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Batman y el fin de la metáfora

23/07/2012- Por Sergio Zabalza - Realizar Consulta

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Lejos está el psicótico de cargar con la exclusiva responsabilidad de estas tragedias, antes bien convendría cuestionar al colectivo que, a través de finos y velados mecanismos, se sirve de la vocación solipsista del alienado para confirmar sus instituidos sacralizados. Desde el punto de vista psicoanalítico, se trata de indagar acerca del mortífero mecanismo por el cual la metáfora pierde su aspecto pacificador: el objeto a través del cual se hace efectivo el mandato superyoico que empuja a gozar. Los gadgets con que la tecnología inunda la vida cotidiana indican que la Voz y la Mirada ocupan ese triste sitial de privilegio: una suerte de 3D omnipresente que obtura el resquicio por donde la metáfora propicia el motor del deseo.

  

Escasos días atrás, en vísperas del Día del Amigo, una persona trastornada irrumpió durante la proyección de la película Batman, en una sala de los Estados Unidos, y disparó armas de fuego que causaron la muerte de doce personas e hirieron a cincuenta más.

 

Atribuir este horror a la película de Nolan no sería más que un artilugio destinado a soslayar un dato por demás evidente, a saber: el fervoroso armamentismo que distingue a la sociedad norteamericana, cuya historia reciente alberga una larga y triste serie de actos demenciales como el que convocan estas líneas. Bastaría hacer mención del espeluznante episodio de Columbine o, aún peor, el del acontecido en Virginia Tech, cuyo saldo arrojó la escalofriante cifra de treinta y dos muertes.

 

Hasta aquí el rasgo paranoico de una nación que, en el Día del amigo, dejó ver una vez más su delirante necesidad de convocar a un malvado para constituirse en tanto cuerpo social. Desde esta perspectiva, lejos está el psicótico de cargar con la exclusiva responsabilidad de estas tragedias, antes bien convendría cuestionar al colectivo que, a través de finos y velados mecanismos, se sirve de la vocación solipsista del alienado para confirmar sus instituidos sacralizados.

 

Pero hay algo más, en casi todos los casos adentro y afuera de los Estados Unidos los autores de estas masacres son estudiantes. Quizás suficiente para hacernos reflexionar cuando el poder de la metáfora insinúa declinar sobre el uso de frases tales como: “la educación brinda armas para defenderse en la vida”. No olvidemos que el agresor vestía el mismo traje del villano de la película y que, entre el público que asistía a la proyección, había personas disfrazadas del hombre murciélago: el héroe, a saber.

 

Por un instante vale la pena el ejercicio de pasar a la literalidad y preguntarse: ¿De qué hay que defenderse tanto en la vida y contra qué o quién? ¿Qué personas forma el sistema educativo en la sociedad occidental? ¿Cómo es posible que nadie advierta la morbidez oculta tras la reticencia de algunos jóvenes a los que se tilda simplemente como tímidos?

 

Por ejemplo, uno de los países que en, más de una oportunidad, ha sufrido este tipo de tragedias es Finlandia, cuyo sistema educativo es considerado el mejor del mundo. Allí, donde la población se distingue por una llamativa vocación armamentista, una de cada cuatro familias cuenta con personas que padecen trastornos mentales.

 

Ahora bien, desde el punto de vista psicoanalítico, se trata de indagar acerca del mortífero mecanismo por el cual la metáfora pierde su aspecto pacificador: el objeto a través del cual se hace efectivo el mandato superyoico que empuja a gozar. Los gadgets con que la tecnología inunda la vida cotidiana indican que la Voz y la Mirada ocupan ese triste sitial de privilegio: una suerte de 3D omnipresente que obtura el resquicio por donde la metáfora propicia el motor del deseo.

Tomemos la Mirada: se suele, por ejemplo, poner el acento en el panóptico que vigila nuestras vidas; sin embargo el empuje a gozar que distingue a la actual subjetividad, actúa de una manera tanto más oscura y sutil, se trata en realidad del sinóptico que captura la voluntad de las personas a través de la más efectiva amenaza que soporta un ser hablante: la exclusión. Para decirlo todo: si el drama no es que te vean, sino que no te vean, entonces nadie por más sufrimientos que padezca está dispuesto a ceder algo de la satisfacción de ser objeto de la mirada. Luego, un hombre tímido y retraído, excluido del lazo social, se hace cargo de que todos miren la violencia que los cada Uno han rechazado oportunamente. Gracias: te veo/me veo en Face book.

 

 


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