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Sepa usted, lector01/12/2023- Por Damián Laborde - Realizar Consulta
Cuando alguien escribe o lee, nunca lo hace en completa soledad y es aquí que el autor nos recuerda lo fundante de habernos constituido en el campo del Otro, la palabra se funda en su existencia. Tomando el ejemplo lacaniano de “La botella de Klein”, Damián medita acerca de la topología, del sujeto del inconsciente, de su constitución y el resto, objeto “a”. Reflexiona: hablamos y somos hablados, pero saber que cuando uno habla de otro, en un punto, está hablando sólo en su isla, da inicio a toda ficción, toda acción poética, toda posibilidad de transformación.

Botella de Klein en realidad virtual
Sepa usted lector, lectora, que yo le considero. No intentaré simular esta cuestión. De todas formas sería ridículo. Imagínese: “el objetivo del presente trabajo busca explicitar la relación entre los términos…” Un texto así, que simule que usted no está allí leyendo, me resulta de una impostura algo insoportable.
Pero en este caso, usted está ahí. Es el que lee. Vaya uno a saber qué evocaciones le generarán estas líneas. Esa, justamente, es la pregunta.
Y yo, querido lector, querida lectora, también estoy aquí. La prueba está en que usted en este preciso momento me está confiriendo una voz. Casi secretamente me imagina de algún modo, hombre o mujer, voz gruesa, fina, cálida o punzante…pero soy una voz que no es la suya. Usted, al leer, también escucha.
Sepa que también lo imagino. Y a veces la imagino. Quizás sea una rara mezcla de varias personas en mi vida.
Y no puedo, nadie puede, escribir sin su lector. Cuando alguien escribe o lee, nunca lo hace en completa soledad. Por definición, no lo hace. Entiéndase: aunque esté solo físicamente, la cuestión funciona de otro modo. Escribir sólo siempre es, en todo caso, un modo de decir.
Por eso estoy aquí: una pequeñisima isla desierta, rodeado de muros de mar, con la sola sombra de una palmera. Lo único que me ha donado la providencia es un lápiz y un papel.
No tenía intenciones de usarlo, pero esta mañana vi un destello de luz acercarse en el horizonte. El sol pegaba contra una botella naufragante, que finalmente encalló en mi orilla. Resultó receptáculo donde depositar mi mensaje.
Ahora sí, entonces, podré escribirle.
No sé para qué le escribo, pero pienso que no podría dejar de hacerlo. Es que hay algo, una piedra basal desde donde todo ocurre, porque verá, antes de que esta botella llegara, yo no tenía nada por decir. Y lo que pretendo transmitirle puede resumirse en una frase, unas pocas palabras encadenadas, que quizás ha leído, incluso repetido, pero que sin embargo siempre debiéramos volver para ver de qué se trata. Es esto, simplemente: estamos constituidos en el campo del Otro. Aquí podremos tomar dos posturas: o repetimos la frase, buscando inmiscuirla en algún discurso habilitado por los doctos o bien, si se atreve, metemos la cabeza abajo del agua para ver si puede verse algo.
Porque si podemos hablarnos ahora, si tenemos esa capacidad, esta, es porque en los inicios, algo nos hizo hablar. Y no es cuestión de meter una cassette en una grabadora o alguna de esas risueñas metáforas informáticas. Aquí ocurre algo fuera de todo organigrama. Hay una relación fundante, poética y vital, que nos da forma. Nos constituimos dentro de ese campo, el del Otro.
Esa relación no se da solo en los inicios, se instala para siempre, es lo que somos. El que usted escucha ahora, puede pensar que soy yo, pero créame, es más suyo que mío. Un otro dentro suyo, en este caso, un semejante.
Porque esta plétora de palabras, es un tesoro enterrado que le han dejado en la isla, se lo han donado. No se sorprenda, le pido, o mejor, no se haga el sorprendido: usted también está en una isla, tanto como yo.
Y eso que le han dejado allí, le aseguro, no estaba en sus vísceras ni en sus genes. Vino de un Otro lado. Todo lo que está allí viene del extranjero.
Y quizás piense que esta relación, esta en que alguien escribe y alguien lee, es completamente intelectual. Quizás en parte, pero no se evada, ese otro que habita en usted, que armó la posibilidad de escucharme ahora, fue forjado desde un deseo pulsante. Además, el intelecto también pulsa, casi puede escucharse cómo lo hace. Verá entonces que entre usted y yo hay algo muy personal. No me venga con que no nos conocemos, si sabemos que el amor solo existe en las cartas.
Somos cuatro en realidad, si lo pensamos: el que escribe que crea al que lee y el que lee que crea al que escribe. Dos duplicados. Dibuje un cuadrado y ubíquenos uno en cada esquina. Ahora trace diagonales. Piense, por favor, profundamente en lo que está haciendo, pues de diagonales se trata, de hilos que conectan. Hay cuestiones que se entrecruzan. Si puedo trazar un eje imaginario es porque por detrás, en las sombras, otras letras hacen su performance.
Detrás de este diálogo que mantenemos, detrás de estos semejantes imaginarios está esa otra relación, entre un sujeto del inconsciente y su tesoro escondido. Hablamos y somos hablados. Eso, de nuevo, hace cuatro.
Inclinemos ahora ese cuadrado levemente. Obtendremos un rombo, parado sobre su vértice. Esa figura se ve familiar. El losange. Alienación y separación. Quizás lo más importante de esa figura resida en su interior. Si fuera un signo menor-mayor en el centro habría un punto, pero en el losange hay un hueco, hay una distancia. Un mar de distancia.
Sí, hay algo que no se llena. Y si le envío este mensaje en la botella es justamente por eso. Es un pedido de auxilio, en definitiva, porque verá, necesito del auxiliador. Por eso hablo, para invocarlo. Un S.O.S., léase un significante del Otro, otro rodeado de significantes: S≤O≥S. La “O” en la traducción a nuestro idioma es pertinente. Una “O” que es círculo, es agujero. Un Otro que no nos completa. Un verdadero agujero. Por eso, siempre necesitaré una frase que me asista con el tormento que implica mi isla desierta.
En definitiva, si yo le hablo, si arrojo esa botella al mar, es porque está lejos, porque se ha establecido una distancia y una hiancia. Es porque el mar nos separa. Si no, no habría mensaje, ni palabra, ni botella. Porque de lo que se trata, es de eso, de este artilugio hialino que encandila con el sol.
El nombre de “botella de Klein” surge de un equívoco del traductor, ¿Lo sabía? Si, confundió Fläche con Flasche, poniendo botella donde debió decir superficie. Se dejó llevar por la imagen. Hoy aprovecho ese desliz para hablar, para seguirlo en el recorrido que trace, porque hace tiempo sospecho que los furcios no están para resolverse, sino para seguirlos. Veamos dónde va.
Esta botella quiere decir que no hay adentro y afuera. No tiene borde ni pico, no hay derrame posible. Es una botella enroscada sobre sí misma solo completamente pesquisable en una cuarta dimensión.
La botella está para ser arrojada al mar. ¿No le parece? Si estamos en una isla, y hay una botella, ¿Qué más hacer? Solo que en este caso, no habrá receptor de nuestro mensaje. La cosa parece no ser tan simple como nos han enseñado insistentemente. “Emisor-mensaje-receptor”, nos dijeron. La pregunta es si los guiones existen.
Nacemos en un primario estado de indefensión, hilflosigkeit, implicando un hilf, un pedido de ayuda, un auxilio. Un SOS. Un otro primordial viene a darnos la posibilidad de decir algo. Es en esa relación, en el momento en que se descubre otro, que sabe leer, ni más ni menos. Que emite un mensaje que engancha, que sabe, conoce el sentido de la botella, que no es más que contener mensajes, significantes, y que también sabe que en el preciso momento en que el vidrio pega contra el agua, justo allí, algo mueve, conmueve, salpica, y eso, no más que eso, es un sujeto. El significante que salpica.
A ese Otro que nos ampara llamémosle, con toda justicia, madre. No es una persona con carne y huesos. Es una función. Y tildarla de “receptor” es decir poco y decir mal. Porque lo que más hace es dar. Dar para que el niño pida. Y he allí otra complejidad: da para ser receptora.
Insisto: no crea que envío el mensaje a alguien concreto, a un soma determinado por el ambiente. Se lo envío a otro significante. Por eso, si lee este mensaje, es mi anhelo que lo continúe, que escriba un poco más, lo enrolle nuevamente y lo introduzca en la botella para que siga su viaje.
Porque no es para ser encontrado, pues el sujeto será siempre, en definitiva, un náufrago. Pero uno que puede encontrarse con otros, o al menos intentarlo, por este enigmático instrumento del lenguaje.
Algo debería confesar llegado a este punto. No tengo las cosas tan claras como podría inferirse de las líneas que anteceden. En realidad, algo no cierra. Me aboco entonces a los libros que tengo aquí guarecidos, los leo algo vertiginosamente, inquieto:
“la ruptura del pacto supuesto preestablecido del significante con algo, estando roto”
“Es de eso que se trata, es de eso que retorna: es de un modelo, de un soporte del que no es absolutamente propio considerarlo como dirigiéndose sólo a la imaginación, puesto que, ante todo, he querido hacerles, si se puede decir, tocar la comprensión, algo aquí, detrás de la frente, que se caracteriza justamente por esto, que ella no se comprende”
¿Imaginar aquello que no se comprende?
“Es verdaderamente él también un afuera que tiene, y que se enfrenta al adentro del cosmos. Tal es la función simbólica de esta etapa a la que los llevo de la reconstrucción de la botella llamada de Klein.”
¿Usted es usted o es el usted dentro mío? Allí, creo, se dirime la cuestión. Creo que lo verdaderamente importante, lo trascendente, es lo que sigue: si no fuera un loco hablando solo entonces no podría hablar con nadie. El usted dentro mío hace que a usted pueda llegarle algo, alguna cosa, de lo que digo y eso, fue habilitado por una operación fundante del sujeto. ¿No es así?
Pero espere, reflexionemos. Quizás sean los fuertes rayos de sol sobre mi cabeza, pero estoy algo confundido. Ordenemos.
Veamos: yo escribo aquí, desde la orilla de mi isla, del lado oeste, o al menos eso creo, y me dispongo a arrojar mi mensaje al mar pero… ¿le escribo a alguien? es decir, ¿hay alguien ahí?
…
Debo contarle lo que sucede, le pido me perdone que suspenda mi alocución. En cuanto he tenido ese pensamiento, tortuoso, escabroso, de no saber si hay alguien realmente allí, o mejor, si es que hablo para alguien, en ese momento, subsumido en esa idea viscosa, cerré los ojos fuertemente, con toda la fuerza de los músculos de la frente, estrujándome los sesos y al abrirlos, no se asombre, no me juzgue: al abrirlos me he encontrado dentro de la botella.
Le aseguro que ha sido desesperante. No importa cuánto la hubiese recorrido, no podía salir de ella, no encontraba ningún borde, ninguna arista o agujero donde asomar la nariz. Era imposible salir de allí. No sé si podré expresar del todo lo que sucedió, parecía que al recorrerla podía salir, pero terminaba otra vez dentro. Es la confusión hecha forma. O acaso la forma de toda confusión.
No se sabe qué de un lado y qué del otro, uno se desliza allí infinitamente. Buscando salir termino dentro, buscando entrar termino fuera, pero dentro. Tal como ha sucedido al buscar a mi lector, ¿a usted?
Ante tanta desesperación, intento calmarme, cierro nuevamente los ojos, respiro, me convenzo de que usted existe, de que tiene vida, le imagino un rostro y luego, abro los ojos.
Ahora siento el calor del sol de nuevo. Estoy en mi orilla. Frente a mí, clavada en la arena, la botella. Ahora creo entender, lo supongo: solo puedo arrojar mi mensaje si acepto como condición el engaño, la benévola ficción, de que tal posibilidad existe. De lo contrario, la alternativa es inmixionarse dentro de la botella que, le aseguro, no es discernible.
Me conmino entonces a seguir de este lado, para poder finalizar la carta.
…
Hablamos desde un microcosmos, del que apenas podemos dar cuenta. En este interior cosmológico, tengo múltiples posibilidades. Este “sepa usted, lector”, me ha llevado a una sensación de deslizamiento infinito en la botella, resbaladiza, sin fin ni comienzo. Quizás se necesite que “lector” sea efectivamente alguien para que pueda hablarle. Que sea al menos uno. Se necesita de él para que se haga el recorrido del corte. No soy aislado, tampoco colectivo. Lo que muestra la botella, es inmixión.
Yo creo haberme dirigido a alguien, quizás usted también, ha creído escuchar algo, pero siempre habrá un punto de lo no comunicable que se escapa. Algo que no se dice del todo.
Miente la mente, dice Lacan, engaña, sospechando de toda palabra que lleve ese sufijo. Hay que prestar atención cuando aparece.
Pero todo esto, pienso, no será una actividad banal. Ojalá no lo sea. En ese juego entre usted y yo, algo puede reescribirse. Quizás sí usted pudiera comprender, advertir, que la cuestión del otro no le es tan ajena, no tan fáctica y externa como creía, entonces podrá reformular su vínculo de modo en que esta relación entre nosotros sea de lo más fructífera.
Saber que, cuando uno habla de otro, en un punto, está hablando sólo en su isla. Y allí comienza toda ficción, toda acción poética, toda posibilidad de trasformación.
Desde ese lugar puede surgir la pregunta. Cuánto hay de uno, que tiene que ver uno en lo que se dice, en lo que se cuenta, nos resituará, nos hará de guía, porque vea, lo importante no es que alguien descifre su mensaje, sino dejarnos sorprender cuando esa botella aparezca de nuevo en nuestra orilla, quizás, esta vez, de forma invertida.
Me despido, lector, lectora, con una forma algo demodé para este siglo pero que resulta oportuna en esta misiva:
Sinceramente suyo.-
Damián
Addenda:
Lecturas bajo la arena
“Dicho esto, es preciso no omitir nuestra suposición básica, la de los analistas: nosotros creemos que hay otros sujetos aparte de nosotros, que hay relaciones auténticamente intersubjetivas. No tendríamos motivo alguno para pensarlo _si no fuera por el testimonio de aquello que caracteriza a la intersubjetividad: que el sujeto puede mentirnos. Es la prueba decisiva. No digo que sea el único fundamento de la realidad del otro sujeto, sino que es su prueba. En otros términos, nos dirigimos de hecho a unos A1, A2, que son lo que no conocemos, verdaderos Otros, verdaderos sujetos.”[1]
“Ellos están del otro lado del muro del lenguaje, allí donde en principio no los alcanzo jamás. Fundamentalmente, a ellos apunto cada vez que pronuncio una verdadera palabra, pero siempre alcanzo a a', a", por reflexión. Apunto siempre a los verdaderos sujetos, y tengo que contentarme con sombras. El sujeto está separado de los Otros, los verdaderos, por el muro del lenguaje.”[2]
“Si la palabra se funda en la existencia del Otro, el verdadero, el lenguaje está hecho para remitirnos al otro objetivado, al otro con el que podemos hacer todo cuanto queremos, incluido pensar que es un objeto, es decir, que no sabe lo que dice. Cuando nos servimos del lenguaje, nuestra relación con el otro juega todo el tiempo en esa ambigüedad. Dicho en otros términos, el lenguaje sirve tanto para fundarnos en el Otro como para impedirnos radicalmente comprenderlo. Y de esto precisamente se trata en la experiencia analítica.”[3]
“La relación del sujeto con el Otro se engendra toda en un proceso de hiancia. Si no fuese por eso, lo tendríamos todo a la mano”[5]
“al pruducirse en el campo del Otro, el significante hace surgir al sujeto en su significación. Pero solo funciona como significante reduciendo al sujeto en instancia a no ser más que un significante, petrificándolo con el mismo movimiento con que lo llama a funcionar, a hablar, como sujeto” [6]
“voy a abordar ahora las dos operaciones que pienso articular hoy en la relación del sujeto con el Otro. Dicha relación, proceso de borde, proceso circular, hemos de apoyarla en este pequeño rombo que empleo como algoritmo”[7]
“atengámonos a ese pequeño rombo. Es un borde, un borde funcionando”[8]
“Los sujetos no son entonces aislados, como los pensamos. Pero, por otro lado, ellos no son colectivos. Tienen una cierta forma estructural, precisamente inmixing”[9]
“En la definición del sujeto como causado por la relación intersignificante, planteamos teóricamente, a priori y sin haber necesitado una larga recursión para constituir sus premisas, algo que nos prohíbe para siempre atraparlo” [10]
“¿Qué es el Otro? Es ese campo de verdad que definí como el lugar donde el discurso del sujeto adquiriría consistencia, y donde se coloca para ofrecerse a ser o no refutado. Descartes se preguntaba si es o no un dios el que garantiza este campo. Pero hoy ese problema está totalmente desplazado, ya que no hay en el campo del Otro posibilidad de entera consistencia del discurso”[11]
“La botella de Klein sería finalmente la superficie topológica con la cual Lacan puede superar el modelo óptico. En ella puede situar la constitución del sujeto en el campo del Otro, como dijimos, como efecto de la articulación significante, y el resto de esta operación, el objeto a, producto de una operación de corte vendría a suturar esta operación, a velarla”[12]
[1] Lacan, Jacques. Seminario 2. El Yo en la teoría de Freud y en la técnica psicoanalítica. Paidós.
[2] Idem
[3] Idem
[4] Idem
[5] Lacan, Jacques. Seminario 11. cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis. Paidós. Pp214, 215, 217
[6] Idem
[7] Idem
[8] Idem
[9] Lacan, Jacques, 1966. Acerca de la estructura como mixtura de una Otredad, condición sine qua non de absolutamente cualquier sujeto (Discurso de Baltimore). Disponible en: https://www.acheronta.org/lacan/baltimore.htm
[10] Lacan, Jacques. Seminario 16. De otro al Otro. Paidós. Pp 21, 23
[11] Idem
[12] Lerner, Eva, 1994. La botella de Klein. El Sujeto y el Otro. En Topología y Psicoanálisis, Escuela Freudiana de Psicoanálisis. pp 19.
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