» Columnas
Cuerpos y subjetividades contemporáneas. ¿Dolor psíquico sin sujeto?04/12/2013- Por Juan Eduardo Tesone - Realizar Consulta

El campo de lo traumático interroga de manera paradigmática lo no representable, poniendo en tensión el clásico dispositivo analítico de hacer conciente lo inconsciente, dejando al descubierto que en esta clínica no es suficiente el levantamiento de la represión para que la traza algo anémica se haga mnémica. La vivencia traumática, en ciertas ocasiones, genera un vacío de figuración que aspira toda forma de representación posible, más acá del fantasma. ¿Que inscripción adquiere la percepción del hecho traumático? Mi propósito será abrir un camino más que indicar un itinerario respecto a esta interrogación.
El concepto de fantasma en Freud reenvía ineludiblemente al concepto de percepción, de aquello que se inscribe en el sujeto a partir de las percepciones concientes o inconscientes. Ahora bien, si Freud considera que en la construcción fantasmática, a semejanza del sueño, el sujeto está siempre presente: ¿podemos decir que la persona puede vivir experiencias sensoriales, acontecimientos que queden por fuera del campo subjetivo y por ende del fantasma? Y si así fuera: ¿cuál sería el estatuto metapsicológico y sus implicancias en la clínica de aquello que provoca un efecto psíquico duradero, un efecto de memoria por fuera del campo del levantamiento de la represión y del fantasma? ¿Existiría una inscripción psíquica sin sujeto?[1]
El psicoanálisis de los últimos veinte años se ha interesado no solo por el fantasma, sino por lo figurable, lo representable en oposición no tanto a lo irrepresentable, como a lo no representado pero inscripto. Como lo destacan Sara y César Botella[2] la no-representación no se origina ni en la represión ni en la denegación, no es un efecto del complejo de castración o el producto de un mecanismo del yo. Es a través de la toma en consideración de un agujero, de una negatividad que se manifiesta en la dinámica psíquica en forma de alteración de un proceso, lo más frecuentemente expresado como falla del pensamiento. Y postulan que es como una memoria sin recuerdos.
El campo de lo traumático interroga de manera paradigmática lo no representable, poniendo en tensión el clásico dispositivo analítico de hacer conciente lo inconsciente, dejando al descubierto que en esta clínica no es suficiente el levantamiento de la represión para que la traza algo anémica se haga mnémica. La vivencia traumática, en ciertas ocasiones, genera un vacío de figuración que aspira toda forma de representación posible, más acá del fantasma. ¿Que inscripción adquiere la percepción del hecho traumático? Mi propósito será abrir un camino más que indicar un itinerario respecto a esta interrogación.
“Su infancia la había herido a tal punto que no podía evocarla”[3] sugiere Pascal Quignard (1998) de Némie, la protagonista de su novela Vie Secrète. Y agrego, quizá porque el dolor puede arrasar con la posibilidad de representación del mismo; la no figuración como defensa ante un dolor indecible. “De que dolor me habla si yo no lo sentí…” podría ser la frase elocuente de este recurso extremo del psiquismo.
Marguerite Duras (1964) dice de Lol V. Stein, en su novela homónima[4] “el sufrimiento no había encontrado en ella donde deslizarse”. Y más adelante en la misma novela se pregunta: “¿Pero qué quiere decir un sufrimiento sin sujeto?”
En su artículo “El temor al desmoronamiento”[5] Winnicott (1974) afirma que el mismo es quizá el temor de un acontecimiento pasado cuya experiencia aún no ha sido vivenciada. La necesidad de vivenciar dicha experiencia es equivalente a lo que puede ser la necesidad de rememorar en el análisis de los neuróticos.
Es bien sabido, traumáticas son las experiencias disruptivas, como lo sugiere Moty Benyakar[6], que habiendo hecho fracasar los procesos de ligadura no pudieron ser representadas. Fuera de lo figurable, de lo representable, la experiencia traumática escapa al dominio de lo simbólico y por lo tanto permanece suspendida en un tiempo fijado, detenido, inelaborable.
¿Cuál es el estatuto de aquello que ha sido vivido sin ser vivenciado, que forma parte del psiquismo sin ser representado, que no habiendo sido simbolizado no ha podido ser subjetivado? En todo caso estamos lejos del fantasma y de la intrínseca inclusión del sujeto en la escena de la cual hablaba Freud.
Los sujetos que han padecido una experiencia disruptiva devenida traumática inquietan pues permanecen en el no man’s land de la frontera, a-estructurados más que estructurados, pero no desestructurados, no se deciden a pertenecer a ninguna nosografía clásica, no tienen esas letras de nobleza. O mejor dicho, la instancia de la letra no se escribe con una pluma certera.
Es conocido que el concepto de polifonía elaborado por Bachtin a partir de la literatura carnavalesca y retomado por Ducrot desde la lingüística, cuestiona la unicidad del sujeto hablante. Y Ducrot[7] hace la diferencia entre locutor, es decir el ser que produce un enunciado que se le atribuye; del sujeto de la enunciación, que puede hacer hablar a varias voces. Es posible, dice dicho autor, que algunas enunciaciones no sean el producto de una subjetividad individual. En la idea que el autor transmite de la enunciación, pueden aparecer voces que no sean la del locutor. A esos seres que pueden llegar a expresarse a través de la enunciación, sin que se les pueda atribuir palabras precisas, Ducrot los llama enunciadores. Pero pregunto, como contrapartida a la polifonía: ¿Pueden existir enunciados sin locutor?
Es postulando el doble aspecto de la realidad psíquica que René Rousillon[8] (1995) intenta responder a esta pregunta. Por un lado el psiquismo concierne a las experiencias que han podido ser inscriptas en el sistema representativo, sometidas al funcionamiento del principio del placer-displacer y de la integración de los fantasmas de deseo conflictualizados por la consideración de la realidad. Por otro lado, el psiquismo concierne a lo que quedó fuera del trabajo integrativo de las pulsiones de vida: zonas traumáticas primarias clivadas, criptas en búsqueda de representación, y que, erráticas, están sometidas al automatismo de repetición. Mientras tanto la angustia mortífera, se expresa en su forma pura o en forma de enfermedades psicosomáticas o de compulsión a la repetición.
No coincido con Ferenczi[9] cuando afirmaba en 1934 que el traumatismo genera la detención de toda actividad psíquica. La parálisis total, afirma dicho autor, incluye la “detención de la percepción al mismo tiempo que el pensamiento” Y agrega “no es posible defenderse contra una impresión que no se ha recibido” y postula que “no quedará ningún rastro mnésico de estas impresiones, ni siquiera en el inconsciente, de manera que los orígenes de la conmoción serán inaccesibles para la memoria”. Entiendo que Ferenczi se refiere a la dificultad de recurrir a la memoria rememorativa. Pero no pienso que no haya inscripción psíquica.
Quizá se trate de lo que en neurociencia se llama memoria implícita, es decir sensaciones desprovistas de representaciones, emociones que no han sido nunca memorizadas.
Julio Moreno[10] (2002) afirma que “el sujeto está afectado por lo no representado” y llama a “eso indeterminado y sin representación: rasgo”. Un rasgo sería, así, sostiene Moreno, “una diferencia pura sin representación que deviene marca recién cuando un hecho le da sentido”.
Para que un rasgo devenga marca debe haber una sanción que lo transforme en tal, que separe lo a-significante de lo significante.
El aparato psíquico busca ligar la angustia errática, y la representación es la forma quizá más elaborada de desactivarla. “En los sueños no sentimos horror porque nos oprima una esfinge, soñamos una esfinge para explicar el horror que sentimos”, dice Borges[11] (1960). El aparato psíquico no admite que la angustia quede flotando. La angustia es pirandeliana, como en Seis personajes en busca de autor (1921)[12], la angustia busca una representación a la cual referirse como autora de la misma. Es en ese sentido que en la clínica ligada a experiencias traumáticas, la construcción cobra valor de interpretación. Se trata menos de dar a la escena traumática imposible de determinar en su conformación perceptiva un valor interpretativo, que de escuchar el dolor a la espera de un sufrimiento que el sujeto pueda vivenciar finalmente. Que el sujeto se apropie del enunciado flotante como enunciación vivida.
En el relato de varias niñas incestadas, seguidas en una institución[13] ‒de la que fui responsable durante varios años‒, aparecía lo traumático[14], en filigrana, a través de la excitación que había sido generada en el cuerpo de la niña por la efracción de la excitación venida del exterior, sin acuerdo ni deseo. Dicho cuerpo, que responde de manera incontrolada a la excitación externa, se convierte él mismo en cuerpo externo, en un desdoblamiento del yo. Ese cuerpo que le hizo sentir cosas es y no es su cuerpo. La excitación producida no la hace sin embargo deseante, dado que es una excitación desubjetivante. Es una violencia agregada a la violencia de la penetración. No interviene el deseo, es una excitación robada, es una estafa dado que dispara la excitación pulsional sin el consentimiento del sujeto. El colmo del trauma es ese encuentro bruto y brutal con un acontecimiento des-simbolizante que no permite que el sujeto pueda asegurar su continuidad vital (Assoun) (1999)[15]. El cuerpo adquiere así un carácter de extraterritorialidad, con un fuero propio, que requiere ser castigado. Es triplemente traumático: por la efracción y sobrecarga del hecho en sí mismo, por la excitación alienante producida sin acuerdo ni deseo y por la experiencia de desubjetivación que la misma implica. Es un goce asociado a la pulsión de muerte, desligazón de las pulsiones que desestructura y aniquila la capacidad deseante. El enemigo deviene no sólo el abusador, sino también el propio cuerpo vivido con vergüenza y hasta con desprecio. Es el cuerpo abusado que “merece” castigo por haber hecho sentir excitación a pesar de sí mismo. Una excitación no metaforizada, pura carga, mezclada de angustia, pero excitación al fin. El perjuicio se hace cuerpo... en el cuerpo. Es un sujeto descalificado, asujetado a la experiencia no vivenciada.
A mi entender, en esta clínica, el trabajo del analista no consiste solo en levantar la represión para favorecer el recuerdo y la rememoración. Como sugiere Viderman[16](1970), en este caso, el trabajo del analista no consiste en develar un sentido escondido, sino en construir un sentido que no había nunca sido formado antes de la relación analítica. Al decir de Green (1974)[17], el analista forma un sentido ausente. Crea las condiciones necesarias para que la experiencia traumática pueda ser calificada, pensada, dicha, más acá de la verdad histórica, pero próxima de la verdad vivencial en su calificación perceptiva.
El discurso del trauma, ‒afirma Françoise Davoine‒ (1998)[18], está siempre llevado por alguien desubjetivado a partir del saber inscripto en el cuerpo, a tal punto que deja en suspenso tanto el juicio de atribución como el juicio de existencia. Si el tiempo queda detenido es porque para que haya tiempo es necesario que haya sujeto, y para que haya sujeto y por ende represión es necesario una sucesión de significantes. En el caso del trauma, se interrumpe la cadena de significantes, y precisamente ahí es donde se detiene el tiempo, en espera de un significante nuevo.
Una paciente de treinta y cinco años, profesional, casada, con un hijo de seis años, me dice luego de las primeras entrevistas, con la voz entrecortada, balbuciante, apenas audible, que es la primera vez que puede hablar del incesto que padeció por parte de su padre entre los siete y los doce años. Me dijo “tenía que construir algo en mi vida sino temía derrumbarme, recién ahora puedo hablar”. Quizá debía protegerse de lo que Santiago Kovadloff[19] llama “esa presencia anómala y hostil que irrumpe en nosotros para imponernos brutalmente la evidencia de que ya no somos quienes creíamos ser”.
En la relación transferencial de pacientes que padecieron vivencias disruptivas, es particularmente conveniente estar atento a toda la semiótica de lo figurable, en particular a las entonaciones del discurso, a través del cual se puede acceder a lo no representado. El timbre cambiante de la voz como figurable sonoro de las vacilaciones de la memoria lacunar de lo vivido pero no representado.
R. Barthes, (1977)[20], en Le plaisir du texte, subraya: «Con mi lenguaje puedo hacer todo: incluso y sobretodo no decir nada. Puedo hacer de todo con mi lenguaje pero no con mi cuerpo. Lo que escondo a través de mi lenguaje mi cuerpo lo dice. Puedo modular mi mensaje, pero no mi voz.»
“Las pequeñas penas son locuaces, las grandes son mudas”, decía Séneca[21].
Para que el sujeto logre encontrar su voz requiere incluso, a veces, que la misma tome prestadas otras lenguas, las llamadas extranjeras. Distanciadas de la pulsionalidad de la lengua materna, logran, de manera oblicua expresar y decir lo que la lengua materna, por exceso o por carencia, no logra figurar. Una manera de producir lenguas según su deseo, es decir lenguas de deseo.
La función analítica, luego de haber escuchado material amorfo, trozos de pensamiento y retazos de afecto, es montar un film inédito, propone Antonino Ferro (1999)[22]. Y agrego, en el cual el guionista pueda hacer figurable y por ende vivenciable, lo indecible del guión.
El monstruo endiablado de la vivencia traumática aparecería en forma del ¿Che vuoi? de Cazotte, interpelando al atemorizado y a la vez fascinado sujeto.
Desde dicho punto de vista, me atrevo a sugerir que el psicoanálisis, al menos en esta clínica, estaría a mitad de camino entre una ciencia conjetural y una obra poética, en la cual el sujeto aparece más en la entonación, armónica o disonante de la escansión pulsional de su voz; en su prosodia más que en el significado inmóvil de un enunciado.
Tan sólo la aparición de un sujeto que pueda vivenciar su sufrimiento haría posible, al decir de Paul Valéry (1960)[23], que “el pasado tenga un porvenir”. En ese sentido no se trata naturalmente de modificar los hechos de un pasado traumático. Borges, ese gran clínico del alma humana, decía en el Aleph (1949)[24]: “modificar el pasado no es modificar un solo hecho; es anular sus consecuencias, que tienden a ser infinitas”.
Nota: el presente escrito se corresponde con la ponencia del autor en el reciente Symposium de la Asociación Psicoanalítica Argentina (15 de Noviembre 2013)
[1] Tesone, J-E “De lo no representable a lo simbolizable”, Revista de
[2] Botella, S. et C. “ Le statut métapsychologique de la perception et l’irreprésentable »,RFP, t. LVI, 1, Paris, PUF, 1992.
[3] Quignard, P. Vie secrète, Gallimard, Paris, 1998.
[4] Duras, M. Le ravissement de Lol V. Stein, Gallimard, Paris,1964
[5] Winnicott, D (1974) La crainte de l’effondrement, in NRP, Nº 11, Paris, PUF, 1975.
[6] Benyakar, M. Lo disruptivo, Editorial Biblos, Buenos Aires, 2006.
[7] Ducrot, O. Le dire et le dit, Les éditions de Minuit, Paris,1984.
[8] Rousillon, R. Métapsychologie des processus et la transionnalité. Rapport au Congrès des psychanalystes de langue française, RFP, LIX, Spécial Congrès., Paris, PUF, 1995
[9] Ferenczi, S. (1934) Reflexiones sobre el traumatismo, en Obras Completas, tomo IV, Espasa-Calpe, Madrid (1984)
[10] Moreno, J. “Ser humano”, Libros del Zorzal, Buenos Aires, 2002.
[11] Borges, J.(1960) “El Hacedor” en Obras Completas, Emecé editores, Buenos Aires, 1974
[12] Pirandello, L. (1921) « Sei personaggi in cerca d’autore », Tascabili Newton, Milano, 1993, 84p.
[13] Centre Médico-Psycho-Pédagogique E. Pichon-Rivière, 9 Cours des Petites-Écuries, 75010 París.
[14] Tesone, J.E. “Incesto: el cuerpo robado”, publicado en
[15] Assoun,P-L. Le préjudice et l’idéal. Pour une clinique sociale du trauma, Ed Anthropos, Paris, 1999
[16] Viderman, S. La construction de l’espace analytique, Paris, Denoël,1970
[17] Green, A. (1990) La folie privée, Paris, Gallimard.
[18] Davoine, F. “ El discurso analítico del trauma”, Seminario desgrabado realizado en el Ministerio de Salud, Dirección de Salud Mental, Provincia de Buenos Aires, Argentina,1998
[19] Kovadloff, S. El enigma del sufrimiento, Emecé, Buenos Aires,2008.
[20] Barthes, R. Le plaisir du texte, Seuil, Paris, 1973.
[21] Séneca, Hippolyte, II,3, citado por Montaigne, Les Essais (1580), Arlea, Arlés, 1992.
[22] Ferro, A. (1999) El psicoanálisis como literatura y terapia, Buenos Aires, Ed. Lumen, 2002, 253p.
[23] Valéry, P. (1960) Oeuvres, Pléiade, Paris, p 1526
[24] Borges, J. El Aleph(1949), en Obras Completas, Emecé editores, Buenos Aires, 1974.
© elSigma.com - Todos los derechos reservados