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Singularísssimo. Del efecto de un saber supuesto31/05/2025- Por Damián Laborde - Realizar Consulta
El texto propone pensar la intervención analítica donde se piensa un “saber supuesto” como aquel que apunta al sujeto en su singularidad, dado que los analizantes llegan con algo que desconocen y el desafío del analista es poder propiciar el encuentro con lo indecible, pero no para cristalizar una verdad, sino para empujar un movimiento.
“Máscara de terráqueo” (1971). Óleo de Raquel Forner*
Sabemos poco, poquito, casi nada, apenas un atisbo, una crédula intuición de que estamos aquí, que tenemos un cuerpo. Periplos de lo imaginario, ilusiones de la consistencia.
Por fortuna, no nos conformamos con las construcciones de la cuerda amarilla, aunque sea frecuente sucumbir a su engaño. Es entonces donde ubicamos el saber, de modo necesario y constitutivo, en otro lado. Un otro lado. Un saber no sabido.
“El Otro es el vertedero de los representantes representativos de esa suposición de saber, y es esto que nosotros llamamos el inconsciente, en tanto que el sujeto se ha perdido él mismo en esa suposición de saber”[1].
Se pierde, y eso es lo decisivo del sujeto. Que no conozca el camino. Lo que tendrá en su haber es una suposición. Hay algo oculto debajo del tapete, algo que se sub-pone, un subrepticio, algo que hace de enigma.
Quiero incorporar a nuestro caso clínico favorito: Edipo. A pesar de su cualidad de indatable, puede decirse que Edipo es actual, muy actual. Edipo es alguien que ignora. Que no sabe, pero busca una explicación. Indagaba con insistencia por su procedencia, que su madre adoptiva desconocía.
Por un gusto por las paradojas, diré que Edipo no supo construirse un mito. Su relación con la verdad no estaba mediada por la ficción. Así, no se hizo un mito de origen con sus verdaderos padres, los adoptivos. Sabiéndolo o no, tomó la vía de la facticidad biológica, para que nada falte. Porque cuando hablamos de mito, poco importa si ocurrió efectivamente. Si es verdad fáctica, o no. El mito, se supone, a medida que es dicho.
Quizás el mayor pecado de Edipo no haya sido ser el asesino de su padre, tampoco casarse con su madre. Su pecado imperdonable, su acto aberrante, fue dar respuesta al enigma de la esfinge.
En la puerta de Tebas, se alzaba sobre una alta roca su figura onírica, que condensaba todos los misterios de los sueños. El cuerpo de la esfinge era mujer, felino y águila. Bordes hipnotizantes de lo Real. Sus alas eran enormes y dicen que ante la respuesta equivocada al enigma las agitaba en un movimiento súbito y potente hacia adelante, lanzando a su interlocutor hacia la dirección opuesta de su destino.
¿Y si aquello no fuera un castigo? ¿Y si subvertimos su función? Con tan solo un aleteo hacia adelante de sus alas gigantes hará retroceder a los hombres que se equivocan, marcando una distancia, donando, aunque los mortales no lo sepan, un regalo que lo hará reiniciar el ensayo. Un espacio, entre alguien y el objeto, un viento que repele el encuentro. Esa donación, era para quien se atreviera al equívoco.
Cuando alguien se acercaba a la esfinge, dispuesta en el portal de lo Real, preguntaba: “¿Qué animal anda en cuatro patas por la mañana, en dos patas al mediodía y en tres durante la noche?”
Edipo, con estupidez triunfal, dio respuesta: el hombre, que en sus inicios gatea, luego se irgue y finalmente, al atardecer de su vida, necesitará de un bastón.
Dar la respuesta, eso le dará ingreso a Tebas, donde le esperará el ominoso encuentro con su madre[2]. Pero el incesto ocurrió en ese momento, en la cópula entre saber y verdad. Como bajo la mirada de medusa, el saber se petrifica, se torna inarticulable.
No supo comprender. ¿No puede uno advertir, si algo se deja pasar, que la pregunta de la esfinge apuntaba a cómo el hombre anda y se sostiene? A él iba dirigida. No por nada el nombre Edipo significa “pies hinchados”, le cuesta caminar. Acertó, y sucumbió a las sombras de su destino.
A esto voy con que Edipo es moderno: quiere testarudamente responder los enigmas y pasar al encuentro con la cosa. Nuestra época es un tiempo de bordes desdibujados, de renegación del agujero.
Querer y saber, amar y bordear, enigma y poesía. Vaivenes del sujeto a los que la modernidad no parece estar dispuesta. Ni danza ni movimiento. Respuesta, cosa y ceguera.
No se trata de una oda a la ignorancia, contrario a ello, la cuestión es qué se hace con ella, con ese desconocimiento radical que nos habita. Si se la clausura para siempre con un saber amo, o si moviliza, si apronta, si mece al ritmo de una singularidad que se anuda…
“El discurso analítico se especifica, se distingue por plantear la pregunta de para qué sirve esta forma de saber que rechaza y excluye la dinámica de la verdad“[3]
El mito huye despavorido de la sentencia de un verdadero o falso. Una verdad, cuya corroboración le divierte por absurda.
El saber es disjunto, medio de goce. La cópula, el encuentro, entre saber y verdad rompe la barra y con ella, al sujeto.
“La de-mansión de la verdad soporta la del semblante. Algo se indica, pese a todo, del lugar adonde quiere llegar este semblante”[4].
Hoy la cosa, se ve encarnada por ese coso que llamamos inteligencia artificial. Ese coso sin silencios, sin no sé, sin quizás. Es todo respuesta, siempre da resultado.
Los analizantes llegan con algo que desconocen. Es nuestro metié, nuestra responsabilidad, si en ese lugar se propende a un enigma que lo ponga en circulación.
Sí tendrá acceso o juego previo.
Sí hay o no hay relación sexual.
Incesto o enigma
El misterio, el modo de recorrerlo, el estilo, la escritura, será enteramente suya. Singularisssima porque la verdad no está allí, porque la supone en otro lado. Es el efecto que buscamos, que la medio diga, que se le deshinchen los pies.
Un saber que es supuesto por el analizante y creo, se lo supone en tanto no lo realice. Sí osa encarnar ese saber, cuya tentación es cercana, la magia se detiene. Lo que sucede, es que algo se pone en circulación y le pide que hable, poniendo el saber del lado de enfrente, para que entre ambos la palabra se mueva.
“Lo que se le pide al psicoanalista,(...), no es lo que concierne a ese sujeto supuesto saber, en el que han creído hallar el fundamento de la transferencia (...) A menudo he insistido en que no se supone que sepamos gran cosa. El analista instaura algo que es todo lo contrario. El analista le dice al que se dispone a empezar Vamos, diga cualquier cosa, será maravilloso. Es a él a quien el analista instituye como sujeto supuesto saber”[5].
Saber supuesto es el que apunta al sujeto. En el Saber impuesto, se esfuma.
Uno, singularisssimo. El otro, petrificante.
La actualidad se dirime en la literalidad, de carencia literaria. La transformación está en donar palabra para que un mito se construya, una ficción. Quizás la única forma de evitar el fatal destino marcado por los oráculos. Dejar de tener la posta y encarar la odisea. Los analizantes llegan con algo que desconocen, que nos habita.
Hoy las sirenas cantan fuertemente, dan respuestas, que impiden continuar. Toda aventura se detiene al escucharlas. La tentación existe. Quizás se trate de cómo conducirse frente a la pregunta. Si tomarla como un estorbo a resolver o considerarla en toda su amplitud, esto es, comprender a la pregunta como una verdadera invitación, un apronte, que nos ubica nuevamente en el cauce del río, en movimiento.
Nota: Escrito presentado en las jornadas 40 aniversario del Grupo de Psicoanálisis de Tucumán, Argentina.
Arte*: Raquel Forner (1902 – 1988). Destacada pintora argentina expresionista.
[1] Lacan, Jacques. Seminario 9, La identificación. Versión crítica. Traducción de Rodríguez Ponte
[2] “Edipo accedió a Yocasta porque había triunfado en la prueba de la verdad” (Lacan, Jacques. El Seminario, libro 17, El reverso del psicoanálisis)
[3] Lacan, Jacques. El Seminario, libro 17, El reverso del psicoanálisis
[4] Lacan, Jacques. El Seminario, libro 18. De un discurso que no fuera del semblante
[5] Lacan, Jacques. El Seminario, libro 17, El reverso del psicoanálisis
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