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Mythos y Logos

30/11/2025- Por Damián Laborde - Realizar Consulta

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El autor reflexiona acerca de la existencia e implicancias de Mythos y Logos, aseverando que es entre ambos donde surge el “esplendor” del acto analítico ya que parece moverse en el “entre”. Su ejercicio ‒aclara‒ se desliza entre cogito e intuición, es en ese campo donde ocurre el psicoanálisis, el de las paradojas.

 

            

                         “Guardianes del tiempo” (1991) E. Laborda*

 

 

  Dicen que nacieron del mismo vientre. Dicen, que en el instante mismo de alumbramiento los separaron, para ver en qué se transformaban. Ambas son las formas narrativas cuya tentativa es dar explicación al mundo. Pese a este objetivo común, sus estilos, sus métodos, parecen ser disímiles aunque, frecuentemente, arriben a las mismas orillas.

 

  Una, racional, dura, formalizante. La otra: intuitiva, laxa y retórica. Mythos y Logos los han bautizado y, desde que les pusieron nombre, no paran de perseguirse. Crecieron y se encontraron con esta inusitada tendencia social de ser apartados el uno del otro.

 

  Bajo argumentos intelectualistas, antiguos iluminados han declamado, por ejemplo, que el mito es una forma primitiva del discurso lógico, dándolo por superado. Pero incluso el logicismo ha encontrado su límite, cuando otrora parecía omnisciente. Mythos y Logos han sido históricamente enfrentados, puestos en la arena para el espectáculo, definiéndose como dos formas antagónicas de pensamiento, dos modos de hablar, dos búsquedas irreconciliables.

 

  Pese al encono, de este enfrentamiento nunca ha caído sangre. Porque cuando se parte de uno se va hacia el encuentro con el otro. Cuando se profundiza el mito, logos parece asomar la cabeza, como si estuviera mirando escondido. Los filósofos parecen nunca haber advertido esta cuestión que el psicoanálisis considera, esto es, que la oposición no opone, sino que fundamenta. Que Mythos y Logos se vuelven reverso y anverso en el movimiento moebiano.

 

  Partimos de un hecho fundamental: el objeto es mítico, esto es, en idioma formal, inasible. Porque Logos lo intenta, de verdad lo intenta. Lo persigue en medio de la realidad boscosa. Se escapa, cree verlo metido dentro de aquella cueva, escondido detrás de ese árbol. Pero al dirigirse allí, sale Mythos en gesto burlón, riéndose de su tentativa, sabiendo quizás de la naturaleza siempre infructuosa de su búsqueda, que la cosa no está en el hallazgo. Se burla de su lenguaje e, incluso, de su capacidad de comprensión.

 

  En algún sentido, Mythos parece saber más, parece saber que no sabe ni sabrá. Se relaciona mejor con lo inaprensible. Logos, en cambio, afirma, como esperando una aprobación que nunca llega. Por eso uno se ríe del tiempo mientras el otro depende de él. A pesar de su diversidad de estilos, los hermana un origen común, perdido e indecible: son hijos, ambos, del agujero. Son lo que el agujero produce.

 

  Entre estos dos, Mythos y Logos, surge el esplendor del acto analítico. No es completamente uno ni el otro, parece moverse en el entre. Su ejercicio se desliza entre cogito e intuición. En ese campo ocurre el psicoanálisis, el de las paradojas. Así lo testimonian nuestras definiciones oximorónicas, como “atención flotante”, “asociación libre”, “sujeto acéfalo”, “éxtimo”, y muchas otras y, sobretodo, nuestro objeto “perdido desde siempre” del que nadie puede dar cuenta.

 

  El problema, creo, surge cuando uno de los términos se aísla y se pretende omniexplicativo. Cuando se desestima un mito por falso, declarando un protagonismo total del argumento racional, o la contraria, cuando se juzga un argumento por banal, enalteciendo el suspenso y la profundidad del mito.

No funciona si no se acompañan, uno detrás del otro.

 

  Porque justo allí, en esa mirada indatable, en las pupilas mismas del minotauro se refleja la estructura del laberinto y, a su vez, en la arquitectura de sus pasillos transcurre el mito, bajo el suspenso de un posible encuentro a la vuelta de cada vértice. El mito es al logos lo que el minotauro al laberinto. El hilo, será el trazo que se dibuja al anudar los tres registros, no para salir de allí, sino para marcar un recorrido singular.

 

  También podría advertirse, en el otro extremo, que el matema contiene el mito. Basta con advertir la mística que levanta el número de oro, o los dioses que despiertan las formulaciones derivadas de la física cuántica. Para quien esté dispuesto a escucharla, la matemática cuenta siempre una historia.

 

  Todo esto para decir que el analizante despliega su propia mitología y esa narrativa tiene una forma. Edipo es mito y es estructura. El analista estará atento a ese giro poético dónde algo se despliega, a eso le llama intervención, que le comunica al analizante que además de paredes y pasadizos, hay un sujeto en búsqueda, un poeta que dibuja, una danza que desliza.

 

  Todo esto para decir, que lo que hace falta es más mitología, más mística, más poesía. Pesquisar su forma es nuestra enigmática tarea.

 

  Todo esto para decir, que la forma en que eso aparece, es con trabajo. Buscando el argumento, intentando asir la paradoja mítica. Con suerte, aparece, aunque ‒siempre es bueno recordárselo‒ nunca sabremos del todo cómo ocurre.

 

  Lo que es seguro, es que hace falta contar el cuento. El sujeto adviene en tanto pueda habitar su agujero, y hable, escupiendo mitos y formas, porque eso es lo que el agujero hace. Escupe la historia de cada uno, anudamientos posibles de cada cual. Y donde entra un mito, sale una forma, donde se le alimenta con logos, sale una historia. Que nadie espere una verdad objetiva, la única verdad, está en la pequeña lluvia húmeda que esa boca espeta, que se evanesce en el aire sin mojar siquiera.

 

  Hoy, pareciera existir una pretensión de excluir el decir mítico. Y ese no sería tanto el problema, la verdadera dificultad surge porque en ese movimiento Logos queda aislado y, esa soledad, lo lleva a la locura. Sin su hermano burlón, creerá tener razón, estará plenamente convencido en su soledad, verá cosas que no son, tomando formas bizarras y desubjetivizantes. Logos se volvió loco. Esa es, para mí, nuestra marca de época. Sin objeto, no hay anudamiento posible. Esto es decir, que Logos se torna pura jerga sin dirección, insinuándose, peligrosamente, un racionalismo deshumanizado.

 

  ¿No se trata, acaso, de restituir poesía? ¿No es eso a lo que los analizantes llegan? Hacerse del mito que les oriente, que les haga advertidos, advertidos de su propia narrativa. Solo así, la posibilidad del giro poético se vislumbra. Armarse un mito del cual agarrarse, construido en la dimensión de lo singular, en el espacio que la palabra propia nos brinda. En el diván, nos contamos una historia que nos sorprende.

 

  Ha sido una ardua lectura, bien acompañada, del seminario RSI estos últimos años. Y más allá de lo difícil, enmarañado y trabajoso de la labor, personalmente, me quedo con esto, que decanta: no hay primacías. Y no es solo un entendimiento, no solo captar la naturaleza de algo.

 

  Para mí, luego de esta lectura en cartel, es una posición a tomar, porque entiendo que detrás de ese “no hay primacías” se esconde el sujeto, cualquier elemento aislado, considerado como principal, le hace de muro que lo oculta. Se trata de aflojar la vista, de someterla a la paradoja de mirar sin mirar, para que esa cosita pequeña, esa letrita del centro del nudo llame, invite a la torsión.

 

  Bien o mal, me gusta escribir, y me gusta, por lo tanto, mantener ciertas formas estilísticas. Pese a ello, voy a hacer algo que podría considerarse erróneo: voy a terminar con un agradecimiento, en lugar de haber comenzado por allí.

 

  Podría también terminar con alguna teorización acerca del cartel, sería pertinente en tanto son las VII Jornadas de Carteles de Clínica del Cartel. Pero considero que este evento es también acto de disolución para el cartel RSI, y entonces, inusualmente, voy a terminar de esta forma, agradeciendo. Agradezco profundamente, entonces, a mis compañeros Verónica Rachid, Gabriel Moisano y Juan Canillo, por saber no tener.

 

  Hubo cartel, no es poco. Y doy testimonio de que cuando eso pasa, cuando el objeto es inclaudicablemente huidizo, aparece la mitología. Porque les juro, es cierto: cabalgamos miles de kilómetros hacia tierras desconocidas, levantamos la mano con valentía para construir lalacano en Mar del Plata, encaramos lo incalculado, evadimos seres míticos, enfrentando las respuestas impuestas con hidalguía. Perdimos el coso para nunca recuperarlo, dejamos la identidad en aeropuertos, nos atolondramos, y sobre todo, defendimos este nudo sin primacías a capa y espada. Nos animamos, básicamente, bajo el entendimiento de que no se trataba de nosotros.

 

  Hicimos cosas que, al menos yo, le contaré a mi hija como un cuento y quizás ella, por qué no, se lo cuente a los suyos algún día. Por eso les agradezco a estos tres, al dispositivo, al psicoanálisis. Mucho hemos vivido y les digo, me siento honrado de haber sido parte de la travesía. Eso que hemos forjado, ese ingenioso hidalgo, ya tiene un efecto que no nos pertenece, porque verán, el recorrido transitado, el trabajo y las epopeyas, ya, hoy, por más que intentemos agarrarlas, son historias del viento. Todo esa grata aventura, en definitiva, ya es un mito.

 

 

Arte*: Eduardo Laborda, artista nacido en Zaragoza (1952), incursiona en el realismo pictórico, vigente en la plástica española de finales del siglo XX y principios del XXI. Trabaja el “simbolismo barroco”, y establece una dialéctica entre la mitología clásica y la era industrial.

 


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