentido de que el analista “le ceda la butaca al paciente y él se acueste en el diván”, cambiando de puesto el sujeto y el objeto de la observación porque aquí no hay “objeto de la observación” sino dos sujetos. Mutualidad se refiere a la conjugación, al intercambio intrínseco que supone el “bailar al unísono” con un mismo objetivo. Lo psicofísico de uno y del otro se ponen a bailar en el mismo espacio-tiempo. Es a eso a lo que llamamos enfoque relacional. Lo que ocurre es que lo que realmente hacen los psicoanalistas (la mayoría de los analistas), es intercambiar subrepticiamente de lugar convirtiendo al analizando en su propio analista. Y sin pagar.

 

 


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