» Colaboraciones

La maquinaria del rencor

18/06/2001- Por León Cohen - Realizar Consulta

Imprimir Imprimir    Tamaño texto:

Una persona, quizás un hombre o una mujer,camina por la calle atrapada en un dolor que la agota. El lugar es cualquiera sobre el planeta y el tiempo también. Su mirada, ensimismada, se dibuja encerrada en una cara contraída sobre sí misma. En esta contracción ella insinúa una hostilidad,incluso un odio. Parece estar concentrada en una labor importante, en un trabajo plenamente justificado. Su soledad es absoluta.

Esta persona ya no sabe cuanto tiempo lleva caminando así.Aunque logra hacer lo que tiene que hacer ya sea en su trabajo, en su oficio o en su profesión, todo parece ser más costoso desde que esto comenzó.
Es que parte de su energía física y sobretodo mental, desde ese instante,alimenta un círculo vicioso que la está matando, un círculo que empieza y termina, una y otra vez, en el recuerdo de algo que la golpeó en el centro de su ser. Puede ser algo que, de repente, hace tiempo, se desocultó para ella, algo que la impactó y se anidó en sus células, tal como ocurre en la traición.

O Puede ser algo que vió, que le contaron, que le hicieron,incluso algo que imaginó a partir de ciertos retazos, de algunos hilos sueltos ciertamente observados en la relación con otra persona. En todo caso, sea la situación que sea, esto le ha dejado una herida traumática, una huella que le ha dañado algo constitutivo de su identidad.

En efecto, esa violencia en un centro esencial de su persona le incendió, en aquel momento, una mezcla tormentosa de emociones. Una confusión, resultado propio de un mundo que se trastoca, una tremenda extrañeza e incredulidad por la dislocación de lo que se creía seguro y confiable y que ahora es otra cosa, una sensación de desamparo y precariedad como secuela de la pérdida dramática del lugar que sentía familiar, un dolor y una tristeza enormes por el derrumbe, la degradación o la distorsión de la valorización del amor que había sido colocado en esa persona, en esa idea o en ese lugar.
Y por supuesto el odio, el gigantesco odio como respuesta a lo que se siente como un ataque mal intencionado, desconsiderado, falto de preocupación, carente de todo amor o agradecimiento.
Y por supuesto, haciendo crecer toda señal de ese odio, la impotencia, la imposibilidad de haber acometido una venganza absoluta de inmediato.

Lo percibido, lo imaginado, lo sentido, lo pensado desde el momento de los hechos traumáticos se ha convertido para nuestra persona en una huella deslumbrante en el escenario de su mente.
Todo recuerdo o huella mnémica, secuela de esas experiencias ha adquirido una carga psíquica, una especie de valor inusitado en la economía mental de esta persona y que se mantiene en la memoria en un terco aislamiento, tenazmente opuesto a conciliarse con otras imágenes o huellas que pudieran quitarle valor.

Sin duda que la vía del olvido pasa por la posibilidad de recordar y pensar, es decir, por la posibilidad de que podamos representarnos los hechos, de que podamos asociarlos con otros recuerdos, con otras sensaciones, o sea, pasa por la oportunidad de comprender lo que ha ocurrido.

Pero ¿qué pasa cuando los hechos han ocurrido a nuestras espaldas o frente a nuestras narices y lo sabemos después, cuando nos enteramos de que lo que creíamos ver, creer, escuchar no era verdaderamente lo que pensábamos?.

Este conocimiento, del que a veces no hubiésemos querido ser parte, llega entonces atacando nuestro juicio de la realidad y nuestra imágen de nosotros mismos. Entonces pensamos que enloquecemos o que somos estúpidos y todo parece perder esa solidez que nos daba la confianza en la realidad.
En esto la hondura y tenacidad que adquiera nuestro resentimiento será proporcional a la profundidad y medida de la verguenza y la humillación que sintamos. Y aún más gigantesco será este rencor si lo alimenta la indignación, esa tormenta de odio omnipotente propia de aquel que jamás habría sospechado que algo así podría ocurrirle por su afán de estar siempre por sobre la existencia del hombre común y corriente y por la arrogancia de vivir la realidad propia impregnada de ideas grandiosas, de fantasías o ideologías omniscientes.

En este caso un inclaudicable sentimiento de padecer una injusticia moverá los pensamientos de la persona. La búsqueda insaciable de la venganza se ocultará detrás de una querella permanente, de la persecusión de una justicia que el sujeto siente que se merece con pleno derecho.

Ciertos recuerdos, nuevos datos, retazos escuchados de aparentes testigos,pruebas deducidas de la interpretación de hechos secundarios,especulaciones, etc., etc., son parte de una imparable maquinaria racionalista que se nutre de una tendencia a conectar un hecho con otro, una idea con otra, hasta lograr concluir pensamientos que apoyen o confirmen la materia del litigio en la que nuestro sujeto es la víctima y en la que, para él, es justo, y lo debería ser para todos, que ese otro u otros sean castigados.

A veces es tan intensa y excitante la necesidad de castigar al presunto culpable que lleva al resentido a preservar a la víctima, a no destruirla del todo, a no alejarse de ella para conservar la vida resentida que lo ocupa y que da sentido a su existencia. Este comportamiento muestra,sin ir más lejos, las señales del sadismo que se oculta tras el resentimiento y que le da la impronta excitante de la que frecuentemente hace gala el resentido en la oscuridad de su mente.

Pero, por otra parte, he aquí el complemento interno de ese sadismo : en esta querella el litigante sufre una y otra vez pues todo aquello vuelve a ocurrir una y otra vez en la mente de él. Una y otra vez un recuerdo que surge, una sutileza que escucha o algo que percibe y que alguna, incluso leve, relación tiene con los hechos, lo llevan a sufrir la reconstitución de la escena, a sufrir el dolor y la rabia, la verguenza y la humillación, la soledad y la pérdida. Esta especie de cosa en sí mental semeja lo que en el cosmos llaman un "hoyo negro".

Cualquier proceso mental que tenga la más leve afinidad con los pensamientos que lo constituyen y que generan el resentimiento es atraído hacia su centro y pasa a alimentar esa masa tremendamente compacta en que se ha convertido el territorio del resentimiento. Es por ello que es tan difícil dialogar con una persona resentida. Todo parece llevarlo a su territorio y con ello confirmar o defender su posición. Es que en este lugar pareciera, como en ningún otro lugar humano de la mente, imperar una verdad y una justicia como un propósito ideal incuestionable e irrenunciable del que queda afuera todo perdón. En este propósito omnipotente se apoya la justificación de la querella y la tenacidad eterna que la mueve. En efecto, como lo acabamos de ver, aquellos recuerdos, fuente originaria del resentimiento, parecieran haber formado una especie de cuerpo extraño dentro de la mente del sujeto, un conjunto de sentimientos,pensamientos, imágenes y sensaciones en el cual el tiempo parece haberse detenido y en donde todo sigue ocurriendo como la primera vez. Y es por ello que en cada vuelta de tuerca del resentimiento estos recuerdos son evocados con una fuerza y claridad como si hubieran ocurrido ayer, casi con la nitidez y potencia de las percepciones actuales.

Esta impronta hace que la evocación reiterativa propia del resentimiento coloque al sujeto en una especie de situación alucinatoria. Para nuestro sujeto él ha sido objeto de la injuria y el daño recién hace un momento atrás y por ello vive expuesto al aplastamiento del presente por el lastre del pasado,situación a que lo conduce esta maquinaria del resentimiento desde el trasfondo de la vida cotidiana.

Pero pareciera que hablaramos de un demente, de alguien que delira poseído por una maquinaria mental movida por un trastorno en sus sustancias químicas. No es así siempre. No debemos olvidar que en efecto es habitual que sí halla ocurrido una injuria, una traición, una violencia. No debemos ver el dolor y el odio de nuestro sujeto como algo surgido de la nada. Otros seres humanos están implicados y tienen una responsabilidad.

En verdad no todos los resentimientos son iguales. Por un lado si estamos encerrados en una soberbia narcisista como la que se observa en el fanatismo deológico, el golpe del otro que nos disloca nos llenará de un resentimiento feroz e inmisericorde movido no por la rabia y el dolor ante el quiebre de la ilusión que perseguíamos sino que por la venganza ante el ataque a nuestro yo, el que creíamos grandioso y poseedor de la verdad y que ahora vemos derrotado y desnudo. En este caso nunca cesará nuestro resentimiento pues solo lo haría a través de una venganza imposible, aquella que nos llevaría a negar, a borrar totalmente la derrota desatada en el pasado. Por otro lado si el otro nos ataca con abuso, si en su ataque usa el engaño y el sadismo, si va más allá de toda razón en su violencia, si trata de ocultar sus crímenes presintiendo su maldad y temiendo la persecusión de la justicia, si priva a la víctima de la posibilidad de saber del dolor, de la pérdida, si deja afuera todo honor en la lucha,humillándonos, entoncesalimentará en nosotros resentimientos salvajes más allá de toda compasión y esos rencores se harán eternos pues estarán alimentados por la desesperación de no saber y de no poder llorar, en definitiva de no poder sufrir en verdad.

En este caso la posibilidad de llegar a saber y reconstitutir el dolor real será una cura posible para luchar contra la maquinaria del resentimiento.

En efecto, el sujeto poseído por el rencor necesita en primer lugar reconocerlo, debe lograr tomar una ligera distancia y dar un paso fuera de la red narcisísta que lo atrapa. Esta no es tarea fácil pues de inmediato significa reconocer que el mundo no está dividido entre el justo vengador y el culpable maligno e implica asumir que hasta en las peores situaciones también nosotros, que nos sentimos víctimas, tenemos responsabilidad.
El ser capaz de contener el odio retaliatorio es un esfuerzo titánico y permanente pues cada vez que le damos, aunque sea la más leve simpatía, a la maquinaria del rencor, ésta se precipita como tren desbocado en un vértigo ascendente y a poco andar imparable.
Así es como una de las armas más poderosas en esta lucha es llegar a rescatar el valor que a pesar de todo tiene el ser odiado, el otro, sobretodo si es la pareja,un hermano, un amigo o un conciudadano. Darnos cuenta de que el otro no es ese ser maligno que merece un castigo implacable sino que en muchos casos es otro ser humano que, como le pudo pasar a uno, cayó en la deslealtad, la traición, en el ataque absurdo y cruel como consecuencia de las limitaciones de su propia humanidad que es también la nuestra.

Vemos pues que la tarea de enfrentar el resentimiento es un largo y permanente recorrido, pero a la vez urgente, ya que es ésta una de las maquinarias malignas que a lo largo del planeta marchita las vidas humanas.

Nota: el autor de este escrito,pertenece a la Asociación Psicoanalítica de Chile- IPA.

Si lo desea, puede enviar comentarios a leoncohen@entelchile.netUna persona, quizás un hombre o una mujer,camina por la calle atrapada en un dolor que la agota. El lugar es cualquiera sobre el planeta y el tiempo también. Su mirada, ensimismada, se dibuja encerrada en una cara contraída sobre sí misma. En esta contracción ella insinúa una hostilidad,incluso un odio. Parece estar concentrada en una labor importante, en un trabajo plenamente justificado. Su soledad es absoluta.

Esta persona ya no sabe cuanto tiempo lleva caminando así.Aunque logra hacer lo que tiene que hacer ya sea en su trabajo, en su oficio o en su profesión, todo parece ser más costoso desde que esto comenzó.
Es que parte de su energía física y sobretodo mental, desde ese instante,alimenta un círculo vicioso que la está matando, un círculo que empieza y termina, una y otra vez, en el recuerdo de algo que la golpeó en el centro de su ser. Puede ser algo que, de repente, hace tiempo, se desocultó para ella, algo que la impactó y se anidó en sus células, tal como ocurre en la traición.

O Puede ser algo que vió, que le contaron, que le hicieron,incluso algo que imaginó a partir de ciertos retazos, de algunos hilos sueltos ciertamente observados en la relación con otra persona. En todo caso, sea la situación que sea, esto le ha dejado una herida traumática, una huella que le ha dañado algo constitutivo de su identidad.

En efecto, esa violencia en un centro esencial de su persona le incendió, en aquel momento, una mezcla tormentosa de emociones. Una confusión, resultado propio de un mundo que se trastoca, una tremenda extrañeza e incredulidad por la dislocación de lo que se creía seguro y confiable y que ahora es otra cosa, una sensación de desamparo y precariedad como secuela de la pérdida dramática del lugar que sentía familiar, un dolor y una tristeza enormes por el derrumbe, la degradación o la distorsión de la valorización del amor que había sido colocado en esa persona, en esa idea o en ese lugar.
Y por supuesto el odio, el gigantesco odio como respuesta a lo que se siente como un ataque mal intencionado, desconsiderado, falto de preocupación, carente de todo amor o agradecimiento.
Y por supuesto, haciendo crecer toda señal de ese odio, la impotencia, la imposibilidad de haber acometido una venganza absoluta de inmediato.

Lo percibido, lo imaginado, lo sentido, lo pensado desde el momento de los hechos traumáticos se ha convertido para nuestra persona en una huella deslumbrante en el escenario de su mente.
Todo recuerdo o huella mnémica, secuela de esas experiencias ha adquirido una carga psíquica, una especie de valor inusitado en la economía mental de esta persona y que se mantiene en la memoria en un terco aislamiento, tenazmente opuesto a conciliarse con otras imágenes o huellas que pudieran quitarle valor.

Sin duda que la vía del olvido pasa por la posibilidad de recordar y pensar, es decir, por la posibilidad de que podamos representarnos los hechos, de que podamos asociarlos con otros recuerdos, con otras sensaciones, o sea, pasa por la oportunidad de comprender lo que ha ocurrido.

Pero ¿qué pasa cuando los hechos han ocurrido a nuestras espaldas o frente a nuestras narices y lo sabemos después, cuando nos enteramos de que lo que creíamos ver, creer, escuchar no era verdaderamente lo que pensábamos?.

Este conocimiento, del que a veces no hubiésemos querido ser parte, llega entonces atacando nuestro juicio de la realidad y nuestra imágen de nosotros mismos. Entonces pensamos que enloquecemos o que somos estúpidos y todo parece perder esa solidez que nos daba la confianza en la realidad.
En esto la hondura y tenacidad que adquiera nuestro resentimiento será proporcional a la profundidad y medida de la verguenza y la humillación que sintamos. Y aún más gigantesco será este rencor si lo alimenta la indignación, esa tormenta de odio omnipotente propia de aquel que jamás habría sospechado que algo así podría ocurrirle por su afán de estar siempre por sobre la existencia del hombre común y corriente y por la arrogancia de vivir la realidad propia impregnada de ideas grandiosas, de fantasías o ideologías omniscientes.

En este caso un inclaudicable sentimiento de padecer una injusticia moverá los pensamientos de la persona. La búsqueda insaciable de la venganza se ocultará detrás de una querella permanente, de la persecusión de una justicia que el sujeto siente que se merece con pleno derecho.

Ciertos recuerdos, nuevos datos, retazos escuchados de aparentes testigos,pruebas deducidas de la interpretación de hechos secundarios,especulaciones, etc., etc., son parte de una imparable maquinaria racionalista que se nutre de una tendencia a conectar un hecho con otro, una idea con otra, hasta lograr concluir pensamientos que apoyen o confirmen la materia del litigio en la que nuestro sujeto es la víctima y en la que, para él, es justo, y lo debería ser para todos, que ese otro u otros sean castigados.

A veces es tan intensa y excitante la necesidad de castigar al presunto culpable que lleva al resentido a preservar a la víctima, a no destruirla del todo, a no alejarse de ella para conservar la vida resentida que lo ocupa y que da sentido a su existencia. Este comportamiento muestra,sin ir más lejos, las señales del sadismo que se oculta tras el resentimiento y que le da la impronta excitante de la que frecuentemente hace gala el resentido en la oscuridad de su mente.

Pero, por otra parte, he aquí el complemento interno de ese sadismo : en esta querella el litigante sufre una y otra vez pues todo aquello vuelve a ocurrir una y otra vez en la mente de él. Una y otra vez un recuerdo que surge, una sutileza que escucha o algo que percibe y que alguna, incluso leve, relación tiene con los hechos, lo llevan a sufrir la reconstitución de la escena, a sufrir el dolor y la rabia, la verguenza y la humillación, la soledad y la pérdida. Esta especie de cosa en sí mental semeja lo que en el cosmos llaman un "hoyo negro".

Cualquier proceso mental que tenga la más leve afinidad con los pensamientos que lo constituyen y que generan el resentimiento es atraído hacia su centro y pasa a alimentar esa masa tremendamente compacta en que se ha convertido el territorio del resentimiento. Es por ello que es tan difícil dialogar con una persona resentida. Todo parece llevarlo a su territorio y con ello confirmar o defender su posición. Es que en este lugar pareciera, como en ningún otro lugar humano de la mente, imperar una verdad y una justicia como un propósito ideal incuestionable e irrenunciable del que queda afuera todo perdón. En este propósito omnipotente se apoya la justificación de la querella y la tenacidad eterna que la mueve. En efecto, como lo acabamos de ver, aquellos recuerdos, fuente originaria del resentimiento, parecieran haber formado una especie de cuerpo extraño dentro de la mente del sujeto, un conjunto de sentimientos,pensamientos, imágenes y sensaciones en el cual el tiempo parece haberse detenido y en donde todo sigue ocurriendo como la primera vez. Y es por ello que en cada vuelta de tuerca del resentimiento estos recuerdos son evocados con una fuerza y claridad como si hubieran ocurrido ayer, casi con la nitidez y potencia de las percepciones actuales.

Esta impronta hace que la evocación reiterativa propia del resentimiento coloque al sujeto en una especie de situación alucinatoria. Para nuestro sujeto él ha sido objeto de la injuria y el daño recién hace un momento atrás y por ello vive expuesto al aplastamiento del presente por el lastre del pasado,situación a que lo conduce esta maquinaria del resentimiento desde el trasfondo de la vida cotidiana.

Pero pareciera que hablaramos de un demente, de alguien que delira poseído por una maquinaria mental movida por un trastorno en sus sustancias químicas. No es así siempre. No debemos olvidar que en efecto es habitual que sí halla ocurrido una injuria, una traición, una violencia. No debemos ver el dolor y el odio de nuestro sujeto como algo surgido de la nada. Otros seres humanos están implicados y tienen una responsabilidad.

En verdad no todos los resentimientos son iguales. Por un lado si estamos encerrados en una soberbia narcisista como la que se observa en el fanatismo deológico, el golpe del otro que nos disloca nos llenará de un resentimiento feroz e inmisericorde movido no por la rabia y el dolor ante el quiebre de la ilusión que perseguíamos sino que por la venganza ante el ataque a nuestro yo, el que creíamos grandioso y poseedor de la verdad y que ahora vemos derrotado y desnudo. En este caso nunca cesará nuestro resentimiento pues solo lo haría a través de una venganza imposible, aquella que nos llevaría a negar, a borrar totalmente la derrota desatada en el pasado. Por otro lado si el otro nos ataca con abuso, si en su ataque usa el engaño y el sadismo, si va más allá de toda razón en su violencia, si trata de ocultar sus crímenes presintiendo su maldad y temiendo la persecusión de la justicia, si priva a la víctima de la posibilidad de saber del dolor, de la pérdida, si deja afuera todo honor en la lucha,humillándonos, entoncesalimentará en nosotros resentimientos salvajes más allá de toda compasión y esos rencores se harán eternos pues estarán alimentados por la desesperación de no saber y de no poder llorar, en definitiva de no poder sufrir en verdad.

En este caso la posibilidad de llegar a saber y reconstitutir el dolor real será una cura posible para luchar contra la maquinaria del resentimiento.

En efecto, el sujeto poseído por el rencor necesita en primer lugar reconocerlo, debe lograr tomar una ligera distancia y dar un paso fuera de la red narcisísta que lo atrapa. Esta no es tarea fácil pues de inmediato significa reconocer que el mundo no está dividido entre el justo vengador y el culpable maligno e implica asumir que hasta en las peores situaciones también nosotros, que nos sentimos víctimas, tenemos responsabilidad.
El ser capaz de contener el odio retaliatorio es un esfuerzo titánico y permanente pues cada vez que le damos, aunque sea la más leve simpatía, a la maquinaria del rencor, ésta se precipita como tren desbocado en un vértigo ascendente y a poco andar imparable.
Así es como una de las armas más poderosas en esta lucha es llegar a rescatar el valor que a pesar de todo tiene el ser odiado, el otro, sobretodo si es la pareja,un hermano, un amigo o un conciudadano. Darnos cuenta de que el otro no es ese ser maligno que merece un castigo implacable sino que en muchos casos es otro ser humano que, como le pudo pasar a uno, cayó en la deslealtad, la traición, en el ataque absurdo y cruel como consecuencia de las limitaciones de su propia humanidad que es también la nuestra.

Vemos pues que la tarea de enfrentar el resentimiento es un largo y permanente recorrido, pero a la vez urgente, ya que es ésta una de las maquinarias malignas que a lo largo del planeta marchita las vidas humanas.

Nota: el autor de este escrito,pertenece a la Asociación Psicoanalítica de Chile- IPA.


© elSigma.com - Todos los derechos reservados


Recibí los newsletters de elSigma

Completá este formulario

Actividades Destacadas


Del mismo autor

» La insoportable presencia del bien
» Rouge

Búsquedas relacionadas

No hay búsquedas relacionadas.