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La Peste

17/11/2024- Por Damián Laborde - Realizar Consulta

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La vida no camina sin la muerte ‒reflexiona nuestro autor‒, no hay goce sin extinción y en la clínica, en una práctica RSI, se anudan borromeicamente. Cuerpo, vida, muerte. Entrelazadas, sin vida y muerte, no hay cuerpo. Pero, se pregunta el autor: ¿por qué Lacan ubica muerte en lo simbólico? ¿De qué muerte se trata? ¿Cómo se anuda un sujeto en esta lógica?

 

                                                   Collage Digital de Amy Salomon

 

 

  Se puede imaginar su morada: algún tugurio de subsuelo, con paredes mohecidas, mojadas incluso por un vapor mortecino, mezclado con olores de variada pestilencia, y cuerpos ahogándose en su propia muerte, con la piel pegada a los huesos, clamando por un auxilio indiferente.

 

  Un estado de indefensión, ciertamente trágico, pero también secretamente propicio.

 

  Ocurre que mientras que esos cuerpos estiran la pata, al mismo tiempo, extienden sus manos para alcanzar al objeto salvador. Es en el mismo movimiento. El impedimento los lleva hasta fonar, a intentar asir algo mediante la voz, en sonido suplicante. Incluso puede haber placer en ese penar. Así de extraños somos, aunque intentemos con fuerza el romanticismo dicotómico. Y ese estado de inermidad, esa agonía desesperada por no poder arribar al objeto salvador, esa, es nuestra enfermedad.

 

  La estructura del sujeto no es, nunca, de vida o muerte. Es en el nudo entreverado.

 

 

  1915. Freud caminaba durante lo que puede suponerse un día prístino, de sol tibio y aire limpio, en un sendero donde la pluralidad de colores hacían su aparición a medida que los pies se adelantaban, uno a uno, en paso cándido.

 

  El poeta, compañero de sendero, se entristeció súbitamente, como a veces sucede cuando el júbilo parece completo. Dijo que aquello, las flores y su belleza, eran perecederos y que por ello su goce perdía sentido, ya que en breve no existiría y todo color se apagaría.

 

  Freud, con la seguridad de quien ya ha pensado el asunto, sacó un hilo del bolsillo y surció vida con muerte en una frase:

 

“La cualidad de perecedero comporta un valor de rareza en el tiempo. Las limitadas posibilidades de gozarlo lo tornan tanto más precioso”

 

  El poeta, sin embargo, no entendió aquel anudamiento. Curioso es: no pudo comprender lo que por oficio, era su talento.

 

  La vida no camina sin la muerte, no hay goce sin extinción y eso lo relanza. Claro que es entendible que no queramos saber nada con eso, a nivel Real contingente, pero se ubica en nuestro fundamento. Y quizás, como en el testimonio de Freud, en la práctica del poeta pueda permitirse ignorarlo y seguir sus efectos en desconocimiento. El psicoanalista, sin embargo, no lo elude.

 

  Clínicamente, en una práctica RSI, parece necesario incluir este aspecto ‒y cualquier otro‒, que no se escape. Pues la clínica es de dimensiones anudadas borromeicamente. Es una clínica desenfocada. Cuerpo, vida, muerte. Entrelazadas. Si cortamos una cuerda, se desarma todo. Sin vida y muerte, no hay cuerpo. Pero, ¿por qué Lacan ubica muerte en lo simbólico? ¿De qué muerte se trata?

 

  Es una muerte que despliega significante. La pérdida de la cosa moviliza. ¿Qué se pierde? ¿Qué muerte es esta muerte que da vida?

 

Estira la pata, extiende la mano.

 

  Lacan, dice:

 

“Es del lado de la muerte que se encuentra la función de lo simbólico”[1]

“Aquí es en lo simbólico, lo simbólico en cuanto lalengua que lo soporta, que el saber inscripto de lalengua que constituye realmente el inconsciente, se elabora, se impone al síntoma”[2]

“No debe decirse que lalengua esté viva porque esté en uso. Más bien vehiculiza la muerte del signo”[3]

 

  Lalangue mastica muerte, y al morder desgarra al signo, arrancándole su armonía imposible. Destroza, de una vez y para siempre, toda idea de univocidad. De que algo significa algo para alguien. De que hay, bajo la barra, un significado.

 

  La muerte del signo hermana al psicoanalista y al poeta, pues permite el juego de ambos. La muerte del signo podría tener también forma de advertencia, pues pienso, es menester ser cuidadoso de no ubicarse allí en el lugar del significado, allí debajo de la línea que dibujara Saussure. Eso detiene y allí puede uno eternizarse, acaso el verdadero infierno.

 

“La interpretación analítica no está para comprenderse, está para producir oleaje”[4].

 

  No está para otorgar significado a aquello que el analizante trae, está para producir discurso, ignorando el analista toda conclusión alcanzable.

 

  Descifrar no es dar intelección, es quitar la cifra que lo retiene para que se despliegue. Desencriptar, abrir la cripta para que el corpse hable. Así, se abre la vía a la poesía y la ficción, a la palabra como disponible, al sujeto.

 

  Hay devenir. Y a eso apuntamos al no ocupar el lugar del significado. La única significación está en el recorrido incierto del decir mismo, propulsado por la liberación del sofocante signo. La muerte hace que la cosa continúe, vívidamente.

 

Estira la pata, extiende la mano.

 

  Eso propagamos. Y quizás sea bueno saberlo: no es algo normal. Normal es que la baja serotonina produzca depresión. Normal es que la paranoia sea una falla en el procesamiento de la información. Es que la ira sea una ineficiente gestión de las emociones. Normal es el signo. El devenir significante, es una cosa rara.

 

  No rara por infrecuente. Se esparce. Rara porque no le encuentran explicación. Todavía no han encontrado la cura contra el psicoanálisis.

 

  Laboratorios de renombre mundial se esfuerzan en encontrar su falla. Predicadores de la tangencialidad hacen su militancia, escriben libros negros, declaman correlaciones de causalidad en revistas científicas y sin embargo, la enfermedad perdura. No saben cómo se transmite eso intransmisible, no sospechan que se reinventa cada vez. Aún buscan explicaciones en el signo.

 

  Solo han logrado extraer algunas breves conclusiones, tal como ha sido divulgando últimamente. Los informes dicen que una vez que este virus entra en sangre cae abruptamente el conteo de significados prefijados, que constituyen el sistema inmunitario del sentido común y de toda pretendida universalidad. El paciente delira con un más allá, balbucea un discurso ininteligible para su entorno, y sucumbe a la inutilidad de lo que llama “deseo”.

 

  Esto, misteriosamente, se transmite.

 

  Y ese misterio, pienso, se esconde en lalangue, aquello que no se puede definir. Lalangue es sin diccionarios, es decir, sin signos y por adición clínica, sin recetarios. Una clínica singular.

 

  Quizás por eso hablamos tanto, porque esta clínica sin recetas se sostiene desde la extensión, desde todos estos lugares que tenemos para que esta muerte hable, la del signo. Decretamos su deceso cada vez que intentamos decir algo propio. Y lo que queda, como flor que surge de esta rara pestilencia, es el sujeto y aquello que emana: transferencia.

 

Estira la pata, extiende la mano.

 

  El sujeto se anuda en el torbellino borromeico de vida, cuerpo y muerte. Ese viento se esparce. Otros sentirán su brisa. Decretar la muerte del signo es entonces abanicar movimiento. Finiquitar la quietud, desanclar el significante del significado, para que navegue. Hoy en día, eso sorprende. Y contagia.

 

  1909. Incólume, el profesor Freud enfrenta el viento oeste proveniente de América. Bajo el ruido mecánico y acompasado de la máquina de vapor y las olas chocando fuertemente contra la proa, mantiene su mirada fijada al horizonte, inamovible. Su pensamiento es interrumpido por su compañero de viaje:

 

-  Allí se ven nuestros anfitriones, profesor, parece que son numerosos

Freud, sin apartar su mirada de su destino, con leve ascenso de su comisura, declama:

-      Así es Jung, no saben… que les trajimos la peste-.

 

 

 



[1] Lacan, Jacques (1974-1975). Seminario 22, RSI. Inédito. Versión crítica. Traducción y notas de Ricardo E. Rodriguez Ponte para circulación interna de la Escuela Freudiana de Buenos Aires.

[2] Lacan, Jaques (1974). La tercera. En: Intervenciones y textos 2. Ed. Manantial.

[3] Idem.

[4] Lacan, Jaques. (1975) Yale University, 24 de noviembre de 1975, charla con los estudiantes. Inédito.


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