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Los discursos en el psicoanálisis con niños

29/12/2008- Por Martín Alomo - Realizar Consulta

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¿Qué podemos decir de los discursos en relación a la clínica psicoanalítica con niños? En primer término, que la dimensión de lugar en un ordenamiento lógico, dentro del cual el niño va a ocupar el lugar que se le ofrezca disponible, es algo que un analista que se decida a realizar su práctica clínica con niños no debería pasar por alto.

¿Qué podemos decir de los discursos en relación a la clínica psicoanalítica con niños? En primer término, que la dimensión de lugar en un ordenamiento lógico, dentro del cual el niño va a ocupar el lugar que se le ofrezca disponible, es algo que un analista que se decida a realizar su práctica clínica con niños no debería pasar por alto. Decir esto implica la necesidad de tener en cuenta la variable del lazo social, y cómo es la mediación en juego en cada caso. Mediación que posibilite, en principio, un tratamiento localizado (un lugar para el tratamiento, luego desarrollaré este punto); o bien ausencia, falta de mediación, que en todo caso convoque los demonios del no-lugar. Los demonios del no-lugar, es decir la pura presencia concreta de los cuerpos allí, en un allí que no es temporal, en un allí que no es existencial ni ontológico. En un allí que  – simplemente –  es, en una mera confusión con las cosas del mundo.

 

Como sabemos, la demanda de tratamiento puede aparecer de diversos modos, y agenciada por diversas instancias, por distintos agentes. Estos agentes de la demanda, a su vez, no sólo van a estar posicionados desde un lugar distinto a producirla, sino que, además, van a dejar vacante y disponible un lugar particular, en cada caso, al que quedará confinado allí el niño en cuestión. Los padres, la escuela, o los padres intimados por la escuela o por la medicina, etc., cualquiera de estas instancias pueden presentarse como acompañantes y responsables por la presencia de un niño en el consultorio de un analista. A su vez, el modo particular de inserción en algún lazo social por parte de esos padres, va a posicionar, inevitablemente, al hijo. Hijo que en tanto tal, como lo que decanta de esos padres, como producto del discurso de ellos, va revestir determinadas características específicas, funcionales a tal discurso. Esto es: un lugar determinado por el efecto del discurso en cuestión, y a la vez, lugar que colabora en el sostenimiento de la consistencia y la eficacia de dicho discurso.

 

En cuanto al hijo como producto, Lacan escribe:

“Les he dicho, a es uno de los términos de esta relación genital, cualquiera sea su sexo. La muchacha como el muchacho en el reporte sexual, en la experiencia de la relación subjetiva en tanto que el análisis la define como edípica, la muchacha como el muchacho entran ahí desde el principio como niños, dicho de otra manera representando el producto”[1].

Y más adelante, en el mismo Seminario, leemos:

“El a es el niño metafórico del uno y del Otro en tanto nace como desecho de la repetición inaugural, la que por ser una repetición exige esta relación del uno al Otro, repetición de donde nace el sujeto”[2].

En lo que nos importa señalar, para el aprovechamiento de estas referencias, destacamos la rebeldía lacaniana, la resistencia a caer en lo obvio, evidente, y aplastante de la identificación del niño con el niño natural, con una mirada ingenua del mismo. Por otra parte, “el niño metafórico” que viene a ser ese objeto a, “del uno y del Otro”, señala la incomodidad y lo refractario de las complementariedades, cuales quieran que sean. Ni la pareja aristofánica, ni la supuesta unidad madre-hijo. Por otra parte, si el falo y su significante representan una terceridad en la relación de lo uno y lo otro, en la repetición primera, que instaura el producto del algoritmo del sujeto, no tenemos otra cosa que un resultado tetrádico, y ya no ternario. ¿Por qué? Porque si bien aparece el sujeto como producto, sin embargo allí, en la promoción de ese primer ser al estatuto de un primer significante, no encontramos otra cosa que la consistencia de un objeto. Y tal objeto, el que le corresponde a ese sujeto, no es otra cosa que el producto de lo que como efecto discursivo ha ocurrido. Más adelante retomaremos este problema en relación al algoritmo del sujeto, e intentaremos señalar el interés para el tema que nos ocupa aquí.

 

En cuanto al discurso como aquello que oferta cierta disponibilidad de lugares, y a tales lugares como sosteniendo, a su vez, la consistencia del mismo discurso, podemos observar que este vínculo de retroalimentación mutua es el mismo que encontramos entre el ritual y el mito. Rituales que tienen lugar, y sentido, en tanto el discurso del mito los sanciona como tales los inventa y sostiene. Pero también, rituales que en su repetición, sostienen a los mitos a los que están referidos. Mitos que sostienen rituales que, a su vez, dan consistencia de realidad  – e insertan en lo real –  a los discursos míticos. Al respecto, Foucault señala:

“Los discursos religiosos, judiciales, terapéuticos, y en cierta parte también políticos, no son apenas disociables de esa puesta en escena de un ritual que determina para los sujetos que hablan tanto las propiedades singulares como los papeles convencionales”[3]

De este modo, podemos decir que los discursos, entre otras cosas, ordenan, ubican, sitúan, e institucionalizan los medios aceptables y consensuados de lazo social, en una realidad aceptable y consensuada.

 

Y en relación al psicoanálisis de niños, ¿cómo va a ser tomado el analista en el modo particular de establecer el lazo social que propone la madre, el padre, o ambos? ¿Cómo se insertará el analista en el discurso de esa familia, o – como suele decirse – en la “dinámica familiar”? Esto, por supuesto, dependerá de cada familia y de cada analista. Pero en lo que respecta a este último, sus posibilidades van a estar condicionadas por la operación de lectura que él mismo pueda hacer respecto de las posibilidades en juego, o lo que es igual, respecto de cuáles son los lugares vacantes, en caso de que hubiere alguno.

 

“Atacar” al niño, entendiendo esto como una focalización del trabajo sobre el niño (algo así como un “ensañamiento terapéutico”) sin deslindar cuestiones inherentes a la demanda, tales como: quién demanda, de quién es tal demanda, de quién o de qué es síntoma ese niño, qué dice ese síntoma en ese contexto familiar, qué se está queriendo hacer  – desde la familia –  al llevar el niño al consultorio, quiénes se benefician o se perjudican con la supuesta  – o declarada –   patología del niño, quiénes se beneficiarían o perjudicarían con la posible cura del niño (o simplemente, a veces, con la des-consistencia del lugar de “niño enfermo” o “niño problema”). Podemos seguir con la lista, pero nos damos cuenta de  que no se trata de establecer una enumeración exhaustiva, sino de señalar el punto en que conviene que el analista no pase por alto el hecho de que para poner en juego su ignorancia (me refiero a la pasión por la ignorancia, a la “docta ignorancia” mencionada por Lacan en La dirección de la cura…) es necesario que primero ponga en juego su saber hacer respecto de estas cuestiones. Ignorancia sí, pero en un contexto de saber hacer (ignorancia avisada).

 

En cuanto al medio social que nos pre-existe, el campo del Otro, y sus implicancias en la clínica con niños, Isabel Goldemberg escribe: “Vehiculiza por el lenguaje no solamente lo que puede historiar de su relación al Otro, sino también lo que éste transmite de su genealogía. A veces los  afables progenitores están atrapados en esta transmisión en todo el problema del discurso, con la generación precedente detrás, y esto no es sin consecuencias”[4]. Si retomamos la cuestión del producto, podríamos pensar en algo así como la replicación, la reproducción de un mismo discurso, el sostenimiento del mismo discurso, ancestral, sostenido ahora por otros cuerpos, si bien pertenecientes a otra generación biológica, sin embargo cristalizados en el mismo lugar: el producto de desecho de aquello que hace circular la rueda de un mismo discurso. Mientras tanto, la ronda de los discursos no circula, ni ha podido hacerlo, ya que ello es condición propia del dispositivo analítico. Por lo tanto, en esta referencia de Goldemberg, lo que queda puesto de manifiesto es la reproducción de las condiciones discursivas (la repetición del mismo discurso) más allá de los cuerpos que la sostengan. De algún modo, la dimensión de “posesión demoníaca” o de “poderes ocultos” aparece en la fuerza coactiva[5] del discurso. Esta misma sensación de “otra vez lo mismo”, el hastío, el cansancio y la percepción de sufrimiento frente a la sensación de “otra vez sopa”, esa es justamente la condición de que en una nueva vuelta de la repetición, la diferencia se manifieste en el sujeto, y lo que es lo mismo muestre ahora la posibilidad de lo otro.

 

François Dolto, en el prefacio a La primera entrevista con el psicoanalista, de Maud Mannoni, comenta un caso propio, del cual transcribo una viñeta:

 

“-Me duele la cabeza- decía un hijo único de 3 años. (Lo habían conducido a mí porque era imposible llevarlo al jardín de infantes, donde se quejaba todo el tiempo de su dolor de cabeza; parecía enfermo, pasivo y lleno de pesares. Además padecía de insomnio, del que su médico no encontraba causas orgánicas). Conmigo repitió su soliloquio. Le pregunté:

-¿Quién dice eso?

Mientras, él, con un tono quejumbroso, repetía: “Me duele la cabeza”.

-¿Dónde? Mostrame dónde te duele la cabeza- Nunca se lo habían preguntado.

-Ahí- Y señaló el muslo, cerca de la ingle.

-¿Y ahí, qué cabeza está?

-La de mamá- Como ustedes pueden imaginarlo, esta respuesta causó estupefacción en los padres allí presentes.

El niño era hijo único de una madre aquejada de dolores de cabeza psicosomáticos, sobreprotegida por un marido que la adoraba, veinticinco años mayor que ella. El niño, como hijo único, significaba de este modo su neurosis de impotencia y su fobia a la sociedad, mediante una provocación que hasta el momento no había sido escuchada y con la que pedía ser sobreprotegido. El encuentro con el psicoanalista permitió que, al cabo de un pequeño número de entrevistas, no se alienase más en la identificación con esa pareja, herida por su vida difícil”[6].

 

Pero, ¿por qué nos interesa señalar el lugar del producto en el discurso? Y, además, ¿qué tiene que ver esto con el psicoanálisis con niños? Como sabemos, la producción y la verdad son lugares dispuestos debajo de las ecuaciones que conforman la ronda de los cuatro discursos, tal como los propone Lacan en el Seminario 17, El revés del psicoanálisis. Por lo tanto, poder pensar en lugares fijos donde lo que son intercambiables son los significantes y el orden de los mismos, tal como se presentan en cada discurso, es una de las tantas invenciones lacanianas. Por un lado, Foucault reconoce que la función última de todo discurso es la de perderse frente a la primacía del significante[7]. Por otro, Lacan reconoce tal primacía, pero a la vez sostiene la importancia del juego de tensiones existentes entre lengua, discurso y significante. Y allí, en el reconocimiento de la primacía del significante, se esfuerza por ubicar las determinaciones de los mismos en el interjuego con los lugares disponibles que logra aislar como constitutivos a todo discurso. La ubicación y el sostenimiento de esta misma tensión es la que le permite, en lo que es propio del psicoanálisis, articular al discurso y al significante en los registros, y ubicar allí el objeto y el sujeto. Si el discurso, en su apariencia de sentido, en su semblante de lo que parece decirnos, de lo que parece ser (de lo que parece un ser) nos muestra el destino señalado de las significaciones recortadas en determinado contexto, eso mismo, allí, articulado, sabemos que presenta – necesariamente –  un sujeto. He allí la articulación de sujeto y de sentido, en el concepto de objeto a, articulado a lo que circula y establece lazo social de un discurso.

 

Habíamos dejado pendiente, más arriba, la cuestión del algoritmo del sujeto, y de cómo es que el lugar al que el niño adviene no es otro que el S1, el rasgo unario, pero que nombra a aquel como desecho, como despojo necesario de la operación de la promoción de un significante. En cuanto a la lógica de las neurosis, es decir, al producto del algoritmo del sujeto expresado en términos relativos al ser: la opción por la apariencia de un ser -en- la  falta radical de ser[8], justamente ello es lo que resulta promovido al S1 en tanto rasgo unario, resignificado como tal desde un S2 proveniente del lenguaje que lo pre-existe. Tal es el producto del algoritmo del sujeto. Ese lugar, el del producto, es el mismo que a la luz del Seminario 17 podemos repensar no sólo como resignificado desde un S2, desde el lenguaje pre-existente al sujeto, sino como articulado a un discurso. Discurso, uno de los cuatro, dispuesto alrededor de cuatro bases, de cuatro lugares: el agente, el Otro, la producción y la verdad; y habitado por cuatro letras, el sujeto dividido, el S1, el S2 y el objeto a.

 

En la viñeta de Dolto que hemos tomado a modo de ejemplo, evidentemente, el niño en cuestión era presentado como motivo de consulta y objeto de un futuro tratamiento que se ocupara del molesto e inadecuado dolor de cabeza, que no debía estar allí, en el niño. Pero a otro nivel, menos evidente, queda puesto de manifiesto el carácter de mascarada, de fachada, en el semblante presentado por el discurso familiar: “traemos al niño porque le duele la cabeza y no quiere quedarse en el jardín de infantes”. He aquí el objeto; en el semblante, en la apariencia de sentido que  – como un ser [9] se muestra, se da a ver, consistente: “al pibe le duele el bocho y no va al jardín”. Padres preocupados, temerosos, y a partir de la escucha analítica, otro sentido, para nada evidente: hijo-síntoma, producto del discurso de los mismos padres que, preocupados, lo llevan a la consulta. De acuerdo a lo que veníamos planteando más arriba, el interés de pensar el lugar del producto en los discursos, es el de ubicar allí, en la consulta misma, en el encuentro con un analista, la posibilidad de leer cómo es el hijo quien queda ubicado como producto del discurso de los padres.

 

Pensemos, por ejemplo, en la pregnancia de un saber. Un saber que, instalado, institucionalizado en esa pareja de padres, funciona como postulado: “Nuestro hijo está enfermo, le duele constantemente la cabeza”. Por otra parte, este saber sostenido en dos cuerpos ocupa el lugar de la colusión de la pareja y, en este sentido, funciona casi al modo de una follie a déux, es decir que la pareja llega a sostenerse casi delirantemente en un saber que consiste en producir al hijo como síntoma. Aclaro que, en la construcción de mi hipótesis, ubico a este saber en juego (S2) en el lugar del agente.

 

En el lugar del Otro, ubico al objeto a, ya que el saber en juego en el lugar del agente no puede otra cosa que ubicar la angustia en el lugar del Otro. He allí, en el consultorio, un par de padres angustiados, torturados por el S2 que los ubica como los responsables de tener que salir del problema que representa un hijo enfermo. Se les demanda un saber como padres, que no tienen, no están ellos en condiciones de aprobar el examen al que son sometidos. Por lo tanto, en el lugar del Otro, el objeto a.

 

En el lugar de la producción, he allí el hijo. Lo que arroja como producto, como desecho este discurso (que como podemos ver, se trata del universitario) no es otra cosa que el sujeto dividido. En este caso, es el hijo soportando en tanto deyecto, en tanto objeto caído, el síntoma de los padres. El síntoma como real, encarnado en el cuerpo del hijo, que además habla, y – como la madre –  dice: “me duele la cabeza”. Producto de un discurso que constituye el síntoma en lo real de la pareja de padres, sin llegar a la representación. Como decíamos en el primer párrafo de este trabajo, se trata de la consistencia ahí, en lo concreto, de un ser confundido con las cosas del mundo. Sólo a condición de la intervención de un analista (una, en el caso en cuestión), esta situación podrá conmoverse, de modo tal que el lugar del niño, al ser escuchado éste, se ponga en evidencia como tal, como un lugar. Por lo tanto en el lugar del producto, he allí el niño en tanto síntoma, $.

 

En el lugar de la Verdad, tenemos a lo único que condiciona y determina la pregnancia del saber en cuestión en el lugar del agente. Nos referimos a la situación sexual de la pareja: la impotencia, y demás avatares que el desencuentro sexual propicia para estos dos. Por lo tanto, en el lugar de la verdad, ubicamos al significante amo, el S1, que en este caso no sabemos muy bien cómo expresarlo, pero se me ocurren versiones relacionadas con que el marido malcría a la esposa como lo hacía la propia madre de ella, y que ella es única, como su hijo (marido/madre, hija/hijo). Todo esto hace que quede ubicado algo relacionado a los avatares sexuales de la pareja, y  – tal como el señalamiento referido en la cita de Isabel Goldemberg – a la posición de los propios padres en la transmisión transgeneracional de los discursos. Resumiendo, el S1 en el lugar de la verdad, ocupado por la sexualidad de la pareja, y por los discursos ancestrales de ambos.

 

De este modo, nos ha quedado para esta primera entrevista con el psicoanalista, la configuración de un discurso universitario en el que los padres quedan ubicados en el lugar del Otro, angustiados, y el hijo como producto / desecho / síntoma de esa pareja de padres. En el lugar del agente, el discurso del “niño enfermo / niño problema”. En el significante amo ubicado en el lugar de la verdad, tal como veíamos recién, los problemas de parejas y ancestrales de ambos progenitores. Para un tratamiento posible con este niño, sería necesario operar un primer cuarto de giro en la ronda de los discursos, de modo tal que el S1, en lugar de quedar ubicado en el lugar de la verdad, pueda pasar al lugar del agente. De este modo, podría ponerse a trabajar el discurso amo, el inconsciente. ¿Cómo podría hacer el analista para producir este pasaje? Simplemente haciendo lo que habitualmente un analista sabe hacer. Estableciendo y pautando la cantidad necesaria de entrevistas con los padres, y brindando al niño un espacio de juego para que lo haga propio, donde pueda desplegar todo su hacer, sus ideas, sus ocurrencias, su ser. De ese modo, el analista podrá leer allí, en el ser-ahí de ese niño, el síntoma en todas sus vertientes, determinaciones y posibles consecuencias.

 

En cuanto a algún otro posible viraje de la ronda de los discursos en el dispositivo analítico, si luego de establecido el funcionamiento del discurso amo fuera posible operar allí entonces un envés, un revés que produzca el discurso del analista, esa es la condición del analista. Muy otra cuestión es, en el caso del análisis con niños, el pasaje por el cuarto de giro que ubique en el lugar del agente a la histerización del sujeto en tanto analizante. Esto es un tema que merece un desarrollo propio, un trabajo aparte: ¿cómo pensar el final de los tratamientos analíticos con niños? También plantea la responsabilidad inherente al analista en cuanto a la decisión de ir más allá – o no –  de los efectos terapéuticos; y, por supuesto, el problema de saber si acaso esto podría llegar a ser si no deseable, posible.

 

 

Referencias

 

[1] J. Lacan, Lógica del fantasma, Seminario 14, inédito. Clase XII, del 1-3-67.

[2] Op.cit. XVII, del 26-4-67.

[3] M. Foucault, El orden del discurso, Tusquets, Buenos Aires, 2005, p. 41.

[4] I. Goldemberg, “Otra manera de jugar con el lenguaje”, disponible en la página de información adicional de la asignatura “Clínica Psicoanalítica”, Facultad de Psicología, UBA, en línea: www.psi.uba.ar

[5] Es Foucalt quien señala a la coacción como una de las funciones del discurso, junto a la restrictiva. (Cf. Op. cit., p. 38 y sig.).

[6] F. Dolto, “Prefacio”, en M. Mannoni, La primera entrevista con el psicoanalista, Gedisa, Barcelona, 1998, pp. 16-7.

[7] “Bien sea pues en una filosofía del sujeto fundador, en una filosofía de la experiencia originaria o en una filosofía de la mediación universal, el discurso no es nada más que un juego, de escritura en el primer caso, de lectura en el segundo, de intercambio en el tercero; y ese intercambio, esa lectura, esa escritura nunca ponen en juego más que os signos. El discurso se anula así, en su realidad, situándose al servicio del significante”, vg. Foucault, op. cit., p. 50.

[8] Muy distinto de la opción por el ser, como pura consistencia, sin lugar para la falta radical (o para la represión primaria, en términos freudianos).

[9] En cuanto al sentido “como un ser”, me he referido a ese tema en “La interpretación, una tarea imposible”, en G. Lombardi, Hojas Clínicas 6, JVE Ediciones, Bs. As., 2005, 155-63.

 

Bibliografía

 

Alomo, Martín (2005), “La interpretación, una tarea imposible”, en G. Lombardi, Hojas Clínicas 6, JVE Ediciones, Bs. As., 2005, 155-63.

 

-Dolto, François (1965), “Prefacio”, en M. Mannoni, La primera entrevista con el psicoanalista, Gedisa, Barcelona, 1998, pp. 9-40.

 

-Foucault, Michel (1970), El orden del discurso, Tusquets, Buenos Aires, 2005

 

-Goldemberg, Isabel, “Otra manera de jugar con el lenguaje”, disponible en la página de información adicional de la asignatura “Clínica Psicoanalítica”, Facultad de Psicología, UBA, en línea: www.psi.uba.ar

 

-Lacan, Jacques (1967), Lógica del fantasma, Seminario 14, inédito.

 

-Lacan, Jacques (1970), El revés del psicoanálisis, El Seminario: Libro 17, Paidós, Buenos Aires, 2002.

 

 


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