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El origen del superyó. El superyó en el origen07/09/2011- Por Marcela Ana Negro - Realizar Consulta
La idea de este trabajo es seguir el hilo lógico que lleva a Freud a articular el concepto de ¨superyó¨ con el de ¨padre de la horda¨, ¨lo ominoso¨ y ¨das Ding¨. De hecho, se puede guiar al lector indicándole, ya, la hipótesis que se planteará: el origen del superyó se remonta al origen de la constitución del aparato psíquico, tema que requiere de la articulación entre las vivencias de satisfacción y dolor y ¨la herencia arcaica¨, que son el punto de origen de la estructura subjetiva. También se adelanta al lector la conclusión a la que se arribará: el superyó es retorno del objeto perdido (das ding) y, en tanto tal, es ominoso así como lo es el padre de la horda.
1. Superyó: su constitución supone una escisión psíquica. En “Duelo y melancolía”, Freud indica que, partiendo del duelo, se puede llegar a explicar una condición de estructura. Esta última es la siguiente: habiéndose el yo identificado al objeto de amor abandónico, la parte del yo no alterada por identificación se le contrapone, tratando al yo identificado como un objeto que merece –por haber llevado a cabo el abandono- ser denigrado. El ejemplo del duelo muestra cómo se establece “una bipartición entre el yo crítico y el yo alterado por identificación.” (1979d, 247) Aquí, no habla Freud de una identificación que diera origen a la instancia crítica; sí dice, en cambio, que la intervención de esta instancia supone un tiempo lógico en el que la identificación al objeto va a acompañada de una escisión del psiquismo. La condición de estructura es, justamente, este anudamiento. Ahora bien, ¿es esta escisión homologable a la que instala la división entre conciente e inconsciente o es lógicamente posterior a ella?, ¿el yo en cuestión es el yo, es el sujeto, es el individuo antes de la constitución subjetiva?
2. Superyó: residuo del narcisismo originario. En el mencionado artículo, el yo crítico es definido como una “instancia particular” (p. 246) que en “Introducción del narcisismo” es descripta como distinta al ideal del yo: “No nos asombraría que nos estuviera deparado hallar una instancia psíquica particular cuyo cometido fuese velar por el aseguramiento de la satisfacción narcisista proveniente del ideal del yo, y con ese propósito observase de manera continua al yo actual midiéndolo con el ideal. Si una instancia así existiese es imposible que su descubrimiento nos tome por sorpresa; podemos limitarnos a discernir sus rasgos y nos es lícito decir que lo que llamamos nuestra conciencia moral satisface esta caracterización. (…) la incitación para formar el ideal del yo cuya tutela se confía a la conciencia moral (…)” (1979b, 92) La instancia crítica mencionada, antecedente del superyó, es residuo del narcisismo originario (1979d, 247), aquel en el que el sentimiento oceánico de “ser-Uno con el Todo” (1979i, 73) prevalecía. Entonces, el superyó es el residuo de ese primer momento, mítico, de indiferenciación con el Otro (mayúsculas utilizadas por Freud en “Lo ominoso”). Si en el “Proyecto…”, esta vivencia mítica primordial se producía en relación a la madre (ella era ese otro inolvidable al que ninguno posterior iguala ya), en “Malestar en la cultura”, Freud anuda el sentimiento oceánico al vínculo con el padre. (1979i, 73) Allí, Freud piensa la estructuración psíquica a partir de un momento originario, una primera forma del ser, que define como un “ser uno con el todo”, y en ella estaría en juego, no la función materna, sino la función (o las funciones) del padre. ¿Cómo se produce ese residuo?
3. Superyó: expulsión de lo hostil. En “Malestar en la cultura” Freud propone que, a partir del estado de indiferenciación de ser uno con el todo, el yo en constitución, el ser, empieza por expulsar todo aquello que le provoque displacer. Como consecuencia, hay una primera escisión psíquica: lo que causa placer es incorporado, lo que causa displacer es expulsado, aún si eso es parte del sí mismo. “Y del yo propio ha segregado un componente que arroja al mundo exterior y siente como hostil.” (1979c, 130-1) He aquí el odio, del cual Freud dice que es anterior al amor (p.133): “Lo exterior, el objeto, lo odiado habrían sido idénticos al principio. Y si más tarde el objeto se revela como fuente de placer, entonces es amado pero también incorporado al yo, de suerte que para el yo-placer purificado el objeto coincide nuevamente con lo ajeno y lo odiado.” (p. 131) De este mecanismo siempre resulta que el objeto, lo otro, inevitablemente, se vuelve lo hostil. El odio, dice Freud, proviene de un afán, de la lucha del yo por reafirmarse. (p. 132) El odio se dirige a todo lo que impide el devenir del ser como sujeto. El odio sostiene la separación del objeto que, a su vez, lo separa del Todo. ¿Es esta expulsión homologable a la de la vivencia de dolor? Este trabajo propone seguir ese camino. De ‘ser uno con el todo’ surge la escisión psíquica de la cual hablan las vivencias de satisfacción y dolor y surge das Ding como lo expulsado, como un imposible para el aparato, un elemento que es un resto inasimilable excluido del proceso del pensar (1982b, 398). Ese objeto, mientras falta, engendra el deseo y, cuando se aproxima, la angustia. Sólo aporta placer si mantenido a distancia, su cercanía lo vuelve objeto hostil, factor de aumento de la energía hasta puntos en los que ésta se torna traumática.
4. Superyó: retorno de lo hostil. Lo expulsado retorna en condiciones particulares. En “Lo ominoso” (1917), Freud sigue la pista de das Ding y propone que es justamente este ser originario, luego perdido/expulsado, el que se transforma en ominoso si retorna bajo alguna forma. Es decir que das Ding es aquello que del objeto necesita quedar perdido para que la subjetividad se sostenga. Si reaparece, surge como algo siniestro. Su retorno puede darse de diversas maneras, pero acá interesa sólo una: en ese texto propone pensar que una de las formas en que das Ding se hace presente es lo que él llama en esos años la instancia crítica: “… el doble fue en su origen una seguridad contra el sepultamiento del yo (…) Ahora bien, estas representaciones han nacido sobre el terreno del irrestricto amor por sí mismo, el narcisismo primario, que gobierna la vida anímica tanto del niño como del primitivo; con la superación de esta fase cambia el signo del doble: de un seguro de supervivencia pasa a ser el ominoso anunciador de la muerte. La representación del doble no necesariamente es sepultada junto con ese narcisismo inicial; en efecto puede cobrar un nuevo contenido a partir de los posteriores estadios del desarrollo del yo. En el interior de este se forma poco a poco una instancia particular que puede contraponerse al resto del yo, que sirve a la observación de sí y a la autocrítica, desempeña el trabajo de la censura psíquica y se vuelve notoria para nuestra consciencia como “conciencia moral”.” (1979e, 235) “(…) nada de ese contenido podría explicar el empeño defensivo que lo proyecta del yo como algo ajeno. Entonces, el carácter de lo ominoso sólo puede estribar en que el doble es una formación oriunda de las épocas primordiales del alma ya superadas, que en aquel tiempo poseyó un sentido más benigno. (…) En ellas se trata de un retroceso a fases singulares de la historia del desarrollo del sentimiento yoico, de una regresión a épocas en que el yo no se había deslindado aún netamente del mundo exterior, ni del Otro. Creo que esos motivos contribuyen a la impresión de lo ominoso (…)” (p. 236). El superyó es una de las formas que toma la vuelta al Todo.
5. Superyó: retorno de lo hostil bajo la forma de incorporación del padre de la horda. El superyó se constituye a partir de la identificación-padre originaria (desde ese mítico ser uno con el Todo-padre). En “Dostoievski y el parricidio”, Freud propone que la identificación padre “se contrapone al otro contenido del yo como una instancia particular. La llamamos entonces el superyó (…)”. (1979j, 182) Ahora bien, en “Tótem y tabú”, Freud explica lo que se podría considerar como dos tiempos lógicos de la identificación al padre: la que constituye el tabú y la que constituye el tótem, la del superyó y la de la ley. La primera es la incorporación o devoración del cuerpo del padre recién asesinado, como una forma de euforia pulsional, y con dos fines: 1) el de tomar, por esa vía, el poder del padre-enemigo; y 2) el de perder el miedo al enemigo que podría querer vengarse. Se trata de la incorporación del padre gozador, anulador de la subjetividad. De aquí deriva el tabú. Deviene tabú todo lo que pueda implicar retornar a ese estado inicial en donde el padre goza del hijo y el hijo está sometido al poder absoluto del padre.
Algo tabú es algo tanto sagrado como peligroso y, por sobre todas las cosas, hay que evitarlo. Una definición no lejana a das Ding. El tótem, en cambio, es un sistema de clasificación que permite ordenar y regular el intercambio social y matrimonial. El tótem se sostiene en el tabú.
En “Tótem y tabú” agrega un dato fundamental: el tabú no es otra cosa que el imperativo categórico de la conciencia moral. (1979a, 8) Dice: “Si esclareciéramos el tabú acaso arrojaríamos luz sobre el oscuro origen de nuestro “imperativo categórico” (p. 31) En “Psicología de las masas” propone que el padre de la horda tiene carácter ominoso porque tiene el poder tabú de someter la voluntad del hijo en forma plena. (1979g, 119) Dejar al sujeto sometido, sin voluntad es un poder que horroriza al sujeto, lo des-subjetiviza y quien lo ostente se vuelve, él mismo, tabú. Tarea del superyó.
Si se sigue el hilo de la articulación propuesta de los textos de Freud, se observa que desde ese uno con el Todo des-subjetivado se pasa a la subjetivación por efecto de la expulsión de das Ding, que separa al uno del todo, constituyendo al sujeto y al Otro. Das Ding, que antes fue una parte de ese uno mismo y que fue, luego, objeto rechazado como hostil, resto de esa unidad indiferenciada, es lo que retorna bajo la forma del superyó. El superyó, “dijimos que era la herencia del narcisismo originario”. (1979g, 103). Momento inaugural que Freud vincula por un lado a la madre y por otro al padre de la horda. Retorno inevitable porque el hijo necesita incorporar al padre de la pulsión, puesto que necesita domeñar la propia pulsión. La misma expulsión que hace, de
Quedan aún muchas preguntas por responder, como por ejemplo: ¿por qué se incorporaría lo hostil?, ¿por qué conduce a una escisión en el sujeto?, ¿cómo conciliar estas ideas con la definición del superyó como pura pulsión de muerte? Todas estas preguntas llevarían a un desarrollo extenso que excede las posibilidades de este artículo; serán semilla para otro escrito.
Referncias Bibliográficas
-------- , (1979b) “Introducción del narcisismo” (1914) OC, Vol. XIV, pp. 65-98. -------- , (1979c) “Pulsiones y destinos de pulsión” (1915), OC, ob. cit., pp.105-134. -------- , (1979d) “Duelo y melancolía” (1917), OC, ob. cit., pp. 235-255. -------- , (1979e) “Lo ominoso” (1919), OC, ob. cit., Vol. XVII, pp. 215-251. -------- , ( -------- , (1979g) “Psicología de las masas y análisis del yo” (1921), OC, ob. cit, pp. 63-135. -------- , (1979h) “El yo y el ello” (1921), OC, ob. cit., Vol. XIX, pp. 1-66. -------- , (1979i) “Malestar en la cultura” (1930), OC, ob. cit., Vol. XXI, pp. 57-140. -------- , (1979j) “Dostoievski y el parricidio” (1928), OC, ob. cit., pp. 171-191. -------- , (1982a) “Fragmento de la correspondencia con Fliess” (1950), OC, Vol. I, pp. 211-322. ------- , (1982b) “Proyecto de psicología para neurólogos” (1950), OC, Vol. I, pp. 323-446.
Freud, S., (1979a) “Totem y tabú” (1913). En James Stratchey (Ed.), J.L. Etcheverry (Trad.), Obras Completas, Vol. XIII, pp.1-164. Bs. As.:Amorrortu.
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