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El mal dormir Consideraciones sobre lo “unheimlich” en los trastornos del sueño

09/09/2019- Por Facundo D'onofrio - Realizar Consulta

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El autor propone analizar lo “Unheimlich” en las parálisis de sueño, las pesadillas y otros episodios relativos al dormir y se pegunta ¿qué hacemos desde el psicoanálisis con estos fenómenos? ¿Podemos embolsarlos en el amplio recipiente del estudio de los sueños? ¿O es necesario que elaboremos una conceptualización propia que pueda dar cuenta de la naturaleza particular de estos fenómenos y luego aplicarles la tan nuestra lógica del caso por caso?

 

 

              

                            “La pesadilla” óleo sobre lienzo de Johann Füssli*  

 

                                     “Pero yo ya no soy yo ni mi casa es ya mi casa”

 

                                                “Romance sonámbulo” (1924)

                                                                Federico García Lorca

 

 

1    La mirada médica

 

  De acuerdo a la nosología médico-psiquiátrica del DSM V, los “Trastornos del sueño” son un conjunto de padecimientos que afectan los procesos de sueño-vigilia. El DSM V ha especificado algunos padecimientos que, en su versión anterior (DSM IV) se subsumían en diagnósticos más amplios y en categorías menos diferenciadas.

Por su parte, en el paroxismo de la especificidad médica al respecto, la Clasificación Internacional de los trastornos del Sueño (ICSD-2), en su ultimísima actualización, elaboró una gran cantidad de subtipos clínicos.

 

  Esta última, siguiendo una relación de género a especie, ubica a las “Parasomnias” como un tipo de trastorno de sueño y, a su vez, dentro de ellas, sigue tres criterios clasificatorios de acuerdo a si se tratare de fenómenos acontecidos en la fase de sueño REM (Rapid Eye Movement), en la fase de sueño no REM o si se tratare de lo que denomina Parasomnias inespecíficas.

 

  Dentro del primer criterio se encuentran las llamadas “Parálisis de sueño” y las “Pesadillas”; dentro del segundo criterio se encuentra el llamado “Terror del sueño” (también conocido como terror nocturno –o en plural como terrores nocturnos– y al que ya Freud hacía referencia, genéricamente, en “La interpretación de los sueños”, al referirse a él como Pavor nocturnus); y, finalmente, subsumida en el tercer criterio, una categoría menos clara: las llamadas “Alucinaciones relacionadas con el sueño”.

 

  Pasaremos revista, brevemente, a las consideraciones médicas en torno a estos fenómenos para ubicar algunas de las características que, en cada caso, los acompañan.

El DSM V describe el acontecer de los terrores nocturnos como:

 

“Despertares bruscos con terror, que generalmente comienzan con gritos de pánico. Durante cada episodio, existe un miedo intenso y signos de alerta autónoma, como midriasis, taquicardia, taquipnea y sudoración”

         

  Y agrega que: “Los episodios se acompañan de una activación autonómica impresionante y por manifestaciones conductuales de miedo intenso. Durante el episodio, es difícil despertar o consolar al sujeto. Si el sujeto se despierta después del terror nocturno, recuerda poco o nada sobre el sueño, o sólo fragmentos o imágenes simples. Durante un episodio típico de terrores nocturnos, el sujeto se sienta súbitamente en la cama gritando o llorando, con una expresión aterrorizada y signos autonómicos de ansiedad intensa”.

 

  Finalmente, el manual diagnóstico psiquiátrico sostiene que: “Durante un episodio típico de terrores nocturnos, a menudo hay un sentimiento de terror abrumador con compulsión por escapar”.

 

  Con respecto a las pesadillas como categoría diagnóstica, el manual de   psiquiatría las describe como:

“típicamente prolongadas, elaboradas, con secuencias de imaginería onírica en forma de historias que parecen reales y provocan ansiedad, miedo u otras emociones disfóricas. El contenido de la pesadilla se enfoca típicamente hacia el intento de evitar o afrontar algún peligro inminente, pero puede implicar temas que evoquen otras emociones negativas. Las pesadillas que suceden tras las experiencias traumáticas pueden replicar la situación amenazante ("pesadillas de réplica"), pero la mayoría no lo hace (…) Las pesadillas suelen terminar al despertarse y al regresar rápidamente al estado de completa alerta. Sin embargo, las emociones disfóricas pueden persistir durante la vigilia y contribuir a presentar dificultad para volverse a dormir y malestar duradero durante el día”.

 

  Agrega que: “Si las pesadillas aparecen al inicio del sueño REM (hipnagógicas), la disforia se acompaña con frecuencia de un sentimiento de estar a la vez despierto y con incapacidad para moverse voluntariamente (parálisis del sueño aislada)”

 

  En lo atinente a las parálisis del sueño, el discurso médico las ubica, desde lo fisiológico, como desfases temporales entre la entrada en la fase REM, de mayor actividad cerebral, y la fase de relajación muscular total que la precede y que termina con el despertar.

 

  Suponen una incapacidad transitoria para realizar cualquier tipo de movimiento voluntario que tiene lugar durante el periodo de transición entre el estado de sueño y el de vigilia. Pueden ocurrir en el momento de comenzar a dormir o en el de despertarse y suelen estar acompañadas de una sensación de gran angustia. Durante el episodio, de acuerdo a criterios médicos, la persona está totalmente conciente, con capacidad auditiva y táctil, pero es incapaz de moverse o hablar.

 

  La parálisis de los músculos voluntarios suele asociarse a un tipo especial de alucinaciones que reciben el nombre de alucinaciones hipnagógicas y pueden ser visuales, auditivas o táctiles. Se manifiestan viendo u oyendo objetos inexistentes o creyendo que una persona cercana se encuentra en las proximidades. Las alucinaciones hipnagógicas provocan en muchas ocasiones sensación de miedo o temor, especialmente cuando el sujeto experimenta el primer episodio.

 

  A partir de diversos estudios médicos se han descrito: la sensación de una presencia; la sensación de ser tocado en alguna parte del cuerpo, por ejemplo los brazos o las piernas; la sensación de dificultad para respirar; la aparición de pensamientos de muerte y experiencias de movimiento ilusorio que incluyen sensaciones de movimiento inexistente, como caer o flotar.

 

  Durante los episodios se ha reportado haber visto personajes monstruosos, demoníacos o sombras que se mueven por el cuarto; imágenes vagas e indefinidas que a veces pueden identificarse como personas allegadas extrañamente observadas como amenazantes o en situación de amenaza contra el sujeto; voces en forma de gritos o susurros, con o sin mensaje claro; tener la absoluta convicción de que hay un “intruso” en la casa o algo o alguien que observa fijamente aunque no se sabe desde dónde.

Algunas veces, dichas experiencias son acompañadas de una sensación de sofocación y/o asfixia, o de una presión insoportable en el pecho o de estar siendo estrangulado.

 

  Basta un mero rastreo de divulgación por la web para dar con variados trabajos de índole médica o de “psicología científica” norteamericana, que aportan detalladas descripciones a estos episodios. Resulta muy interesante lo que manifiesta en este sentido James Cheney en su trabajo “El siniestro numinoso. Presencia percibida y 'otras' alucinaciones”[1], quien sostiene que:

 

“Las descripciones cualitativas de la presencia detectada durante la parálisis del sueño son consistentes con la experiencia de un depredador en vigilancia y al acecho (…) el sentimiento de presencia persiste como una experiencia prolongada que es a la vez numinosa y siniestra[2]”.

 

  Como vemos, introduce una consideración sobre lo siniestro o lo ominoso de la experiencia.

 

  Por último, con respecto a las más etéreas “Alucinaciones relacionadas con el sueño”, la medicina aporta una distinción entre hipnagógicas (ya mencionadas) e hipnopómpicas, siendo las primeras las que se producen poco antes del inicio del sueño o en tránsito entre la vigilia y el sueño; y las segundas las producidas en un estado intermedio entre sueño y vigilia, es decir, durante el proceso del despertar.

 

  Semejantes episodios angustiantes por supuesto que han tenido y tienen, al margen del o con anterioridad al discurso médico, algunas otras interpretaciones. Antes de dedicarnos a ciertas consideraciones psicoanalíticas respecto de lo umheimlich que habita estos fenómenos y de su relevancia para ampliar los conocimientos que puede brindar el psicoanálisis a su entendimiento, indagaremos en ellas: de igual manera en que pasamos revista, brevemente, a las definiciones médicas pertinentes, haremos lo propio con algunas otras respuestas que las comunidades de sujetos hablantes han dado a estos fenómenos.

 

 

2     La raíz indoeuropea “mer

 

  Los fenómenos de terror durante el sueño, con gran anterioridad a la esquematización que aporta el saber médico, se subsumían bajo el universo de la pesadilla. Siguiendo esa pista, cierto rastreo etimológico de lo ominoso nocturno nos lleva a la raíz indoeuropea “mer”. Esta raíz aportaba el sentido de una presión u opresión, a la vez que la de un daño.

 

  De esta antiquísima raíz deriva el vocablo del Inglés Antiguo “mære” o sus formas alternativas “mare” y “mere”, a la vez que los vocablos del Neerlandés “mare”, del Nórdico Antiguo “mara”, del Germánico “marōn”, del Francés Medieval “mare” entre otros.

 

  Estos significantes hacían referencia a un demonio o entidad maligna que se sentaba sobre el pecho de los durmientes –los montaba– y les traía los malos sueños.

De estas voces derivan la palabra inglesa “nightmare”; la versión francesa “cauchemar”, la alemana “nachtmahr” (modernamente reemplazada por el vocablo “alptraum”) y los vocablos “mareritt”, “mareridt” y “mardröm” del noruego, del danés y del sueco, respectivamente, así como también el vocablo polaco “kozsmar”, entre otros.

 

  Más cercano a nuestro significante “pesadilla” o al portugués “pesadelo” es la expresión catalana “Pesanta”, que de acuerdo a la leyenda popular, es un animal (un perro o a veces un gato) inmenso, con patas de acero agujereadas de forma tal que no puede agarrar nada sin que se le caiga, que presiona el pecho de los durmientes en mitad de la noche hasta causarles dificultad para respirar y pesadillas terribles. Se considera en la creencia que Pesanta es tan rápido que, cuando el durmiente despierta, sólo puede ver la silueta huidiza de una sombra en fuga.

 

  Es interesante no omitir de este breve recorrido a la expresión italiana “incubo” para referir a las pesadillas, ya que, recordemos, un íncubo –del latín incubus– es, de acuerdo a una amplia cantidad de tradiciones mitológicas europeas medievales, un demonio que se posa sobre las mujeres mientras duermen y las penetra. Por su parte, un súcubo es la contraparte demoníaca que adopta el semblante de una mujer y seduce a los hombres en sus sueños.

 

  Como vemos, todas estas voces hacen referencia a entidades que se posan sobre o “montan” a los durmientes y les aterran los sueños. Esta línea de explicaciones encuentra un punto de contacto, a través de la acción de “montar”, con la otra popular creencia que hace referencia a los caballos o yeguas de la noche.

 

  Es famosa la pintura (o las dos versiones de la pintura) al óleo sobre lienzo de Johann Füssli conocida como “La pesadilla” o “El íncubo” inspirada en el “Sueño de Hécuba” de Giulio Romano. En ella podemos observar a una mujer dormida con un íncubo sobre su pecho y contemplada por la ominosa cabeza de un caballo fantasmagórico. Su título en alemán, Nachtmahr, es el nombre del caballo de Mefistófeles o Mefostófiles (demonio del folclore alemán y personaje central de todas las versiones de Fausto).

 

  Se creía que las entidades nombradas a partir de la raíz indoeuropea “mer” cabalgaban corceles. No en vano la palabra “mare”, en inglés, significa yegua, lo cual podría indicarnos un fenómeno de desplazamiento.

 

  En este mismo sentido, podemos recordar el juego de palabras que realiza Nabokov –espléndido en su erudición– en Lolita, donde apela a la famosa sentencia latina de Ovidio[3]: “lente currite noctis equi!”, con la que aquel denota la expresión de deseo de una dama que escapa en mitad de la noche, y que, si estuviera con su amante deseado, le rogaría a los caballos de la noche que moderaran su marcha en vez de apurarla.

 

  Nabokov la utiliza en boca del cínico Humbert Humbert, quien ruega que los caballos del auto que lo persiguen vayan más despacio. Así, juega con el inglés: O softly run, nightmares!, que puede traducirse como “¡corran despacio, pesadillas!”.

Caballos o demonios que llegaban a caballo y montaban el pecho de los durmientes, el fenómeno del terror y de la angustia durante el dormir es referido desde “siempre”.

 

 

3     El lugar del psicoanálisis

 

  La primera cuestión que quisiera plantear es el lugar que un desarrollo teórico psicoanalítico tendría para el análisis de los fenómenos aquí propuestos. La pregunta que se me impone es: ¿qué hacemos desde el psicoanálisis con estos fenómenos? ¿Podemos embolsarlos en el amplio recipiente del estudio de los sueños? ¿O es necesario que elaboremos una conceptualización propia que pueda dar cuenta de la naturaleza particular de estos fenómenos y luego aplicarles la tan nuestra lógica del caso por caso?

 

  En definitiva, si respondemos afirmativamente a la última pregunta, no estaríamos haciendo otra cosa más que seguir las fórmulas de Freud y de Lacan, quienes –en su momento– retomaron el mapa de trastornos aislados por la psiquiatría y pensaron una determinación posible desde el psicoanálisis. Por lo tanto, creo que –en principio– lo que no es posible hacer es desestimar o no estudiar la vasta bibliografía con la que la medicina describe estos episodios.

 

  En segundo lugar, si optamos por intentar elaborar una conceptualización que considere las diferencias diagnósticas o al menos descriptivas de estos sucesos, e intentar luego revelar su naturaleza psicoanalítica, propongo partir, primeramente, de algunas consideraciones en torno a lo umheimlich que habita en ellos.

 

 

4    Lo Unheimlich en las parálisis de sueño, las pesadillas y otros episodios relativos al dormir

 

  Si hablamos de un sufrimiento que se extiende en un tiempo que no es el de la cronología, vasto y tormentoso como una condena, ese es el de las llamadas “parálisis de sueño”.

Lo que, si se midiera con un reloj, mostraría una duración de no más de uno o dos minutos, dura, en realidad, muchísimos más para el padeciente.

 

  La temporalidad que en este sufrimiento opera no es del orden de la conciencia. Sin embargo, el sujeto está “conciente”. Ese hiato, ese fatídico limbo en que el tiempo que transcurre se yuxtapone al que no, porta algo del orden del terror: una temporalidad distinta en la temporalidad familiar. Es que el real que asoma la nariz no lo hace del todo velado por las leyes del sueño sino que se extiende en un continuum de vigilia. Si el significante tiene la fuerza de tocar el cuerpo, el real tiene la de paralizarlo.

 

  El sujeto queda inmóvil, despierto –el sueño fracasa como guardián– pero imposibilitado de moverse. Y lo que es más: preso de una certeza: hay algo o alguien –una presencia en la casa– que lo acecha y trama dañarlo. Esa presencia puede manifestarse como una o más voces, como una sombra o imagen etérea que observa o se mueve en las inmediaciones del cuarto, o que, simplemente, permanece. En otras palabras, hay algo que se gesta en el seno de lo íntimo, de lo que el inglés rigurosamente nombra lo “cozy”, que maldice lo sagrado del heim (la casa). Algo no familiar en lo familiar. Una presencia allí donde debe haber una falta en el Otro que aloje al sujeto y lo haga encontrar en ese punto su casa.

 

  Ese “hogar” en el seno del Otro, familiar y esperable, en el que el sujeto es sujeto, queda invadido por una presencia intrusa. Algo “que debía permanecer velado, sale a la luz”. Algo que se entromete y hostiliza, en este caso, el ámbito del descanso. Ante esto el sujeto queda indefenso y en posición de objeto: impedido de moverse.

 

  La función yoica de la locomoción queda suspendida, producto del dormir, pero el sueño falla en su trabajo de velación del real y hace que el sujeto despierte. El sujeto queda paralizado, perplejo, objeto del terror. Del terror de seguir contemplando despierto al real de su propia pesadilla.

 

  La pesadilla es el máximo encuentro, en el plano puramente onírico, con la pulsión de muerte. Aquel “cumplimiento de deseo inconsciente” del sueño, que garantiza el coto del montante de angustia con su maquinaria defensiva de metáfora, metonimia y censura, sufre una desenvoltura. Se revela sin marco y aplasta con su goce al cuerpo: le presiona el pecho, lo asfixia. Emerge el real que el sueño intentó esconder.

 

  En el mejor de los casos, el sujeto despierta –angustiado o muy angustiado aún por el recuerdo de la pesadilla– pero encontrando la calma en la familiaridad de su heim en el Otro, a salvo de das ding.

 

  En otros casos, el despertar no devuelve al sujeto a su hogar tal como lo dejó al irse a dormir sino con una diferencia: se presentifica “algo” del real en la escena de la vigilia. Un vestigio del das ding. Ese lugar reservado para el sujeto en el Otro, ese agujero o falta en que el sujeto funda su heim, se obtura por una presencia que ocupa y satura esa falta y reduce al sujeto al lugar de objeto.

 

  El efecto, angustiante y arrasador, es –parafraseando a Lorca– “yo ya no soy yo ni mi casa es ya mi casa”. El sujeto queda inmovilizado, puro objeto del Otro gozador, pero –afortunadamente– sólo por un rato. Suspendido en un hiato de la cronología. Un rato que se padece como una eternidad. El sujeto neurótico experimenta, tal vez, una versión de prueba del Otro de la psicosis. Sufre en su carne la comprobación de que esa modalidad del Otro existe.

 

  Es expresión común en la neurosis afirmar que “peor que no tener es haber tenido y no tener más”. Ese agujero en que se ceñía el hogar al irse a dormir y al que podía, sin preguntárselo o temer, llamar casa, se revela como un ya no. “Ya no es mi casa”. ¿Hay acaso mayor terror que aquel que surge ante el hecho de que se revele algo impropio en lo propio (y su contrario)? Allí donde lo que debía permanecer oculto, sale a la luz.

 

  Durante el dormir, lo que queda entregado a la vigilia del Otro –al Otro vigilante– es el propio cuerpo. Esa posición de objeto, de entrega, sólo es sostenible porque perdemos conciencia, porque nos dormimos. Cuando la función de la censura del sueño falla y la pesadilla adviene, el resultado es la angustia y el sujeto despierta. Pero cuando el despertar no es total, hay una yuxtaposición de fallas por las que el sujeto queda no del todo despierto y no del todo dormido.

 

  En el decir de Macedonio Fernández: “Ojos abiertos no son todo vigilia ni toda la vigilia.” El cuerpo queda dormido –objetivado– y el sujeto despierto, preso del cuerpo-objeto del goce.

 

  Esa salida intempestiva del dormir, en que el sujeto sale eyectado, producto de la representación insoportable e imposible a la que se acerca –la no representación, lo irrepresentable de la pulsión de muerte– en conjunto con la inmediata imposibilidad de circunscribir, al despertar, el real develado en el sueño a las coordenadas de marco fantasmáticas construidas por sí mismo, lo subsumen en la más absoluta desesperación, al encontrar que lo unheimlich está montado sobre – Φ.

 

  Esa vacilación del fantasma, ese fracaso temporal, esa imposibilidad de darle una legalidad simbólico-imaginaria al real que el sujeto vislumbró en la pesadilla y el cual, insoportable, “canceló internamente”, sustenta, muchas veces, un retorno desde el exterior en la forma de la alucinación.

 

  Alucinaciones que el neurótico rápidamente intenta ordenar en una lógica, primero de tinte persecutorio pero luego, si logra calmarse (la medicina en esto indica unos cuantos ejercicios para que durante el episodio de parálisis o de terror el sujeto se calme), menos hostiles, hasta que puede restituirse como sujeto y reafirmarse con un “sigo siendo yo y mi casa sigue siendo mi casa”.

 

 

Imagen: Johann Füssli fue un pintor de estilo manierista. Su óleo de 1781, representa a una mujer dormida poseída por un demonio que se presenta en sueños. Con carga onírica de erotismo y pesadilla, puede pensarse a esta obra como un antecedente surrealista.

 

 

 



[1] La traducción es mía del original “The ominous numinous. Sensed presence and 'other' hallucinations”Journal of Consciousness Studies, Volume 8, Numbers 5-7, 1 May 2001, pp. 133-150(18).

[2] El original: “Qualitative descriptions of the sensed presence during sleep paralysis are consistent with the experience of a monitoring, stalking predator (…) the feeling of presence persists as a protracted experience that is both numinous and ominous”.

[3] Amores I XIII 37-40.

 

 

 

 

 

 


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