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Apuntes sobre el diálogo entre los psicoanálisis y los feminismos

14/06/2019- Por Irene Meler - Realizar Consulta

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Se exponen algunos conceptos de los desarrollos teóricos de Nancy Chodorow, una autora representativa del enfoque psicoanalítico intersubjetivo con perspectiva de Género, desarrollado en los Estados Unidos.

 

 

   

 

              Nancy Chodorow                      Foto manifestación: Getty Images

  

 

  En la actualidad no es posible aludir a un único psicoanálisis, pese a que en nuestro medio existe una tendencia que considera como psicoanalíticas tan solo a las producciones que se encuadran en el psicoanálisis lacaniano.

 

  Situados en un país periférico, no hemos podido evitar los efectos de la colonización cultural, que nos ha transformado en ocasiones, en ecos de discursos hegemónicos creados en los países centrales. He propuesto que abandonemos el arte del citado prolijo, revelador de nuestro sometimiento a una disciplina, para ensayar una estrategia cognitiva que nos distancie de cualquier heterodoxia.

 

  Es preferible enfocarse en las cuestiones que, desde la clínica, imbricada de modo inexorable con el análisis social, reclaman nuestra atención, en tanto expresan modalidades contemporáneas del malestar cultural.

 

  Esta invitación no supone renegar de la elaboración teórica, pero sí practicar la heteroglosia, mezclando de modos sacrílegos, al menos el psicoanálisis francés con el norteamericano, a ver si, como hijos de padres en conflicto, en lugar de naufragar en la anomia, logramos crear un punto de vista particular, que aporte a la comprensión de los temas y problemas de hoy, y construir una mirada que transforme nuestra marginalidad obligada en un recurso positivo.

 

  Teniendo en cuenta entonces que en este espacio virtual abundan los enfoques del psicoanálisis lacaniano, que a veces elige denominarse como freudiano, me propongo exponer algunos aspectos de la perspectiva del psicoanálisis intersubjetivo anglosajón, creado por psicoanalistas feministas tales como Nancy Chodorow.

 

  Más adelante expondré algunas ideas centrales de Jessica Benjamin, otra destacada psicoanalista norteamericana que trabaja con un enfoque de género y que ha estado en dos ocasiones en nuestro país.

 

 

Psicoanálisis, género e intersubjetividad

 

  Ambas autoras provienen de una formación en estudios sociales y de una afiliación temprana al feminismo, y llegaron al campo de los psicoanálisis a partir de la búsqueda de teorías sobre la subjetividad cuya complejidad y riqueza permitiera comprender, acompañar y promover el cambio social hacia la paridad y equidad entre los géneros.

 

  Ninguna ilusión de neutralidad, entonces, aunque, atraídas por los discursos psicoanalíticos, se desempeñan hace tiempo como psicoanalistas clínicas, e inscriben su tarea en la Asociación Psicoanalítica Internacional.

 

  El trabajo de Chodorow ha sido pionero y su obra La reproducción de la maternidad (1984), fue considerada como uno de los libros más influyentes en el campo de los estudios interdisciplinarios de Género, y, en términos generales, en la cultura actual. Socióloga de profesión, intentó articular los estudios sociales con el psicoanálisis intersubjetivo, donde la unidad de análisis no es el individuo, concebido de modo artificioso como aislado, sino la red vincular.

 

  Los desarrollos winnicottianos, los aportes de Fairbairn, Guntrip y de los Balint, han creado una corriente de ideas denominada como la Middle School, o Escuela del Medio, a la que Chodorow agregó la obra de Hans Loewald, un psicoanalista poco conocido entre nosotros.

 

  Buscó una corriente psicoanalítica que no fuera individualista y pulsional, ya que consideró que las zonas erógenas se libidinizan porque constituyen para el niño vehículos útiles para conseguir contacto interpersonal. El otro no es solicitado para estimular la propia erogeneidad de modo narcisista, sino que el cuerpo se erotiza en el contacto con el semejante humano.

 

  Entre las finas descripciones clínicas de los psicoanalistas de profesión, y las sutiles disquisiciones teóricas de las filósofas, literatas, o científicas sociales feministas que recurren a conceptos psicoanalíticos, Chodorow se ubica a sí misma en un punto intermedio, ya que pretende elaborar una teoría acerca del cambio social de los roles y estructuras subjetivas de género, y a la vez estudiar las características subjetivas y vinculares de mujeres y hombres concretos.

 

  En la década del ’70 una preocupación central de los movimientos feministas se refería al logro de la incorporación de las mujeres al mercado laboral extra doméstico. La paridad social deriva de una disposición igualitaria de los bienes que dan acceso al poder en el contexto de una sociedad mercantil, y el ejercicio de la maternidad constituía y aún constituye en la actualidad, una dificultad central para que las mujeres pudieran desarrollar una carrera laboral que les proporcionara autonomía social y subjetiva.

 

  El ejercicio de la maternidad por parte de las mujeres es uno de los pocos elementos universales de la división sexual del trabajo. Esta práctica social se reproduce de generación en generación. Chodorow consideró que este arreglo constituye la base trans-histórica de la subordinación social femenina.

 

  Si bien pasado el tiempo, le fue posible rescatar los aspectos gozosos de los cuidados maternos, su indagación temprana acerca del modo en que la disposición subjetiva para la maternidad se reproducía al interior de las familias nucleares urbanas formadas por las parejas heterosexuales de la época, le permitió delinear una comprensión diferenciada según el género, acerca del desarrollo evolutivo, que aún mantiene vigencia para comprender las tendencias epidemiológicas diferenciales se observan entre mujeres y varones.

 

  Para el estudio del desarrollo temprano, enfatizó la importancia de la dependencia infantil, y la estructuración psíquica del niño al interior de un vínculo social. El bebé es narcisista en el nivel cognitivo, pero en la realidad depende de un vínculo. En contraposición al supuesto freudiano del bebé como un ser narcisista, eligió los relatos de J. Bolwy y de los Balint, que postulan la existencia de una sociabilidad primaria.

 

  Existiría en los seres humanos una necesidad de contacto, más allá de la satisfacción de las necesidades. El desarrollo del self es relacional, y el establecimiento de la discriminación entre el sí mismo y el objeto, se produce en una trama vincular.

 

  La autora se preguntó: si la experiencia de ser maternizado es común a todos: ¿qué sucede con las capacidades parentales de los machos? La relación con la madre difiere de modo sistemático para niñas y niños, y esta diferencia comienza en el período más temprano.

 

  La relación temprana madre-hija se caracteriza por la fusión, proyección, prolongación narcisista y negación de la separación. Tanto la madre como la hija tienden a no reconocer que son dos personas diferenciadas. Las hijas pueden llegar a experimentarse como prolongaciones de sus madres. La catexia de la hija como un otro sexual es un tema menos significativo.

 

  La madre, sobre todo en el caso en que está aislada en su hogar y privada de suficiente contacto adulto, tiende a sexualizar precozmente el vínculo con su bebé varón. Lo experimenta como un otro y como un naciente objeto sexual. Las madres impulsan la diferenciación de los hijos, y al arrojarlos a una relación sexualizada, los involucran en conflictos triangulares.

 

  En cuanto a su percepción del Edipo femenino, consideró que el “cambio de objeto” no es total en las niñas. Ellas mantienen una relación triangular, donde el apego primario hacia la madre coexiste con el deseo hacia el padre. El padre estimula un vínculo potencialmente sexualizado con su niña. La niña, antes de orientarse de modo edípico hacia su padre, busca “otro objeto” como alternativa a la madre, y el padre se compromete con sus hijos estimulando conductas estereotípicas de asunción de roles sexualmente diferenciados.

 

  Estas configuraciones subjetivas derivan de la organización asimétrica parental. La personalidad masculina tenderá a negar la relación, mientras que el self en relación es característico de la femineidad. Estas diferencias adquiridas en el contexto de la crianza temprana a cargo de la madre u otra mujer, favorecen la reproducción del ejercicio femenino de la maternidad.

 

  Respecto del tema de la diferencia sexual, al que algunas corrientes psicoanalíticas asignan una importancia central, Chodorow (1989) cuestiona la línea teórica que se focaliza en las diferencias entre varones y mujeres, debido a que el concepto de diferencia así planteado resulta abstracto e irreductible. Sugiere que la diferencia de género no es absoluta y que no involucra esencias de género.

 

  La diferencia de género y la experiencia de diferencia, tal como las diferencias entre mujeres, son creadas psicológica y culturalmente. Sugiere entonces una noción relacional de la diferencia. También postula que la diferencia de género es creada de modo diverso para mujeres y varones.

 

  No considera que exista una determinación corporal del género, debido a que las experiencias corpóreas están sujetas a diversas interpretaciones. Podría de hecho haber una multiplicidad de organizaciones, prácticas, e incluso géneros.

La adecuada diferenciación implica la capacidad de percibir la subjetividad del otro. Por lo tanto, es necesario que el niño comprenda que la madre es un ser separado con intereses y actividades que no siempre coinciden con los deseos del infante.

 

  Este proceso requiere habilidades cognitivas, pero también un crecimiento emocional. El sí mismo adulto no solo experimenta al otro como distinto y separado, sino que también debe superar la tendencia a experimentar al otro únicamente en términos de las propias necesidades y de la gratificación de los propios deseos. Debe haber entonces dos sujetos.

 

  Debido a que las mujeres son las cuidadoras primarias, si el relato psicoanalítico solo toma el punto de vista del infante, la madre será descrita solo en su calidad de objeto. Desde una perspectiva feminista, la percepción de la subjetividad de la madre es una etapa necesaria del desarrollo. Recuerda que Alice Balint destaca que muchos sujetos retienen una perspectiva caracterizada por un egoísmo ingenuo respecto de sus madres, aunque no sean así con otras personas.

 

  El sí mismo es relacional, que se desarrolla a partir de un sentimiento del “sí mismo-en buena-relación”. Se trata de que se instale una autonomía relacional, no reactiva. Cuanto más seguro sea el núcleo del self, menor necesidad existirá de definirse a sí mismo a través de la separación reactiva con respecto de otros. Parte de mí es siempre lo que he tomado de otros.

 

  Diferenciación no es sinónimo entonces de separatividad, sino una forma particular de estar conectado con otros. Esta capacidad es básica para el desarrollo de empatía y para reconocer al otro como sujeto.

 

  La identidad nuclear de género es conflictiva para los varones, de un modo diferente de lo que observamos en las mujeres. Esto se debe a que la identidad del varón está edificada sobre un temprano sentimiento de unidad con la madre, un sentimiento de feminidad que puede minar el sentimiento de masculinidad. Un niño debe aprender a ser masculino, y la ausencia de figuras masculinas accesibles promueve que esa identidad se defina por la negativa (no ser mujer).

 

  Las madres experimentan inconscientemente a sus hijos varones como “otro”, más de lo que ocurre con sus hijas. El sí mismo masculino deviene más fijado sobre la distinción yo-no yo. El sí mismo femenino está menos separado, creando dificultades en torno de la fusión.

 

  Al mismo tiempo, la identidad nuclear de género es menos problemática para las niñas, debido a que se construye sobre la identificación primaria con la madre. Los problemas que las niñas tienen con su identidad femenina derivan de cuestiones que aparecen más tarde, vinculadas con la devaluación de su género y con la figura maternal experimentada de modo negativo, debido a su desvalorización.

 

  Pese a que la identidad de género de los varones es más frágil, el mayor poder social que ellos tienen lleva a transformar esas experiencias. Han definido a la masculinidad como lo básicamente humano y a las mujeres como no-hombres. Esta reversión constituye la transición edípica. Los hombres han dispuesto de los medios para instituir sus defensas inconscientes contra sus conflictos del desarrollo.

 

 

Bibliografía

 

Chodorow, Nancy: (1984) El ejercicio de la maternidad, Barcelona, Gedisa.

Chodorow, Nancy: (1989) “Gender, Relation and Difference in Psychoanalytic Perspective” en Feminism and Psychoanalytic Theory, New Haven & London, Yale University Press.

 

 


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