» Columnas
A 84 años del fallecimiento de Sigmund Freud y las masas aún…03/10/2023- Por Marta Gerez Ambertín - Realizar Consulta

Si como ciudadanos hemos de esforzarnos por impedir que las versiones siglo XXI del nazismo dominen nuestra nación, resulta imprescindible la teoría freudiana para entender por qué el sujeto y las masas, cuando se ven asediados por una realidad que los desborda, son capaces de ofrecerse en sacrificio a la peor cara del padre-amo terrible creyendo que ese iluminado ha de salvarlos.
Quema de libros –entre ellos los de Freud- en mayo de 1933*
23 de Septiembre de 1939. Se apaga en Londres el pensador más inquietante del Siglo XX. ¿Hace falta recordarlo? Sí, quizás hoy más que nunca. 22 días antes de su muerte la 2da. Guerra Mundial ha comenzado. El nazifascismo se extiende (entonces, como hoy) militarmente por Europa y captura las cabezas de gran parte del mundo.
Entonces, como ahora, junto a las muchas explicaciones económicas y políticas de su surgimiento y aceptación, resulta imprescindible la teoría freudiana para entender por qué el sujeto y las masas, cuando se ven asediados por una realidad que los desborda, son capaces de ofrecerse en sacrificio a la peor cara del padre-amo terrible creyendo que ese iluminado ha de salvarlos.
Entonces, como ahora, el Líder utilizará dos o tres muletillas –a cual más estúpida– para “explicar” la crisis y ofrecer la “solución”. Resulta inconducente analizarlas y pretender que esos esfuerzos harán que las masas “entiendan” que están siendo “engañadas” porque, precisamente, lo están… y quieren estarlo. Nadie busca, indaga o se pregunta si las propuestas del líder son siquiera racionales, “ÉL nos salvará”.
En 1943 el Office of Strategic Services solicita al psicoanalista de Harvard Walter Ch. Langer un informe sobre los principios de la propaganda nazi que Langer resume así:
“concéntrense en un enemigo por vez y acúsenlo de cada cosa que anda mal: la gente va a creer más rápido una gran mentira que una pequeña; y si la repiten con suficiente frecuencia, tarde o temprano la gente la va a creer”.
Preguntará Freud en la Conferencia IX La censura onírica de 1916:
¿Creéis que un puñado de ambiciosos (…) hubiera bastado para desencadenar todos estos malos espíritus sin la complicidad de millones de dirigidos?
¿Es la mentira que se “tragaron” la que explica que los millones de “dirigidos” acaben buscando judíos, inmigrantes, políticos o transgéneros como (supuestos) culpables del malestar social? Freud no acuerda con esa permanente “desculpabilización” de las masas, por eso habla de “complicidad”.
Si como ciudadanos hemos de esforzarnos por impedir que las versiones siglo XXI del nazismo dominen nuestra nación pues la historia prueba que las cosas acabarán mal, como psicoanalistas herederos de Freud hemos de enfrentar la ardua tarea de explicar por qué los sujetos y las masas procuran el sometimiento al amo atroz complicitándose con él, ofreciéndose como objeto de sacrificio, bajo la primacía de feroz ignorancia, indiferencia y desvío de la mirada hacia cosas superfluas.
Es la parte en la batalla que nos cabe ante este renovado auge de la ideología nazi. Otra vez, unos (sólo aparente) lunáticos gritan, gesticulan, millones les siguen –como al flautista de Hamelin– y nos dirigimos hacia un desastre similar a ese que acababa de comenzar cuando el pensador más inquietante del Siglo XX, Sigmund Freud moría en Londres, pero dejó su obra como legado, para que nosotros, postfreudianos, continuemos su trabajo y no bajemos los brazos.
La batalla continúa… aún.
Nota*:
Ante lo brutal de la pira de sus libros Sigmund expresaría a un periodista: “Hubo un progreso, en la Edad Media, ellos me habrían quemado. Ahora se contentan con quemar mis libros” (pues bien, hoy se habla de “exterminar”, “aplastar” al semejante).
Antes de salvar su vida en el exilio con la ayuda de Marie Bonaparte, Freud se permitió otro sarcasmo liberador luego de tener que firmar documentos acerca del buen trato recibido de los nazis… “Recomiendo encarecidamente la gestapo a todos”. No podría saber que tiempo después de su muerte, cuatro de sus cinco hermanas morirían en campos de concentración. Marie, Pauline y Rosa deportadas a Treblinka el 23 de setiembre del 42 (día del cumpleaños de Sigmund), y Dolfi que corriera idéntica suerte en Terezín.
© elSigma.com - Todos los derechos reservados