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Los pronombres personales y la articulación de la demanda

08/05/2006- Por Cristina Beiga y Beatriz Tarsia - Realizar Consulta

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La investigación en torno a estos temas gramaticales permitió ubicar algunas cuestiones fundamentales de interés teórico y clínico: el papel de los pronombres personales en la constitución subjetiva, su lugar en la construcción de la frase fantasmática y su importancia junto con la del verbo en la articulación de la demanda y su relación con la pulsión. Se puntuarán aquí brevemente algunos de estos temas, para trabajar luego la cuestión de la demanda.

Este texto surge a partir de una investigación en torno a los pronombres personales y el verbo realizada en el marco de un trabajo más amplio llevado a cabo en el grupo Nebrija.
La experiencia de haber hecho este recorrido fue posibilitada en gran parte por el diálogo, que por momentos viraba a la discusión, pero esto no fue sin el sostén de una interlocución con los otros miembros del grupo.

Para introducir el tema se hará primero una breve reseña sobre los pronombres personales y las personas verbales.

Los pronombres fueron tradicionalmente definidos como aquellas palabras empleadas para designar una cosa sin utilizar su nombre común o propio. Esta definición del pronombre como sustituto o reemplazante del nombre ha sido discutida extensamente tanto por la gramática estructuralista como por las últimas teorizaciones gramaticales. Como clase de palabra se los considera elementos vacíos que adquieren significación ocasional dependiendo de las circunstancias del discurso. Se trata de palabras con una alta capacidad deíctica y por lo tanto una alta dependencia contextual. .
Los pronombres personales tienen la particularidad de funcionar siempre como sustantivos (pueden ocupar el lugar de sujeto, objeto o término). Son las únicas voces que conservan un resto de la declinación latina, es decir que presentan diferentes formas –casos- según su función sintáctica. En castellano hay tres casos:
El caso nominativo, en el que los pronombres ocupan el lugar de sujeto, para el cual las formas pronominales son: “yo”, “tú”, “él”, “nosotros”, “vosotros” y “ellos”.
El caso objetivo, cuando funcionan como objeto directo o indirecto, como “me”, “te”, “nos”.

 Y el caso terminal, en el que funcionan como término de preposición, cuyas formas coinciden con las del caso nominativo, excepto para la primera y segunda personas del singular: “mí”, y  “ti”.
Resulta de interés señalar que en castellano, donde el sujeto expreso no es obligatorio, como sí lo es en el francés y en el inglés, el uso de los pronombres personales en caso nominativo (“yo”, “tú”, “él” ) es opcional.
Estos pronombres tienen además la particularidad de remitir a las personas gramaticales y son, junto con el verbo, las únicas clases de palabra que están sometidas a la categoría morfológica de persona.
Benveniste sostiene la noción de persona solamente para la primera y la segunda del singular y propone considerar a la tercera como aquélla que tiene por función expresar la no persona, es decir la forma impersonal del verbo.
Tanto la primera como la segunda personas del singular tienen una función principalmente deíctica; no remiten a un objeto sino a una realidad del discurso y son, cada vez, únicas. La primera persona es el que habla, “yo” y la segunda es aquél a quien éste se dirige, “tú”.
 En cambio, la tercera puede remitir a una infinidad de objetos o a ninguno; es todo aquello que está afuera de “yo-tú”.

 En los pronombres personales el pasaje del singular al plural no implica una simple pluralización sino una amplificación de la persona. Esto puede verse en el caso de “nosotros” y “vosotros” en el que no se trata de un plural en sentido estricto, ya que “nosotros” no es una multiplicación de objetos idénticos sino la conjunción de un “yo” y de otros.
De manera general la persona verbal en sus formas plurales expresa una persona amplificada y difusa. Puede decirse entonces que, tanto con respecto al verbo como a los pronombres personales, el plural no está relacionado con una multiplicación sino con una difusión de los límites.
En relación con el uso de los pronombres de segunda y tercera persona es necesario destacar el lugar particular del “usted”, pronombre de segunda persona del singular, que en castellano se conjuga de igual forma que el singular de la tercera persona. El trato de “usted” puede afectarse a dos expresiones de valor opuesto. Por un lado, es posible utilizarla como forma de cortesía que eleva al interlocutor por encima de la condición de persona, y por otro, despectivamente, para rebajar a quien no merece que se dirija uno personalmente a él. Es importante tener esto en cuenta dada la frecuencia del uso del “usted” en los análisis, debido a la ambigüedad que implica, por un lado, el estar en relación a dos expresiones de valor opuesto y por otro, al hecho de que al conjugarse con formas verbales de tercera persona produce en muchos casos indeterminación con respecto al sujeto del cual se habla. Por ejemplo: uUn paciente que utiliza el trato formal de usted se refiere a una tercera persona diciendo “Ayer lo vi.”, enunciado que permite escuchar en su ambigüedad algo referido a la persona del analista. Igual posibilidad se da en sentido inverso en un enunciado dirigido al analista donde se pueda ubicar otra enunciación.
La investigación en torno a estos temas gramaticales permitió ubicar algunas cuestiones fundamentales de interés teórico y clínico: El papel de los pronombres personales en la constitución subjetiva, su lugar en la construcción de la frase fantasmática y su importancia junto con la del verbo en la articulación de la demanda y su relación con la pulsión.
Se puntuarán aquí brevemente algunos de estos temas, para trabajar luego la cuestión de la demanda.

Respecto a la constitución subjetiva se sabe que para el psicoanálisis, a partir de las teorizaciones de Lacan, el circuito de la comunicación tradicional se invierte, en la medida en que el mensaje parte del Otro. El Otro considerado como el lugar del código, lugar donde se constituye la palabra. Es decir que es de allí desde donde emergen las personas gramaticales de modo significante.
El dominio del “yo” y el “tú” no es adquirido de inmediato y se resume en poder decir “yo” cuando alguien nos dice “tú”. Si el mensaje parte del Otro, el sujeto no tiene nada que comunicar pues todos los instrumentos de la comunicación están en el campo del Otro, y es desde allí que se nombrará al sujeto. Es desde ahí, dice Lacan, que a la pregunta inconsciente, ¿Quién soy? o ¿Quién es yo?, llegará primero la respuesta, “Tú eres” sin atributos, fundante del lugar del sujeto. El “tú” por lo tanto no será sólo aquél a quien se habla, sino que primeramente será el significante que dará la significación al sujeto, para luego en un segundo momento poder nombrarse como “yo” , en un discurso dirigido a un “tú”.
Lacan afirma que, si en el mismo lugar en que debería constituirse la pregunta inconsciente, se da la respuesta sin pregunta, este “TTú”, como atribución del Otro, se escuchará vociferando, hablando solo, como en la psicosis. Encarnando la ferocidad del superyó, funcionará como un cuerpo extraño al sujeto donde el “yo” quedará verdaderamente perdido, siendo otro.
En el seminario La lógica del fantasma, se encuentra una intervención de Jackobson relacionada con la adquisición del lenguaje en los niños que parece pertinente recordar para este trabajo. En la misma, éste afirma que incorporar los pronombres personales implica la posibilidad para un sujeto de ser “Yo” en un instante y de escuchar a otro devenir en ” Yo” al instante siguiente. Mientras los niños, dice, aprenden los pronombres, discuten: “No eres tú quien es yo, soy yo quien es yo y tú no eres más que tú”. Es en esta misma intervención en la que, a partir de un relato clínico, propone que a un niño egocéntrico se le deben enseñar los pronombres, porque es la única forma en que conocerá sus límites, sabrá que no es el único, que hay permutación.

Como se había anticipado, el tema de la adquisición de los pronombres personales abre cuestiones de interés clínico que es imprescindible tener en cuenta tanto en la problemática del semejante como respecto a la problemática del autismo. Esto puede apreciarse por ejemplo en aquellos niños que no han tenido la posibilidad subjetiva de acceder a la palabra y bien o no hablan, o lo hacen en forma ecolálica o continúan hablando de sí mismos en tercera persona. Teniendo en cuenta la forma en la que el  mensaje se constituye para todo sujeto, en estos casos se  podría pensar  que falta el “Tú” como respuesta fundante  que el Otro  atribuye. 
Con respecto a la construcción de la frase fantasmática, se puede ver la importancia otorgada por Lacan a los pronombres personales. Retoma el enunciado freudiano  “Wo Es war soll ich werden”, a partir del cual reintroduce los conceptos del Yo y el Ello, trabajándolos desde la frase “Un niño es pegado”. Ubica al Ello diciendo que no es ni la primera, ni la segunda, ni la tercera persona, pues la tercera sería aquello de lo cual se habla. Nos aproximamos más, dice, a “ello llueve”, “ello goza”; el Ello es todo el resto de la estructura gramatical que no es “Je”. La única manera en que funcionará la relación del Je como ser en el mundo, dice, es pasando por esta estructura gramatical que es la esencia del Ello.

Ahí donde el sujeto no podría aparecer sino siendo otro, paciente de la acción del verbo, tanto Freud como Lacan ubican el pronombre de primera persona Yo (Ich, Je).
Como se planteó con anterioridad, se hará énfasis especialmente en el tema de la articulación de la demanda.
En el seminario “…ou Pire” Lacan introduce el nudo borromeo desde aquello que propone como fórmula fundamental de la demanda  “Yo te demando que me rechaces lo que te ofrezco, porque no es eso” .Lacan, a partir de esto destaca la importancia del verbo en esta formulación.
Dentro de las distintas clasificaciones que los gramáticos hacen en relación con el verbo, interesa la que diferencia aquellos que requieren argumentos de los que no lo hacen.
Se entiende por argumento todo aquello que completa el significado del verbo; son el sujeto y los complementos, entre los que nos interesa distinguir el objeto directo y el objeto indirecto.
Pueden encontrarse así verbos que no requieren ningún argumento, es decir ningún agregado que complete su significado, y otros que requieren 1uno, 2 dos o o 3 tres argumentos.
Entre los que no requieren ningún argumento, figuran aquellos que se refieren al acontecimiento como “amanecer”, “tronar”, “nevar”, “llover”, llamados también verbos impersonales. Estos verbos, si bien se conjugan en tercera persona del singular, en castellano no admiten un pronombre que designe al sujeto gramatical, y éste queda sólo señalado por la desinencia verbal, lo que ha dado pie a discusiones respecto de la existencia o no de un sujeto gramatical para estos casos.

La obligatoriedad del uso del pronombre acompañando al verbo, que rige para la lengua francesa le sirve a Lacan para situar allí, en estos verbos impersonales, un momento anterior a la aparición del sujeto je en la frase.  En estas frases no hay un sujeto identificable, pero hay algo, hay acontecimiento. Ese sujeto gramatical, tan difícil de discernir, no es más que el lugar donde viene a representarse algo. Puede pensarse que en castellano es posible ubicar esa marca en la desinencia verbal de tercera persona (llueve, truena, etc.).
Dentro de los verbos que requieren argumentos están aquellos que exigen uno solo, el sujeto, llamados también verbos intransitivos absolutos porque nunca se construyen con ninguno de los dos complementos antes mencionados (OD y OI). Ejemplos de este tipo son “dormir”, “nacer”, “existir”, “florecer” y “crecer”.
En segundo lugar están aquellos que exigen dos argumentos, sujeto y objeto, llamados también binarios, como “cuidar”, “comer”, “mirar”, “hablar”, etc. Y por último, los que exigen tres argumentos: sujeto, objeto directo y objeto indirecto, llamados también ternarios o verbos de doble transitividad; como por ejemplo “repartir”, “pedir”, “ofrecer”, “rechazar”. Son justamente estos últimos los que se ponen en juego cuando se trata de la demanda.

Además de lo mencionado sobre los verbos intransitivos absolutos, y los de doble transitividad, es importante señalar, con respecto a la complejidad que plantea el tema de la transitividad, el hecho de que en castellano también existen los verbos llamados transitivos bivalentes. Estos son verbos que, según el caso, llevan o no complementos, es decir que funcionan como intransitivos, binarios o ternarios, lo que produce una variación en el matiz de significación.
En el caso del verbo ‘“confiar’confiar”, por ejemplo, se produce una diferencia entre “confiar en alguien”, verbo intransitivo, y “confiarle algo a alguien”, forma ternaria del mismo verbo.
En el caso del verbo “recordar”, también pueden encontrarse dos acepciones: una con transitividad simple “recordar un sueño” y otra con doble transitividad  “recordarle a un amigo la fecha de una cita”.
Es necesario hacer especial hincapié en los distintos matices de significación que se pueden observar en los verbos implicados en la demanda, debido al interés clínico que esto tiene en relación a la ubicación del sujeto.
“Pedir” es un verbo que en castellano, en su forma intransitiva, tiene el significado de mendigar, a diferencia de su forma más usual, doblemente transitiva, en la que puede utilizarse como en “pedirle algo a alguien”.
 En el caso de “ofrecer”, se ve la diferencia que se produce entre “ofrecerle algo a alguien” y “ofrecerse al otro”.
 Con respecto a “rechazar”, por obvia que resulte, es importante señalar la distancia que media entre “yo te rechazo”, forma binaria, y la forma ternaria: “yo te rechazo lo que tú me ofreces”.

 Al introducir la fórmula de la demanda: “Yo yo te pido que me rechaces lo que te ofrezco, porque no es eso”, Lacan sostiene como esencial esta distinción entre los verbos binarios y los verbos ternarios.
Los verbos binarios, puestos en relación con los pronombres “yo” y “te”, como en “yo te como”, “yo te miro”, “yo te hablo”, conjuntamente con las formas reflexivas, “mirarse”, “chuparse” o “hacerse comer”, permiten ubicar el recorrido pulsional. Este recorrido se completa en su retorno donde el lazo se cierra, donde el sujeto se toma como término, tour de la pulsión del que también Freud pudo dar cuenta a partir de la estructura gramatical en relación al verbo. 
Por otra parte los verbos ternarios, como se dijo antes, son aquellos que se ponen en juego en la formulación de la demanda.

 Para que pueda darse esta relación ternaria, es decir para que surja el campo de la demanda, es necesario que esta función esté inscripta en el lugar del código, allí donde se distinguirá el mensaje. Esto le permite a Lacan afirmar que la gramática forma parte del código.
Se parte entonces, de que no hay demanda sin verbo, pero también de que lo que se enuncia en un verbo es distinto si se trata de una demanda.
A partir del “yo” y el “te”, en “yo te demando”, y el “tú” y el “me”, en “que tú me rechaces”, se puede afirmar que los tres verbos “demandar”, “rechazar” y “ofrecer” sólo pueden cumplir con su función verbal al estar en relación con esos pronombres. En esta relación ternaria entre los pronombres y los verbos Lacan sitúa una estructura tetrádica. La primera tétrada seria sería  yo te demando rechazar y la segunda, rechazar lo que yo te ofrezco.

A partir de esto, propone que si se remueve el “te ofrezco”, la demanda y el rechazo pierden todo sentido, porque, en definitiva, ¿qué puede significar “demandar rechazar”? Es estrictamente lo mismo lo que ocurre si se retira cualquiera de los otros dos verbos. No es, por tanto, una relación de dos verbos, sino el anudamiento de cada uno de los verbos con los otros dos.
Demandar, Rechazar y Ofrecer forman un nudo que no puede sostenerse nunca sólo con dos, y es sólo a causa de que son tres que toman su sentido uno de otro. Incluso es sólo con el tercero que se sostienen juntos ya que basta con cortar uno para que los otros dos se separen. A partir de este nudo de sentido surge el objeto a.

 Ahí es donde se puede encontrar lo que es del orden de una enunciación plena, sin sujeto, el “porque no es eso” donde se ubica el objeto a, como lo que supone de vacío una demanda.
El “no es eso” distingue el goce obtenido del esperado en tanto marca la distancia que media respecto del goce del que se trataría si fuera eso. Por lo tanto, no es una mera concatenación significante, sino la equiparación de los tres órdenes articulados en este nudo, y lo que quedará indicado es que el anudamiento de estos órdenes constituye la estructura.
Este nudo, de condición borromea, es el que nos permite habitar el espacio; como seres hablantes estamos en alguna parte mal situados, entre dos y tres dimensiones. No es la percepción la que nos permite ubicarnos en un espacio tridimensional, pues somos seres planos, de dos dimensiones y es sólo por el nudo que podemos abordar la tercera dimensión.
Es decir, es a partir de la instalación de la estructura tetrádica de la demanda, de la articulación de la misma, que el ser hablante podrá tener acceso a la experiencia del volumen y con esto, a la posibilidad de habitar el espacio.
En la práctica analítica es posible encontrarse con situaciones clínicas en las cuales la demanda no está articulada. Ante pacientes que se presentan sumidos inmersos en episodios de ira, llanto o sufrimiento, tomados u ofrecidos como objetos de algún goce,  una intervención posible es ubicar allí un sujeto, a partir de la localización de un verbo que en su forma transitiva pueda transformar un grito en un llamado  En otras ocasiones, puede pensarse la intervención del analista como la posibilidad de reinstalar la estructura de la demanda a partir de una puesta en juego de la función ternaria del verbo.
Es conocida la importancia que Lacan le ha dado en toda su obra a la respuesta del analista a la demanda del analizante, respuesta que a esta altura de su enseñanza sólo puede ser el reconocimiento de que lo que se demanda no es eso. Es importante señalar aquí que, para que este reconocimiento sea posible, y para que efectivamente “no sea eso”, la demanda deberá ser articulada en su estructura en tanto estructura gramatical.

 


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